30 enero 2012

mattaclarckiano

Lo primero que uno siente al conducir un coche después de meses sin haberlo hecho es que acostumbrarse a desplazarse en moto agranda la ciudad, más concretamente, los huecos entre las cosas. Como si el precio de moverse dentro de un habitáculo donde sobra espacio por todos lados, fuera sentir que ese despilfarro privado crea, en los múltiples huecos que ves para avanzar, por todas partes, sin poder aprovecharlo, el despilfarro público que paraliza las calles, fuera de tu coche.

21 enero 2012

negro sobre negro

Se lee en El País 11.1 sobre el periodista de el mundo que durante años compatibilizara su cargo de editorialista en el periódico con el de escritor invisible de discursos para el entonces presidente balear jaume matas, por el que llegó a recibir 480.000 euros del gobierno balear. De resultas de eso, antonio alemany llegó a escribir en el diario sobre sus propios discursos, y con no escasa alabanza. Malversación, fraude, falsedad y prevaricación se juntan en el juicio que afronta estos días, ligado al que, por malversación de caudales públicos, falsedad documental y en documento mercantil, prevaricación, fraude a la Administración y tráfico de influencias sienta a matas en el banquillo estos días. Clama alemany que “ha sido un periodista rabiosamente independiente que nunca ha escrito al dictado de nadie”. Quizá por eso, queriendo sonar a discurso de altura, digamos político, su juramento de ética y principios probados suena, como es obvio con solo asomarse a su periódico, a ese mero artículo de opinión que llaman editorial. 

16 enero 2012

monstrue, 1.12



portada: nacho remón
diseño: alma pérez
texto e ilustraciones: juan pablo garcía

en mitad de la cuesta

este jueves, gran estreno

13 enero 2012

El extraño caso del doctor Abel y el señor Caín

La confesión final de Henry Jekyll con que Stevenson unificara en un propósito la dualidad del dolor humano, contada hasta entonces como brutalidad hija del afán de un Victor Frankenstein -“antes incluso de que el curso de mis descubrimientos científicos hubiera empezado a sugerir la posibilidad de semejante milagro, me acostumbré a acariciar la idea de separar dichos elementos. Si cada uno de ellos, pensaba yo, pudiera alojarse en una identidad diferente, eliminaríamos todo lo que es insoportable en esta vida: el injusto seguiría su camino liberado de las aspiraciones y remordimientos de su alma gemela, y el justo podría recorrer con paso firme su camino de perfección, dedicado a las buenas obras que tanto le deleitan, sin estar expuesto a la deshonra y la penitencia que le impone un mal ajeno a él” es un intento fracasado incluso antes de llegar a su descripción. Pues Stevenson puso a ambos dentro de cada uno de esos seres nuevos –a Henry Jekyll en la mente del recién creado señor Hyde al advertir que “nada más degustar esa nueva vida, supe que era más malvado, diez veces más malvado, y un esclavo de mi mal originario, y en ese momento, la idea me animó y embriagó como el vino”. A Hyde, a hablar por boca de Jekyll, incluso segundos antes de que éste aparezca. “Ahora tú, que has estado siempre constreñido por opiniones estrechas y materialistas, que has negado la virtud de la medicina trascendental y te has burlado de tus superiores… ¡observa!” –dirá a su amigo Hastie Layton, aún bajo la apariencia del enano malvado, pero sin embargo hablando con la voz de la conciencia del doctor Jekyll.  

12 enero 2012

voz que rebota atrás

El cantor de jazz (1927) no solo sucedió al cine mudo como un asteroide sucede allí donde cae, también trajo un sonido que era el de la caída de un formato que imperó durante 30 años, y simultáneamente el eco amplificado de otro que ya existía en los escenarios de Broadway. De ellos salió El cantor de Jazz para convertirse en la primera película sonora, y de esos escenarios llegaron los argumentos de los que tiraría la música, tanto como la palabra, para hacer del primer cine sonoro uno que en las siguientes dos décadas fue tan masivamente cine bailado como hablado. The Artist (2011) sucede en ese tiempo también. Y acaso su más obvio mérito sea ser al mismo tiempo tan clara herencia de Cantando bajo la lluvia (1952) como verosímilmente hecha para parecer previa a ésta. De ahí el asombroso molde de este George Valentin/Dujardin en que parecería inspirado aquel Don Lockwood/Kelly. Los dos espejos más obvios entre ambas –la coprotagonista rubia menospreciada por el galán, El caballero dualista como antigualla de otra era, la aparición de una joven aupada por quien será su amado, finalmente- tiran de su primera aparición, en 1952, pero su inclusión en la magnífica y temeraria revisión de Hazanavicius es, como todo en su película, uso maravillosamente elegante de recursos olvidados o superados –la gestualidad que incorpora una película muda, el equilibrio de información suficiente a que obliga no trufar de cartelas la historia, un lenguaje narrativo creado para los ojos de hace un siglo, volcado sin forceps para caber en los actuales. El hondo declive de un mundo como consecuencia del ascenso de otro es, por demás, una formidable ironía, obvia en los raros momentos de silencio absoluto, cuando la sala atiborrada se llena además del sonido que viene de la sala de al lado, como si la voz del cine contemporáneo –que, entre otras cosas, arrinconó hasta casi expulsar, el musical como género- no permitiera la resurrección de un enemigo al que, ni habiendo enterrado, consigue hace callar.

La llegada del sonoro trajo una paradoja que resuena en The Artist a cada plano: el poder de la música para contar una historia… que pueda hacer innecesarias las voces de sus protagonistas. No hay década sin ejemplos: de haber estado vivo en 1951, George Gershwin habría podido llenar por completo Un americano en Paris hasta poder contarla por si sola. La música de Bernard Herrmann narra Psicosis (1960) sin gran ayuda, como acaso también Henry Mancini pudiera ser todas las voces que Desayuno con diamantes (1961) necesite. La música de Scott Joplin que George Roy Hill escogiera para narrar El golpe en 1973 posee ese mismo don. John Williams habría podido nacer en 1890 y aún así haberse convertido en el mejor músico que el cine mudo hubiera podido soñar. ¿Qué sino fe en esa narrativa pura es dejar que Williams compusiera un tema libremente al que luego Spielberg se adaptaría para montar los últimos diez minutos de Encuentros en la tercera fase?. Como Fritz Lang, Chaplin o Wilder, Hitchcock halló una voz aún más formidable al encontrarlas todas. Pero solo él dirigió dos veces la misma película –El hombre que sabía demasiado-, una a los pocos años de logrado el sonoro, y otra dos décadas después. Quizá por eso, cuando la vida de este George Valentin en plena caída parece estar acercándose al silencio final, la música que suena no es la de Ludovic Bource, sino la de Herrmann para Vértigo. Luciendo así el mejor milagro de la música encargada de ser la voz de sus personajes: poder traer a esta historia de 1927 rodada en 2011 el mismo dolor que paralizara a James Stewart en 1958.

09 enero 2012

en capilla


07 enero 2012

y sin embargo es un sistema honrado

Uno de los parapetos más insospechados tras los que eta refugió durante décadas su andadura criminal fue que, ganándose la legitimidad ideológica reventando cuerpos, nadie pudiera anteponer a eso tan obvia prueba de su catadura real como es la extorsión a que sometiera a cuantos se cruzaran en su camino. No pedir dinero sino exigirlo tiene que ver con la fiscalidad de un territorio. Solo que, gestionado en la normalidad, la pena por no pagar es… pagar más. Mientras que, gestionado por asesinos, la pena por no pagar es que te maten. Cambiar “chantaje” por el más legalizado “impuesto” no es, por supuesto, menos previsible que quitar del sintagma “criminal” por su mejor tapadera “revolucionario”. Solo que el fin de los asesinatos no ha traído la extinción de sus métodos paralelos. Los cuerpos de los caídos son hoy los de la economía en todos sus eslabones. Y por eso, el término “extorsión” merece quedarse a vivir en las páginas de los periódicos, aunque quienes la empuñan usen hoy, en vez de balas, apellidos reales o investiduras presidenciales. Si alguien, como declara el expresidente de un club de fútbol, “se sintió obligado a aportar 30.000 euros” a la empresa del yerno de un rey, eso es extorsión. Como no por pactado con multinacionales previo al escándalo, deja de serlo cobrar de ellas 200.000 euros anuales por asesorar a sus directivos y al consejo. Otra cosa es, por supuesto, la coherencia que une la mera idea de monarquía como una extorsión al concepto de democracia con que uno de sus miembros, aunque sea alquilado, haga uso de ese derecho para estafar en nombre de la corrupción pactada.  

El propio concepto de extorsión es, de tan extendida, casi un territorio. De ese valor geográfico y su moneda -el ciudadano- habla el expresidente de una comunidad mientras es juzgado por los hilos sueltos de una operación gigantesca de fraude y chantaje a las arcas públicas. Y hay que imaginar el esfuerzo de sus abogados para forzarle a callar en los juzgados lo que tanto clamara fuera de ellos al ser acusado –que lo que los votos legitiman no puede ser vulnerado por la justicia, que el apoyo popular está por encima de lo que el uso fraudulento del poder permite. Y tiene razón, por supuesto. Pues toda la lógica de una campaña electoral descansa en esa otra modalidad de extorsión que es comprar voluntades con simploides chucherías de mitin mientras se roba la exposición y debate de la realidad política, social, económica, cultural o demográfica. Cómo diferenciar los conceptos falsos o inexistentes con que el expresidente y el yerno real alumbraran su camino delictivo hasta aquí de los que se venden en política como máscaras zafias de ideas más graves, menos publicables.

La extorsión de uno y la corrupción rampante del otro se hermanan en este punto: mientras la descripción de las pruebas obvias del delito llena los periódicos, solo su obscena visibilidad impide a los extorsionados seguir tan anchamente satisfechos. El expresidente autonómico saldría reelegido por cuarta vez mañana mismo, y las empresas que se dejaran extorsionar por el yerno real a cambio precisamente de lo que esperaran obtener de su poder de extorsionar a otros seguirían jugando a esa noria si la exposición de ese esqueleto no salpicara a todos. ¿Por qué habrían de pensar de otro modo? El más afinado logro de la extorsión política y financiera ha sido hacer irrelevantes las conexiones entre el delito y quienes lo perpetran. La comunidad autónoma del expresidente viene de no vender 1.058 de los 1.800 millones en bonos públicos ofertados, acaba de dejar impagada la cuota mensual a la Seguridad Social, y el estado acaba de cubrir un crédito impagado de esa comunidad por 123 millones de euros. El expresidente de la entidad pública que gestionara la depuradora de esa comunidad (liquidada con un agujero de 17 millones) afronta un juicio por fraude en el pago del iva (2.5 millones en 4 años) y el ingreso desde Suiza de 360.000 euros. Con casi un 20% de su PIB por encima de lo que ingresa, es la comunidad más endeudada de España. Su banca regional, especuladora perfecta de la ruina inmobiliaria, fue rescatada por el Banco de España hace un mes.

Todo casualidades sin nexo. A quién se le ocurriría pensar que el precio político por aceptar unos trajes como regalo encubra una razón que valga más que la vanidad valorada en 8.000 euros. Cómo pensar que bajo ese traje bobo prosperó una trama de extorsión a las mismas arcas públicas, hoy desfondadas, nítidamente planificada y bendecida a nivel nacional para robar lo necesario para financiar reelecciones que garantizaran seguir robando y perpetuando el ciclo, bendecido cada 4 años ante la indiferencia general. Cómo dudar que, efectivamente, el juicio al expresidente de una comunidad autónoma arruinada y cuya deuda pública roza el bono basura lo es por cohecho impropio –recibir dádivas en su condición de autoridad- y no, aunque se juzgue en otra sala, por cohecho propio –recibirlas en contraprestación de adjudicaciones o contratos.

Adjudicar a dedo 8 millones de euros o derivar con el mismo dedo a tu cuenta 5,8 millones desde una entidad sin ánimo de lucro son, como cualquiera del entorno del expresidente clama estos días, o como han de pensar quienes pagaran a la empresa del yerno real, menos que corrupción reseñable y solo ligeramente más que lo normal en estos casos. Por eso la demanda de decencia del primero se funda en que con la dimisión debiera bastar, y por la mente del segundo no puede pasar otra cosa que su perplejidad por la calidad final de la inmunidad que se le otorgó con el apellido de su esposa. También la extorsión a la normalidad cuenta tanto como la que se aplica a los testigos –“sácame de esta, que cuando pase esto hablaré con tu jefe y no te va a faltar de nada”- y en ello, el que ninguna de las empresas saqueadas por una fundación sin ánimo de lucro vaya a interponer la más mínima denuncia contra el yerno real. Pues cómo denunciar un tipo fallido de extorsión cuando uno no tan distinto otorga a los consejeros, miembros de la alta dirección y consejeros ejecutivos ingresos de 33 a 132 veces superiores a las de los trabajadores menos remunerados de esas mismas compañías.

Se lee al exconcejal que destapó la trama de financiación ilegal decir que el cabecilla de la trama era la “séptima u octava persona con más poder en el pp”. Cómo “había visto dar instrucciones para endosar a una consejería de la Comunidad de Madrid el pago de un acto del pp”. “Dos contables en Londres –escribe Andreu Manresa en El País 8.12.11 fabulando la operativa de desvío de fondos del instituto sin ánimo de lucro-, uno frente al otro, generando facturas y cruzándoselas hasta cerrar una contabilidad a la carta, siempre a favor de los clientes, de los intereses de opacidad y bajísima tributación fiscal”. El desvío de fondos, que fuera excavado en túneles de extorsión elegante y sobornos de voluntades confeccionados a medida, aflora así como una línea recta que a la luz del día es, de tan transitada, una autopista, en la que, por carriles paralelos, viaja nuestra forma de hacer política y el dinero que paga su desplazamiento.

06 enero 2012

lo que queda en medio

Ninguna paradoja describe mejor una competición deportiva orientada, por encima de todo, a jugar para la grada que su mejor jugador hasta hace un suspiro haya sido lo más parecido a un espectador que encontrarse pueda. Delgado, no excesivamente alto para haber elegido su deporte, Steve Nash se retirará este año en los Phoenix Suns si algún traspaso, que debería haber llegado dos años antes, no le da una mejor oportunidad en los Knicks, los Thunder o los Lakers. Y el automatismo que lleva a pensar que Nash bien lo merece es menos exacto que pensar que quienes quizá lo merezcan sean quienes componen las plantillas de esos tres equipos o de cualquier otro en que recale. La razón es tonta de tan simple: si vas a perder contra Miami en los playoffs, Nash garantiza que perderás como equipo, no porque el jugador que más tiempo tiene el balón en su poder decida perder él solo. Ya ha habido un Nash antes que Nash: dotado del mismo físico inapropiado –blanco, pequeño, delgado- John Stockton preside la cima de pasadores en toda la historia de la nba a base de repartir durante 19 años no tan lejanos los triunfos y las derrotas entre todos los jugadores sobre la cancha. En una liga donde lo frecuente es cargar equipos enteros sobre los hombros de un jugador, no ha de extrañar que quienes poseen hombros menos musculados se queden con una parte de ese peso y cedan el resto para los demás. Lo que, en la mayoría de los casos, suele producir mejores equipos, es decir, aquellos en los que menos jugadores desaparecen de la pista cuando el partido se juega en la última jugada. A no mucho tardar, Nash será llamado para presentarse en el Hall of fame de Springfield. Y allí, ese día, probablemente rodeado de Tim Duncan, Kevin Garnett o Shaquille O´Neal, alguien recordará que mientras éstos fueron dueños frecuentes del balón, Nash lo fue de la pista por la que se movían todos, esperándole.

05 enero 2012

trabajos de amor perdidos

Escritas con unos veinte años y unos 1.800 kms. de diferencia –Noche de reyes, entre 1599 y 1602; y El perro del hortelano, en 1618-, podrían ser representadas tras intercambiarse dos de sus personajes principales sin que las conciencias respectivas se hallaran muy fuera de lugar. No tanto por la más obvia de las permutaciones -pones a Olivia a ser la Condesa de Belflor, y se encontraría inmersa en similar y confusa puja amorosa por su mano que hallaría ésta –Diana- si trasplantada a Illyria. Y ni siquiera habrían tenido que desplazarse mucho: de Napoles a la costa este del mar adriático, digamos Croacia. 


Tampoco en el destino que hermana al Shakesperiano mayordomo Malvolio y el Lopiano secretario Teodoro, a pesar de las señales obvias –similar grado de arribismo, respectivos dos competidores de noble cuna, o la misma puja amañada por la mano de su respectiva ama. Sino por la misma decepción del sentimiento que escala desde una clase inferior hacia la que espera arriba. Y como en ellas, también viniendo de sitios próximos: de la coraza de su altura ética aquel, de su amor bien plantado éste. Otra forma de verlo es decir que ambos vienen de un amor seguro y se dirigen, con plano falso, hacia uno minado, pues Malvolio vive dentro del perfecto amor a sí mismo: arrogante, grave, sin más voluntad que relucir con el brillo de los candelabros que abrillanta, su amor va de él a sí mismo. Siendo su opuesto –seductor, galante, rápido- Teodoro ama a Carmela con un amor a salvo, hecho de los mismos ingredientes en ella y él.

Si ambos pueden cruzar de obra y sufrir de lo mismo es porque el amor-cebo que les espera en campo abierto –A Malvolio el de su ama, Olivia; a Teodoro el de la suya, Diana- aunque atraído con burla en el primero y con amor celoso en el segundo, sigue el mismo patrón de amor-margarita: ahora me aman, ahora no. Obvio que mientras Shakespeare hizo a Olivia inocente en el juego de pistas ignoradas (repartida la malicia entre la criada María, el bufón Feste y Sir Toby Belch), y Lope sí volcó en Diana malicia e inocencia, ambas señoras de su casa juegan, a ojos de su inferior enamorado, a volverles locos sin más premio que castigo. Ni cuando Diana opta, como por lotería, por amar a Teodoro, lo hace del todo, y solo una invención de última hora (un padre noble que le equipare a ella) impide a aquel huir a España, y por un pelo hacerlo incluso con Carmela, a la que su ama niega morder lo que ella tuvo entre los dientes.

Teodoro no se sabría más ridículo con jarreteras cruzadas y calzas amarillas ni Malvolio menos burlado si con una correa atada al cuello. Y acaso, de los dos, el más maltratado no es el que viene de asistir al carrusel sentimental de Diana –que ni a sí misma se tiene- sino el que cómicamente aspirara a Olivia, pues si a Teodoro le da tiempo a hacer burla de ambos amores (el que por la plebeya, el que por su señora), para Malvolio, aunque por engreído lo merezca, quizás amar y amar lo que no puede tener sea una misma cosa, y el sentimiento engañado, el del amor en sí y no solo el de su encarnación en Olivia. Teodoro ama a Carmela no menos que a Diana (“en las gracias de Marcela no hay defetos que pensar. Yo no la pienso olvidar”) y de quedarse en escena tras la obra, de representarse a continuación una de las obras siguientes de Lope, digamos El caballero de Olmedo, también amara a Doña Inés o a su hermana Leonor. No Malvolio, que aunque embebido de deseos de ascenso social, podría hallar en el opuesto exacto -la humillación pública- la decepción amorosa suficiente para, como cita la introducción de Barbara Arnett Melchiori a la edición bilingüe de Cátedra, bien podría salir de escena para suicidarse.

“¡Hay confusión tan extraña! ¡que aquesta mujer me quiera con pausas, como sangría, y que tenga intercadencias el pulso de amor tan grandes!” –quitas las líneas a Teodoro y se las pones a Malvolio y éste no notará la diferencia. Lo que Diana espeta a Teodoro en el escalón impar de su amor escalonado -“Cuando una mujer principal se ha declarado con un hombre humilde, es lo mucho el término de volver a hablar con otra” O ”que el gusto no está en grandezas, sino en ajustarse al alma aquello que se desea”- es más que parecido a lo que Olivia dirá a Malvolio, primero en su versión simulada, finalmente como dardo real, en la maléfica voz de Feste –“mi destino es más alto que el vuestro, pero este mi grandeza no debe llegar a asustaros, pues unos la poseen por nacimiento, otros hay que la consiguen, y a otros por fin se les viene encima”. Más curioso es advertir que, antes de que el amor o su farsa mezclen sus dardos, lo más parecido a Malvolio pudiera ser… no Teodoro, sino la propia Diana, que al poco de empezado el primer acto, tras saber del amor que une a aquel con su criada Marcela, dice de sí misma algo que firmaría el mayordomo de Olivia –“Es el amor común naturaleza; mas yo tengo mi honor por más tesoro, que los respetos de quien soy adoro, y aun el pensarlo tengo por bajeza”, tan “esa media hora al sol haciendo posturitas con su propia sombra” que María dice de Malvolio un verso antes de comenzada la gran farsa.

Cartas y pretendientes sirven de equipaje en el viaje de una obra a otra: las tres cartas que tejen y destejen el amor de Diana y Teodoro (una cuarta llega a manos de éste, esta vez escrita por Marcela, pero no llega a ser leída, puesto que la rompe nada más tomarla) son el mismo número que encontramos en Noche de Reyes: la que, fingiendo ser su ama, escribe María para engañar a Malvolio, la que incitan a escribir a Sir Andrew, desafiando en ella a Cesario y la que Malvolio escribe a su señora afirmando su cordura. Si en El perro del hortelano, Diana resuelve con maldad el acertijo de la amiga enamorada al dictar a Teodoro una carta de amor y terminar pidiendo que en el sobre escriba “a ti”, en Noche de reyes, la que Malvolio envía a su señora bien podría, en realidad, decir “a mí”. Los tres pretendientes de Diana (el conde Federico, el marqués Ricardo, el secretario Teodoro) son también tres en el cortejo a Olivia (Sebastián, Sir Andrew Aguecheek y Malvolio), dos nobles por cada plebeyo. Y aunque no simétricamente en la relación perdedores-vencedor, también dos payasos por cada triunfador.

Shakespeare murió dos años antes de que El perro del Hortelano apareciera en la Oncena parte de las Comedias de Lope. Retirado de la escritura dramática desde hacía un lustro, de haber vivido hasta 1918, habría podido leer de boca de Diana tan provechoso mensaje con solo cambiar “amor” o “Teodoro” por “teatro” -“¿Qué me quieres, amor? ¿ya no tenía olvidado a Teodoro? ¿qué me quieres? Pero responderás que tú no eres, sino tu sombra, que detrás venía.”

03 enero 2012

de familia estricta

Cenando, caigo en el nombre raro que cenar esta lechuga hoja de roble sugiere –adusta. Como si lo que estuviese masticando uno fuese esa cualidad insospechada de la verdura comprada en un supermercado ecológico: no su sabor, sino su orgullo.