Cuando Jean-Auguste-Dominique Ingres retrató al empresario del
periodismo Louis-Francois Bertin en 1832, ya había pintado a reyes, a
emperadores, a nobles, también a Homero, a Edipo, a Júpiter. La clase que se
asomaba a sus pinceles era o bien la nobleza de su tiempo o la mitológica sacada
de la literatura grecorromana. Bertin no pertenecía a ninguna de ambas, y no
necesitaba leer la lista de clientes de Ingres para saberlo: bastaba mirar a
Napoleón I, a Carlos X o a Carolina Murat, reina de Napoles. O, un peldaño más
abajo, al barón de Montbreton, a Marcotte d´Argenteuil, a Louise-Albertine
d´Haussonville, pintados justo antes que él, y lo que debió ser más extraño
para él: pintados como si estuviesen delante de él, de Bertin.
Porque mirando el que Ingres le entregó parece retratar al cochero que
esperaba que alguno de los nobles pintados en otros retratos terminara de posar
para ser conducido a su casa. Bertin debía su fortuna a artes distintas de las
que, periódicamente desde hace siglos, se hacía retratar la aristocracia
blasonada por la riqueza preservada una generación más. Pero llegar el último a
la lista, o mejor, inaugurar una –la de la burguesía acomodada que acabaría
comprando las propiedades de la nobleza venida a menos- debía ser extraño.
Solo hasta que se considera que Ingres pintó quizá, no un retrato, sino
una opinión: a la edad de 66 años, Bertin era, no solo el modelo de más edad
que pintara Ingres, sino uno al que la altivez usual no cuadraba: tras ser
exiliado en 1801 en la isla de Elba por la orientación antinapoleónica del
periódico que fundara junto a su hermano y regresar ilegalmente a Francia para
seguir publicando, vio su periódico secuestrado por el gobierno en 1811. Le fue
devuelto en 1814 al caer Napoleón. Tras un artículo contra Carlos X, fue
encarcelado de nuevo. En 1830, con la llegada del borbón Luis Felipe, fue
liberado.
De ahí que la postura que iba a inmortalizarle sea la de alguien que
parece estar escuchando algo con lo que podría no estar de acuerdo, algo que se
le dice para que lo juzgue, lo apruebe o lo desestime. La arrogancia o la
dignidad aristocrática que destilan muchos de los retratados por Ingres no
necesita a Napoleón como emblema: la tienen, respectivamente, el Duque de
Orleans o Caroline Rivière. Si Ingres sufrió hasta hallar el gesto que
retratar, también debió ser al constatar cuántos de los gestos habituales no podían
ser encarnados por Bertin.
Y éste debía saberlo. La carne acumulada en torno a su cuello, producto
de elevar los hombros cuenta algo más que cierto e improbable desaliño, y es
quizá tanto la forma en que el estrato social que él representaba podía, por
fin, alzarse sobre sus propios hombros, como desafiar a la clase social que le
rodea hoy en los museos, al posar en actitud de estar ocupado, de hallar sido
sorprendido mientras trabaja, algo que ciertamente no iba a aceptar, y menos
valorar, la nobleza que posaba para Ingres, y para cualquiera, como si fuera el
árbol genealógico, enhiesto, el que vinieran de tragarse. Ingres, que quizá por
haber vivido tres revoluciones -1789, 1830 y 1848- añoraba no poder seguir
pintando más cuadros de historia, abocado a vivir –espléndidamente- de los
retratos privados, la estaba pintando sin acaso saberlo.
Expuesto el suyo en su día junto al retrato de la vizcondesa Louise-Albertine
d´Haussonville, Bertin habría apreciado seguramente estar acompañado mejor por
alguno de los retratos que Ingres pintara de sus amigos, pintores y no, en la
primera década de 1800. La clase de poder que pagaba el tiempo de Ingres, y que
ocupara las páginas del periódico de Bertin desde su fundación en 1789, también
se encogía sobre sí misma cuando el diario dejó de publicarse al caer otra
revolución, siglo y medio después: tras la liberación de Paris del ejército
nazi en 1944, Bertin ya solo podía quedarse a vivir en Ingres.
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