02 junio 2012
up in the ground
Como quizá en la mitología griega, la venganza de un héroe o un semidios
podría ser devolver miméticamente la desconfianza y la extrañeza con que los
seres humanos les observan en las obras de teatro, los tebeos o las películas
que los adaptan. Si Hulk es un héroe y al tiempo un esquema –el hombre que
contiene a la bestia simultáneamente le teme y le comprende-, Mr. Manhattan es
el más cercano a un dios y a la vez el que más hondamente nos comprende. Su
actitud contiene la indiferencia, la compasión y el juicio exacto sobre
nuestros méritos. Con su excepción, ningún héroe de los últimos cien años ha
sido diseñado para juzgarnos al mismo tiempo que nos socorre. Quizá porque solo
mantenerse permanentemente ocupado en lo segundo explica la ausencia de lo
primero.
18 mayo 2012
las seis posiciones
Cuanto más obvio el músculo
necesario para practicar deporte, más fácil es pasar por alto que ganar o
perder se reduce a la toma adecuada de decisiones, y que, no pocas veces, más
fuerza bruta solo sirve para cometer errores más deprisa o con más vigor. No
hay fórmula para evaluar el valor de esa proporción en el éxito o fracaso de un
equipo, pero sí un experimento útil: se llama nombrar director de operaciones –responsable
final de la composición de la plantilla- a un jugador ya retirado.
Desgraciadamente para Isiah Thomas, Kevin McHale o Michael Jordan, las
estadísticas como responsables de los New York Knicks, los Minnesota Timberwolves,
los Washington Wizards o los Charlotte Bobcats cuentan una historia igual de
explícita que cuando jugaban. Afortunadamente para los Phoenix Suns o los Indiana
Pacers, Steve Kerr o Larry Bird no han envejecido aunque no quepan ya en la
ropa que les encumbrara.
Bird viene de ser nombrado
ejecutivo del año en la NBA, lo cual poco significa hasta que se considera que
alguien con su mismo nombre fue en su día primero el mejor jugador durante tres
años consecutivos en los Celtics y, años después, el mejor entrenador en los
Pacers. Es sencillamente un prodigio irrepetible del manejo de decisiones tan
distintas como haber sido logradas con el balón en las manos, con doce
jugadores a tus órdenes, y finalmente con una lista de cientos de jugadores
posibles con los que confeccionar un equipo. La ampliación de responsabilidades
vuelve el logro aún más complicado, dado el número creciente de imponderables
que escapan al control. Y ni siquiera las pistas que dejara Bird en sus tiempos
de corto lo explican –jugando al lado de McHale y Parish, sus rebotes fueron
siempre superiores; jugando al lado de Ainge y Johnson, sus asistencias también
lo fueron.
Pero de alguna forma sus logros
como jugador adquieren así un brillo nuevo, de hecho solo al alcance de Jerry
West. Uno que tiene que ver con construir el equipo adecuado, ya te lo
encuentres en el vestuario el día que entras en él por vez primera a ponerte la
camiseta, ya te toque diseñarlo desde los despachos. Como Johnson, Bird solo
dobló la rodilla cuando su equipo lo hizo. Jordan les sucedió a ambos, pero lo
hizo como un canibal, alguien que en todo momento salía a ganar con sus
compañeros o a pesar de ellos, de quien, dentro o fuera de la cancha, no se
postrara ante él. Pero incluso alguien bendecido con todos los poderes
imaginables no ganó nada hasta que alguien con un talento menos infinito, por
no decir sospechoso –Jerry Krause- hizo el único movimiento que Jordan aún se
ha demostrado incapaz de hacer, una vez retirado: tomó las decisiones adecuadas
al obtener el mismo año a Grant y Pippen. Krause fue Jordan al menos por un
minuto. Jordan lleva siendo Krause desde que se retiró.
Es una forma transparente de
entender el alcance de lo logrado por Bird: lo ha seguido siendo en sus
sucesivas encarnaciones, es decir, cuanto más se alejaba del balón, de aquello
por lo que se le considerara un genio. Dejar atrás un cambio de piel tras otro
sin que la nueva deje ver el cambio es meramente complicado hasta que se
considera la presión que rodea la competición en la NBA, y directamente asombroso
si se le suma el peso que su nombre carga sobre todo lo que Bird haga dentro de
un pabellón de baloncesto. Se entendería mejor si junto a las camisetas que
cuelgan de los techos del Boston Garden, junto a las de Russell, Cousy o Bobby
Jones, colgara también la americana de Red Auerbach; o junto a las de Jabbar,
Mikan, Johnson, lo hicieran las de Jerry West o Pat Riley. Porque entonces uno
podría elevar la vista y contemplar, repartidos en dos pabellones distintos,
tres uniformes diferentes con un mismo apellido en cada una de ellas. Y si uno
imaginara entonces que, dado que los pabellones albergan a veces deportes
distintos, ese apellido reconoce tres trabajos completamente distintos,
entonces, improbablemente, estaría en lo cierto.
17 mayo 2012
fuga de sentido
Convertida la política, vía
declaraciones absurdas y diarias, en palíndromo, donde basta oír una cosa para
saber que la verdad es su opuesto exacto, sabe uno, al leer en este instante
que el gobierno y bankia niegan la fuga masiva de depósitos, que eso es justo
lo que está ocurriendo. Y es lógico. Tanto si es el miedo lo que mueve a
hacerlo, como si lo que se busca es castigar la ineptitud en la gestión. Es
también la bala errática disparada desde lo que la política ha logrado en la
sociedad: conseguido que la gente vote por espasmo, sin entender más que un eslogan,
una corbata bien puesta, un prejuicio adecuadamente servido, la reacción es la
misma. La desinformación se basta. Incluso sus plazos se parecen: como es hábito
en política, en cuatro años bastará el marketing adecuado para rebautizar la
estafa y hacerla, de nuevo, confiable.
la fuente escasa
Uno de los problemas de según
qué muertes es el gobierno que les sobrevive. La contradicción insuperable
entre la inteligencia y lo que es necesario hacer o decir para aspirar al puesto
tiene ejemplos obvios por doquier de cómo lo segundo solo se da si se renuncia a
lo primero. Y sin embargo hay prodigios: Vaclav Havel presidió la república
Checa durante trece años, Winston Churchill obtuvo el Nobel de literatura,
Vargas Llosa fue derrotado en el intento ante Fujimori antes de que a éste le derrotaran
los jueces, la cabeza de Azaña era cuanto podían pedir los sublevados,
incapaces de albergar lo que contenía. Carlos Fuentes era de esa rara estirpe. El
vacío que deja en los anaqueles es poco, poquísimo, comparado con el que
hubiera llenado de presidir el país en que le tocó nacer.
16 mayo 2012
dramaturgos de obra ajena
Qué más normal en un Festival de otoño que tiene lugar en mayo que ver un montaje de Robert Lepage el miércoles, uno de Peter Brook el jueves, uno de Simon McBurney el domingo. Frondoso, tupido, hecho de ramas que aparecen y se desvanecen el primero; despejado, luminoso, grácil el segundo; apabullante, operístico, ambicioso hasta lo temerario el tercero. Es lo mejor del festival –se escucha a una mujer a la salida de la primera de las 24 obras –The suit- que aún no ha podido ver. Y quizá lo que está diciendo, adoración o fidelidad aparte, es que Brook, como Lepage, McBurney o Robert Wilson son formatos tan esencialmente reconocibles de un festival de teatro contemporáneo como un molde que se proyecta hacia atrás: Eurípides hubiera amado a Robert Lepage, Beckett habría escrito para Peter Brook, Wilson habría llamado… a Wilson.
Playing cards 1: spades; The
suit; The Master and Margarita. Cada camino tiene su logro, y confluyen en que
la creación reconocible de un estilo pudiera ser, en su respectiva destilación,
una cualidad dramatúrgica como lo sea el pentámetro yámbico en el teatro
isabelino o el rol del coro en el teatro clásico griego. Aunque la obra de
Brook –sumados ensayos y memorias- casi iguala en extensión a la conservada de Sófocles,
el logro de los tres es ser directores de escena y aún así operar sobre el
texto como lo hace un dramaturgo: no versionando, sino reescribiendo. Y que el
autor sea el personaje no es una idea infrecuente: si la peripecia de Bulgákov
es explícitamente la del Maestro en su novela, si uno pestañea, a quien ve
dentro del personaje principal de The suit es al propio Brook.
En ella se cuenta el
descubrimiento por un hombre de la infidelidad de su mujer. Y lo que aquel
escoge entonces como castigo es, en su creatividad, puro acto de dramaturgo: no
alejar o destruir la prueba del delito, sino obligar a su mujer a sentar al
traje a la mesa cada día, a darle de comer, a bailar con él. El propio traje
como encarnación del hombre que no está es puro Brook: símbolo que se construye
por ausencia, por reducción de elementos que están sin estar, como en su Gran
inquisidor, disertado por Bruce Myers hace cuatro años a un testigo mudo.
Convertir en fábula cuanto toca
–sea una versión de La flauta mágica con cuatro cantantes y un piano, o esta
historia de oscuro rencor marital en un cuento musicado- tiene que ver en Brook
con revelar la esencia, el hueso, tanto como, en Lepage, con viajar de un trozo
del cuerpo a otro donde a veces se arrastran gestos musculares de uno a otro, o
se olvidan durante una hora hasta que asoman de nuevo. Si se podría crear un
montaje con lo que Brook deja fuera, Lepage es minucioso en los encuadres de
una historia, como si la multiplicidad de ángulos –en Playing cards,
literalmente- sirviera para contar lo que una situación, un personaje, una
localización puede ayudar a contar de otra.
Mientras Brook exige una
atención más lúdica, más relajada, Lepage plantea el acceso a nuestra
inteligencia como una operación militar compleja. Si uno reduce el armamento a
la expresión hablada o cantada, el otro aglutina cuanto arsenal técnico y
expresivo pueda caber al servicio de Stravinsky o de una creación coral. Más
obvio en Brook, si merecen la cualidad de dramaturgos, es porque, por encima de
exhuberancia o reducción, ambos sirven al gran silencio a que aspiran Sófocles,
Shakespeare, Calderón, Chejov, Ibsen, Beckett o Bernhardt. Que no es otra cosa
que renunciar a explicar si el destino de Edipo pudiera tener que ver con la osadía
de derrotar a la Esfinge; cuánto del encuentro con el espectro del padre acaso
sea solo delirio de Hamlet; o si es Nora la que realmente se cansara de tener
un juguete por marido.
Solo podemos intuir la calidad
precisa del sufrimiento de Philemon en The suit. ¿Es su orgullo o su amor
afrontado lo que castiga a su mujer?. ¿Qué mueve al ludópata, recién saldadas
sus deudas al final de Playing cards, a donar su fortuna nueva a una oscura
limpiadora del hotel?, ¿qué sueñan en realidad las vidas alucinadas de la
pareja embarazada cuando se abandonan a la aparición de un chamán que viene a
cambiarles para siempre?. Dado lo asombroso del empeño de adaptar la novela de Bulgákov
-El maestro y Margarita- McBurney dudosamente podría añadir una pregunta más
incluso si quisiera. Pero las de aquel resuenan con más fuerza, dada la
minimización de las explicaciones: si en el paralelismo perfecto del
cristianismo y el estalinismo Pilatos tiene a Stalin, Jesús al Maestro y Judas
al amigo que traiciona al escritor para quedarse con su casa, ¿es Margarita
María Magdalena?, ¿tiene su paralelismo también el afecto que Pilatos siente
hacia el crucificado?, ¿quién es el trasunto del verdadero culpable -el sumo sacerdote Caifás- en la rusia
descrita por Bulgákov?, ¿quién es, pues, el Pilatos ruso?
Como McBurney, si Brook habla
del individuo, Lepage lo hace de la sociedad. Pero sus personajes bien podrían
venir de la obra del otro. Para afrontar la cualidad aislada del dolor si
vienen de Lepage; si desde Brook para colapsar una vez insertos en el engranaje
múltiple y simultaneo que abruma los sentidos en los montajes del canadiense.
Es centro contra periferia, espejos contra el eco que parece venir de todas
partes, pero no tan distinto misterio. Aunque en McBurney sea el de la
ferocidad del sistema y los sacrificios del amor, de la compasión, de la
creación literaria; en Brook de la hiel bebida como horchata; y en Lepage, de
una visión nublada del mundo que no impide pasar por él con miedo, rabia y
deseo.
Es imposible –aquí o en Nueva
York- ver tres óperas sobresalientes en tres días; leer tres libros tan distintos,
tan magníficos en los mismos tres días, improbablemente hallar en cines de
estreno tres obras maestras que ver en tres días consecutivos. En Madrid es
posible, y casi sin salir del mismo teatro.
13 mayo 2012
12 mayo 2012
adivina quién no viene esta noche
El logro último de Miguel del
Arco, erigido en su ascenso sobre sendas reformulaciones de Luigi Pirandello y Máxim
Gorki, podría ser, coherentemente, la multitud de realidades adaptadas que
pueden verse en su El inspector, estos días en el Valle Inclán. A saber: 1. del
texto de Nikolai Gógol; 2. de lo que un periódico pueda llevar contando recientemente
del expolio de la hacienda pública, perpetrado con luz y taquígrafos en nuestro
país; 3. finalmente, de lo que Eduardo de Filippo pusiera en su Arte de la
comedia, superlativamente montado en La Abadía hace dos años. Las dos primeras
–la descripción de un alcalde corrupto atemorizado por la visita de un
inspector y lo que cualquiera puede leer hoy día en un periódico- funcionan
como una caricatura y su modelo puestos a convivir. Engranan con triste
naturalidad, aunque la versión pierda distancia irónica y gane en vodevil. Acaso
con más filo contaría sus puñales si el trazo de tanto arribista no fuera tan
obvio que corre el peligro de verse como una parodia de un vicio –el robo de lo
público- en vez de su retrato servido con reducción de hiel.
Sin un solo observador dentro
de la obra que sospeche o advierta la farsa, el montaje se ve como la versión guasona
y afiebrada de El guateque, de Edwards, contada desde la página de política nacional.
O, por su mezcla de fatalismo y denuncia, como un esperpento. Y tanto, que su
vehículo principal, el alcalde, viene de tener la misma cara de Gonzalo de
Castro en Luces de Bohemia. Sin un solo instante apenas en que un personaje se
quede a solas para rumiar su desvarío o su contribución a la mentira general, sus
mejores momentos suceden cuando el alcalde amaga con insistir su honestidad
imposible delante de sus colaboradores. También es justo, en ese asomo de aspirar
a ser quien de ninguna manera puede ser, cuando más nítidamente asoma aquel
gobernador que di Filippo pusiera a sospechar de cuanto ciudadano entra a su
recién ganado despacho, en la duda literal de si no serán acaso actores
tratando de burlarse de él.
La incredulidad como sustituto
de la autoridad no solo es un artefacto teatral más rico y con más matices que la
mera farsa sobre la corrupción generalizada, también lo es por emplear el
núcleo real del problema de la política como expolio: la desaparición del bien
común. Si el gobernador que acaba de llegar a su puesto en un pueblo de la
Italia de los años 30 no distingue lo que le es explicado como problemas
nítidos, con caras y causas concretas y comprobables, el cinismo de este
alcalde ruso en 1836, y español hasta la médula en 2012, da para dar varias
vueltas a la población que regenta, como si el objetivo fuera, no ignorar las
consecuencias del robo, sino entenderlo con criterios de Libro Guiness de los
records. Es una caricatura que superpone trazos en vez de retraerlos. Por eso
su transparencia cansa por repetitiva. Y por eso los números corales en que,
como un grupo de coristas brechtianos, la troupe canta al amor del
neoliberalismo por el interés general, en vez de funcionar como despertadores
de la metáfora, se ven como una repetición de los mejores momentos de lo que
llevan dos horas contándote.
Aunque legítimo, aunque
necesario, la única consecuencia desdichada de insertar la denuncia actualizada
dentro de una obra es que acabes eligiendo entre denuncia y obra. El inspector
trata del combate entre un político adulador que trata de corromper a quien
cree un funcionario enviado a juzgarle, y el teatro que éste acepta componer
para no perder lo que las prebendas del engaño. Si di Filippo diseñó mejor su
balanza es porque puso literalmente a la política, encarnada en el gobernador,
a sospechar del teatro, representado en el empresario Oreste Campese. Cuando
éste, animado por el político, se anima a fabular políticas culturales, aquel
reacciona como quien ve invadido su espacio, sus funciones y privilegios. Originado
en lo que el teatro viene a pedir a la política, ésta reacciona ante lo que el
teatro dice de ella. Extrañamente, si el mecanismo dramático fluye mejor en El
arte de la Comedia, el logro superior de El inspector sucede… en el patio de
butacas. Habla del teatro como agitador social, como despertador moral. También
de ese vector valiosísimo del teatro público: que el gobierno que patrocina
desmantelamientos sociales y protege a su casta como un capo a su clan… patrocine
al mismo tiempo la exhibición explícita de lo que niega en los periódicos.
10 mayo 2012
reunirse con los cubiertos
La cena anual de los corresponsales, que reúne en
Washington a quienes cubren la información sobre la Casa Blanca y a quienes son
cubiertos –periodistas y presidente de Estados Unidos respectivamente- es una
idea audaz dada la chanza que unos y otros vierten sobre su respectiva
profesión, pero no lo es menos que aceptar como broma solo parcial la visión
del partido republicano sobre casi cualquier tema. Sin embargo ambos prodigios
se han sentado a la misma mesa durante años, y asombra recordar la libertad de
george bush jr. para reírse de sus obvias carencias durante un día al año y
gobernar el resto como si, reconocidas por él, bastara al resto de la población
para pasarlas por alto. No se llega a presidente de un país sin entender que el
sapo y la culebra son parte del menú que viene con el cargo. Como tampoco se
gestiona una cadena de televisión, de radio o un periódico sin exhibir, en
tantos casos, tu condición de sapo. Es esa convivencia lo asombroso. Que unos y
otros mastiquen, por unas horas, otra cosa. La bilis que emana la Fox y su
descerebrado apoyo a cuanto de insensato tenga la política ha de ser solo el
esfuerzo del estómago por volver a la dieta habitual.
el punto cero
En el reportaje de Guillermo Abril en el suplemento de El
País 29.4, la extraña metáfora de que el litio como alternativa al petróleo
surja en desiertos de una salinidad extrema, donde la vida no es posible. Como
si el mundo que creara el petróleo exigiera partir del punto exacto en que éste
se agota.
James, Taylor y el resto
También el poder de lo que amas se muestra con solo mirar
a quienes te rodean en el acto de hacerlo. Y aún siendo James Taylor a quien
uno no deja de mirar mientras canta, también la proximidad de los extraños que
se apiñan en torno a ti cuenta esa emoción, aunque improbablemente te hermane
con adolescentes, matrimonios de setenta años, veinteañeras, y todo un abanico
posible de edades conmovidas. Si hay algo asombroso en que quizá algunas
canciones sean todo lo que uno tiene en común con otra persona es que ese nexo
excave tan hondo en cada uno de lo seres distintos. Y que ese vínculo sean tan
poderoso como para sentir que sí, que uno podría acabar siendo este hombre de
sesenta años o aquel de setenta. También porque dignifica la comunión fugaz que hace salir a hordas taradas a recorrer las calles de la ciudad como si
las estuvieran tomando militarmente tras un partido de fútbol. Cuantos de los
infiernos personales a los que Taylor ha sobrevivido no serán, desde ese lado
del concierto, el mismo reverso: el estribillo sabido, imitado, de los que se
apiñan frente a él.
para B., a quien Taylor y el resto hemos venido a ver
para B., a quien Taylor y el resto hemos venido a ver










