22 mayo 2007
La garrota de Ipanema
Contaba el padre de uno cómo, delante del cura del día, en su despacho, cuando la comunión, y a la pregunta de cuántos dioses hay, uno dio en contestar dos. Que es la respuesta más cuerda –y aún escasa- uno lo sabe hoy, aunque entonces la herejía fuera producto de la sospecha inocente de que si eso preguntaba habría de ser por algo. Si uno pudiera haber elegido la pregunta, hubiera pronunciado esta: ¿Cómo puede un hombre que no sabe lo que es amar a una mujer saber cuántos dioses hay? Uno no podía sospechar entonces que lo que uno sabe, o llegará a saber, no necesariamente nos llega por sedimentación, por saberes que se acumulan unos sobre otros, los más hondos a hombros de los más fugaces, paradójicos, cambiantes. Si yo fuera dios supongo que esperaría a manifestarme en alguien que supiera de la vida cosas previas, instrucciones necesarias para el manejo sensato de las que afectan al resto. Como si adoctrinar fuera sólo la ignorancia del índice de aquello cuyas piezas no hay, a partir de eso, forma alguna de ensamblar como dios manda. Esta mañana caminaba uno a escasos metros de aquel despacho en que dios pasara de trino a binario, cuando uno escuchó la palabra “garrota” a sus espaldas, me giré y ahí estaba aquel párroco. Caminaba apoyado, como yo, en esa idea estricta, tallada en madera mala, de lo que no sabemos y por lo que siempre hay alguien dispuesto a preguntarnos.
20 mayo 2007
xuper light
En un escaparate, un soporte publicitario muestra a cierta cantante oronda, triunfo primero de la nada televisiva, anunciando una línea de baldosas nombradas XL. La citada aparece emboscando sus formas, medio de perfil, medio no oronda. Qué quiere de ella la marca que la paga, qué no fue hablado en la reunión primera.
19 mayo 2007
constancia
La constancia.
La tiene el corazón y sin ella no somos.
En qué momento quisimos que latiera
con igual fidelidad y sensatez
trasplantado del pecho a la metáfora.
La tiene el corazón y sin ella no somos.
En qué momento quisimos que latiera
con igual fidelidad y sensatez
trasplantado del pecho a la metáfora.
Nos acordamos
Abrió Ana Vallés la temporada pasada de La Abadía y la cierra estos días con un remedo de aquella Historia Natural, hoy Me acordaré de todos vosotros, que, como aquella, es una coctelera de memorias y géneros que van y vienen, recorriendo al hacerlo formas teatrales y otras que no lo son, nutridos por textos de Gil de Biedma, Shakespeare, o Handke entre otros. Hay danza, teatro musical, monólogos metateatrales, evocaciones cinematográficas, metáfora del teatro de títeres, e incluso un maravillado, mágico desplazamiento del punto de vista del espectador logrado con el mero movimiento de una mesa y las luces adecuadas, que asombra una propuesta abierta, luminosa de varias luces, vengan de dónde vengan, como las vidrieras del teatro –abiertas por primera vez, que uno sepa- o el discurso personal del gran Rafael Rojas, recién vuelto de Ibsen, retrocediendo entre el público para recordar a su abuela, cuando los hijos de aquella se llegaron al hospicio que fue el teatro hace décadas, y ahí está él, subido al escenario setenta años después. Barnizado de alegría, de humor, de una vitalidad tan propia y tan de ninguna situación o personaje, que uno se halla sonriendo incluso cuando no es lo que tocaría en ese instante, traza Vallés una suerte de fiestas teatrales que recompensan el esfuerzo en el escenario, por segunda obra consecutiva, con una comilona de la que participan los actores, como, si con suerte, anunciara la digestión previa a una nueva celebración, en unos meses.
18 mayo 2007
hombre, por dios
Apenas unas páginas separan, en El País 13.5, dos de los pasillos posibles que llevan de dios al hombre y viceversa: se lee de la adaptación de La Illiada por parte de Alessandro Baricco, quien, para poder leerla, en tres noches, durante catorce horas hubo de acelerarla: “una historia bellísima que tiene también su paso lento, que nos impide reconocer cosas que en Grecia eran importantísimas, pero que para nosotros no lo son y entorpecen el paso”. Conecta Baricco en la entrevista con la pervivencia de los dioses hoy: “parece que la imagen de dios responde a una nostalgia de algunos por una figura distante, severa, lejana. Muchos tienen necesidad de eso, y la Iglesia apuesta por ello”. Dios como relato –no sólo una visión laica de los Evangelios lo sugiere- realiza así un recorrido circular que viaja continuamente, se lentifica más si cabe, desde tiempos donde su lectura es imposible tal la obligan, a las formas –literales, antiguas, momificadas en sus metáforas- que en tiempos anteriores al cristianismo produjo a Homero, atravesado, recreado hoy por Baricco –guste o no- para poder llegar así a miles de personas que de ninguna otra forma sabrían de la epopeya troyana.
Mezcla también de los pies de un recorrido con la cabeza de otro, la segunda visión es la de un artículo acerca de la búsqueda de dios en nuestro adn. De Dean Hammer, genetista: “La espiritualidad es una de nuestras herencias básicas. Es de hecho, por predisposición genética, un instinto”. Que sea un don animal ya es, desde lo alto de la cruz en que Darwin observa, suficientemente irónico, y Andrew Newberg añade dos clavos: “El cerebro nos da dos funciones básicas: automantenimiento y autotrascendencia. Nos ayuda a adaptarnos y cambiar a lo largo de la vida. Justo las funciones básicas que también proporcionan la religión y la espiritualidad”. Hammer de nuevo: “Los genes de dios mejoran nuestra capacidad de supervivencia, prolongan la vida, añaden sentido del optimismo”. Newberg: “Somos esencialmente una máquina creyente porque no tenemos otra opción”. Describe el artículo cómo el gen tal -VMAT2- controla el uso de un grupo de neurotransmisores, entre ellos la dopamina y la serotonina, dos moléculas asociadas al placer y la felicidad y también con sus reversos: la adicción y la depresión.
O el viaje áspero, de nuevo, desde Homero a la letra incomprensible de la Iglesia.
Mezcla también de los pies de un recorrido con la cabeza de otro, la segunda visión es la de un artículo acerca de la búsqueda de dios en nuestro adn. De Dean Hammer, genetista: “La espiritualidad es una de nuestras herencias básicas. Es de hecho, por predisposición genética, un instinto”. Que sea un don animal ya es, desde lo alto de la cruz en que Darwin observa, suficientemente irónico, y Andrew Newberg añade dos clavos: “El cerebro nos da dos funciones básicas: automantenimiento y autotrascendencia. Nos ayuda a adaptarnos y cambiar a lo largo de la vida. Justo las funciones básicas que también proporcionan la religión y la espiritualidad”. Hammer de nuevo: “Los genes de dios mejoran nuestra capacidad de supervivencia, prolongan la vida, añaden sentido del optimismo”. Newberg: “Somos esencialmente una máquina creyente porque no tenemos otra opción”. Describe el artículo cómo el gen tal -VMAT2- controla el uso de un grupo de neurotransmisores, entre ellos la dopamina y la serotonina, dos moléculas asociadas al placer y la felicidad y también con sus reversos: la adicción y la depresión.
O el viaje áspero, de nuevo, desde Homero a la letra incomprensible de la Iglesia.
14 mayo 2007
con longaniza en re
De estos perros con nombre de ópera no hay uno que valga un kopec –masculló, dejando a Carmen a un lado. Sus fuerzas son demasiado débiles para soportar títulos tan pesados. Por el contrario, ¿se ha visto alguna vez funcionar mal a un perro bautizado de manera razonable? –de El silencio blanco, de Jack London.
13 mayo 2007
Antes de la herida, delante de los ojos
Acerca del anuncio de que fumar penalizará la clasificación moral de las películas estrenadas en Estados Unidos, se lee hoy en El País que según diversos estudios, ver fumar en la pantalla triplica el riesgo de los adolescentes de probar el tabaco. Sabemos así, sin necesidad de esperar una semana, que Javier Marías publicará en El País del domingo 20 de mayo algo parecido a que el derecho a correr detrás de un cáncer es uno sacrosanto e individual. Tanto como pueda serlo, por ejemplo, sentarse a oscuras en una sala y pretender que nadie más ve la misma película que uno, aunque esté sentado entre cientos de pruebas de lo contrario. Tiene razón, por supuesto, aunque eso no tenga nada que ver con lo que se juzga y trata de prevenir aquí: que en la sala, expuestos al mismo instinto suicida que él, hay quizá niños y adolescentes a los que la más elemental norma de salud pública ha de tratar de proteger. Ha de ser difícil tratar con un drogadicto del efecto que sus actos tienen en quien quizá los observa con ojos dispuestos a mimetizar lo observado a la mínima que se le permita, y eso explica que las entromisiones en el derecho de uno a permanecer ajeno a contaminaciones de todo orden –tema que, por cierto, nutre no poca obra de Marías- permita, a sus ojos, la bula de pasear –apestar es un termino más real si imitamos su indignación en otras áreas invasoras de la privacidad- el derecho a propagar el tabaquismo como una opción tan saludable como la que más. Es sólo cine –por dios- ha de clamar el arrinconado, para el que esa libertad individual es una forma de arte a la que bastara para legitimar el darse a oscuras, dentro, donde nadie más puede entenderla. Por eso cuando Marías escribe acerca del derecho a fumar está hablando de arte, del derecho a exhibir un argumento que es sólo el de la película de nicotina que acumula capas, dentro de él, como quien críticas buenas. Y si es arte ¿por qué pretender, pues, normativas, teorías, estudios, análisis que lo juzguen? ¿por qué, incluso, una ética, una separación de lo que, por mucho que guste a uno, es socialmente un tumor, algo a evitar, a eliminar? Es tan sencillo como entender que la norma aprobada en Estados Unidos no habla de él, no se dirige al desahuciado -y hace bien- sino a prevenir el contagio en quien no tiene la culpa de que gente como el primero venda como hábito normal lo que es una forma de podredumbre a cualquier nivel que se lo juzgue. La ironía –el único subtítulo gracioso en esto- es que, en alguien que gasta no poco tiempo en fustigar lo que las iglesias hacen del mundo, en realidad a lo que se refiere Marías es a que la libertad individual es, enfrentada a lo que el mundo diga, una probeta blindada, un altar -diríamos. En ello su idea del sacrificio ajeno, también sacada de una película de terror.
10 mayo 2007
aviso a la poblacion
Escribe José Carlos Plaza acerca de Splendid´s, de Jean Genet –estos días, en el Valle Inclán-, que la fuerza de sus personajes es una oscura, secreta, oculta, a veces inescrutable, unida a un vómito de ideas sin dramaturgia aparente. Sustitúyase “fuerza” por “sustancia” y el resto de la frase adquiere toda esa oscuridad, el secretismo que es su ausencia, lo oculto en tanto que inexistente, el vómito de ¿ideas? sin dramaturgia aparente –esto literalmente. Quiere hablar Plaza de transgresión cuando sólo hay por medio ausencia, vacío. Es una nadería la obra, una apariencia de mera escritura automática cuyo resultado es poco más que el automatismo de las pistolas que pueblan la obra. Cuenta Plaza que el propio Genet renunció a tiempo a la obra, a su edición y representación. Y que sólo por pura mala suerte Sartre lo desenterró más tarde.
Es increíble ser la presa –dice uno de los protagonistas. Y es eso: la obra cazándonos a todos, no tanto sin saber cómo huir, sino por qué no hacerlo, en bloque.
Es increíble ser la presa –dice uno de los protagonistas. Y es eso: la obra cazándonos a todos, no tanto sin saber cómo huir, sino por qué no hacerlo, en bloque.
08 mayo 2007
rattle&snakes
El encaje posible de mundos distantes asoma desde el primer plano de esta necesaria Rhythm is it! al coincidir, sobreimpresionado, el nombre de la Filarmónica de Berlín y su conductor Simon Rattle con un soniquete rap ¿o hip-hop? bailando las letras de forma imposible. O no. En 1995 varios grupos de bailarines no profesionales fueron formados para danzar La consagración de la primavera, de Stravinski. Nutrido por jóvenes de edades de entre 8 y 20 años, y en ellos diversidad de origen y clases sociales, el proyecto pedagógico estaba auspiciado por la Filarmónica de Berlín y fue grabado, desde los primeros ensayos a su ejecución final, por Thomas Grube y Enrique Sánchez Lansch. Como el sacrificio de una primavera que fuera contado a partir de otro sacrificio y otra primavera, se superpone en el documental el arduo proceso de lograr justo eso: el sacrificio, entendido y valorado por un grupo especialmente difícil de jóvenes, de la tarea de trabajar en y por el grupo , con la no menos sencilla domesticación de egos en que consiste la labor de Rattle como conductor del grupo orquestal más renombrado del mundo. Si el relato de ésta última es la búsqueda de la excelencia, la doma del desdén juvenil es el de una transformación que más imposible se antoja cuanto más se insiste en ella desde fuera. Es éste un aprendizaje en el que la coreografía funciona como una lección de motivación y disciplina individual inserta en un área –la danza clásica- que funciona como un modelo social a escala dotado de una armonía, un engranarse que no existe en la vida de aquellos a quienes se les pide, uno en el que el movimiento es el lenguaje, en el que las razones desaparecen de la boca y son transferidas al cuerpo, a salvo de desigualdades, de carencias de clase. Dice Rattle que el ritmo es anterior a las palabras en la comunicación humana, y lo que muestra el tortuoso aprendizaje es que, si no anterior, el ritmo es menos injusto, menos grosero que lo que la comunicación humana va haciendo de sus miembros. Esa búsqueda del matiz tan visible, de la corrección tan necesaria en la educación de los chicos va paralela en el montaje a una segunda búsqueda, esta por parte de Rattle y sus músicos, más que invisible impenetrable para el común de los mortales, al que los matices de la primavera de Stravinski suenan tan arcanos como la consagración del sacrificio para los jóvenes. Y cuya exigencia respectiva hecha de invisibilidades se pone a prueba mutuamente cuando los chicos asisten a un ensayo de la orquesta, y allí, delante de un centenar de adultos considerados como los mejores del mundo en su categoría, ven cómo Rattle les interrumpe y corrige tantas veces como juzga conveniente. Ninguna escena ilustra –cree uno- la conveniencia del esfuerzo, la pertinencia de escuchar, no obstante lo bueno que te creas en lo que haces o no haces. Al respecto, admira el esfuerzo del coreógrafo Royston Maldoon –él mismo alguien que huyó de una infancia desdichada- enfrentado a la dejadez y apatía insomnes del grupo al que trata, al tiempo, de enseñar a callar y dotar de oídos nuevos. Esta última búsqueda, su prospección más bien, es una casi insensata dado que, para enseñar el movimiento preciso inserto en un grupo, ha de derrotar en paralelo la música idiota –entendida ésta como el comportamiento hecho partitura- que todos llevamos dentro en un grado u otro. Podría hacerlo si quisiera –dice una de las chicas. Querrían, como todo educador, Maldoon y Rattle que la sociedad baile esa armonía, ese orden que exige acompasarse a los demás, obvio que la sociedad no quiere para sus pies ese trayecto, queda la lección duradera: la música como un lugar en el que sentirse seguro, a salvo del mundo y de uno mismo.
04 mayo 2007
subtitulos antes de entrar
Me gusta Cohen –dice una de las chicas que trabajan allí, a la entrada del cine. Ese es al que se la chupó Janis Joplin, ¿no? –contesta la segunda. El dvd que llevo bajo el brazo contiene una versión espléndida, cantada por Rufus Wainright, del tema de Cohen Chelsea Hotel, uno cuya letra gustaría a la primera y daría, quizás, la razón a la segunda. Nada tiene esto que ver con que la película que uno ha ido a ver -la estupenda Sunshine, de Danny Boyle- tenga por protagonista a un tipo más que razonablemente parecido a Rufus Wainright. Serán hermanos –diría quizá la seguidora de Joplin- como los tres Cohen.
02 mayo 2007
idaho, utah, gijón
En Idaho y Utah Albert Espinosa actúa en la obra escrita por Albert Espinosa, nada anómalo hasta que se advierte que el autor de la obra carece de una pierna, e igual el personaje. Más aún: que la pierna de menos aglutina buena parte del meollo de la historia y la casi totalidad de las frases del actor que se apoya en ella. Sólo es anecdótico hasta que la muleta se convierte, multiplicado, en muletillas, y la pierna postiza, a fuerza de chistes acerca de ella, se esfuerza por hacer postizo el argumento, que lo tiene y espléndido: en una sociedad que ha descubierto la forma médica de vivir privados de las horas de sueño, un hombre se despide de aquellos que tuvieran que ver con tempranos dormires, e inevitablemente con la idea del sueño como deseo. Hay dramatismo en los tres encuentros y la pierna invisible lo engrasa todo con aceite de risa, pero la sensación de haber insertado en la obra el discurso de un concursante de monólogos permea hasta añorar un mayor autocontrol sobre el personaje que el Espinosa intérprete –reído hasta el llanto- tiene por ello muy difícil reprochar al Espinosa autor. Es raro pensar que otro actor hubiera sido mejor para la obra, como intromisión en la visión del autor el razonar que el argumento –despedirse de los sueños en aras de una mayor productividad laboral y del sueldo que conlleva- hubiera hallado un más hondo acomodo en personajes de edad más avanzada, de sueños más horneados, pues Andreu Rifé aparenta menos años de los que ha de tener, y pasearle en pijama no ayuda a compensar eso. Quizá de haber visto la película que al parecer comprime la obra –Planta 4ª, dirigida por Antonio Mercero- quien asiste a ella pueda ver en el perfil de los personajes salidos de un lugar común -el hospital- un rasgo que añada, en sufrimiento, a los deseos el drama de la madurez que uno no ve. Si al menos Aitana Sánchez-Gijón se sentara en cada representación delante de uno, como ocurrió, la cosa sería menos grave, el teatro y el mundo menos cojo.
30 abril 2007
29 abril 2007
El rey se muere, el público también
Sirva la edición reciente de los diarios de Ionesco para traer aquí aquel espléndido El rey se muere, que se viera en La Abadía hace 3 años, y en el que el gran Francesc Orella terminaba su vida desnudo bajo el sofá que le sirviera de trono, y cuya ropa de menos contrasta con la que viste estos días en el Teatro de la Zarzuela El rey que rabió, en un montaje colorista y zumbón cuyos trajes en parte recuerdan los que se vieran en un asombroso Falstaff con escenografía de Graham Vick hará unos seis años, y que anoche sobraban enteros –ropajes, telón, sofá-trono, incluso la egipcia nariz de la protagonista- a ojos de un grupo de espectadoras que lamentaban –en directo, sin esperar al intermedio- la añoranza de añejas versiones de zarzuela al uso, de cuando la platea estaba, por cierto, semivacía –como una de ellas reconocía. Les da por ser surrealistas, por qué no podrá hacerse normal –remachaban, tras hacer notar que ni la música sonaba como debía –quizá pensando que el escenógrafo ha de tener también acceso a la partitura. Al contrario que en la ópera, donde se muere todo el mundo, en la zarzuela nadie lo hace y quizá en ello piensen que ha de ocurrir lo mismo con quienes llenan, o no, el teatro. La primera de esas renovaciones necesarias concierne a quienes se acercan por vez primera a un género de difícil salida sin esa visión, lúdica y trasladada de formas y tiempos, que ya se ha visto este año en la luminosa Los sobrinos del capitán Grant, aunque en ese tránsito –en que la ópera lleva décadas inmerso en todo el mundo, como prueba La fura dels Baus subida a Wagner estos días, en Valencia- haya de padecer sentado exilio la parte de público para el que ver lo que ya se ha visto y oído antes mil veces se diría más cuestión de fidelidad que de felicidad, cobradores de la pura y dura memoria, aunque ni los materiales de que está hecha ni su aspecto original soporten ya aquella visión ajada. Con ello se acercan, aunque jamás lo sabrán, al más puro Ionesco.
28 abril 2007
maldita la intención
También los designios del señor que aprueba las campañas de publicidad son inextricables, como presuponía Millás ayer en El País, y en poca medida al necesitar una trinidad de difícil convivencia: quien cree el anuncio no necesariamente ha de saber gran cosa de aquello que habla –por raro que esto suene, los motivos a los que apelar son siempre los mismos, y con saber las razones del consumidor basta y sobra-, más arduo se antoja que quien ha de aprobar el anuncio sepa de literatura, y puede pensarse que, al igual que el creativo respecto de su parapeto, aquel no ha de necesitar más conocimiento que el de imaginar lo que el consumidor sabe, a su vez, de libros. Éste es, precisamente, el último miembro de la trinidad mencionada, y si es tan fácil ponerse en su lugar –asomarse sin gran duda a lo que quiere o gusta- es porque tanto el creativo como el que aprueba el anuncio tienden a pensar que el consumidor, de puro parecernos todos, no puede pensar muy distinto de lo que uno. Y nada hace pensar que no sea así puesto que uno pasa mucho más tiempo siendo consumidor que haciendo o aprobando anuncios. Ni dios lee a los poetas, malditos o benditos, y esa es, de todas las certezas probables, la que más clara tienen los tres lados del proceso, asi que a uno se le antoja que lo que choca en todo esto es que la razón que unos y otros creen recomendable –leer poesía- es una que , de pura lejanía- suena más a promesa electoral, y como tal ha de verse, pues promover la lectura ha de pasar –este es el gran secreto- por algo tan simple como renunciar a hacer o tratar de idiotas a quienes ven la televisión o se asoman al mundo a través de los demás medios, y en eso la política de la comunidad de Madrid no es menos transparente en la gestión de su televisión local de lo que lo es en ese tramite obligado que es simular un esfuerzo publicitario por pretender algo –fomentar leer- que se repudia fuera de la marquesina en todas direcciones.
20 abril 2007
cambios, los minimos
Hubo un tiempo –siempre- en que las naciones, los reinos, los condados, los barrios, cualquier emperador de su casa que hubiera de vender una agresión necesaria tenían a mano –siempre- un agravio posible que –esgrimían- nadie más podía sufrir o entender puesto que ninguna geografía es igual, como tampoco idioma o acento alguno, traje regional, tipo de hortalizas y así todo rasgo identitario. Y si las amenazas del cambio climático lo igualan todo en la magnitud de sus efectos, ni siquiera una guadaña tan igual para todos es suficiente a nuestros ojos para vernos como un solo culpable. Gobiernos de países apenas arribados a las orillas primeras de la prosperidad anteponen hoy ese crecimiento con sólo tener a quién apuntar como emisor anterior, como asesino con más experiencia y medios para infringir el daño. El tiempo invertido, la economía creada a partir de esa inversión componen así una más de las eternas razones incompartibles, como la geografía, el idioma o acento, los trajes regionales o el tipo de hortalizas. Creado con la idea de gravar con multas el exceso de emisiones contaminantes, éstas incluso dan nombre a un mercado en el que los países se compran y venden derechos de emisión. Que no por nada suena a ese derecho de raza, credo, sexo, casta, lengua o tierra con que la tierra se convierte en las facturas que lo explican desde siempre hasta nunca.
18 abril 2007
que tu veto derecho no lo vea
Tenemos todas las variedades de libre albedrío que merece la pena tener –dice Daniel Dennett- tenemos el poder de vetar nuestros impulsos y luego vetar nuestros vetos. –Dennis Overbye, en The New York Times, y así en El País, 7.2.
16 abril 2007
Espantapajaros, que no es poco...
Lo pusieron allí los mismos pájaros. Forzaron con su insistencia que palos, tela y cacharrería vieja se reunieran en una forma humana grotesca. Al principio lo respetaron por su figura imponente, y más tarde se acercaron a él hasta tomarle la medida, la materia, el alma de lata. A veces es un refugio para ellos, un espacio cómodo, un rincón donde ubicar sus nidos.
14 abril 2007
semana de la narracion, 1
Se sabe el número de muertos por el de espantapájaros: por cada uno debajo, uno encima. Lo contó mi padre y ahí está para cualquiera que lo busque. Camisa de pana del color de los gorriones, sombrero del mismo heno que todo él, la biblia descosida en una mano. Quienes vinieron a matarlo plantaron el espantapájaros encima, como una lápida de la que se esperara que además de impedir que el muerto salga, sirva para ahuyentar a quienes se acercan a sus restos. O quizá lo pensaron para poder clavarlos a la tierra después de que sus disparos les clavaran a la pistola. Algún día se pensó en llevarlos a un cementerio, votamos que no. Así los que mataron los siguen viendo, bajo las legumbres y hortalizas que se comen, venganza estéril pues éstos se alimentan de patatas cuadrúpedas y aunque los vivos no podemos, los muertos harían mejor en olvidar lo que les arruinó antes de tiempo. Tampoco está muy claro de quién es cada muerto, o más concretamente, qué espantapájaros guarda cada muerto, pues a veces se les fusilaba en racimos. Llamo mi padre al más cercano y está bien, asi presto mi muerto a la comunidad y tomo de ella la cuota de dolor y rabia que vive repartida, sembrada donde miras. Uno de aquellos pistoleros esta enterrado en un río, dentro de un coche. Lo sabemos los peces y yo, que lo vi. Dejé su cuerpo y enterré su muerte en otro sitio, removí la tierra fuera de un sembrado y planté un espantapájaros encima, es el primero en años y se sabe. Era viejo ya, como el resto de quienes mataron, tanto que quienes todavía andan por aquí no tienen forma de saber cuántos de ellos viven aún, y cuántos puedan ser matados por aquello. Les ofende el espantapájaros y alguno se ha de ir pronto, a morir fuera, a salvo de adelantos. El viento y el miedo se turnan así para venir a mover también a los vivos.
03 abril 2007
historia de otra escalera
Es más tentador el placer de pretender que dolorosa la consiguiente humillación. Al pretender se libera en nosotros la fuerza creadora de la imaginación y todos somos capaces, siempre que los pretendientes sepamos habituarnos a la vergüenza acumulada cuando nos pillan. Con independencia del talento que tengamos, aspiramos a un acto creativo emulando el valor que sólo les es dado a los genios, la valentía de descubrir cuánto podemos, a pesar de nuestras limitaciones, acercarnos a la luna. Abrazando la pretensión como herramienta y estratagema, dándonos cuenta de nuestra grandeza en vez de avergonzarnos de ella, quizá podamos sacar provecho literario y político de la distancia entre lo que nos gustaría alcanzar y lo que en efecto hemos conseguido. El éxito y el fracaso son ambos parte de la historia; el éxito celebra nuestra gloria, el fracaso marca con dignidad nuestra tragedia. Pero tanto en la gloria como en la tragedia, los pretendientes somos fabulosos. –escribe Tony Kushner en Sobre la pretensión, al respecto se imprime en el folleto que se entrega a la entrada de su adaptación de la obra de Corneille, La ilusión –estos días en La Abadía. Lo raro es que, en lo que respecta a su relación con la obra, la reflexión apunta a un personaje que la pasea como un gran pretendiente –en su acepción primera, pero también en una segunda que refiera ambición- que fracasa en ambas, pues su personalidad, su ser primero y básico, es una farsa, una “vergüenza acumulada tras otra”, ya desde antes de tratar de hacer de ella pretensión, y al que Corneille/Kurshner redimen, a la manera del Eurípides carpintero, haciendo de él una suerte de poeta utópico que , para poder salir del escenario cuanto antes, declara infierno la tierra y busca llegar a la luna, donde poder, al otro lado de la escalera, ser feliz. O quizá sólo, como también ocurre fuera de los teatros, distinguir los peldaños que van hacia arriba y los que hacia abajo.
31 marzo 2007
aviso
se ha escapado del zoo una especie en extinción. o advenimiento. dice llamarse elefanteblanco.blogspot.es
a descubrir. agradece visitas. caña.
localizadas sus huellas en muros del trabajo y ceniceros exteriores.
y su estela, en pasillos. va por libre
a descubrir. agradece visitas. caña.
localizadas sus huellas en muros del trabajo y ceniceros exteriores.
y su estela, en pasillos. va por libre
Una de cal, otra de cabra
1. Recuerda Eduardo Vasco, director del Centro Dramatico Nacional, cómo Guillén de Castro es el segundo de los vates valencianos embarcados en el bajel que fletara Cervantes en su Viaje al Parnaso –y que arribara al teatro Pavón hace bien poco. Deuda bien pagada en tanto que inspirado en un motivo cervantino, estos días el mismo escenario acoge, de Guillén de Castro, un espléndido El curioso impertinente: pañuelo de amistad y amor que, a fuerza de torcerlo, se hace horca. Y ese pañuelo es el de Otello: un hombre enamorado de ella –y ella de él- cede su amor al saber que su mejor amigo la quiere para él. Así traicionada, ella se enrosca en el amor nuevo que le es impuesto –por obligación casa con él- y tanto llega a creer amarle que le ama, entonces éste –que ignorara el regalo que se le hizo- acude a su amigo para pedirle, consumido en celos sin razón alguna, que ponga a prueba la fidelidad de la mujer que ama. El honor, los malentendidos, la venganza, la ceguera se tornarán entonces puerta, lecho, delación, finalmente espada. Una vez más, el pasado no está detrás, sino dentro. –escribe Yolanda Pallín, autora de la versión.
2. Cuéntamelo de forma que no me lo crea –dice uno de los personajes. Y es justo eso: no hay forma de creerse nada. Tal y como se ha elegido representarla, hay en La cabra, o ¿quién es Sylvia?, del desdichado Edward Albee, dos obras diferentes: una la que trata de narrar Jose María Pou, otra -más como vindicación de Lina Morgán- la que grita Mercé Aránega. Uno querría escribir que los esfuerzos de uno y otra se anulan, pero no, ojalá: el desdichado Pou poco puede –en realidad poco puede querer, pues suya es la adaptación y dirección del montaje. El despropósito se completa haciendo irrelevantes, invisibles, a los otros dos protagonistas –Alex García y Juanma Lara- que saben a la misma credibilidad en escena de la cabra. Dos citas de Albee pueden leerse en la página oficial en internet de la obra: “La obra habla de los límites de la tolerancia: de lo que nos permitimos hacer o pensar nosotros mismos. Es una obra que al principio parece una cosa pero que va abriendo un abismo a medida que profundizamos en ella. Y creo que conmocionará y molestará a cierto tipo de gente... Con suerte habrá gente que se levantará de su butaca, amenazará con los puños y lanzará cosas al escenario durante la representación. Eso espero" Cabe pensar que la obra que declama Pou –para entendernos, el drama- tiene ingredientes para lograr la primera parte de la cita, pero es la segunda –la que enarbola Aránega- la que se apropia de la última parte de ella, o al menos con la que más me identifico yo, si bien por motivos distintos a los que tratara Albee. Con no menos absurdo de por medio, en una sala cercana podían verse por entonces dos obras de Harold Pinter en las que la mezcla de “trío” –en ambas hay un tercero que no habla- y “sinsentido” producen congoja, temor, incredulidad. Y aún puede gozarse la versión de Andrés Lima del texto de Peter Weiss Marat, Sade para apreciar –y depreciar aquella- cómo el escándalo como objetivo escénico es compatible con hacer pensar, sufrir, temer, reír o desear. “Por fin he escrito la función que me va a expulsar del teatro americano."-se lee también de boca de Albee. Sentencia qué haciendo mala, hacen buena. Qué despropósito, qué aberración tan similar a la que estos días, en un teatro de Caracas, transforma la Rosa Tatuada de Tenesse Williams en telenovela pura y dura. Para quienes la advertencia llegue tarde: ojo a la última escena de la obra: la cabra eres tú.
2. Cuéntamelo de forma que no me lo crea –dice uno de los personajes. Y es justo eso: no hay forma de creerse nada. Tal y como se ha elegido representarla, hay en La cabra, o ¿quién es Sylvia?, del desdichado Edward Albee, dos obras diferentes: una la que trata de narrar Jose María Pou, otra -más como vindicación de Lina Morgán- la que grita Mercé Aránega. Uno querría escribir que los esfuerzos de uno y otra se anulan, pero no, ojalá: el desdichado Pou poco puede –en realidad poco puede querer, pues suya es la adaptación y dirección del montaje. El despropósito se completa haciendo irrelevantes, invisibles, a los otros dos protagonistas –Alex García y Juanma Lara- que saben a la misma credibilidad en escena de la cabra. Dos citas de Albee pueden leerse en la página oficial en internet de la obra: “La obra habla de los límites de la tolerancia: de lo que nos permitimos hacer o pensar nosotros mismos. Es una obra que al principio parece una cosa pero que va abriendo un abismo a medida que profundizamos en ella. Y creo que conmocionará y molestará a cierto tipo de gente... Con suerte habrá gente que se levantará de su butaca, amenazará con los puños y lanzará cosas al escenario durante la representación. Eso espero" Cabe pensar que la obra que declama Pou –para entendernos, el drama- tiene ingredientes para lograr la primera parte de la cita, pero es la segunda –la que enarbola Aránega- la que se apropia de la última parte de ella, o al menos con la que más me identifico yo, si bien por motivos distintos a los que tratara Albee. Con no menos absurdo de por medio, en una sala cercana podían verse por entonces dos obras de Harold Pinter en las que la mezcla de “trío” –en ambas hay un tercero que no habla- y “sinsentido” producen congoja, temor, incredulidad. Y aún puede gozarse la versión de Andrés Lima del texto de Peter Weiss Marat, Sade para apreciar –y depreciar aquella- cómo el escándalo como objetivo escénico es compatible con hacer pensar, sufrir, temer, reír o desear. “Por fin he escrito la función que me va a expulsar del teatro americano."-se lee también de boca de Albee. Sentencia qué haciendo mala, hacen buena. Qué despropósito, qué aberración tan similar a la que estos días, en un teatro de Caracas, transforma la Rosa Tatuada de Tenesse Williams en telenovela pura y dura. Para quienes la advertencia llegue tarde: ojo a la última escena de la obra: la cabra eres tú.
30 marzo 2007
12 segundos de claridad
y qué placer ver a jorge drexler una y otra vez entre tanta oscuridad y tanta música varada.
De la noche al día de los teatros
Para no perderse: Tony Kushner como adaptador del texto de Corneille en La Ilusión, y como autor en Homebody Kabul, en La Abadía y teatro Español respectivamente; Marat-Sade, de Peter Weiss, y con Animalario tras la versión y delante de los textos, en el María Guerrero; El curioso impertinente, de Guillén de Castro, en el Pavón; Amor de Perlimplín con Belisa en su jardín, de Lorca, por segunda vez en seis meses en Madrid, aquella en japonés, esta en español. En el Español. Por un pelo, la espléndida Un enemigo del pueblo, de Ibsen, hasta hace unos días en el Valle Inclán, hoy de gira: http://cdn.mcu.es/obrasgira.php?leng=es.
Para perderse –y no llegar nunca al teatro: La cabra o ¿quién es Sylvia?, de Edward Albee.
Para perderse –y no llegar nunca al teatro: La cabra o ¿quién es Sylvia?, de Edward Albee.
29 marzo 2007
paris, venus
Una misma noche alcanza para ver Venus, de Roger Mitchell, y Paris je t´aime, coral como el tema. Hechas de las mismas limitaciones e idénticos deseos, de las mismas comprensiones de uno y los demás, la idea posible de amor –nebulosa y despejada en turnos ni claros ni previsibles- pasea ambas –clásica una, hecha de la atracción a través del desencuentro, y múltiple la otra, como las formas de amar y aquello que puede ser amado. Ambas, cree uno, dicen a estas alturas más del amor que del cine que lo expresa, asi que éste es un texto sobre lo que uno ve mientras se mediomaravilla de ver a Peter O´toole en el primer caso, y se medioaburre considerablemente en la segunda.
1. Meramente amable, cálida como el disco –que suena entero- de Corinne Bailey, y con un aire al pasillo fugaz que emparentara a Bill Murray y Scarlett Johansson no hace mucho, emplea el teatro Venus como metáfora de las distintas fases del amor: él –O´toole- viene de ganarse la vida como actor y cierto telón se le aproxima ya cuando se cruza con ella –jodie whitaker- que camina la vida sin la mínima dosis de diálogos propios o de talento o disposición para obtenerlos, asi que su encuentro -que, como ocurre tantas veces, no es el del amor sino el del encuentro de dos amores bien distintos- es el de un hombre impotente para lo que no sea ya sino un amar medio actuado –el teatro es un hábil artefacto del guión en esto- y una cuasiadolescente que cruza la película como mera espectadora, sin la menor idea de su papel en la vida y en la de él. Te dejo olerme el cuello –le dice. Y de puro perdida, casi le está diciendo te dejo me digas contarme a qué huele mi cuello. Sin mucha más ambición, esta es una película a la gloria de una leyenda octogenaria, y hubiera compuesto Peter O´toole un espléndido profesor Henry Higgins en My Fair Lady cuarenta años atrás. Que lo haga cuarenta años después es un inmenso monumento al talento de los pocos, poquísimos de quienes no necesitan a Cukor para construir su grandeza.
2. El amor puntiagudo que apunta –o se defiende- en todas direcciones ya desde el cartel, pierde casi toda su capacidad de punzar una vez transcurrida esta Paris je t´aime que bombea irregularidad a lo largo de sus dieciocho cortos. Cuatro de los cuales le parecen a uno espléndidos, no por nada los que, en tres de los casos, narran el sentimiento como un don que quita tanto como otorga. Bastille, de Isabel Coixet, narra el amor forzado por un deber moral que, a fuerza de alimentarse de ese débito, crea un amor real, necesario hasta hacer de él uno capaz de devastar una vez desaparecido el objeto del mismo. Place des victoires, de Nobuhiro Suwa, carga en el rostro fugaz del gran William Defoe la narración de más aliento poético de todas, en la que a una mujer que añora a su hijo desaparecido le es revelado, en el momento de ver cumplido su deseo, la fuerza con que siempre se añora un amor igual de fuerte que el que se alcanza. Distrito 14, de Alexander Payne, muestra acaso el amor más complejo, el más insondable, el más necesario posible: el que, ausente ese otro que da su nombre al sustantivo, permite contemplar el mundo como un lugar que te devuelve continuamente parte del prodigio, de la alegría de saberse amado: saberse, sentirse vivo. Si entendido el amor como el resultado de caminar hacia su logro, ningún relato tiene la profunda, honda emoción del recorrido de la turista que vaga paris hasta pararse en el banco de un parque a sentir lo que ningún espectador diríamos, tras verla, puede sentirse en ese momento.
Dejo para el final el que abre la película -Montmarte, dirigido por Bruno Podalydès- pues anticipa algo que no existe después: el relato de un amor pedido y hallado con dos formas de voluntad tan alejadas entre sí –listable, posible, hecha del análisis una, e imposiblemente poética por desinformada la segunda-, que, a diferencia del resto de relatos, ni palabras necesitaría para ser tan incomprensible, tan escasamente creíble en su porqué como transparente en lo que les traspasa. Justo ahí, al principio de un diccionario como la letra previa a las palabras que empiezan por ella, late la explicación más honda del sentimiento al que está dedicada la película: la ausencia de previsión y probabilidad, que es a la vez la de su extraviada explicación, hallazgo, búsqueda.
1. Meramente amable, cálida como el disco –que suena entero- de Corinne Bailey, y con un aire al pasillo fugaz que emparentara a Bill Murray y Scarlett Johansson no hace mucho, emplea el teatro Venus como metáfora de las distintas fases del amor: él –O´toole- viene de ganarse la vida como actor y cierto telón se le aproxima ya cuando se cruza con ella –jodie whitaker- que camina la vida sin la mínima dosis de diálogos propios o de talento o disposición para obtenerlos, asi que su encuentro -que, como ocurre tantas veces, no es el del amor sino el del encuentro de dos amores bien distintos- es el de un hombre impotente para lo que no sea ya sino un amar medio actuado –el teatro es un hábil artefacto del guión en esto- y una cuasiadolescente que cruza la película como mera espectadora, sin la menor idea de su papel en la vida y en la de él. Te dejo olerme el cuello –le dice. Y de puro perdida, casi le está diciendo te dejo me digas contarme a qué huele mi cuello. Sin mucha más ambición, esta es una película a la gloria de una leyenda octogenaria, y hubiera compuesto Peter O´toole un espléndido profesor Henry Higgins en My Fair Lady cuarenta años atrás. Que lo haga cuarenta años después es un inmenso monumento al talento de los pocos, poquísimos de quienes no necesitan a Cukor para construir su grandeza.
2. El amor puntiagudo que apunta –o se defiende- en todas direcciones ya desde el cartel, pierde casi toda su capacidad de punzar una vez transcurrida esta Paris je t´aime que bombea irregularidad a lo largo de sus dieciocho cortos. Cuatro de los cuales le parecen a uno espléndidos, no por nada los que, en tres de los casos, narran el sentimiento como un don que quita tanto como otorga. Bastille, de Isabel Coixet, narra el amor forzado por un deber moral que, a fuerza de alimentarse de ese débito, crea un amor real, necesario hasta hacer de él uno capaz de devastar una vez desaparecido el objeto del mismo. Place des victoires, de Nobuhiro Suwa, carga en el rostro fugaz del gran William Defoe la narración de más aliento poético de todas, en la que a una mujer que añora a su hijo desaparecido le es revelado, en el momento de ver cumplido su deseo, la fuerza con que siempre se añora un amor igual de fuerte que el que se alcanza. Distrito 14, de Alexander Payne, muestra acaso el amor más complejo, el más insondable, el más necesario posible: el que, ausente ese otro que da su nombre al sustantivo, permite contemplar el mundo como un lugar que te devuelve continuamente parte del prodigio, de la alegría de saberse amado: saberse, sentirse vivo. Si entendido el amor como el resultado de caminar hacia su logro, ningún relato tiene la profunda, honda emoción del recorrido de la turista que vaga paris hasta pararse en el banco de un parque a sentir lo que ningún espectador diríamos, tras verla, puede sentirse en ese momento.
Dejo para el final el que abre la película -Montmarte, dirigido por Bruno Podalydès- pues anticipa algo que no existe después: el relato de un amor pedido y hallado con dos formas de voluntad tan alejadas entre sí –listable, posible, hecha del análisis una, e imposiblemente poética por desinformada la segunda-, que, a diferencia del resto de relatos, ni palabras necesitaría para ser tan incomprensible, tan escasamente creíble en su porqué como transparente en lo que les traspasa. Justo ahí, al principio de un diccionario como la letra previa a las palabras que empiezan por ella, late la explicación más honda del sentimiento al que está dedicada la película: la ausencia de previsión y probabilidad, que es a la vez la de su extraviada explicación, hallazgo, búsqueda.
28 marzo 2007
100 grs. de patria
En días en que no pocos ladran por aquí, sin mucho pudor, llamando a sustituir las voces por bozales, memoria de Francisco Ayala, nacido en 1906, a tiempo de ver cómo el siglo entero probaba que las banderas se hicieron para componer mortajas que hicieran a caronte el viaje más vistoso. Escribió en su Muertes de Perro la escena de un can que es entrenado por un infeliz para ladrar el himno nacional del país en que transcurre todo, y de cómo -capricho enfrentado a capricho- éste es ahorcado para desolación del desdichado que tratara con ello de amaestrar no sé qué forma de deuda de orgullo o patriotismo
27 marzo 2007
y si siempre pasase todo
Sería más fácil, más informado, si, trimestral o semestralmente, todo partido en la oposición hiciera público por adelantado, a la manera de un programa electoral en tiempos de paz, su versión de la realidad, esto es, las políticas a seguir en cada uno de los temas, minuciosamente descritas a fin de hacer notar después, cada vez que el gobierno de turno se equivoque en cada minuto de decisión tomada, cuán acertadas fueron sus propuestas a la vista de cómo se desarrolla el mundo en cuanto alguien que no es uno ejerce el poder para función alguna. Fuera así, por escrito y avisadamente, y el país se ahorraría diariamente la impresión de que, como ha de ocurrir –no hay otra explicación- con el esperma acumulado en el cerebro de sus socios de la curia, más que un excedente de preclariedad lo que se extrae en baldes cada mañana de sus sedes es, lisa y llanamente, heces que no les caben dentro y con las que no saben qué hacer y de las que culpan a quienes pasan por la calle, y para los que desean no sólo la mosca en la oreja sino dentro, como ellos, de la boca. Sin ir más lejos –ni un centímetro-, la iglesia católica exhibía en público el pasado viernes sus opiniones sobrantes en barreños rebosantes de deseos de abolición del aborto en todos sus supuestos, de malestar por la posibilidad de divorcio, la promulgación de una legislación acerca de la eutanasia, o la condena de la promiscuidad sexual promovida desde las instituciones. No escasos medios de comunicación ofrecen también medidas concretas y probadas de cuán ventajoso puede ser adelantar sus previsiones acerca de cualquier aspecto de la realidad relacionado con las formas en que el gobierno las acomete, pues ello evita tener que cambiar la portada y no pocos de sus contenidos, y sólo una incierta suerte, o ese extendido gusto por la ventriloquia, les evita el prodigio de que sus lectores u oyentes prescindan de encender el periódico o la radio para escuchar lo que ya saben desde hace semanas o años. Uno no ha tratado de leer sus propias heces, y quizá en ellas esté el oráculo más claro posible –algún cáncer se lee en éstas- y por eso extraña que, en lugar de recurrir a métodos de lectura más higiénica –el café, las manos, una baraja de poker- se escoja desayunar a gusto con las manos o los oídos inmersos en las primeras. Extraño bouquet que, pronunciado, desde las tripas, en ese español no vendido a las hordas, suena hoy a boicot.
Hay una escena en la soberbia Cartas desde Iwo Jima en que a un pobre soldado al que toca vaciar la bacinilla llena de las heces de sus compañeros –suicidas a la postre, por cierto, a la salud de dios sabe qué honor-, ha de asomarse para ello al exterior y en ese trance casi deja la vida al arriesgarse a no volver sin ella, como quien guardara como sagrada la opinión más profunda del grupo al que pertenece. La cordura, lejos, también en balde.
Hay una escena en la soberbia Cartas desde Iwo Jima en que a un pobre soldado al que toca vaciar la bacinilla llena de las heces de sus compañeros –suicidas a la postre, por cierto, a la salud de dios sabe qué honor-, ha de asomarse para ello al exterior y en ese trance casi deja la vida al arriesgarse a no volver sin ella, como quien guardara como sagrada la opinión más profunda del grupo al que pertenece. La cordura, lejos, también en balde.
26 marzo 2007
una, grande y mía
1. Leído en elpais.es, 18.3: “el presidente del bbva dedicó la mayor parte de su tiempo de respuesta a los accionistas a aclarar que su remuneración, que alcanza los casi 20 millones si se suma el salario, el bonus variable trienal y la aportación al plan de pensiones, "puede parecer alta", reconoció, y éticamente "discutible", aunque defendió que está en línea con las de otras grandes empresas, y se calcula "en función de los resultados, el trabajo y la creación de valor que pueden aportar". La petición de una paga extra para los trabajadores, solicitada por comisiones obreras (y concedida en el santander), no tuvo éxito "porque la remuneración de la plantilla no se hace a corto plazo", dijo el presidente. gonzález destacó "el compromiso de integridad exigible a todas las personas del grupo". Alabó el nuevo sistema de gobierno corporativo "que impulsa la integridad de toda la organización". También resaltó otra normativa interna, cumplimiento, que asegura que el bbva sea escrupuloso con la ley. "Nos diferenciamos por los principios éticos", apuntó el presidente.”
2. Leído en El Pais 19.3, la opinión del psiquiatra Christophe Dejours acerca de los tres suicidios ocurridos en un plazo de cuatro meses en un centro de ingeniería renault, donde los objetivos son producir 29 modelos en 2009 con el personal con el que, hasta hace poco, habrían hecho 10: “la revolución informática liga una persona a un ordenador. La evaluación individual pasa a ser posible y antes era colectiva. Eso separa a los asalariados y les lleva a competir entre ellos, destruyendo la noción de trabajar en equipo”.
3. El mismo día, abierto en canal el periódico, esto se lee a la derecha: “las empresas del ibex 35 dan trabajo a 1,15 millones de personas. En ellas, la facturación por empleado mejoró en 2006 un 5,44% respecto al pasado ejercicio. El beneficio por trabajador creció un 16,96%”.
Hecho del afán por hacer de la competitividad al tiempo la pirámide que permite observar el cielo y el cuchillo con que se maneja, la transformación de lo solo en lo vulnerable, lo mejor que los demás en aquello que apenas significa más solo que ellos. Imagínese un gráfico que lo cuente, uno en el que la línea de beneficios record, que año tras año cosechan las multinacionales, sea una más delgada según crece, a medida que el ascenso deja sin oxígeno a quienes la transportan hasta allí.
2. Leído en El Pais 19.3, la opinión del psiquiatra Christophe Dejours acerca de los tres suicidios ocurridos en un plazo de cuatro meses en un centro de ingeniería renault, donde los objetivos son producir 29 modelos en 2009 con el personal con el que, hasta hace poco, habrían hecho 10: “la revolución informática liga una persona a un ordenador. La evaluación individual pasa a ser posible y antes era colectiva. Eso separa a los asalariados y les lleva a competir entre ellos, destruyendo la noción de trabajar en equipo”.
3. El mismo día, abierto en canal el periódico, esto se lee a la derecha: “las empresas del ibex 35 dan trabajo a 1,15 millones de personas. En ellas, la facturación por empleado mejoró en 2006 un 5,44% respecto al pasado ejercicio. El beneficio por trabajador creció un 16,96%”.
Hecho del afán por hacer de la competitividad al tiempo la pirámide que permite observar el cielo y el cuchillo con que se maneja, la transformación de lo solo en lo vulnerable, lo mejor que los demás en aquello que apenas significa más solo que ellos. Imagínese un gráfico que lo cuente, uno en el que la línea de beneficios record, que año tras año cosechan las multinacionales, sea una más delgada según crece, a medida que el ascenso deja sin oxígeno a quienes la transportan hasta allí.
25 marzo 2007
cigarras
Sólo convergencia y unió parecería socio posible del pp si éste llegara a poder gobernar en coalición tras las próximas elecciones generales. Y en ese cesto se hallan probablemente todas sus manzanas, pues agusanar el resto del paisaje que te rodea sólo ha de lograr que nacionalistas vascos e izquierda unida se sientan más seguros –o sólo más cuerdos- próximos al psoe. Esa se diría la gran apuesta: o mayoría absoluta o más destierro. De tanto separar, la tierra a que aferrarse podría quedarles mañana tan lejos de las manos, como de las hemerotecas hoy.
24 marzo 2007
tender is the death
Se acabó Lubitsch, peor aún : se acabaron las películas de Lubitsch –cuentan dijo Hawks en el entierro de aquel. Muerto Altman, la losa cae también sobre una forma de hacer cine -o de deshacerlo si juzgado su gusto por ir a la contra- que, desde su adaptación de los relatos de Raymond Carver en 1993 –short cuts-, deja al menos otros dos engrasados mecanismos de relojes múltiples –Gosford park- y esta esplendorosa Prairie Home Companion. De una generosidad inusual hacia la historia y no, como habitual, hacia quienes la encarnan, las tres conforman una forma de cine horizontal, en el que la acción avanza a la vez en un hilo desglosado en el que ni una sola de sus hebras se quedara atrás o debajo, rara forma de metrónomo. Prairie Home Companion honra su visión de múltiples maneras, donde póstuma refiere vitalista, honda, poética. En ella hay ángeles exterminadores y profetas de lo inmobiliario que se suben al mismo coche al mismo tiempo; también un escenario que vigila un detective extraído de otra era, y al tiempo trozos de otra era –la radio en la Norteamérica de los 50- que ya sólo cabría encontrar en el mundo con la ayuda de un detective. En ese cine que resuelve prescindir de un actor que, a base de primeros planos, se convierte en la historia, suplantándola, asoman cuantos quepan en el plano. Precisamente la lucha, ausente, por ese plano es, como un reverso, la historia de la película: una acerca de la supervivencia de una forma de hacer radio –hablada, cantada, anunciable- que ya sólo en ese medio respiraba; acerca de una generación de hombres de radio e intérpretes de música folk que prestaban su voz, en el mismo minuto, a una canción, un anuncio, y a un discurso patriótico, de ser necesario. Sobre esa generación a punto de perderse gravita la postura de dandy, a lo gran gatsby, que borda el detective Kevin Kline tanto como el guión la sutil presencia del perdido Francis Scott Fitzgerald, que contempla, desde un palco, entre las sombras, tanto el ocaso de lo que fue como el más deseable de lo que viene a sucederle. No poca grandeza de ese amargo desvanecerse está en el inmenso Garrison Keillor –guionista, por lo demás, de lo que en la película no es sino su profesión real fuera de ella: hombre de radio-, por el que fluye el ir y venir de los demás como por su inalterabilidad el bien y el mal, el acto de empezar y la tragedia de terminar, tal si supiera que lo que le permite ser escuchado a miles de kilómetros es apenas una forma fugaz, al tiempo viva y muerta, inasible, inevitable, inmune como el ángel que se pasea por la película para dar y quitar como quien ordena un cancionero. Impertérrito como un rompehielos, Keillor carga sobre sí ese peso como si la estrella más luminosa empleara su brillo en mirar hacia otro lado, en procurar la visibilidad de los demás. No sin justicia poética, el último de los semiprotagonistas semicentrales de Altman honra así su cine como el postrer ejemplo de una narración más interesante, más honda, más arraigada en el mundo cuanto más poblado el escenario en que sucede. Se estrena hoy en Madrid.
23 marzo 2007
el precio está detrás
Un librero puede ser la persona que guarda en una bolsa lo que compras, o ser el que deja de poseer libros espléndidos para que pueda tenerlos uno. Lo segundo no implica necesariamente esperar que para ello los haya leído todos –y a idéntica generosidad aspiro a cambio-, basta que uno sienta que aprecia, como uno, lo que pasa de unas manos a otras. Es una forma de juicio que, como en todo gusto raro o virtualmente incompartible, tiene quizá aspecto del acompañamiento que ha de aproximarse a la necesidad de solidaridad que no sólo está ahí cuando invitado al libro ajeno, pues tampoco sabe bien uno para quién escribe, pero si, logrado aceptar la propia obra como una a la que ha de ponérsele precio, las manos de quien ha de hacerse cargo de elegir aquel a quien yo desconozco son unas valiosas, como de matrona que, en nuestra cabeza, sólo dejara de sostener las tablas de la ley para sostener y cobrar nuestro libro. No escoge el librero a quién vende qué, pero si el acto de comprar es tantas veces uno dubitativo, pudiera el librero compensar –completar- el aprecio del libro que no necesita menos quien lo escribe que quien lo adquiere. En ese trasiego de inseguridades uno es afortunado pues, sin necesidad de preguntar qué compro cuando lo hago, sé que, en ese fugaz momento en que los libros están dentro de una bolsa y ésta pasa de las manos de mi buen librero de la pza. de Santa Bárbara a las mías, los libros son de ambos. Para alguien que ama algo que se extingue, ningún momento es comparable a pelearse con otro por lo mismo.
azuloscurocasimío
Hacer memoria sea, acaso, justo eso: construirla más que exhumarla. Y así, uno cree recordar que cuando joven –en el día interminable que empieza a los diez y sigue siéndolo a los veinte- existían noches que no querían serlo: noches de una claridad que permitía al tiempo ver la noche y el día siguiente, noches de un azul sin negros, del azul de los bebés. Y aunque nada explique esto, quizá tenga que ver, de un modo raro que no entiendo, el que uno pasase el día entero en la calle y entonces la llegada de la noche permitiera, por cortesía a la fidelidad del público, ser contemplada así, bajo una luz que hoy no concibo. Otro tipo de claridades han llegado –o eso cree uno- con los años, pero no aquella que hoy vino a la memoria en la oscuridad de una sala de cine, mientras contemplaba el azul espléndido de los ojos de Peter O´toole, cercanos ya a cerrarse como las noches traicioneras, que no han de ser, en el fondo, más que la ausencia del azul y la frecuencia, en su lugar, del negro. Tanto paseas, tanto azul tienes. Si va a quedarse en teoría, que suene elegante.
22 marzo 2007
el viejo libro y el mar
El mar es una de las primeras orillas que sale al encuentro en el primer libro –biblia significa justo eso: libros- que salió de la máquina de Guttemberg, y a la luz del destino de tantos de aquellos viajeros que salieron del arca, uno piensa cuánto mejor hubiera sido que dios hubiera sumergido a noé en las instrucciones para fletar una imprenta. Sólo la biblia contiene 73 libros, acaso uno de ellos hubiera sido enviado a buscar una rama de olivo, quizá habría ido caminando sobre las aguas y hoy los libros serían, con suerte, ignífugos a prueba de tribunales compuestos por los asnos que descendieron de aquellos burros y no leyeron los libros suficientes antes de ordenar quemarlos. Cervantes hizo zarpar a los poetas malos en su viaje hacia el Parnaso, Shakespeare sugirió un mago cuyo poder sobre las olas emana de los libros leídos en su exilio en la isla a la que castigado. Quizá de vuelta de ella, Darwin descendió del H.S. Beagle en 1836 y con él, dentro de un libro, bajaron del barco millones de chimpancés, uno por persona que hubiera vivido o vivirá. Algo después, Kafka fabuló acerca de un mono -pensemos reencarnación de aquel Calibán- con la capacidad de hablar –y a la postre, leer- que, capturado y transportado enjaulado hacia europa, desdeña romper los barrotes pues a un ahogamiento sólo otro sucedería. Con toda certeza faltos de riego, trataban sus inquisidores a los libros de la mano de Ray Bradbury. Neruda una isla negra, Twain el Mississippi, Virgina Woolf –más humilde- el faro y las olas, la isla del tesoro Stevenson, el 75% de Homero es agua – sangre el otro 75%. Ya hace poco, Julian Barnes botó uno de sus libros de relatos con uno en que una docena de arcas van hundiéndose una a una, como el rinoceronte que esperara Durero y, que a pique el barco que lo transportara, hubo de ser semiinventado por aquel y es el que está en libros de todo el mundo. Si el arca un estuche de dios, y quizá no por nada el libro que lo mece –génesis- guardado en un nombre –pentateuco- que en vez de referir los libros, designa el estuche que los contiene, a favor de ese juego de cerrojos regalé hace años el libro de Barnes a un amigo pintor que durante un tiempo pintó arcas sobre yeso, enseña literatura y tuvo un barco cuando pequeño. El volumen breve que es la espuma. O ese otro libro, la caracola.
para jams.
para jams.
20 marzo 2007
pato!
A lame duck allí, un ánsar aquí. O si tan observable es saber, por mucho vuelo y tan arriba, de qué pie se cojea, cómo hacen las extremidades que quedan en el suelo para creer que un paso es necesariamente una patada.
16 marzo 2007
más allá de las mentiras
El capitalismo consiste en un estado de guerra permanente en el que el hambre triunfa sin tregua sobre el hombre.
(Alba Rico 2003, "La ideología de la globalización (Reflexiones sobre el hambre)", Ponencia en el curso de verano sobre Globalización organizado por la Universidad Carlos III en Villablino, León)
(Alba Rico 2003, "La ideología de la globalización (Reflexiones sobre el hambre)", Ponencia en el curso de verano sobre Globalización organizado por la Universidad Carlos III en Villablino, León)
correo
Querid@ amig@:
1. En democracia, la participación en los asuntos
públicos se realiza mediante el ejercicio de una serie
de derechos, el de manifestación, el de votación, el
de libre discusión, etc. Todo eso es parte de este
juego democrático, antes que los procedimientos
legales que los regulan. Lo que hemos visto ayer en
Madrid obliga una reflexión muy seria. No se trata de
que el PP no tenga derecho a manifestarse. Lo que no
tiene derecho es a manifestarse así, estilo
"batasuno", buscando un tipo de enfrentamiento y
enconamiento entre la gente basado en el ejercicio
puro y simple de la manipulación de los sentimientos
más bajos, los tribales, los que apelan antes al
prejuicio que al juicio. Contra todo eso es preciso
movilizarse.
2. El término "franquismo sociológico" se refería a
esa gran masa social que no quería comprometerse, que
"no se metía en política", que "iba a lo suyo", que se
decía "no te signifiques". Por eso duró tanto tiempo
el propio franquismo; no por los franquistas
militantes, o por los falangistas, sino gracias a esa
masa inerte, amorfa, que "pasaba"; manipulable y
dirigible, una vez convertida en "masa", como
genialmente explicó Elías Canetti en "Masa y Poder".
Bien, esa es la masa que el PP está tratando ahora de
convocar, de movilizar, de empujar. Una vez convertida
la ciudadanía en masa, sabe bien el PP que los tibios,
los desinformados, los que pasan, no ofrecerán
"resistencia" al empuje de una corriente general más
sentimental y emocional que política; de ahí el empleo
y la apropiación abusiva de los símbolos, las
banderas, los himnos, todo aquello que busca conmover,
emocionar. Contra todo eso es preciso movilizarse:
hablar con la gente, con los amigos, no perder la
iniciativa en los pequeños círculos de opinión, los de
la cotidianeidad.
3. Es preciso volver a repasar los principales
argumentos: a saber, la manipulación permanente del PP
desde el día que perdieron las elecciones del 14 de
marzo con el único objetivo de recuperar ese poder.
Acumular inútilmente epítetos descalificatorios contra
los llamados "neofachas" sirve de poco. Las mentiras y
falsificaciones se han ido sumando, unas sobre otras,
desde "España se rompe" en Cataluña pasando por la
"Teoría de la conspiración" del 11-M, la de la
disgregación nacional con los nuevos estatutos, la de
la vuelta a la Guerra Civil con la Ley de la Memoria,
la de la destrucción de la familia con la Modificación
del Código Civil para permitir el matrimonio entre
personas del mismo sexo, la de la intromisión en la
libertad de los padres con la nueva LOE y la
introducción de la asignatura de Educación Ciudadana,
la de España coladero de delincuencia con la
regulación de los inmigrantres ilegales y ahora, la
última, la idea de que es el Gobierno el que cede ante
ETA por el caso De Juana con el verdadero y oculto
objetivo de "modificar España en diálogo secreto con
Batasuna" (M. Rajoy). Todo ello puede ser muy burdo o
muy irreal, pero puede también ser efectivo.
4. El "Partido de los Patriotas" de hoy es un partido
moderno, que utiliza muy bien tanto las técnicas de
mercadotecnia como las correas de trasmisión
tradicionales enlazadas con los distintos movimientos
de base y sociales afines. Los tienen y los están
empleando con profusión para presentar agendas
"independientes" que directamente no quieren
presentar, aunque de inmediato asumen sus
planteamientos. Este es el papel que está jugando la
Conferencia Episcopal y sus asociaciones afines, Foro
Español de la Familia, Concapa; la AVT; las
plataformas locales en distintos lugares con episodios
como la tergiversación del affaire de los Archivos de
Salamanca, devueltos a sus legítimos dueños, y tantos
otros ejemplos que se nos pueden ocurrir. Cada
organización de base ha ido convocando sus distintas
manifestaciones masivas a lo largo de estos tres años.
Todo ello bien agitado, recogido y amplificado por
profesionales medios de desinformación como
Telemadrid, El Mundo, La COPE, numerosos periódicos y
radios locales, y por periodistas y tertulianos cuya
verdadera profesión es la de canalizar esas "ilusiones
necesarias" (N. Chomsky) al servicio del poder
tradicional, del de siempre, del de "la gente sensata
y de bien" (M. Rajoy), presentando como verosímil lo
que sólo es propaganda.
5. Las mentiras sumadas y repetidas, como decía Joseph
Goebbels, Ministro de Propaganda nazi se convierten en
verdad. O pueden pasar por verdad, y esto lo sabe su
discípulo Acebes, el Manipulador Mayor del Reino. Así,
quien defiende el indoctrinamiento religioso ortodoxo
en la escuela desde los seis años no tendrá empacho en
declarar contra la LOE: "Los jóvenes quieren una
educación en libertad, sin imposiciones, sin alguien
que les diga cómo pensar" (Ángel Acebes). La
conclusión de todo esto sólo se mide en cálculo
electoral, frío y duro. Estamos ya en campaña, una
campaña de un año, con dos citas en las urnas. La
derecha está movilizando a sus bases, para amedrentar
psicológicamente a esa masa inerte de tibios y
desinformados. Quien no desee ver de nuevo a esta
gente en el poder tiene que hacer otro tanto, y esto
es difícil, porque la gran base social progresista
funciona mejor "a la contra"; no cuando está
gobernando. Además, la izquierda (sea lo que esto sea
hoy), por feliz tradición y convicción, y por haber
estado fuera del poder en España durante casi toda su
historia no es monolítica, no cierra filas con
facilidad, salvo en circunstancias muy extremas. Así,
y aún habiendo votado a Zapatero hace tres años, es
patrimonio de la izquierda el poner sobre la mesa los
aspectos críticos con la gestión antes que los logros.
Y eso está muy bien, porque siempre se quiere ir más
lejos, o de otra manera, porque cada corriente o
sector tiene su idea de cómo se deberían hacer las
cosas.
6. Conclusión de lo anterior. Es fundamental una
movilización desde ahora mismo, compleja, porque se
trata de movilizarse contra un Riesgo, contra una
posibilidad, lo que entraña siempre una doble
dificultad adicional: la de pensar que tal riesgo no
existe, la de no identificarlo concrétamente. Por eso
es preciso movilizarse: decirle a la gente que esos
cavernícolas que se han apropiado del rojo y gualda,
como también se han apropiado del "Libertad sin ira"
que nunca cantaron durante los años de plomo, y que
representan la derecha más rancia de Europa, salvo la
polaca, sí pueden volver. La responsabilidad de que no
vuelvan "estos" es de todos y de cada uno de nosotros.
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10 marzo 2007
fragmento
mírenlo bien
del Coño
emblema nacional del país de la coña
de todos los coñones que se encoñan con el coñesco
país de la coñifera coña donde todo se escoña y descoña
y se va para siempre al sacroñisimo Coño
del coño
símbolo de vuestra encoñante y encoñecedora coñadura
coñisecular
de la coñihonda y coñisabidilla coñería de la
archicónica y coñijunta coñición coñipresente
del Coño, coño!
J. Goytisolo, Reivindicación del Conde don Julián, p.172
08 marzo 2007
con el agua al cuello de los otros
Hay en El enemigo del pueblo, de Ibsen, una escena en que el lugar de un hombre en la sociedad es juzgado a mano alzada por quienes, al tiempo que levantan una para hundirle, emplean la otra para aferrar la suya e impedirle, siquiera, levantarla para afirmar que él, aunque casi sólo, cree en alto contra todos. Uno no está seguro pero cree haber visto ya a ese hombre –Francesc Orella- haber leído textos de Malraux e Ionesco en sendas obras, dentro de un hombre solo en ambas, rey en el segundo que moría bajo un sofá mientras llovían tapones de botellas de champán, y que en el primero, tras leer, ya acabada la función y como actor, un manifiesto contra la guerra de Irak vio cómo un hombre se levantaba y le acusaba de no ir al teatro para escuchar eso. Quizá como parte de ese aislamiento e incomprensión antiguos, gritaba anoche Orella su verdad sin oídos delante de los de varios actores pertenecientes a la compañía de aquel mismo teatro en que le fuera tan mal y tan solo. Se llena el escenario, en la obra de Ibsen, de figurantes que tienen por objetivo levantar la mano contra el hombre solo, asi que son unos treinta cuando toca y apenas tres –su familia- la que erige la mano para afirmar la decencia del vejado. Levanté la mano en ese momento, quizá harto de la soledad de un hombre cuyas acciones nunca son aplaudidas mientras dura la obra, cualquier obra, pero también , y por azar, dado que en ese momento sólo la mía podía ver el corrupto que, con la vista puesta en el público, pide esas manos a sus espaldas como quien la declaración de culpabilidad. Hubieran, por un momento, hecho lo mismo todos en el patio de butacas. Imaginar eso. La cara de Orella, por fin.
07 marzo 2007
llorar de risa
El humorista José Luis Coll ha fallecido esta mañana en el Hospital La Paz de Madrid, donde había ingresado apenas 24 horas antes. La muerte de Coll, de 75 años y natural de Cuenca, se ha debido a un fracaso multiorgánico provocado por una larga dolencia cardíaca. Coll, de 75 años y natural de Cuenca, formó durante 30 años junto con Luis Sánchez Polack, Tip, que murió en 1999, el dúo de cómicos más inteligente, surrealista, estrafalario y delirante de este país. –ahora mismo, en elpais.es. Era el tip último un genio del absurdo y lo descarnado, volcados ambos a la velocidad de la más clara lucidez. A uno le dolió mucho su muerte, y aquella hilera de dicha a él debida se antoja igual de justa que la que se lee hoy en los adjetivos puestos en fila para honrar a su compañero de trabajo: inteligente, surrealista, estrafalario y delirante. Ni uno de ellos sobra, ni uno es más generoso en la muerte de lo que fue ecuánime en vida. Nunca se ríe uno igual, aunque la risa sea la misma, y tanta es a veces la deuda que al leer la muerte de quienes la enseñaran, como producto del fracaso multiorgánico, en realidad está hablando de lo que no logra conservar la sociedad que, desde fuera, lo necesita igual hoy que hace 30 años.
03 marzo 2007
La botella medio naufraga
Refiere el taxista cómo sólo se emborrachó dos veces en su vida, y en la duda de si eso supondrá que no beba en absoluto, rápidamente admite beber pero no emborracharse. Catorce, quince cubatas –dice- a partir de ahí, mal.
02 marzo 2007
cla y lo que sigue
Creo se llama cla a la figura que, anónima y pagada, y como liebre en patio de galgos, iniciaba antaño el aplauso al fin de las obras de teatro. Y como vocablo de apariencia interrumpida, tanto pudiera abreviar lo que de ojeadora tiene la claraboya; lo que la claustrofobia de impaciente; el claroscuro de literal en una sala, apagadas las luces; o la clasificación de ordenamiento. Uno se lanzó hace unos días a hacer de cla, al final de una obra de harold pinter, y en lo fugaz en que las luces permanecían apagadas y los aplausos encendidos, uno sentía lo aventurado, lo improbado de esa iniciativa, el miedo a que los focos se encendieran súbitamente y lo que uno hubiera aplaudido fuera el tránsito de un acto a otro y no el telón. Asi que mientras permanezcamos a oscuras y anden las manos ocupadas, tienes una oportunidad.
26 febrero 2007
Nocturno
Apenas despunta el día pienso sólo en la noche que vendrá, donde otra vez podré soñar que un día más propicio empieza.
23 febrero 2007
kama-sutura
Una forma plausible de imaginarse la frontera que une las versiones de la realidad, las posiciones que separan a gobierno y oposición es la de una cicatriz en la que hurgan los segundos a medida que dejan de ser primeros, y viceversa. Manipular la antigua herida tiene la ventaja de que, convenientemente torturada, se abre y sangra con facilidad. Observado de cerca, el bisturí con que se llama a la gangrena es el mismo que, un minuto después y como desde la estatua de un salvador de patrias, se enarbola en alto a modo de instrumento de salvación. Un sondeo advierte que sólo un punto de sutura separa la intención de voto que un partido saca a otro. Asi que justo ahí, en el filo.
09 febrero 2007
hermoso
El presidente de honor de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión (ATR), Luis del Olmo, ha asegurado hoy que "entiende" la postura de Andreu Buenafuente de rechazar un premio otorgado por la entidad que preside porque también se le concede a Federico Jiménez Losantos. Según Del Olmo, él tiene la “misma idea" que Buenafuente sobre "ese individuo", refiriéndose al periodista de la COPE. Mientras, otro de los galardonados, Pablo Motos, se ha alegrado de que los premios hayan ido a parar a "cómicos" como él, Buenafuente y Jiménez Losantos.
Andreu Buenafuente (el director de Buenafuente, Antena 3) recibió hace unos días la comunicación oficial de que había sido premiado con el Micrófono de Oro de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión. El presentador de Antena 3 envió anoche a la Federación una nota comunicándole que no puede aceptar el galardón porque entre los premiados figura también el director del programa La Mañana de la COPE.
Buenafuente afirma que le ofende el estilo de Jiménez Losantos. "Y no sólo me ofende a mí: ofende al periodismo". "Ante la libertad de premiar", decía ayer Buenafuente, "está la libertad de rechazar el premio, y este Micrófono de Oro lo rechazo porque no quiero estar en el mismo palmarés que un personaje cuya concepción de la radio es por completo ajena a la mía. Yo respeto mucho esta profesión, y la forma que tiene esta persona de llevarla a cabo me ofende. No es la radio que a mí me gustaría para este país. Se puede optar por la discrepancia en silencio, pero yo he optado por decir en voz alta que no soporto estos premios salomónicos que tratan de honrar colores imposibles. Así tratan de decir que todo vale, y poco a poco se va pudriendo el periodismo. Y quería dejar clara mi discrepancia. En voz alta".
Luis del Olmo, presidente de honor de estos galardones, miembro del jurado y galardonado además con un premio extraordinario, ha asegurado en declaraciones a Efe que cuando hace quince días se presentaron las candidaturas a cada categoría de los galardones y figuraba el nombre de Jiménez Losantos, él, como miembro del jurado, se opuso "desde el primer momento" a que se le concediera el premio, ha afirmado. "Considero que lo que hace este ciudadano desde los micrófonos de los obispos es insultar, injuriar y mentir por sistema y, en definitiva, denigrar a esta profesión", ha señalado. "Acepté que la mayoría votara a favor, porque esas son las reglas, pero no puedo compartir que a ese individuo se le conceda el Micrófono de Oro", ha indicado.
Del Olmo ha adelantado que el próximo 21 de abril, cuando se entreguen los premios en Ponferrada (León), estará presente en el acto, pero abandonará el escenario en el caso de que Jiménez Losantos acuda a recoger su galardón.
Andreu Buenafuente (el director de Buenafuente, Antena 3) recibió hace unos días la comunicación oficial de que había sido premiado con el Micrófono de Oro de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión. El presentador de Antena 3 envió anoche a la Federación una nota comunicándole que no puede aceptar el galardón porque entre los premiados figura también el director del programa La Mañana de la COPE.
Buenafuente afirma que le ofende el estilo de Jiménez Losantos. "Y no sólo me ofende a mí: ofende al periodismo". "Ante la libertad de premiar", decía ayer Buenafuente, "está la libertad de rechazar el premio, y este Micrófono de Oro lo rechazo porque no quiero estar en el mismo palmarés que un personaje cuya concepción de la radio es por completo ajena a la mía. Yo respeto mucho esta profesión, y la forma que tiene esta persona de llevarla a cabo me ofende. No es la radio que a mí me gustaría para este país. Se puede optar por la discrepancia en silencio, pero yo he optado por decir en voz alta que no soporto estos premios salomónicos que tratan de honrar colores imposibles. Así tratan de decir que todo vale, y poco a poco se va pudriendo el periodismo. Y quería dejar clara mi discrepancia. En voz alta".
Luis del Olmo, presidente de honor de estos galardones, miembro del jurado y galardonado además con un premio extraordinario, ha asegurado en declaraciones a Efe que cuando hace quince días se presentaron las candidaturas a cada categoría de los galardones y figuraba el nombre de Jiménez Losantos, él, como miembro del jurado, se opuso "desde el primer momento" a que se le concediera el premio, ha afirmado. "Considero que lo que hace este ciudadano desde los micrófonos de los obispos es insultar, injuriar y mentir por sistema y, en definitiva, denigrar a esta profesión", ha señalado. "Acepté que la mayoría votara a favor, porque esas son las reglas, pero no puedo compartir que a ese individuo se le conceda el Micrófono de Oro", ha indicado.
Del Olmo ha adelantado que el próximo 21 de abril, cuando se entreguen los premios en Ponferrada (León), estará presente en el acto, pero abandonará el escenario en el caso de que Jiménez Losantos acuda a recoger su galardón.
29 enero 2007
buenos aires leído, 1
La enorme marioneta de una niña de siete metros, de la compañía francesa Royal de Luxe, interpretó ayer la primera parte de la obra callejera La pequeña gigante y el rinoceronte perdido, en el centro de Santiago de Chile, y convocó al menos a sesentamil personas. Narra la historia de un rinoceronte de metal que llegó desde Africa hasta las minas del norte chileno, donde huyó a la capital por el temor a las gigantescas máquinas que extraen cobre. La ciudad fue intervenida por los técnicos franceses que dejaron algunos autobuses y taxis volcados, además de un vagón de tren enterrado frente a la estación Mapocho, para sugerir los daños provocados por el animal en fuga. Estaba previsto que la más alta autoridad del país le pidiera apoyo para detener a la destructiva bestia, la presidenta Michelle Bachelet siguió el juego y le pidió que salvara la ciudad, tras lo cual la marioneta salió a perseguir al rinoceronte, que hasta ahora no ha sido visto. Siguieron a la marioneta durante calles, pese al calor reinante, pues el títere debía inspeccionar personalmente los daños. Al caer la noche, se fue a la plaza de armas –corazón de Santiago-, donde instaló su campamento. Allí tomó una ducha y, al día siguiente, retomó sus labores. El centro capitalino ha sido intervenido ya que hay cortes y desvíos de tránsito, además de embotellamientos. –en La Nación, 28.1.
24 enero 2007
Un muro de cal y arena
Pasó Oscar Wilde por la cárcel de Reading –atroz nombre-, y en ella escribió una suerte de testamento de lo injusto, en la que expone lo que le llevó a ella y cómo la persona a la que quisiera y en la que confiara se volvió en su contra. Es un texto doliente, como quizá sólo puede serlo lo que se escribe contra lo que se amó. Lo llamó De profundis. Parte de ese dolor, esa prisión y esa añoranza bucean, como si de una adaptación del libro se tratara, en la película de mismo nombre dirigida por Miguelanxo Prado que flota en la cartelera de milagro, como un poema en medio de un estadio. Hay siempre una película como un naufrago, que nadie se explica de dónde obtiene el agua, y la historia de esa casa en medio del océano comparte el yermo cocotero con las Noticias de una guerra, dirigida por Eterio Ortega –y producida por Elías Querejeta, como queda claro en el reverso de la hoja que imprimen los cines ideal, en la que los premios por él atesorados apenas dejan hueco a reflexión alguna acerca de la película- en la que uno pone de sus ojos la sal que en la película de Prado aparece dibujada. Angosta como una fosa, la película-documental de Ortega comprime en menos de dos horas los años que van desde el desencadenamiento de nuestra guerra civil hasta la derrota de la República. Y si nada parece peor que saber cómo acaba la historia antes de entrar en la sala, que los actores sean reales añade un dolor a su contemplación que no se va, pues, no por conocida, la historia de la amputación democrática y la gangrena de décadas asquea y arranca el corazón con la misma constancia con que las ideas se tornan cascotes antes o después. A través de poesía y trazos de mar en el primer caso, y de llanto real y derrota del blanco frente al negro en el segundo, ambas películas hablan de la vida durante y después de la muerte. Para quienes puedan, sugiero realizar ese viaje el mismo día. Salir de De profundis y llegar a las Noticias de una guerra. Y con la perdida y el dolor de ambas hacer feliz recuento de lo que se posee.
21 enero 2007
Editorial inMUNDO
DEBIDO AL EDITORIAL DEL PERIÓDICO EL MUNDO del pasado jueves 18 de enero de 2007, en el que se afirmaba que la situación de aislamiento en el Parlamento que está sufriendo el PP es "algo políticamente equivalente--y no exageramos un ápice-- a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judios en sus guettos", LOS BLOGS ABAJO FIRMANTES DECLARAMOS:
1)Que el Gobierno y el resto de los grupos parlamentarios se nieguen a debatir una serie de propuestas parlamentarias no es comparable por la situación vivida en los guettos judios durante el periodo nazi, tanto por respeto a la memoria del holocausto judio--la comparación es, sencillamente, una banalización ofensiva para cualquier judio y cualquier persona conocedora de la gravedad del holocausto--como por respeto a unas mínimas licencias de objetividad y de rigor que debe mantener el periodismo.
2)Que la frase reseñada viene a sumarse a una larga lista de despropósitos que vienen apareciendo en los editoriales del periódico EL MUNDO en los últimos meses, sin importar las limitaciones legales, morales y de credibilidad que debe respetar el periodismo, del signo ideológico que sea.
3)Que el editorial al que aludimos implica una comparación aberrante que podría tener consecuencias judiciales. Debido a que los Tribunales españoles se han declarado recientemente sobre las limitaciones de la libertad de expresión, sería conveniente y urgente que los jueces se pronunciaran sobre la legalidad de ciertas expresiones, que están llevando al periodismo hacia la manipulación ideológica más propagandística.
4)Que el periodismo, practique quien lo practique, tiene que tener unos códigos y unas tablas deontológicas. Debido a que en España los tribunales no están pronunciándose sobre hechos tan graves como los referidos, creemos que otras instituciones y colectivos, por pequeños que sean, deben pronunciarse y proclamar su rechazo al editorial mencionado.
5)Que ni las licencias de estilo ni los chichés periodísticos pueden permitirse jugar con lo que quieran, más aún cuando dichas palabras se dan dentro del marco de un editorial de un periódico, género sometido a unos principios de veracidad y objetividad.
Por todo ello, LOS BLOGS ABAJO FIRMANTES SUGERIMOS:
1)Que los anunciantes publicitarios del periódico EL MUNDO se pronuncien con respecto a la gravedad de las palabras utilizadas.
2)Que si dichos anunciantes no lo hacen, los tribunales, o cualquiera de los miembros que lo forman, debería pronunciarse al respecto.
3)Que si dichos hechos no suceden, que la ciudadanía se pronuncie ejerciendo activamente su rechazo a las palabras y a la actitud del editorial de EL MUNDO mediante, por ejemplo, las siguientes acciones:
--Que los blogs y las webs se nieguen a enlazar noticias, artículos y vínculos que remitan al periódico EL MUNDO.ES.
--Que los blogs y webs no comenten (hasta que no haya una rectificación por parte de EL MUNDO) noticias o comentarios procedentes del periódico EL MUNDO.
--Que los blogs y webs eliminen los vínculos de sus columnas que remitan al periódico EL MUNDO.
--Que los blogs y webs exijan mediante artículos, cartas o mediante la difusión de este comunicado, la rectificación del periódico.
--Que los blogs y webs difundan y firmen, si así lo consideran, este comunicado.
Y para que así conste, FIRMAMOS
1)Que el Gobierno y el resto de los grupos parlamentarios se nieguen a debatir una serie de propuestas parlamentarias no es comparable por la situación vivida en los guettos judios durante el periodo nazi, tanto por respeto a la memoria del holocausto judio--la comparación es, sencillamente, una banalización ofensiva para cualquier judio y cualquier persona conocedora de la gravedad del holocausto--como por respeto a unas mínimas licencias de objetividad y de rigor que debe mantener el periodismo.
2)Que la frase reseñada viene a sumarse a una larga lista de despropósitos que vienen apareciendo en los editoriales del periódico EL MUNDO en los últimos meses, sin importar las limitaciones legales, morales y de credibilidad que debe respetar el periodismo, del signo ideológico que sea.
3)Que el editorial al que aludimos implica una comparación aberrante que podría tener consecuencias judiciales. Debido a que los Tribunales españoles se han declarado recientemente sobre las limitaciones de la libertad de expresión, sería conveniente y urgente que los jueces se pronunciaran sobre la legalidad de ciertas expresiones, que están llevando al periodismo hacia la manipulación ideológica más propagandística.
4)Que el periodismo, practique quien lo practique, tiene que tener unos códigos y unas tablas deontológicas. Debido a que en España los tribunales no están pronunciándose sobre hechos tan graves como los referidos, creemos que otras instituciones y colectivos, por pequeños que sean, deben pronunciarse y proclamar su rechazo al editorial mencionado.
5)Que ni las licencias de estilo ni los chichés periodísticos pueden permitirse jugar con lo que quieran, más aún cuando dichas palabras se dan dentro del marco de un editorial de un periódico, género sometido a unos principios de veracidad y objetividad.
Por todo ello, LOS BLOGS ABAJO FIRMANTES SUGERIMOS:
1)Que los anunciantes publicitarios del periódico EL MUNDO se pronuncien con respecto a la gravedad de las palabras utilizadas.
2)Que si dichos anunciantes no lo hacen, los tribunales, o cualquiera de los miembros que lo forman, debería pronunciarse al respecto.
3)Que si dichos hechos no suceden, que la ciudadanía se pronuncie ejerciendo activamente su rechazo a las palabras y a la actitud del editorial de EL MUNDO mediante, por ejemplo, las siguientes acciones:
--Que los blogs y las webs se nieguen a enlazar noticias, artículos y vínculos que remitan al periódico EL MUNDO.ES.
--Que los blogs y webs no comenten (hasta que no haya una rectificación por parte de EL MUNDO) noticias o comentarios procedentes del periódico EL MUNDO.
--Que los blogs y webs eliminen los vínculos de sus columnas que remitan al periódico EL MUNDO.
--Que los blogs y webs exijan mediante artículos, cartas o mediante la difusión de este comunicado, la rectificación del periódico.
--Que los blogs y webs difundan y firmen, si así lo consideran, este comunicado.
Y para que así conste, FIRMAMOS
17 enero 2007
TRÍPTICO
Era una casa inconcebible. Los goznes de las ventanas estaban colocados en sentido contrario al esperado. Girabas la maneta y al abrir la ventana se soltaba del quicio. Le comenté el caso al propietario y me dijo que las ventanas, cuando se quieren abrir...ya son una molestia.
Levanté la vista del libro y le dije que era como acusar a un perro atropellado de no haber cruzado por la zona señalizada. Ella respondió, sin mirarme y sin cuestionarse el comentario, un seco... pues que le jodan; y yo sentí el dolor del perro, y el disgusto de no haber podido evitar escuchar su respuesta estúpida antes de pisar el pedal.
Qué mediocre poder tiene el pensamiento... y cuánto más mediocre suele convertirse la acción que lo sigue... y qué mediocridad la de la respuesta. Y si Dios existiese…
Levanté la vista del libro y le dije que era como acusar a un perro atropellado de no haber cruzado por la zona señalizada. Ella respondió, sin mirarme y sin cuestionarse el comentario, un seco... pues que le jodan; y yo sentí el dolor del perro, y el disgusto de no haber podido evitar escuchar su respuesta estúpida antes de pisar el pedal.
Qué mediocre poder tiene el pensamiento... y cuánto más mediocre suele convertirse la acción que lo sigue... y qué mediocridad la de la respuesta. Y si Dios existiese…
el insulto reversible
Como en el aserto de Brecht acerca de aquello que les pasa a los demás, la visión de Borat, dirigida por Larry Charles, cambia –se vuelve ofendida- en el momento en que se dirige hacia el espectador. La historia es conocida: un falso reportero de Kazajistán recorre Estados Unidos y al asomar su mirada –abigarrada mezcla de estupidez, ingenuidad y absoluta falta de pudor- permite, que en la intimidad, cada uno de sus interlocutores escoja de entre las tres cualidades la más hondamente ligada a su ser privado, escuece que en muchos casos el lado que se muestra al mundo entero es la más directa cretinez. La primera ofensa es la principal en la película: va contra un país que se precia de bastarse a sí mismo en la contemplación de su cultura y los logros de ésta. Es pronto que la visión de la vergüenza ajena, ausente en quienes se muestran como patanes sin mucha defensa, cala y pasa al otro lado de la pantalla, y así, produce vergüenza ajena observar a hombres hechos y derechos declararse, con un guiño, racistas, homófobos, potenciales criminales. Y la patética secuencia en que tres jóvenes celebran su llegada al mundo adulto entre hurras a lo más idiota que el hombre pueda enarbolar escuece más en la oscuridad del cine que en el interior de la furgoneta en marcha en que sucede. Cierto que hay provocación en la forma de asomarse al otro, pero si no hallara respaldo e identificación plena en quienes la afrontan, la película versaría sobre los intentos de un bobo por hacerse seguir, y como sugiere el mito de Fausto, la historia es siempre la de quien compra las ideas de otro, más concretamente –si de buena parte de la historia trágica del siglo XX se habla- la de quienes, tras absolver con su apoyo las ideas más idiotas o genocidas, culpan al inductor, al vendedor de la idea, de sus efectos. Sólo desde esa pretensión de verse absueltos de ser idiotas o voluntariamente ignorantes, cabe que quienes se ven en la película se ofendan de que, como buen espejo, Borat –nombre del falso reportero- se limite a dar la oportunidad a aquellos que se asoman a él de mostrarse como imbéciles o como seres sensatos. Y en la película hay tanto de unos como de otros: por cada vaquero que colgaría a los homosexuales, por cada estudiante que valora a las mujeres y las sandías como el mismo objeto a sus órdenes, hay un grupo de hombres y mujeres que, en cenas o reuniones, prácticamente se niegan a hablarle o le abandonan a poco que éste asoma su discurso procaz, sexista o falto de la más mínima cortesía. La sensación de desagrado con que uno pasa buena parte de la película se debe –cree uno- tanto a ese catálogo de seres abyectos como a la aparentemente innecesaria muestra de escatología que sólo tiene al espectador de testigo. Esta es la segunda forma de la vergüenza que uno reconoce en la película: pues, inserta entre los ejemplos de adhesión o repulsa a las ideas de Borat, hay secuencias en que, sin más persona que el espectador a la que ofrecer la posibilidad de reír con él o salir huyendo, el personaje de Borat actúa para la cámara como si su papel necesitara, para ser creíble, de una continuidad entre toma y toma, algo así como si el actor que hace de tarzán fuese intercalado en la película en taparrabos y dando alaridos mientras, fuera del rodaje, cena con su familia o sale a pasear al perro. Expuesto a lo asqueroso de su conducta, el espectador no tiene la opción de salir de la habitación sin salir a la vez del cine, y en esa categoría a la que eres arrojado, en la que uno carece de las oportunidades de los que aparecen en ella radica, quizá, la sensación de abuso con que uno termina de verla. Como si fuese uno más de la lista de idiotas que comparten su visión grotesca y zafia del mundo. Es legítimo sentir eso como un agravio hacia la sensibilidad o la inteligencia, y es una lástima que al editar la película se considerara necesario para la credibilidad de la zafiedad del personaje el mostrarlo tan naturalmente palurdo y falto de pudor incluso cuando no hay contra quién ofrecerlo como el cebo-baratija de la conciencia que es, pues tal altera, y quizá distorsiona la cualidad del espejo, y no pocos pudieran salir del cine pensando que la película trata de la estupidez del reportero. Un desperdicio dados los ejemplos, en ambos sentidos -para mirarlo recto o darse la vuelta- que a él asoman.
16 enero 2007
Banderas de los hijos que vendrán
Si uno de los requisitos que parecen claros en la película respecto a un símbolo es la conveniencia de no pedirle demasiado, ha de verse como natural el que cada uno de los tres símbolos que recorren Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood, se apoye en el anterior como los soldados lo hacen en la bandera mientras la levantan, el país en la fotografía que los inmortaliza, y la política en quienes, a falta de caras reconocibles en la imagen, tanto pueden ser los que dicen serlo como cualquiera. Los tres mienten, o son mentidos, y se deterioran al tiempo que su construcción como símbolo se asienta: la bandera que se venera como símbolo no es la que fue plantada, ni los hombres quienes levantaron aquella; los hombres que son paseados de este a oeste oscilan entre representar el acto de levantar un país y el deseo de desmontar, de tumbar la bandera, y lo que representa, de donde estuviera anclada –algo que, si se observa la fotografía, es más que una metáfora posible; y la suma de ambas mentiras coincide en la imagen en cuestión para mentir el hecho de que en el momento de distribuirse por todo el mundo, la guerra del pacífico distaba mucho de estar ganada. De las tres versiones optimistas de la realidad, puede pensarse que ésta última es la que más tiene de marketing político al uso y poco más. Pero que ese sea un simbolismo acostumbrado no lo convierte sino en una mentira común, a la que la conveniencia no dota de más verdad. Al cabo, que los símbolos no pueden ir sino en una dirección y que mueren si se detienen se cuenta en la escena más cruenta de la película –la única en que la muerte no es producto de la ira sino del precio que otorga una guerra a las vidas que pasan por ella: un hombre cae al mar y las chanzas primeras de sus compañeros se hielan en los rostros al entender, en medio de las interminables hileras de buques, que ningún barco sacrificará su lugar en el engranaje para recoger al caído. No hay símbolo sin manipulación, no sólo porque la reducción exige que la información que se pierde no afecte al valor inmediato de lo que se exhibe, sino porque –paradójicamente- un símbolo se escoge para hacerlo depositario de toda la información posible: la que se escoge y la que se desecha. En ello radica el valor de un símbolo: en que, defendido adecuadamente, exige escaso discurso y sí mucha repetición. Quizá por ello los tres supervivientes del falso alzamiento de la bandera aparecen siempre repitiendo las mismas tres frases sencillas, quizá por ello la bandera falsa y la verdadera no pueden distinguirse, y quizá por ello la fotografía, al captar a los hombres de espaldas a la cámara, los convierte en cualquiera, o lo que es lo mismo: no necesariamente en alguien concreto. Levantar un símbolo ni siquiera requiere de héroes, en eso la película de Eastwood es también una disección formidable de la idea de símbolo, sus formatos y sus posibilidades, tan cercanas que caben en una imagen.
A no mucha distancia de donde vi la película se alza una iglesia imponente, y en ella, anexo a la sacristía mayor, una estancia en cuyo techo una pintura muestra una mujer sosteniendo un estandarte. A sus pies y en diferentes alturas, varios ángeles vigilan su victoria, espada en mano. Preguntado el guía, responderá que el triunfo no es contra alguien o algo, sino meramente el triunfo de la iglesia. Aún cuando se le señale que un triunfo rodeado de espadas lo es por algo –contra algo- añadirá que es sólo un símbolo. Sólo eso.
A no mucha distancia de donde vi la película se alza una iglesia imponente, y en ella, anexo a la sacristía mayor, una estancia en cuyo techo una pintura muestra una mujer sosteniendo un estandarte. A sus pies y en diferentes alturas, varios ángeles vigilan su victoria, espada en mano. Preguntado el guía, responderá que el triunfo no es contra alguien o algo, sino meramente el triunfo de la iglesia. Aún cuando se le señale que un triunfo rodeado de espadas lo es por algo –contra algo- añadirá que es sólo un símbolo. Sólo eso.
15 enero 2007
One, two, three
Anda desparramada por las emisoras de radio una versión reciente de una canción que uno prefiere con mucho en su versión primera, década y medio más antigua, quizá porque la letra y la canción resultante iban entonces hacia el mismo sitio. La canción es One, escrita por Bono e interpretada como si fuera el himno que quizá no sea pero catorce años de escucha le han convencido a uno de ello. Catorce años después y quince segundos menos , la versión que estos días canta el propio Bono junto a Mary J. Blige tiene el aliento que da grabar en vivo –y qué ha de ser grabar en muerto- y sin embargo uno diría que justo los segundos que le han sido sustraídos han de ser los que contuvieran el alma de la canción, quizá porque uno no imagina bailar un himno y esto suena a eso. En el tránsito de aquella primera versión a ésta trató en 2000 la suya Johnny Cash, que entonces tenía setenta y un años, y tal vez porque su tiempo se acababa la canción carece de cuarenta segundos que tuviera aquella, y sin embargo es la misma espléndida, honda canción. Hace unos años uno trató temerariamente de que una marca de coches alquilara One para anunciar un coche cuyos cinturones de seguridad ajustaban no sé qué resorte según la fisonomía de cada cual. Era un anuncio hecho de montañas, de llanuras, prados y valles en los que había letras escritas, no sé cómo. El anuncio no se rodó y uno casi se alegra hoy si el precio era añadir previsiblemente una versión peor de la canción. Casi por esos días publicaba Cash su hermosa versión de Personal Jesús, rara criatura inspirada en un libro de Priscilla Presley acerca de su marido, y que tuvo que pasar por Depeche Mode para enlazar un más natural vínculo entre Elvis Presley y Cash. Si al menos todo esto sonara también cuando uno enciende la radio, tal vez dolería menos.
13 enero 2007
Dos veces hundidos
Casi dos años después, desciende uno por segunda vez El Hundimiento, dirigida por fuera por Oliver Hirschbiegel y por Bruno Ganz por dentro. Más generosa la sombra de éste último, se deja ver con más nitidez la de Thomas Kretschmann, hoy el miembro de las SS Hermann Fegelein, ajusticiado por traidor en los últimos días de Berlín, y al que uno no puede evitar mirar con los ojos compasivos con que su uniforme y su cara salían de El Pianista, de Roman Polanski, tras perdonar, como el capitán Wilm Hosenfeld, la vida de aquel Wladyslaw Szpilman, bajo la piel de Adrian Brody. La mirada que, desde fuera de la película de Hirschbiegel, le juzga actor con méritos para mejor suerte no es muy distinta de la que desde dentro del celuloide le observa a ojos de Hitler como actor también, junto al resto de alemanes a los que toca morir y el resto son consideraciones del autor que sólo a él atañen. Distingue el Hitler-Ganz entre los actores –entendidos como los que actúan- y entre los que son justo aquello que sus actos hablan –aquí está él y su secretaria. Nuestros mejores hombres han muerto ya –dice cuando se le reprocha no pensar en la población civil berlinesa, y lo que está diciendo es que la prueba de honorabilidad, de fidelidad a sus mandatos es dejarse matar. Junto a la línea argumental que explica la película como el arco de su desvarío, está una segunda que narra tanto dolor como la historia de la decepción consciente, ganada a pulso en los buenos tiempos y devastada en los malos: la de un engaño, una mentira que circula de arriba abajo y al revés. Brama Hitler la traición permanente, la desobediencia de sus generales, y ese lamento no es muy distinto del que emana hacia él de parte de la jefatura nazi, del arquitecto hacia el promotor, de los oficiales médicos hacia los no médicos, y de la población civil alemana en todas direcciones si la película hubiera durado seis horas más. ¿Por qué iba a engañarnos? –pregunta una mujer. ¿Qué tiene qué perder? –le responden. Una vez tapados otros cráteres, el abismo de la responsabilidad ciudadana en los crímenes de guerra iniciados por sus dueños militares es uno en el que caben tantos cuerpos como cayeron en sus ciudades, y de ese hundimiento no se sale. Traudl Junge es la secretaria en cuyas memorias se basa parcialmente la película, es ella la que, ya anciana, la abre y cierra. Su última frase es en realidad la primera que se calla siempre, cuando más necesaria, cuando aún podría salvarlo todo: la juventud no es excusa. Tenía que haber sabido, tuve que haber sabido.
10 enero 2007
la confluencia
Escribe Joaquín Estefanía en El País 8.1 cómo “bajo el gobierno de Clinton su administración convirtió en oro lo que tocaba: invirtió la tendencia y los déficit devinieron en superavit (con subida de impuestos), el PIB creció por encima del 4% durante varios años seguidos, la productividad se elevó hasta límites desconocidos por la explosión de la revolución digital, bajaron la inflación y los tipos de interés y se obtuvo el pleno empleo. Para que el círculo virtuoso fuese perfecto sólo faltó una mejor distribución de la renta y la riqueza. Y lo que fuera oro, fue transmutado en plomo con bush: los superávit públicos volvieron a la senda del déficit, bajó los impuestos a los millonarios, el crecimiento ha sido vulgar y los tipos de interés han vuelto al alza. Sólo el empleo continua bajo”. A uno le agrada, entre lo árido de la terminología económica y sus lazos, un término como “vulgar”, inserto como una tapa en el prieto envase de la jerga. También que las políticas sean, a veces, nítidamente en todas las áreas lo que la inepcia de quien las comanda esparce en esa coherencia que uno pide a la idiotez para saberla visible, al menos eso. Parece así que las cifras cuentan lo mismo que las letras, que los libros de contabilidad y los periódicos llegan a idéntico balance, como dos jueces que llegaran a la misma conclusión por métodos distintos. Y casi cabría alegrarse de ese raro acuerdo que clarifica las cosas, si no fuera por cuán esa nariz consensuada explica, condena el rumbo del mundo como el de la miseria ubicua que emana de tan pocos miserables.
09 enero 2007
Dónde debería estar willy
Uno yerra al identificar la obra por la que conoce a Michael Frayn, y que le sirve para sugerir esta espléndida “Democracia” que viera en Buenos Aires hace un mes, y en el errar, la referencia mejora al corregir y cambiar “Cruel y Tierno” –que nunca dejó de ser de Martín Crimp- por la maravillosa “Copenhague”, que se viera en Madrid hace tres años y en este mismo teatro bonaerense de San Martín durante cuatro temporadas seguidas. Aquí el átomo de la cuestión es el alma y sus fidelidades, forzadas y buscadas, pero es, en ambos casos, el mismo encuentro entre dos hombres a los que el tiempo llevará de un lado a otro de la confianza, el respeto mutuo, la colaboración política.
¿Se atreverá a más democracia? –elucubra la voz, desde la sombra: un narrador que da instrucciones al actor que representa a la alemania del este, y al tiempo describe las vicisitudes de la alemania del oeste, como alguien que pide y a la vez narra las consecuencias de lo que solicitó. Estamos en 1969 Y la horca que es el muro para berlín es entonces respecto al alcance de la democracia, en palabras de Willy Brandt –canciller recién elegido- una cuerda que es necesario tensar cuanto más afianzada. Era eso o nada –se escucha después referido a cómo se fundó el país a partir de ciudadanos que lo fueron del reich. Y ese reciclaje de materiales dudosos es el mismo que alimenta cada paso de la fragmentada coalición de socialistas y liberales que iniciaba la construcción esos días la democracia de una sola ciudad y un solo país al tiempo que trataba de evitar en el proceso que su gobierno se atomizara por las presiones internas y externas. La democracia cristiana es aquí la menos externas de ellas, una que al menos permanece en el escenario mientras la obra transcurre. La voz soviética de la rda inquiere, duda y finalmente obliga cosas desde fuera, y su títere es el que fuera mano derecha de Brandt. Esa traición en lo personal se fragua al mismo tiempo que avanza la decepción en lo político, y que acabará sumándose al escándalo que arrancara a Brandt de la cancillería en 1974. Nunca sabe uno con qué voz hablará hasta que abre la boca –dice Brandt. Al final de la obra ese es también el lamento de quien admita su traición. Y uno parecido el de la voz exterior del narrador, la voz de la rda que al final de la obra tendrá en sí, extinta con el advenimiento de la democracia la función de autor, las mismas dudas del actor. Acaso el drama sea ese, el paso de observar la función desde afuera a sufrir los errores con que colaboró a ello desde su alter ego, dentro.
¿Se atreverá a más democracia? –elucubra la voz, desde la sombra: un narrador que da instrucciones al actor que representa a la alemania del este, y al tiempo describe las vicisitudes de la alemania del oeste, como alguien que pide y a la vez narra las consecuencias de lo que solicitó. Estamos en 1969 Y la horca que es el muro para berlín es entonces respecto al alcance de la democracia, en palabras de Willy Brandt –canciller recién elegido- una cuerda que es necesario tensar cuanto más afianzada. Era eso o nada –se escucha después referido a cómo se fundó el país a partir de ciudadanos que lo fueron del reich. Y ese reciclaje de materiales dudosos es el mismo que alimenta cada paso de la fragmentada coalición de socialistas y liberales que iniciaba la construcción esos días la democracia de una sola ciudad y un solo país al tiempo que trataba de evitar en el proceso que su gobierno se atomizara por las presiones internas y externas. La democracia cristiana es aquí la menos externas de ellas, una que al menos permanece en el escenario mientras la obra transcurre. La voz soviética de la rda inquiere, duda y finalmente obliga cosas desde fuera, y su títere es el que fuera mano derecha de Brandt. Esa traición en lo personal se fragua al mismo tiempo que avanza la decepción en lo político, y que acabará sumándose al escándalo que arrancara a Brandt de la cancillería en 1974. Nunca sabe uno con qué voz hablará hasta que abre la boca –dice Brandt. Al final de la obra ese es también el lamento de quien admita su traición. Y uno parecido el de la voz exterior del narrador, la voz de la rda que al final de la obra tendrá en sí, extinta con el advenimiento de la democracia la función de autor, las mismas dudas del actor. Acaso el drama sea ese, el paso de observar la función desde afuera a sufrir los errores con que colaboró a ello desde su alter ego, dentro.
08 enero 2007
Dorothy en la patagonia
Como si el frío del nazismo le hubiera hinchado el cuerpo, la Dorothy que asoma en los rasgos de judy garland tal y como aparece en Judgement on Nuremberg, dirigida por Stanley Kramer en 1961, es ella misma una baldosa amarillenta, pisada con saña dentro y fuera de las películas. Un poco más arriba, en el aire y los pasos que viajan a la altura de las cabezas, dos argumentos se turnan: primero el de sí el juicio a la complicidad del pueblo alemán no es muy distinto al que cabe someter a todos los que ven pasar el mal delante de los ojos sin atajarlo –para explicar esto, el guión esgrime, por ejemplo, razones de constituciones y juristas norteamericanos que no se alejan de algunas practicas nazis- y segundo, ya al final, uno más complejo que al aparecer adopta el aspecto de una serpiente que se mordiera la cola: el de elegir entre acatar la presión norteamericana, que ve más gobernable el país si se libera a los jueces juzgados, u optar por castigar su probada culpabilidad. El eje aquí es entender que los argumentos a favor de considerar el bien mayor –absolverles- es, de darse, justo el que la defensa esgrime a favor de los jueces nazis –su condicionado a ese bien mayor que era la obediencia a los ritos de la nación alemana. Entendidas las pruebas como la parte de ficción del mundo, y el pragmatismo que las interpreta como la realidad que opera con independencia del rumbo de las primeras, se mezclan también allende el dvd que uno recibe como regalo de reyes, y así un día antes de que el fiscal en la película –Richard Widmark- gane el caso, lo pierde en El País 6.1 el que fuera fiscal en los juicios de Nuremberg, Bernard Meltzer, que muere, quizá en el desdichado momento en que alguien entra en la sala y, como en las películas, le pide que se rinda en aras de ese bien común que es el olvido.
07 enero 2007
Dorothy y la patagonia
Entre lo último que uno vio del año pasado está un río de miles de personas fingiendo de noche una carrera, enfundados todos en una camiseta muy amarilla, cortesía del patrocinador. A quién cuento yo el símil –pensaba uno mientras corría en medio del sendero de baldosas amarillas que atravesaba Madrid desplazando el propio sendero, serpenteándolo por la ciudad. Habiéndolo intentado un par de veces sin éxito, uno volvió a relatar la imagen de las baldosas veloces hace unos días, en la noche de reyes. Y esta vez las niñas –unos cinco y siete años- sí sabían.
Hoy hay una estrella amarilla en el suelo, pintada por la mayor de esas niñas, ayer estrella adherida a los cristales del portal como señal para Baltasar, hoy amarilleando la baldosa blanca. Con esa estrella en el bolsillo, lleva uno a cierta familia al teatro de la zarzuela a regalarles Los sobrinos del capitán Grant, que uno viera hace unas semanas. Ese día lo hicieron también dos niñas –unos cinco y siete años-, a ambos lados del delante, probablemente, dada su atención, también sobrinas del capitán Mozart. Hoy, en el trayecto al teatro, mi tía se saca un camino de olvidadas baldosas del bolsillo y cuenta que, en contra de lo que creí, uno ya estuvo en la zarzuela antes, hace treinta años. Más aún: que aquella zarzuela es la misma que uno creyó ver como primera, sólo que treinta años antes.
De los caminos que sólo los niños reconocen, de los que olvidan al crecer, mientras corren y corren.
Hoy hay una estrella amarilla en el suelo, pintada por la mayor de esas niñas, ayer estrella adherida a los cristales del portal como señal para Baltasar, hoy amarilleando la baldosa blanca. Con esa estrella en el bolsillo, lleva uno a cierta familia al teatro de la zarzuela a regalarles Los sobrinos del capitán Grant, que uno viera hace unas semanas. Ese día lo hicieron también dos niñas –unos cinco y siete años-, a ambos lados del delante, probablemente, dada su atención, también sobrinas del capitán Mozart. Hoy, en el trayecto al teatro, mi tía se saca un camino de olvidadas baldosas del bolsillo y cuenta que, en contra de lo que creí, uno ya estuvo en la zarzuela antes, hace treinta años. Más aún: que aquella zarzuela es la misma que uno creyó ver como primera, sólo que treinta años antes.
De los caminos que sólo los niños reconocen, de los que olvidan al crecer, mientras corren y corren.
04 enero 2007
03 enero 2007
fullbright, fullback
Una simple añagaza informática que traslada los archivos de un servidor al programa de correo que hay en el ordenador, y súbitamente llegan mensajes de hace años como si fueran nuevos: cientos de ellos, como si jamás hubieran sido leídos. Hubiera uno de mi padre, uno sólo, entre ellos y echara a temblar más de lo que ya hago al ver llegar mensajes desde la ciudad en que hoy sé se me esperó, cinco años atrás. Si decidiera abrirlos por segunda vez, ¿qué leería hoy?. ¿Y a quién contesto tras hacerlo?. ¿Y si ella hace lo mismo? ¿existe aún esa ciudad? ¿ cómo se la traslada a un programa de ordenador?
01 enero 2007
Bajar de un tren, subir a otro
Despuntaba ya el día cuando desperté; el tren se hallaba inmóvil; yo estaba en el último vagón y, al notar que algunos se paseaban por entre los rieles, abrí la portezuela y salí, como si el tren fuera una caravana detenida a la vera del camino. No se veía ninguna estación ni señal por las cercanías. La verde campiña se extendía por doquier. Los algarrobos y un campo de trigo la dotaban de una gracia y un interés extraño; pero el aspecto de la tierra era suave y semejaba el de una campiña inglesa. No tenía una apariencia exactamente europea; sin embargo, era lo bastante parecida como para que resultara natural a mis ojos. Y fue en el cielo, y no sobre la tierra, donde me sorprendió notar cierta diferencia. Explíquese como se quiera, por mi parte yo no puedo hacerlo, pero el sol se eleva con un esplendor distinto en Europa y en América. Hay más resplandores áureos y escarlatas en las mañanas de nuestro viejo mundo; y más púrpura, pardo y anaranjado en las del nuevo. Quizá se deba a la costumbre, pero para mí la llegada del día es menos fresca y animadora en éste último; su gloria es más oscura y más se asemeja al crepúsculo que al amanecer. Parece apropiada para alguna época del atardecer del mundo, como si América se hallara en realidad, y no sencillamente en la imaginación, más alejada de la aurora y de las fuentes del día. Asi lo pensé entonces, al lado de la vía en Pensilvania, y así lo he creído una docena de veces en otros lugares del continente. Si es una ilusión, está muy arraigada y mi vista es su cómplice.
–De A través de las praderas, escrito por Robert Louis Stevenson en 1879.
–De A través de las praderas, escrito por Robert Louis Stevenson en 1879.



