13 junio 2011

La función que deshacer


Mientras la posibilidad de apropiarse gratis del trabajo de otros por el que antes se pagaba se adueñaba de internet, vampirizándolo, su otra gran virtud –el ojo permanentemente abierto sobre cualquier cosa que ocurre en el mundo- hacía por el teatro un inesperado prodigio: no solo ayudar a convertirla en la única industria cultural que incrementa su audiencia cada año, sino ver venir a los espectadores no desde la calle, sino desde… el propio escenario. La familiaridad con la que, en nuestro país, el conocimiento de la mezquindad política y empresarial va de la mano con la indiferencia demostrada al votar, repetidamente, a los mismos que la protagonizan, no es otra cosa que… costumbre de lo teatral. El hábito de vivir inmersos en una farsa que nos emplea de figurantes no puede ser ajeno a la costumbre de asistir después a mejores, más hondas recreaciones del mundo, que al menos tienen la delicadeza de hablar de nosotros sin… exigirnos además ponerles voz y rostro.
Se lee como virtud de una dramaturgia más próxima lo que es, en buena medida, desde el espectador, sensación de pertenencia, de ser algo no tan distinto de lo que Sanzol, Tolcachir o Del Arco –por mentar los que El País 11.6 identifica como señas de identidad del movimiento- hacen hablar a sus criaturas. Y si, como el primero dice, citado por Marcos Ordoñez, “hay un público que necesita conocerse y hay uno que no quiere conocerse”, tan reconocible es en las salas llenas como en la respuesta de ese público ante el espectador que, interrumpida la representación de un monólogo de Malraux para protestar contra la guerra de Irak, grita que “no ha venido al teatro para oír hablar de política”, o, en medio de Delicadas, hasta hace unos días en el Español, cuando el miliciano inserto en la guerra civil española exclama ¡Me cago en dios!, y ese mismo público asiste atónito al espectador que se levanta para gritar al texto “¡Cállate!”. Incluso sin necesidad de demostrar en público tu sensibilidad, asistir al teatro es contestar a lo que sucede fuera de él, sea a merced de Othello o como invitado al Jardín de los cerezos.
Si estos días muchos de los que visitan a los concentrados en las plazas españolas lo hacen como quien tiene la sensación de asistir a la representación de algo cuyo argumento nadie esperaba, con suerte tiene que ver también con la impresión de que, quien contempla la obra como espectador o actor inerte, bien pudiera hacerlo como autor, dada la fe necesaria. Fingimos ser espectadores que fingen vivir en el año once del siglo veintiuno mientras fingimos sufrir o gozar con hechos que suceden en otro idioma, en otro siglo, en otra sociedad. No es solo para ser entretenido por lo que uno paga su entrada, también para aprender a distinguirse en otros teatros menos necesarios, con suerte a sobrevivir a éstos, a soñar con cambiarlos.

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