26 junio 2012

vaya

en el país, hace dos días

25 junio 2012

Los libros propios que escribe otro

El clima social y el desarme de la izquierda son muy propicios a ese programa intensivo de panem et circenses (y más bien lo segundo que lo primero) que políticos de toda laya y los medios escorados a la derecha (que son casi todos) parecen haberse puesto de acuerdo en bendecir como bálsamo para el desastre. Y pobre del que no siga la corriente: como explica Marc Perelman en Le sport barbare (Michalon), un libro valiente y comprometido que no parece haber interesado a los editores españoles, el deporte constituye el último tabú. A pesar de las explicaciones de ciertos intelectuales integrados, el deporte no canaliza la violencia, sino que a menudo la crea y disemina: con demasiada frecuencia vemos a la masa gregaria entregarse sin freno a las pulsiones chovinistas, xenófobas, racistas y homófobas despertadas por el nuevo opio del pueblo, mientras continúa narcotizándose la vieja capacidad de los individuos para rebelarse contra la injusticia o protestar contra la misma corrupción y opacidad de las estructuras deportivas globales. El deporte mundializado, convertido en la más respetada religión universal del siglo XXI, legitima el orden establecido, cualquiera que sea: por doquier, “la nación”, explica Perelman, “ya no es un pueblo, sino un equipo; no un territorio, sino un estadio; no una lengua, sino el bramido de la hinchada”. Pero, sobre todo, funciona como una especie de totalitarismo blando que invade y permeabiliza toda la actividad (y hasta el pensamiento) de sociedades en las que se diría que constituye el único proyecto colectivo capaz de galvanizar a los ciudadanos. 

–Manuel Rodriguez Rivero, ayer en El País.

24 junio 2012

contra el mejor, el que más

Hasta que Wilt Chamberlain y después Michael Jordan convirtieron el coleccionismo en algo rutinario, optar al título de máximo anotador y simultáneamente al de mejor jugador de la temporada fue tan inusual que se diría que lo primero era condición necesaria para no aspirar a lo segundo, y viceversa. Específicamente, si antes de Jordan ambos logros parecían escindidos en función de los distintos objetivos que se persiguieran –anotar podía ser solo suplir las carencias del equipo; ganar más partidos podía depender de defender mejor que nadie- después de él, la bifurcación añadió a la lista de prioridades el inevitable reparto de lo que en Jordan se congregaba. Antes de que pestañeáramos, Kobe Bryant había heredado tres de esas virtudes: el instinto asesino, la capacidad de convertirse en el equipo a conveniencia; y una excelsa capacidad para ganar los partidos a ambos lados de la cancha. Steve Nash y Tim Duncan se quedaron con la capacidad de hacer mejores a los demás. Mientras el primero acumulaba títulos de máximo anotador, los segundos amasaban MVP´s. El reparto estaba aún reciente cuando Lebron James se incorporó a la subasta en 2003. Y como no podía añadir virtudes al catálogo –sencillamente no las hay- añadió centímetros y kilos de músculo lanzado en carrera como un tren de mercancías.Con Bryant, Nash, Duncan y Garnett en la recta final de sus carreras, un nuevo reparto asomó en 2010 y tuvo su apogeo en la final de 2012, entre Miami Heat –que la ganaría fácilmente- y Oklahoma Thunder. LeBron James entró en ella habiendo ganado tres de los últimos cuatro títulos de mejor jugador de la temporada. Kevin Durant, habiendo hecho lo propio con los tres últimos títulos de máximo anotador. Arrollador James en el molde masivo de Wilt Chamberlain, y en la multitarea que encumbrara a Oscar Robertson, Earvin Johnson o Larry Bird; ejecutor frío Durant, como lo fueran Jerry West, George Gervin o Reggie Miller. El tiempo irá aproximando sus logros. Salvo catástrofe a lo Ralph Sampson, James acabará su carrera entre los cinco máximos anotadores de la historia. Y Durant posiblemente se retire con dos o tres MVP´s. De momento, y mientras sus recorridos convergen hacia un lugar muy parecido en los anuarios de la liga, el ganador de esa carrera es un rostro familiar: máscara exacta del talento que engendrara a James, a Durant, a Derrick Rose, los dos carriles desde los que la superioridad física –James- y la finura letal –Durant- se aproximan a la historia llevan a Jordan. Él rediseñó ambas carreteras. A la vez.

23 junio 2012

ser un hombre danés

Quizá porque la traición de Rosencratz y Guildestern más mereciera otra víctima que no Hamlet, la versión que encarna estos días Alberto San Juan en el Matadero asoma, en lo desquiciado que no cesa, una forma peculiar de redención, pues escuchando las líneas del príncipe de Dinamarca, a quien vemos es a… Ricardo III. Incluso la cojera obvia de San Juan estos días juega a esa visión. Explícita, incansablemente enloquecido, la lucidez de sus parlamentos parecen venir de un personaje más calmo, un segundo espectro, tal como los de Ricardo III son también los de un narrador que explicara minuciosamente a la audiencia su plan criminal. Es una pena porque enfrente está un Polonio inusualmente divertido en la encarnación de Javivi Gil y un rey Claudio en manos de Pedro Casablanc que borda el político charlatán que viene de asesinar a su hermano como quien de vencer en una Congreso constituyente.
¿Se le pasó por la cabeza en algún momento a Will Keen que con solo invertir los roles de San Juan y Casablanc hubiéramos tenido un montaje mucho más afinado?. Un rey usurpador tiene motivos para estar loco desde que asoma, pero un hijo que al tiempo es encargado de vengar el asesinato de su padre y que decide perder a la mujer que ama merece una gradación de dolor, paciencia y ansía de venganza que sea compatible con, por ejemplo, ponerse a hablar a una calavera con amor de niño, renunciar a matar al culpable por hallarle a salvo del cielo en ese instante, o ese prodigio de afinación que es pedir a Rosencratz que toque la flauta, pues ha de serle más sencillo, dados los sonidos que vino a sacarle a él. Por no hablar de una pregunta más valiosa –cómo amaría a Ofelia si el dolor por la misión encomendada no nublara su ánimo.
Casablanc y San Juan han sido ya antes padre e hijo de un tiempo de crimen y sucesión. Se llamó Marat-Sade, de Peter Weiss, en la versión magnífica de Andrés Lima en el María Guerrero en 2007. Entonces era Marat/Casablanc el profeta de la violencia. Por allí estaba también Javivi Gil, entre los locos del sanatorio en que sucede la obra. Hay, pues, dos espectros no avisados en este Hamlet, además del de Ricardo III –el de este príncipe sacado de aquel manicomio, y el que encarna Mario Gas como la voz del rey asesinado. 

18 junio 2012

waiting on a sunny day

Pasan ya un par de horas apretados delante del escenario cuando uno percibe algo que cabe donde no lo haría una silla y casi ni aire respirable: entre quienes te rodean exultantes, llorando, gritando o todo a la vez, adviertes que la persona a tu derecha debe de tener sesenta años bien cumplidos, y lo mismo los seis que le acompañan. Lo que es normal contemplar en un concierto de James Taylor –al cabo solo un año mayor que Bruce Springsteen- es peculiar en uno donde ejercicios de Pilates deberían ser obligatorios cada seis canciones. Rodeado de no pocos sexagenarios en Taylor, asume uno con naturalidad que aquello que éstos amaran con treinta años merece la misma fidelidad tres décadas después. Como en casi todo, la forma en que quieres algo describe el objeto de hacerlo. Y que asistir a Springsteen con solo trece personas entre tú y él exija una energía no escasa pudiera hablar tan obviamente de lo que das a cambio como de lo que recibes, tengas 20 o 60 años.
Uno cree que el video mejor que saldría de un concierto como el de anoche también podría ser uno que simplemente mostrara a la parte del público de mayor edad agitando sus treinta años de pasión por Springsteen, que no poco tendrá que ver con esa irrelevancia de la espera que es pasar diez horas guardando un lugar en una fila o sentado en el suelo al calor de junio. Impone ver llorar a hombres como árboles que un minuto antes saltaban y coreaban como si la memoria más valiosa fuera aquí la muscular. Salga por los ojos o por la boca, es una energía que no puede ser descrita y que quizá por eso solo puede ser cantada o saltada o sonreída de asombro, de pasmo ante una fuerza tan incansable –casi cuatro horas- como el dolor de espalda, piernas, y voz de quienes la contemplan.
En poco más de un mes se ha podido ver en Madrid a Taylor y Springsteen. Es tanto un prodigio de la capacidad musical como de la longevidad: sumas la edad de ambos y tienes a Wagner… vivo. Como tampoco la juventud, la vejez no tiene porqué parecerse a la de un hombre que salta y grita o hace llorar de pura emoción a quienes van a verle, pero cuánto de lo que agitaba anoche a media docena de sexagenarios no será también adrenalina intacta, esperando solo el momento adecuado, el lugar preciso, el ejemplo lo suficientemente vivo. Parte de esa espera se contrae ya, hasta la siguiente, tan improbable, ráfaga de tiempo sin edad.

el librero periódico


En el anuncio de la decena espléndida de libros que El País permitirá comprar próximamente con el periódico, esa intuición: que un periódico que pone a la venta –y acaso logre vender- cientos de miles de ejemplares de un libro pudiera, de tener continuidad, ayudar a salvar al periodismo de la extinción publicitaria y, al mismo tiempo, a quienes escriben con la intención de competir con la literatura y no con una lata de tomate más del supermercado. A quienes más raramente vendrá alguien a salvar es a las librerías. Salvar a los lectores ya será un prodigio. 

levántate y muere

Se lee en El País 15.6 que las células madres sobreviven 14 días tras la muerte. Como la iglesía católica, pero sin semejante alarde.

13 junio 2012

ángulos

Cómo el Gay Messiah, de Rufus Wainright, suena a sinopsis de Ángeles en América, de Tony Kushner. Cómo Andrew Bird en menor medida, Micah P. Hinson permanentemente, sugieren estar asistiendo al mismo tiempo al concierto y al making of. Cómo el cebo puesto en el patio de butacas por DV8 Physical Theatre es la línea más arriesgada de todas las que se dicen en su Can we talk about this?, hace unos días en los teatros del Canal.

12 junio 2012

08 junio 2012

when you wish a star

si todo lo que uno no comprende fuera al menos tan hermoso.

smile

En esa cara sonriente, casi inédita en Beckett, demostración de cómo una biografía puede aspirar a la verdad y su portada, a lo contrario.

07 junio 2012

bradburyanos

Muere Ray Bradbury como demostración de que la muerte no es menos hábil hallando el escondite de los vivos que el fuego a la hora de localizar libros que quemar. Cuando, a principios de los noventa, uno tuvo que elegir un nombre al que anclar la dirección de correo electrónico escogí en su lugar un escondite –Montag. Es decir, el nombre del bombero inventado por Bradbury que empezaba su novela Fahrenheit 451 como eficaz miembro de una brigada encargada de localizar y quemar libros, y la terminaba oculto en un bosque, junto a otros huidos, destinado a preservar, memorizándolo, un libro de su elección, acaso el que fuera a morir pronto al hacerlo su portador, en la casa de al lado. Es razonable pensar que elegí ese nombre para vengarme, en defensa propia, del papel nulo, mal visto incluso, que la literatura, como toda forma de gran cultura, tenía y supongo que tiene aún en las agencias de publicidad. La alternativa al fuego no es necesariamente la memorización, asi que ha de ser mera justicia que el día que Bradbury es incinerado (pidió reposar en Marte) uno recuerde tan nítidamente a ese Quijote encargado de salvar los molinos, tragándoselos. También ese otro prodigio: acordarse de él en una película en la que sale Julie Christie.  

04 junio 2012

altura exacta de la normalidad



1. es un gran actor.
2. o lo somos los demás.

03 junio 2012

Coma de matrimonio


No recuerdo a quién le leí que para que un Diario sea interesante –el término era menos vago- quien escribe debía ser un problema para él mismo. Hay mucho de eso - de cómo los problemas ganan, de cómo, para subsistir, uno se convierte en lo que escribe- en Coma, el texto autobiográfico de Pierre Guyotat, leído por Patrice Chéreau anoche en la Abadía. Es a la noche de esos otros yo a lo que suena algo que se escucha –“Los que duermen sueñan con los que, en la otra parte del mundo, están despiertos”.

02 junio 2012

up in the ground

Como quizá en la mitología griega, la venganza de un héroe o un semidios podría ser devolver miméticamente la desconfianza y la extrañeza con que los seres humanos les observan en las obras de teatro, los tebeos o las películas que los adaptan. Si Hulk es un héroe y al tiempo un esquema –el hombre que contiene a la bestia simultáneamente le teme y le comprende-, Mr. Manhattan es el más cercano a un dios y a la vez el que más hondamente nos comprende. Su actitud contiene la indiferencia, la compasión y el juicio exacto sobre nuestros méritos. Con su excepción, ningún héroe de los últimos cien años ha sido diseñado para juzgarnos al mismo tiempo que nos socorre. Quizá porque solo mantenerse permanentemente ocupado en lo segundo explica la ausencia de lo primero.

18 mayo 2012

las seis posiciones

Cuanto más obvio el músculo necesario para practicar deporte, más fácil es pasar por alto que ganar o perder se reduce a la toma adecuada de decisiones, y que, no pocas veces, más fuerza bruta solo sirve para cometer errores más deprisa o con más vigor. No hay fórmula para evaluar el valor de esa proporción en el éxito o fracaso de un equipo, pero sí un experimento útil: se llama nombrar director de operaciones –responsable final de la composición de la plantilla- a un jugador ya retirado. Desgraciadamente para Isiah Thomas, Kevin McHale o Michael Jordan, las estadísticas como responsables de los New York Knicks, los Minnesota Timberwolves, los Washington Wizards o los Charlotte Bobcats cuentan una historia igual de explícita que cuando jugaban. Afortunadamente para los Phoenix Suns o los Indiana Pacers, Steve Kerr o Larry Bird no han envejecido aunque no quepan ya en la ropa que les encumbrara.
Bird viene de ser nombrado ejecutivo del año en la NBA, lo cual poco significa hasta que se considera que alguien con su mismo nombre fue en su día primero el mejor jugador durante tres años consecutivos en los Celtics y, años después, el mejor entrenador en los Pacers. Es sencillamente un prodigio irrepetible del manejo de decisiones tan distintas como haber sido logradas con el balón en las manos, con doce jugadores a tus órdenes, y finalmente con una lista de cientos de jugadores posibles con los que confeccionar un equipo. La ampliación de responsabilidades vuelve el logro aún más complicado, dado el número creciente de imponderables que escapan al control. Y ni siquiera las pistas que dejara Bird en sus tiempos de corto lo explican –jugando al lado de McHale y Parish, sus rebotes fueron siempre superiores; jugando al lado de Ainge y Johnson, sus asistencias también lo fueron.
Pero de alguna forma sus logros como jugador adquieren así un brillo nuevo, de hecho solo al alcance de Jerry West. Uno que tiene que ver con construir el equipo adecuado, ya te lo encuentres en el vestuario el día que entras en él por vez primera a ponerte la camiseta, ya te toque diseñarlo desde los despachos. Como Johnson, Bird solo dobló la rodilla cuando su equipo lo hizo. Jordan les sucedió a ambos, pero lo hizo como un canibal, alguien que en todo momento salía a ganar con sus compañeros o a pesar de ellos, de quien, dentro o fuera de la cancha, no se postrara ante él. Pero incluso alguien bendecido con todos los poderes imaginables no ganó nada hasta que alguien con un talento menos infinito, por no decir sospechoso –Jerry Krause- hizo el único movimiento que Jordan aún se ha demostrado incapaz de hacer, una vez retirado: tomó las decisiones adecuadas al obtener el mismo año a Grant y Pippen. Krause fue Jordan al menos por un minuto. Jordan lleva siendo Krause desde que se retiró.
Es una forma transparente de entender el alcance de lo logrado por Bird: lo ha seguido siendo en sus sucesivas encarnaciones, es decir, cuanto más se alejaba del balón, de aquello por lo que se le considerara un genio. Dejar atrás un cambio de piel tras otro sin que la nueva deje ver el cambio es meramente complicado hasta que se considera la presión que rodea la competición en la NBA, y directamente asombroso si se le suma el peso que su nombre carga sobre todo lo que Bird haga dentro de un pabellón de baloncesto. Se entendería mejor si junto a las camisetas que cuelgan de los techos del Boston Garden, junto a las de Russell, Cousy o Bobby Jones, colgara también la americana de Red Auerbach; o junto a las de Jabbar, Mikan, Johnson, lo hicieran las de Jerry West o Pat Riley. Porque entonces uno podría elevar la vista y contemplar, repartidos en dos pabellones distintos, tres uniformes diferentes con un mismo apellido en cada una de ellas. Y si uno imaginara entonces que, dado que los pabellones albergan a veces deportes distintos, ese apellido reconoce tres trabajos completamente distintos, entonces, improbablemente, estaría en lo cierto.

17 mayo 2012

fuga de sentido

Convertida la política, vía declaraciones absurdas y diarias, en palíndromo, donde basta oír una cosa para saber que la verdad es su opuesto exacto, sabe uno, al leer en este instante que el gobierno y bankia niegan la fuga masiva de depósitos, que eso es justo lo que está ocurriendo. Y es lógico. Tanto si es el miedo lo que mueve a hacerlo, como si lo que se busca es castigar la ineptitud en la gestión. Es también la bala errática disparada desde lo que la política ha logrado en la sociedad: conseguido que la gente vote por espasmo, sin entender más que un eslogan, una corbata bien puesta, un prejuicio adecuadamente servido, la reacción es la misma. La desinformación se basta. Incluso sus plazos se parecen: como es hábito en política, en cuatro años bastará el marketing adecuado para rebautizar la estafa y hacerla, de nuevo, confiable. 

la fuente escasa

Uno de los problemas de según qué muertes es el gobierno que les sobrevive. La contradicción insuperable entre la inteligencia y lo que es necesario hacer o decir para aspirar al puesto tiene ejemplos obvios por doquier de cómo lo segundo solo se da si se renuncia a lo primero. Y sin embargo hay prodigios: Vaclav Havel presidió la república Checa durante trece años, Winston Churchill obtuvo el Nobel de literatura, Vargas Llosa fue derrotado en el intento ante Fujimori antes de que a éste le derrotaran los jueces, la cabeza de Azaña era cuanto podían pedir los sublevados, incapaces de albergar lo que contenía. Carlos Fuentes era de esa rara estirpe. El vacío que deja en los anaqueles es poco, poquísimo, comparado con el que hubiera llenado de presidir el país en que le tocó nacer. 

16 mayo 2012

dramaturgos de obra ajena




Qué más normal en un Festival de otoño que tiene lugar en mayo que ver un montaje de Robert Lepage el miércoles, uno de Peter Brook el jueves, uno de Simon McBurney el domingo. Frondoso, tupido, hecho de ramas que aparecen y se desvanecen el primero; despejado, luminoso, grácil el segundo; apabullante, operístico, ambicioso hasta lo temerario el tercero. Es lo mejor del festival –se escucha a una mujer a la salida de la primera de las 24 obras –The suit- que aún no ha podido ver. Y quizá lo que está diciendo, adoración o fidelidad aparte, es que Brook, como Lepage, McBurney o Robert Wilson son formatos tan esencialmente reconocibles de un festival de teatro contemporáneo como un molde que se proyecta hacia atrás: Eurípides hubiera amado a Robert Lepage, Beckett habría escrito para Peter Brook, Wilson habría llamado… a Wilson.
Playing cards 1: spades; The suit; The Master and Margarita. Cada camino tiene su logro, y confluyen en que la creación reconocible de un estilo pudiera ser, en su respectiva destilación, una cualidad dramatúrgica como lo sea el pentámetro yámbico en el teatro isabelino o el rol del coro en el teatro clásico griego. Aunque la obra de Brook –sumados ensayos y memorias- casi iguala en extensión a la conservada de Sófocles, el logro de los tres es ser directores de escena y aún así operar sobre el texto como lo hace un dramaturgo: no versionando, sino reescribiendo. Y que el autor sea el personaje no es una idea infrecuente: si la peripecia de Bulgákov es explícitamente la del Maestro en su novela, si uno pestañea, a quien ve dentro del personaje principal de The suit es al propio Brook.
En ella se cuenta el descubrimiento por un hombre de la infidelidad de su mujer. Y lo que aquel escoge entonces como castigo es, en su creatividad, puro acto de dramaturgo: no alejar o destruir la prueba del delito, sino obligar a su mujer a sentar al traje a la mesa cada día, a darle de comer, a bailar con él. El propio traje como encarnación del hombre que no está es puro Brook: símbolo que se construye por ausencia, por reducción de elementos que están sin estar, como en su Gran inquisidor, disertado por Bruce Myers hace cuatro años a un testigo mudo.
Convertir en fábula cuanto toca –sea una versión de La flauta mágica con cuatro cantantes y un piano, o esta historia de oscuro rencor marital en un cuento musicado- tiene que ver en Brook con revelar la esencia, el hueso, tanto como, en Lepage, con viajar de un trozo del cuerpo a otro donde a veces se arrastran gestos musculares de uno a otro, o se olvidan durante una hora hasta que asoman de nuevo. Si se podría crear un montaje con lo que Brook deja fuera, Lepage es minucioso en los encuadres de una historia, como si la multiplicidad de ángulos –en Playing cards, literalmente- sirviera para contar lo que una situación, un personaje, una localización puede ayudar a contar de otra.
Mientras Brook exige una atención más lúdica, más relajada, Lepage plantea el acceso a nuestra inteligencia como una operación militar compleja. Si uno reduce el armamento a la expresión hablada o cantada, el otro aglutina cuanto arsenal técnico y expresivo pueda caber al servicio de Stravinsky o de una creación coral. Más obvio en Brook, si merecen la cualidad de dramaturgos, es porque, por encima de exhuberancia o reducción, ambos sirven al gran silencio a que aspiran Sófocles, Shakespeare, Calderón, Chejov, Ibsen, Beckett o Bernhardt. Que no es otra cosa que renunciar a explicar si el destino de Edipo pudiera tener que ver con la osadía de derrotar a la Esfinge; cuánto del encuentro con el espectro del padre acaso sea solo delirio de Hamlet; o si es Nora la que realmente se cansara de tener un juguete por marido.
Solo podemos intuir la calidad precisa del sufrimiento de Philemon en The suit. ¿Es su orgullo o su amor afrontado lo que castiga a su mujer?. ¿Qué mueve al ludópata, recién saldadas sus deudas al final de Playing cards, a donar su fortuna nueva a una oscura limpiadora del hotel?, ¿qué sueñan en realidad las vidas alucinadas de la pareja embarazada cuando se abandonan a la aparición de un chamán que viene a cambiarles para siempre?. Dado lo asombroso del empeño de adaptar la novela de Bulgákov -El maestro y Margarita- McBurney dudosamente podría añadir una pregunta más incluso si quisiera. Pero las de aquel resuenan con más fuerza, dada la minimización de las explicaciones: si en el paralelismo perfecto del cristianismo y el estalinismo Pilatos tiene a Stalin, Jesús al Maestro y Judas al amigo que traiciona al escritor para quedarse con su casa, ¿es Margarita María Magdalena?, ¿tiene su paralelismo también el afecto que Pilatos siente hacia el crucificado?, ¿quién es el trasunto del verdadero culpable  -el sumo sacerdote Caifás- en la rusia descrita por Bulgákov?, ¿quién es, pues, el Pilatos ruso?
Como McBurney, si Brook habla del individuo, Lepage lo hace de la sociedad. Pero sus personajes bien podrían venir de la obra del otro. Para afrontar la cualidad aislada del dolor si vienen de Lepage; si desde Brook para colapsar una vez insertos en el engranaje múltiple y simultaneo que abruma los sentidos en los montajes del canadiense. Es centro contra periferia, espejos contra el eco que parece venir de todas partes, pero no tan distinto misterio. Aunque en McBurney sea el de la ferocidad del sistema y los sacrificios del amor, de la compasión, de la creación literaria; en Brook de la hiel bebida como horchata; y en Lepage, de una visión nublada del mundo que no impide pasar por él con miedo, rabia y deseo.
Es imposible –aquí o en Nueva York- ver tres óperas sobresalientes en tres días; leer tres libros tan distintos, tan magníficos en los mismos tres días, improbablemente hallar en cines de estreno tres obras maestras que ver en tres días consecutivos. En Madrid es posible, y casi sin salir del mismo teatro. 

12 mayo 2012

adivina quién no viene esta noche

El logro último de Miguel del Arco, erigido en su ascenso sobre sendas reformulaciones de Luigi Pirandello y Máxim Gorki, podría ser, coherentemente, la multitud de realidades adaptadas que pueden verse en su El inspector, estos días en el Valle Inclán. A saber: 1. del texto de Nikolai Gógol; 2. de lo que un periódico pueda llevar contando recientemente del expolio de la hacienda pública, perpetrado con luz y taquígrafos en nuestro país; 3. finalmente, de lo que Eduardo de Filippo pusiera en su Arte de la comedia, superlativamente montado en La Abadía hace dos años. Las dos primeras –la descripción de un alcalde corrupto atemorizado por la visita de un inspector y lo que cualquiera puede leer hoy día en un periódico- funcionan como una caricatura y su modelo puestos a convivir. Engranan con triste naturalidad, aunque la versión pierda distancia irónica y gane en vodevil. Acaso con más filo contaría sus puñales si el trazo de tanto arribista no fuera tan obvio que corre el peligro de verse como una parodia de un vicio –el robo de lo público- en vez de su retrato servido con reducción de hiel.
Sin un solo observador dentro de la obra que sospeche o advierta la farsa, el montaje se ve como la versión guasona y afiebrada de El guateque, de Edwards, contada desde la página de política nacional. O, por su mezcla de fatalismo y denuncia, como un esperpento. Y tanto, que su vehículo principal, el alcalde, viene de tener la misma cara de Gonzalo de Castro en Luces de Bohemia. Sin un solo instante apenas en que un personaje se quede a solas para rumiar su desvarío o su contribución a la mentira general, sus mejores momentos suceden cuando el alcalde amaga con insistir su honestidad imposible delante de sus colaboradores. También es justo, en ese asomo de aspirar a ser quien de ninguna manera puede ser, cuando más nítidamente asoma aquel gobernador que di Filippo pusiera a sospechar de cuanto ciudadano entra a su recién ganado despacho, en la duda literal de si no serán acaso actores tratando de burlarse de él.
La incredulidad como sustituto de la autoridad no solo es un artefacto teatral más rico y con más matices que la mera farsa sobre la corrupción generalizada, también lo es por emplear el núcleo real del problema de la política como expolio: la desaparición del bien común. Si el gobernador que acaba de llegar a su puesto en un pueblo de la Italia de los años 30 no distingue lo que le es explicado como problemas nítidos, con caras y causas concretas y comprobables, el cinismo de este alcalde ruso en 1836, y español hasta la médula en 2012, da para dar varias vueltas a la población que regenta, como si el objetivo fuera, no ignorar las consecuencias del robo, sino entenderlo con criterios de Libro Guiness de los records. Es una caricatura que superpone trazos en vez de retraerlos. Por eso su transparencia cansa por repetitiva. Y por eso los números corales en que, como un grupo de coristas brechtianos, la troupe canta al amor del neoliberalismo por el interés general, en vez de funcionar como despertadores de la metáfora, se ven como una repetición de los mejores momentos de lo que llevan dos horas contándote.
Aunque legítimo, aunque necesario, la única consecuencia desdichada de insertar la denuncia actualizada dentro de una obra es que acabes eligiendo entre denuncia y obra. El inspector trata del combate entre un político adulador que trata de corromper a quien cree un funcionario enviado a juzgarle, y el teatro que éste acepta componer para no perder lo que las prebendas del engaño. Si di Filippo diseñó mejor su balanza es porque puso literalmente a la política, encarnada en el gobernador, a sospechar del teatro, representado en el empresario Oreste Campese. Cuando éste, animado por el político, se anima a fabular políticas culturales, aquel reacciona como quien ve invadido su espacio, sus funciones y privilegios. Originado en lo que el teatro viene a pedir a la política, ésta reacciona ante lo que el teatro dice de ella. Extrañamente, si el mecanismo dramático fluye mejor en El arte de la Comedia, el logro superior de El inspector sucede… en el patio de butacas. Habla del teatro como agitador social, como despertador moral. También de ese vector valiosísimo del teatro público: que el gobierno que patrocina desmantelamientos sociales y protege a su casta como un capo a su clan… patrocine al mismo tiempo la exhibición explícita de lo que niega en los periódicos. 

10 mayo 2012

reunirse con los cubiertos

La cena anual de los corresponsales, que reúne en Washington a quienes cubren la información sobre la Casa Blanca y a quienes son cubiertos –periodistas y presidente de Estados Unidos respectivamente- es una idea audaz dada la chanza que unos y otros vierten sobre su respectiva profesión, pero no lo es menos que aceptar como broma solo parcial la visión del partido republicano sobre casi cualquier tema. Sin embargo ambos prodigios se han sentado a la misma mesa durante años, y asombra recordar la libertad de george bush jr. para reírse de sus obvias carencias durante un día al año y gobernar el resto como si, reconocidas por él, bastara al resto de la población para pasarlas por alto. No se llega a presidente de un país sin entender que el sapo y la culebra son parte del menú que viene con el cargo. Como tampoco se gestiona una cadena de televisión, de radio o un periódico sin exhibir, en tantos casos, tu condición de sapo. Es esa convivencia lo asombroso. Que unos y otros mastiquen, por unas horas, otra cosa. La bilis que emana la Fox y su descerebrado apoyo a cuanto de insensato tenga la política ha de ser solo el esfuerzo del estómago por volver a la dieta habitual.  

el punto cero

En el reportaje de Guillermo Abril en el suplemento de El País 29.4, la extraña metáfora de que el litio como alternativa al petróleo surja en desiertos de una salinidad extrema, donde la vida no es posible. Como si el mundo que creara el petróleo exigiera partir del punto exacto en que éste se agota. 

James, Taylor y el resto

También el poder de lo que amas se muestra con solo mirar a quienes te rodean en el acto de hacerlo. Y aún siendo James Taylor a quien uno no deja de mirar mientras canta, también la proximidad de los extraños que se apiñan en torno a ti cuenta esa emoción, aunque improbablemente te hermane con adolescentes, matrimonios de setenta años, veinteañeras, y todo un abanico posible de edades conmovidas. Si hay algo asombroso en que quizá algunas canciones sean todo lo que uno tiene en común con otra persona es que ese nexo excave tan hondo en cada uno de lo seres distintos. Y que ese vínculo sean tan poderoso como para sentir que sí, que uno podría acabar siendo este hombre de sesenta años o aquel de setenta. También porque dignifica la comunión fugaz que hace salir a hordas taradas a recorrer las calles de la ciudad como si las estuvieran tomando militarmente tras un partido de fútbol. Cuantos de los infiernos personales a los que Taylor ha sobrevivido no serán, desde ese lado del concierto, el mismo reverso: el estribillo sabido, imitado, de los que se apiñan frente a él. 


para B., a quien Taylor y el resto hemos venido a ver

08 mayo 2012

el jarrón chino

Dos prodigios confluyen en El País de los sábados: 1: la publicación del suplemento cultural cuyos temas y tratamiento uno imagina se imprimen para un lector distinto del que los lunes se empapa las quince páginas de fútbol que puede llegar a servir su diario, o la de toros. Y 2, tan asombroso o más: el suplemento de moda que acompaña sí o sí el periódico. Hay que leer a Roger Salas escribir sobre danza o a Marcos Ordoñez sobre teatro, ambos en el pasquín cultural, y luego tratar de averiguar cómo los dos suplementos no se destruyen mutuamente, tal materia y antimateria. Así como ha de haber quien no se llevara las páginas de política nacional si las vendieran aparte, uno nunca sabe si aceptar o no el suplemento de moda cuando me lo dan. Hojearlo es ya complicado en esa virtud de las revistas de tendencias que es… la dificultad de distinguir qué es un anuncio y qué un reportaje. Como dos suplementos más, esas dos preguntas, finalmente: Qué opinión tiene de mí el periódico que leo. Qué piensan sus responsables que hace el que termina de leer Babelia y sostiene entonces el catálogo de muebles y perfumes como si él mismo fuera también uno.

02 mayo 2012

Max premios

Vienen de otorgarse los premios Max de teatro. Ninguno de ellos premia el cartel más conseguido o más hondo o solo mejor diseñado. Quizá porque se lo llevaría siempre Isidro Ferrer, como cada uno de las temporadas que lleva haciendo los carteles del CDN. Y sin embargo, solo un menos mediocre uso de las tipografías separa el de Elling, creado por Sergio Parra, de aspirar a ser ese cartel premiado. Esa mano en el hombro de Carmelo Gómez. 

01 mayo 2012

está pasando

nacho, siendo devorado por el trastero, en directo

dedos llenos de manos

Solo por la rareza que es disentir de David Trueba merece la pena acotar algo acerca de lo que escribe en El País 30.4 sobre la forma en que Marc Fumaroli escribiera cómo el estado –francés, cabe pensar-, al tutelar la cultura, “llenaba las ciudades y provincias de enormes contenedores y lujosas puestas en escena, comisariados artísticos y festivales, pero se podían contar con los dedos de una mano los nuevos dramaturgos, los compositores del día y los artistas contemporáneos. Ese modelo escaparatista ayudó a sostener una retórica cultural en media Europa, que llegada la crisis se vacía de contenido sencillamente porque se vacía de fondos. En la otra media, regida por el desapego y el dejar hacer al mercado, la situación no es mejor”. Aún con lo escaso que da de sí semejante resumen, España vendría de lo primero y se dirige, tambaleante, a lo segundo. Pero, con todo lo que hayamos podido dejarnos en el camino, la retórica escaparatista no está entre los despojos. Un teatro no es un aeropuerto, y el impago a las compañías que pasan por una capital de provincia no es igual que una ensoñación de especulación que llega henchida de dinero y despega para ir a por más. Enorme o no, la inversión en infraestructura cultural –sean auditorios, revistas temáticas, festivales de cine, concursos literarios o compañías de teatro local- es la única forma de deuda adecuada que dejará esta crisis cuando haya pasado. Deuda hacia tanta posibilidad alentada que, con suerte, correremos a llenar cuando el estado pueda, de nuevo, combatir el desapego con que el mercado observa la cultura como un pasillo estrecho entre el espectador y la taquilla. Mientras la vastedad, tan inabarcable como reductora, de Internet se apropia de la definición que un día Fumaroli creará para la forma francesa de subvencionar la cultura nacional, entre nosotros la puesta en escena cultural en tiempos de crisis hará lo único que está en su mano -reducirá el formato para mantener las ideas. Justo lo contrario que este gobierno.

29 abril 2012

Siembra y regadío de la luna




También perseguir un sueño crea una burbuja que al explotar devasta a sus dueños. Un aire sin aliento llena estos días sendas salas del teatro Español al tiempo que los pulmones de Phil y Josie Hogan en Una luna para los desdichados, y de George Milton y Lennie Small en De ratones y hombres. Es un viento de desolación que hincha cuerpos que no pueden retenerlo sin estallar, y tanto se diría que es el frío helado que recorre estos días la economía mundial, como el eco de la economía iceberg que en 1929 arrojó a la pobreza a millones de personas en Estados Unidos, entre ellos a John Steinbeck. Y veremos si los 10 años que median entre la escritura de la primera obra y la de la segunda no acaban siendo, en la encarnación actual de la gran depresión, los mismos años de precariedad idéntica que Eugene O´Neill y Steinbeck bien podrían haber escrito como actos de la misma obra, con década y media de distancia.

Hermanos posibles, padres posibles. Qué hijo más previsible que Lennie podría haber nacido de la simiente en decadencia, exhausta y autodestruida, de James Tyrone en el texto de O´Neill: sentimental alcohólico con un pie en la tumba y otro en una botella de bourbon, de cuya alma de ratón tembloroso en brazos de Josie habría sacado Lennie su alma de amante de las formas suaves, a las que, como James con el amor puro de Josie, no sabe mantener vivo. Y qué sino hija del amor tapiado de Josie hacia James es, en la obra de Steinbeck, la mujer de Curly y su anhelo de compañía, su soledad insoportable de objeto propiedad de un mediocre o un incapaz, perfecta Lady Macbeth de Mtensk sin la suerte o las recompensas de ésta.

El sueño de una tierra a la que deberle la vida con razón, que vertebra ambos textos, no está tan lejano del que hoy siembra pesadillas en los metros de casa comprada que tantos ya no pueden seguir pagando. Por eso no cuesta reconocer como personajes actuales a Phil y Josie Hogan, quienes alegran su miseria en el orgullo de insultar debidamente el enriquecimiento obsceno del magnate Stedman Harder, acaudalado en el petróleo como ellos en la siembra yerma. Y por eso el mismo personaje que Steinbeck duplicó, al crear a Candy como un anciano que anticipa, literalmente, el destino de los sueños de George, es también el de quienes, año tras año, eligen gobiernos probadamente corruptos o ineptos mientras fabulan con paisajes que son solo espejismo.

Si Lennie es una excepción es porque, dotado de tanta fuerza como carente de seso, su símil es, no una encarnación actual concreta, sino la naturaleza toda del sistema: ciega, irracional, infantil, su sueño es solo letanía que no entiende. No la necesita para querer, para tomar, para matar. Por eso, tanto en la obra de Steinbeck, como en la vida real, acaso el único que puede acabar con él es quien más le protegiera. En esa neblina, mientras el final de De ratones y hombres muestra a George despertando de su sueño para siempre, en Una luna para los desdichados, lo hacen todos al mismo tiempo –Phil, Josie, James.

Hay más compasión, más comprensión y compromiso interclasista en el texto de O´Neill y en ello, siendo paradójicamente un relato no poco autobiográfico, resuena como irreal a ojos actuales, y tampoco ayuda la aparición del rico Stedman Harder como un bobo pusilánime en el montaje de John Strasberg de estos días. Steinbeck construyó el suyo como una metáfora a salvo de grandes cambios, y ésta ha envejecido sin perder conexiones con el presente. Ambas obras viajan así hacia nosotros y al mismo tiempo entre ellas.

Y nosotros hacemos nuestra parte: somos el día de George, obligado a cargar cebada para seguir pagando sueños, y somos el tiro que uno descerraja sobre lo que más amara, cuando se ha vuelto ingobernable, cuando no puede ser protegido por más tiempo. Pero también somos la noche en que James Tyrone desvela el secreto de Josie Hogan justo el tiempo que lleva amanecer borracho para poder fingir no recordarlo.
Líricas, derrumbadas sobre sí mismas y sus mentiras contadas al espejo, las noches calladas de los Hogan en Connecticut tanto podrían haber sido los restos de las que se repitieran George y Lennie en los caminos polvorientos de California, una década antes. O las nuestras, solo a salvo de espectadores distintos cada noche.

Si no fuera porque, en un mundo de hombres que balbucean la fuerza con la que aprietan –Lennie- o aflojan –Curly- o susurran la calidad última de las mentiras a la que contribuyen –Phil Hogan y James Tyrone-, ambos textos son extraña, esencialmente de quienes menos hablan de sí mismas, que es decir, de quienes mejor mienten la palabra dada o fomentada: la mujer de Curly en Steinbeck y Rosie Hogan en O´Neill. Ambas pierden, una para convertirse en ratón, otra en flor seca. Pero en un tiempo de miseria, donde la pelea por generar un dólar impregna a todos los personajes, que en ellas sea por sentirse amadas es el fruto real, el único que crece en la luna regada con pura desesperación.

28 abril 2012

an education




Cuanto más sufre Carey Mulligan, mejor es la película. Solo por eso estremece ver que la lentitud con que, respectivamente en An education, Drive y Shame, aprendía tan tarde, perdía cuando acababa de ganar y se desangraba, sirve para hacer llorar a otros, para que lo que se desmorona esté, por una vez, fuera de ella, mirándola, sin poder ganar, asistiendo al inesperado triunfo de su lentitud. 

de los archivos de google





25 abril 2012

sugerencia para página de inicio

de la web de un gobierno autonómico.

24 abril 2012

uno, grande y libre de ser anacrónico

No ayuda a abc el reducir frecuentemente a un solo tema diario su portada. Otra visión es, por supuesto, que, dada su interpretación del mundo, felizmente es solo uno. De incluir siete u ocho, como es norma, acaso su ranciedad a la hora de elegir prioridades por las que guiarse les evitaría revelar tan transparentemente su opción de informar, no de cómo sea el mundo, sino de cómo debería ser: católico, monárquico, conservador. Que, dado lo que el mundo da de sí hoy día, un medio escoja contar y recomendar el mundo de hace siglos es menos anacrónico que la ecuación hallada para fundarlo: que la sociedad que tenemos hoy sea producto, no de los crímenes de un país sojuzgado durante siglos por iglesia, reyes idiotas o gobiernos fascistas, sino del abandono de justo esas raíces.

De tener que fundarse el periodismo sobre el código deontológico de, un suponer, jose maría ansón, habríamos inventado de nuevo la homilía. Y con razón, pues qué necesidad de informar habría si con educar basta. Y para eso hay valores milenarios con guardianes claros. Por eso, en publicar en portada sin pudor “siempre con el rey”, como en los igualmente obvios “siempre con el papa” o “siempre con quienes se opongan al socialismo”, importa el “siempre”. Que es decir, justo aquello que el periodismo independiente, o menos grandilocuentemente, solo normalizado, se replantea cada día al afrontar los múltiples cambios en la forma de entender todo que se produce ante nuestros ojos en cualquier área.


Asombra la perseverancia en no ver, en no pensar, en no entender que la fidelidad a unas razones, sean las que sean, es sobre todo el juicio crítico de las razones y no el sagrado manto de la fidelidad. Que son aquellas las que construyen o derrumban ésta, y no al revés. 
En última instancia, la existencia de abc, como de su clon mediocre, la razón, es solo dilapidación de recursos en la dirección equivocada. Camuflar el análisis de la realidad en el principio primero de que dios es el primer lector que tiene un kiosco cada mañana no debería buscar en el periodismo lo que aspira a lograr en tierra de adoctrinamiento. No por rentabilidad del mensaje –que tan obviamente lo tiene. Sino porque éste brotaría más libre de corsés, y más digno hacia la profesión que dice practicar, si se publicara a sí mismo como el programa político de un partido que aspirara a dirigir el país.

No ocurrirá porque, como demuestra la política camuflándose día tras otro de información veraz e intención honesta, hay ambiciones que solo prosperan en el disfraz. Y es una suerte que quienes aspiran a una sociedad momificada lo hagan más o menos de acuerdo en trasvases del periodismo al púlpito y de éste al congreso, pero sin llegar a clamar en alto sus objetivos con una sola voz. Porque arrasarían con solo disponer de una estrategia de marketing más refinada. Su producto es mediocre, huele mal, envenena en dosis diarias. Pero basta ver qué televisión consume la gente en dosis enormes, qué periódicos se compran, qué libros se leen para comprobar que su producto real –hecho, entre otros, del ingrediente monárquico, católico, conservador- es la ignorancia, y sus suplementos: la mezquindad, el analfabetismo político, la falta de civismo, la flojera mental, el fanatismo. Cómo no apostar por ellas si son justo eso: el abc de lo español, su portada frecuente.

23 abril 2012

cosecha, hoy


notas a la muerte y taxidermia de marina abramovic

Entre las indudables cosas que ha de agradecérsele a Robert Wilson –maestro del recortable sobre fondo liso- está su capacidad para tratar por igual la obra de vivos y muertos. Y si Ibsen o Monteverdi podrían aspirar a una mayor consideración dado que no pueden defenderse, quizá trabajar con el relato y la presencia de Marina Abramovich pueda responder a lo anterior que la culpa es de quienes mueren antes de que Wilson pueda embalsamar sus textos con ellos dentro.

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La apuesta por la dramaturgia de Mortier trasciende la calidad del teatro a cuyo servicio se pone la música (Lady Macbeth de Mtsenk, Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, o antes que él, cualquiera de las óperas de Janacek vistas en el Real son gran teatro que no va tras la música sino delante de ella) y se extiende al papel vivificador de la gran cultura para agitar la sociedad en que se produce, para crear debate y remover conciencias… no es poco entre quienes pagan los 280 euros que cuesta una entrada en el patio de butacas. Por eso es peculiar que la apuesta por Wilson lo sea por alguien que no tiene pudor en animar “ir al teatro como irías a un museo, como contemplarías un cuadro… donde simplemente disfrutar la escenografía, las disposiciones arquitectónicas, la música, los sentimientos que todo ello evoca, escuchar las imágenes”. Sí, cierto que los cuadros están subtitulados. No, nada en esto tiene que ver con dramaturgia, dentro o fuera del programa ético de Mortier. Un teatro y un museo son herramientas distintas.

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Obvio que Marina Abramovic pertenece a la categoría “museo” y no a “teatro”, su empeño en contarse como obra de arte tiene en Wilson el primero de sus creyentes. Pues a la narración como disección, Wilson suma… el disecado, la amputación de toda emoción. Su puesta en escena contiene la inmovilidad del objeto y el ensimismamiento de quien lo observara. Impostado, pensado para embalsamar las emociones, se asiste a sus montajes como a un guiñol. Doble en este caso, donde Marina Abramovic es la marioneta y quien, con su relato vital de por medio, la maneja.

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La vida como obra de arte es un invento antiguo. Sin salir de este escenario, el Werther de Goethe –que pudo verse el año pasado- cuenta la juventud de éste. Con ese pequeño matiz: Goethe le puso un nombre distinto a su pasado para, tomando distancia, inflamarle vida y no solo biografía. Tuvo también la suerte de que Jules Massenet añadiera su voz a aquella. Aquí hay menos intermediarios: Abramovic cuenta la historia de Abramovic. Si al menos Antony cantara más de los 10 minutos que sale a escena.

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La creación de Wilson, Abramovic y Antony… lo es en realidad de William Dafoe. Sin él no hay nada. Paradójicamente, es lo único que lo acerca a una ópera. Componer para un cantante es práctica habitual desde Monteverdi.

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Es precisamente una versión del Orfeo editada por Opus Arte donde pudiera residir la versión mejor de lo que Wilson vino a hacer –en ella las caras pálidas, habituales en Wilson, dotan a los intérpretes del mismo rictus de muerto que ya poseen los personajes en el Hades sin su ayuda. Otras sugerencias: Desde la casa de los muertos (Janacek), Hamlet (Thomas) o Salomé (Strauss).

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Es toda una ironía que coincida el ciclo operadhoy, y sus propuestas que bien poco tienen que ver con la ópera y sí con formas abiertas y limítrofes del teatro musical o el concierto escenificado, con que un teatro de ópera programe con estruendo estético y presupuestario lo que tendría un más natural encaje en la sala verde de los teatros del Canal, donde empequeñecida hasta adaptar los medios a la idea, al menos serviría para atraer la atención que merecería la estupenda Geschichte, de Oscar Strasnoy, hace unos días, o Sandglasses, de Juste Janulyté, hace unas horas.

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La impostura de que sean otros los que hablen de tu vida estando tú en escena, habiéndolo escrito tú. Dentro sin estar. Fuera, pero apareciendo y desapareciendo de escena como un espectro que sirviera de interruptor a los cromos helados de Wilson.

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Muestra sobre los límites de la narrativa escénica, donde ni la música, ni la historia, ni las ficciones de que carece sirven para transportar nada sino un avanzar ambiguo, sirve, eso sí, para plantear una pregunta valiosa: ¿puede la ópera ser teatro donde la música esté en la historia más que en las voces?. Es una provocación, como querría Mortier. Solo que empieza y acaba en la idea de ópera, no perméa un ápice a la sociedad a la que se asoma. Ni una sola de sus respuestas está a la altura de la pregunta.

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El inmenso Dafoe, narrador expresionista y también su peor versión: puro duende verde de Spiderman.

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Se escoge el color de la pared, se elije el cuadro que resulta ser una persona sosteniendo un marco, se elige un guía carismático, se busca a alguien que canta. Se equivoca en la elección de quien sostiene el marco. Miranda July habría sacado mejor material de las obsesiones, elevaciones y caídas que aquí Dafoe repite varias veces, como si por insistencia adquiriera el valor que su enumeración no tiene. Tod Browning lleva años muerto. Lástima.  

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Pretencioso hasta el ridículo, anodino e irrelevante, sostenido sobre el preciosismo y el énfasis tanto como sobre las espaldas de Dafoe y Antony, y las apariciones de Abramovic como si Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses –patetismo incluido-, es arte por estilización del hueco, del espacio vacío. De lo que queda tras quitar al arte la ficción: la vida a secas.

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Obsesivamente queriendo ser epatante, ser arte a cada instante, el estupor como resumen cansino. Y sí, cuenta cosas interesantes. Otra cosa es que ninguna de ellas sea las que querrían Mortier, Wilson o Abramovic.

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Enésimamente, cómo Wilson es la elección perfecta para contar la historia de quien se limita a narrar -¿o es enumerar?- su vida: él siempre está al servicio de sí mismo. Sus montajes tratan de Wilson. Y esto es lo más Wilson que Wilson habrá hecho nunca: Antony es la voz más reconocible posible, Dafoe es uno de los rostros más personales del cine, Abramovic es Abramovic: su simulacro, su alegoría, su resumen, su testigo. Todo junto sin salir de un solo nombre.

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Hipótesis sobre lo mucho que mejora la función en el segundo acto: lo contado ha dejado, a esas alturas, de necesitar a Abramovic. Es más libre. Puede permitirse fabular. 

22 abril 2012

el hombre de la mano en el pincho

hoy, para ser precisos. para ser hambrientos.

tiempos de una puerta

A veces la puerta que deja pasar un secreto vergonzante permanece abierta para que, tras éste, otras verdades calladas se hagan visibles. Artículos como el de Jesús Mosterín en El País 18.4 hubieran sido impensables sin la torpeza práctica y la idiotez teórica de un rey empeñado en matar a tiros seres mejores que él. Asomada la verdad que, por un inmerecido respeto o un pacto que podría haber caducado, permanece oculta a pesar de las pruebas obvias, la caducidad de la monarquía asoma estos días en los periódicos con la transparente definición que ya tiene en los diccionarios biográficos o las enciclopedias. Y acaso un resto de cortesía debiera bastar para, con el mismo tono de voz avergonzado con que ese rey pidiera perdón hace unos días, responder que se equivoca, que quienes nos hemos equivocado somos nosotros. Equivocados respecto a sus merecimientos y su lugar moral en la sociedad. Que lo que no volverá a ocurrir es él en el puesto que ocupa. La vergüenza pública pudiera importar menos que un dato asomado por Mosterín y que estremece: en 1956 el rey mató accidentalmente a su hermano Alfonso con un revolver, jugando a matar. Qué clase de conciencia pasa de largo ante ese aprendizaje obvio sin desarrollar aversión a apuntar a alguien con un arma. Qué clase de opinión de la vida ajena subsiste a semejante atrocidad personal. Qué explica un comportamiento tan obtuso que no reconoce en un elefante el mismo tipo de especie en peligro de extinción que un rey representa, la misma protección aislada, el mismo hábitat sobreprotegido. Cómo no entenderlo ni siquiera cuando todo un país te apunta con el dedo. 

Iguales ante la ley de Mendel

Una estimación actualizada en 2002 calculó en 106.000 millones de personas las que hayan vivido en nuestro planeta hasta entonces. ¿Qué posibilidad existe de que, dada esa cifra y la de rasgos faciales combinables, nuestro rostro haya existido ya con sus facciones milimétricamente idénticas?, ¿qué posibilidad de que coexista contigo? ¿de qué te cruces con él por la calle?. Apenas catorce años separan a los nacidos como Jack Tramiel y gerardo díaz ferrán. Y si hay alguien con tu cara, ¿qué eres tú, materia o antimateria?. No todos tienen la certeza que ha de albergar el expresidente de la ceoe. 

21 abril 2012

negra justicia

Ese juego del que escribe para que firme otro –a la muerte de su nombre oficial, seguir publicando textos inéditos de éste, anunciar que te hallas en posesión de obras no dadas a la imprenta. E ir escribiéndolas de camino a ella. Acaso, en función de la simpatía o no que inspirara el personaje, revertir entonces su imagen, empeorarla, mancharla a conveniencia, ya a salvo de ese reverso injusto: lo que el muerto tuviera que decir de lo que escribas.

18 abril 2012

Pity it´s only 10 days

Shakespeare llevaba 12 años muerto, y Romeo y Julieta 34, cuando John Ford estrenó ´Tis Pity she´s a whore, la historia del amor incestuoso de dos hermanos que primero engendra un hijo, y la tragedia de ambos, al poco. Pero antes de descender del amor hermanado de Montescos y Capuletos, el de estos Hippolita y Giovanni lo hicieron del cosanguineo que uniera a Edipo y Yocasta, dos mil años antes, y del que, aún más lejano en el tiempo, viera a las dos hijas de Lot tramar coyunda con su padre tal como recoge el Antiguo testamento. Habiendo tratado la literatura griega y protocristiana el incesto como algo entre padres e hijos, preservó la inocencia de uno de los lados –el hijo en Edipo, el padre en el relato bíblico. Si el teatro isabelino mantenía aún deudas de incesto o traición supracarnal hacia uno de los dos lados, lo resolvió Marlowe al versionar un Fausto enfrentado a su Padre donde la culpa hallaba, por fin, su hábitat normalizado: la desobediencia. La tragedia de Ford guardaba otra que en 1637 no podía ser derrotada: la afrenta a la sangre recae en Hippolita. Es ella la puta. El deshonor es suyo en mucha mayor medida que de su hermano. Cuando la criada descubre el enredo, lo hace para alabar/esperar la hombría de su hermano. Arrolladoramente servidos por la visita anual de Cheek by Jowl, ambos se aman estos días en el Matadero, hasta el 21 de abril. 

17 abril 2012

el equilibrio, por fin

“Qué tristeza ver cómo la Maestranza aplaudía al segundo novillo en el arrastre, un manso violento y correoso; o cómo se ovaciona a los picadores que marran desastrosamente en su labor; o cómo se obliga a desmonterarse a un banderillero por un par a toro pasado; o ese pañuelo que sacó la presidenta para conceder la oreja a Gonzalo Caballero tras una faena valentona que no merecía más que una salida al tercio; o la bronca que recibió la misma señora cuando los tendidos encendidos de rabia le mentaron a su familia porque no había concedido la segunda oreja a Fernando Adrián” –escribe Antonio Lorca en El País 14.4, lamentando que “Si había alguna duda, ayer quedó aclarado el entuerto: la Maestranza vivió una tarde de auténtica vergüenza ajena. ¿Cómo es posible que hayan acabado con cualquier vestigio de afición? Es que no se encuentra un aficionado ni con lupa… Dónde hemos llegado degenerando, degenerando”. Y la caída que describe suena, a cualquier oído no embrutecido, justo al ascenso de la normalidad, de esa sensatez que es la conversión del espectador en la brutalidad obscena por la que ha pagado. El arte, como querría Lorca y no advierte, conquista por fin la plaza. Y es un espejo.

16 abril 2012

menos sinfonía, más juguetes

Es toda una decisión la de elegir el programa de los conciertos familiares de los sábados por la mañana en el Teatro Real. Si el Concierto para clarinete y orquesta de Mozart aspiraría –en vano- a calmar a los niños que pueblan el auditorio, las dos piezas de Sherezade, de Rimski-Kórsakov –más rotundas, por momentos llenas de un caudal de sonido muy superior- logran que el parloteo o la desesperación aburrida de su público sea, durante esos instantes, inaudible. Mozart y parte de su audiencia han venido esta mañana a cosas distintas. Solo los padres están aquí por el mismo motivo, sin gran éxito. Qué parte de la música que escuchan los adolescentes no tendrá como objetivo devolver el favor: mantener callados, acaso tirados por el suelo, a sus progenitores. 

15 abril 2012

El último cartucho

Una de las virtudes de la reforma laboral es que está hecha para que crear riqueza sea menos obvio que crear beneficios. Y tiene sentido, pues si a algo se parece un gobierno o un partido político es a una empresa y no a una sociedad. También la democracia fue creada como reforma laboral con la que poder despedir a quienes estorbaran el crecimiento sano y el avance de una sociedad normalizada. La consecuencia fue que monarquías de toda Europa fueron enviadas al paro y ya es un logro que, en el proceso, no pasaran antes por los tribunales en los que responder del expolio y el abuso que supone su mera existencia. Su último cartucho en nuestro país ha sido, paradójicamente, la integración en los modos de… una empresa. Así, el rey sirve hoy para poner sus muchos contactos al servicio de la empresa nacional. Y bien está que al sueldo generoso acompañe un empleo. Pero la conversión de lo que nació como diana en pólvora económica trae consigo, en cuanto sus miembros se descuidan, un déficit de puntería. Por eso el rey empresario se rompe la cadera al ir a ejercer de rey real –el que viaja para matar animales como un juego- y por eso, también, uno de sus nietos se dispara en un pie sin permiso ni edad para llevar armas. Como esa otra arma impune –la iglesia- su reino no es de este mundo. Qué hacen aquí. 

14 abril 2012

100 aniversario del futuro

No es que la economía necesite metáforas hoy día para hacer entender su rumbo exacto, pero cómo resistirse a lo que el hundimiento del Titanic, hace hoy 100 años, dice de la confianza construida con materiales sospechosos. Con más precisión, lo que de la parsimonia social hoy día dice el orden que acompañó las dos horas largas que tardó en hundirse el barco. Cómo de haber sucedido todo mucho más deprisa, la cierta moral que permitiera a los desdichados advertir su muerte como inevitable, y permitir se salvaran otros sin luchar por ese derecho, se hubiera transformado en instinto de supervivencia, violento, arrebatado. Cómo, hoy, los cinco millones de parados, la degradación de las condiciones laborales y la lectura diaria del desfalco de bancos y las arcas públicas no producen una estampida revolucionaria porque el agua solo ahora, cinco años después del comienzo de la crisis mundial, nos llega al cuello. Es justo el tiempo que necesitan los pilotos y los constructores del barco para echarle la culpa al iceberg. Era imposible verla, la deuda cristalizó de arriba abajo –habrá dicho alguno de ellos hoy. 

07 abril 2012

el sendero de las páginas que se bifurcan

En el prólogo a sus Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, hablando de la extrañeza y el consuelo que los libros, en la niñez, vienen a curar mientras paradójicamente la alimentan, Harold Bloom dice que “un niño a solas con sus libros es, para mí, la verdadera imagen de una felicidad potencial, de algo que siempre está a punto de ser. Un niño, solitario y con talento, utilizará una historia o un poema maravillosos para crearse un compañero. Ese amigo invisible no es una fantasmagoría malsana, sino una mente que aprende a ejercitar todas sus facultades. Quizá es también un momento misterioso en que nace un nuevo poeta, un nuevo narrador”. Y al hacerlo está eligiendo dos destinos posibles, ambos azarosos: que amar la literatura adecuada genere soledad o la alimente, y, como una sombra de esta, que leer con fervor y consciencia cree un escritor al tiempo que un lector. 

06 abril 2012

vacíos del siglo XX

En una iglesia vaciada de todo lo que no sean las molduras y frescos del techo, se exhibe estos días en Valladolid el trabajo de Michael Somoroff sobre la obra del fotógrafo alemán August Sander. Es decir, el vaciado de todo sujeto que aparece en sus imágenes, tomadas en Alemania durante el periodo de la República de Weimar. Fallecido en 1964, Sander habría visto el homenaje de Somoroff con extrañeza: en 1936 los nazis se incautaron de su primer libro –Faces of our time- y las placas, destruidas. Los sujetos que Somoroff borrara en 2011 fueron ya suprimidos hace hoy 75 años. Albañiles, procuradores, terratenientes… encerrados entre dos guerras mundiales, hasta tres muertes les esperaban. 

03 abril 2012

casa Mingo

Reconciliar el periodismo con lo que abc ha hecho de él, es decir la imposibilidad de aparentar un juicio crítico con tener por código deontológico los dogmas más incompatibles con ese juicio, hallo en Mingote un cruzado involuntario, donde ni él ni el medio para el que trabajó sesenta años debían, por pudor obvio, reconocerse en su respectivo papel. Solo distinto surrealismo esperaba al Mingote que venía de La Codorniz y recaló en abc para dignificarlo durante el tiempo que llevaba detenerse en sus dibujos, a pesar de que no costaba verle como un humanista moderado al que se tolerara en honor del rango que suponía su firma. Es un chiste pensar que abc pueda estar en una lista en la que también se hallan The New Yorker y The Economist. Pero es un chiste de Mingote. Y eso basta.

luz de gas

Puramente teatral, la segunda vez en un mes que uno entra a ver Follies en el Español la obra ha cambiado considerablemente. Los números son los mismos, también los actores, incluso el asiento desde el que asisto a ello es el mismo, pero el actor que encarna al empresario teatral Weismann es otro Mario Gas distinto al que era hasta ayer mismo. El de hace 30 días, de hace ocho años, era el director de este teatro fingiendo, durante tres horas, ser un hombre que se despide de la grandeza que creara. Paradójicamente, la noticia de su cese, que es decir el comienzo urgente de su olvido, ha logrado, en tiempo real y en directo, cada día a las ocho, lo contrario: echar a Gas le ha convertido en Weismann. Lo que era una versión es súbitamente un montaje con material original.

La paradoja que envuelve la anterior es que Follies no necesita de la ayuda de la política municipal madrileña, y su propia conversión en show de variedades, para hablar majestuosamente de la nostalgia inserta en lo que, aún perdido, sigue aquí, resplandeciente. Las escaleras que suben y bajan todos incluye una ironía que Stephen Sondheim apreciaría en lo que vale. No es que esté precisamente oculta, por supuesto. Para empezar, porque este montaje vale su peso en oro desde el principio al final, a cualquiera de sus finales, creados por Sondheim o traídos de los periódicos estos días.

Follies empieza por el final y trata de un final que aúna varios, más mezquinos, menos camuflables con plumajes o guiones sabidos de memoria. La vida misma. O su previo, porque, de hecho, tras la cortina que es telón, es el propio Gas el que recorre el escenario vacío, linterna en mano, antes de que las proyecciones de las coristas iluminen la tela como fantasmas que ya no dejarán de repartirse la obra hasta el final.

El de un género que se fue para no volver es, en sí mismo, el espectro de buena salud relativa que Gas representa en este teatro tanto como Weismann en el suyo. Solo Vicky Peña es, por sí misma, al menos cuatro chicas Gas –esta gloriosa Phyllis Rogers, la mujer que sostenía con un monólogo de casi una hora el primer acto de Homebody Kabul, la maravillosa Miss Lovett de Sweeney Todd en 1998 y la maravillosa Miss Lovett de Sweeney Todd… en 2008. Follies habla de ella, en este mismo escenario, durante década y media.

También de los celos. Entre Buddy y Ben. Entre Phyllis y Sally. Entre cada uno de ellos consigo mismo, entre el que pudieron ser y que finalmente fueron. Cómo no pensar que también de los celos que un político mediocre pueda sentir hacia alguien como Gas, que sí puede contar su prestigio razonado en obras contantes y sonantes. Por no faltar en este juego de espejos que vienen de la partitura y de los periódicos, incluso la crueldad y el desprecio que Benjamin/Hipólito escupe hacia su mujer Phyllis/Peña es también la del político con poder que ya no ejerce en público, pero sí en privado, acaso con la misma impunidad con que, en la política, la gestión de lo público se rige por la apetencia de lo meramente privado. Tan vigente en los Estados Unidos de Nixon de 1971 como lo sea hoy día en la España de álvarez cascos, camps o matas.

Si la lista que Wisemann enumera para contar su caída –Follies, teatro, teatro de repertorio, cine, cine porno, finalmente derribo y construcción de un parking- suena al recorrido moral de un partido político, la adaptación de Roser Batalla y Roger Peña salva brillantemente lo que la canción “I´m still here” cuenta en el original sobre la caza de brujas a la que sobrevivió, y en boca de Massiel es explícitamente su propio periplo, como trasunto de esa otro exorcismo que fue el tránsito a la democracia en España.

Un teatro, salvo que sea el de Brook, Strehler, Brecht o este de Wisemann, es el de los autores y no el de su gestor. Y un musical es el lugar perfecto para debatir los límites de lo anterior –en él confluyen los encargados de la letra, los que de la música, los que de ambas. La prueba de lo primero es que Follies solo es de Sondheim y de James Goldman. La prueba de lo segundo, es que, sin haber compuesto una letra o subido a cantar una sola vez, Gas está detrás –y aquí delante- de logradísimos montajes de Sondheim en nuestro país –antes de Follies, Golfus de Roma, A little night music, Sweeney Todd. Solo el Into the Woods, de Dagoll Dagom entra en esa lista.

Si la gloria de Wisemann sucede entre las dos guerras mundiales, la de Gas luce entre la enorme dificultad, y el logro de igual tamaño, de abordar cada una de esas obras… inexplicablemente de camino hacia la siguiente. Y al contrario que Wisemann, el teatro no es suyo. No necesitaría el riesgo. Si Follies habla de esa metáfora perfecta de lo teatral –esto no volverá, es irrepetible porque se crea y muere en cada representación-, el papel de Gas, aquello por lo que será recordado, acaso irrepetible, ha sido meterse en guerras de las que ha salido asombrosa, magníficamente vencedor sin necesidad de librarlas. ¿Qué tal la medalla Wisemann al mérito en combate?

Las chicas Weismann no volverán –advierte Gas en cada representación. El exorcismo suena a burla, naturalmente. Clásicamente Sondheim, lo es la propia naturaleza de la obra: burla a la convención, a lo previsible, a lo fácil. Ecuación: mientras los musicales de éxito masivo llenan sus versiones-franquicia con caras famosas que no superan los treinta años, Follies exige… que ninguno de sus protagonistas baje de los cincuenta años. Es una gloria ver al propio Gas, a Josep Ruiz, a Massiel, a Asunción Balaguer, a Mamen García, a Lorenzo Valverde ser aplaudidos, el teatro en pie, cuando lo que se aplaude es una historia hecha de pasado y de un vigor que lo trasciende. Que es, por supuesto, la del musical en sí. También a eso se asiste como a algo en lo que resulta difícil creer que volverá… aunque lo haga cada día hasta el 8 de abril.

Embalada en un final que encadena cuatro números magníficos, la segunda parte de Follies tiene algo de resumen, de grandes éxitos –aunque hable de grandes fracasos reconducidos finalmente. Recuerda a ese otro Follies que, bajo la forma de un homenaje al Weismann real, se estrenó en Broadway en 2010 con el título de Sondheim on Sondheim, con el propio autor como hilo narrativo de su obra. Así, como si saliera a saludar rodeado, no del multitudinario elenco de estos días, sino del que saldría de juntar todo cuanto haya subido a este escenario en sus ocho años de director del Español, Gas se asoma a su final sin final (mañana hay sesión) logrando hacer mentir al propio Weismann. Al caer el telón, no es una grúa lo que viene a hacer un parking en su espacio, sino más gente a sentarse en las butacas. El teatro se cae, como quería Wisemann. Pero queda, como merece Gas.