Una de
las razones que podrían explicar la renuencia de la iglesia católica a afrontar
y castigar a sus miembros pederastas es la plena conciencia de que los
sacerdotes que caen en ese crimen solo repiten la maniobra que su empresa lleva
a cabo con ellos. Si la premisa de El club, dirigida por Pablo Larraín, no se
aprecia como algo incoherente es porque en ser deseable nos basta: que sea una
entidad violadora de derechos esenciales del hombre la que juzgue a aquellos
que violan los derechos de otros seres humanos indefensos es hoy un grito tan
demandado que a nadie le importa que en el banquillo no se sienten a la vez
ambos: quien juzga y quien es juzgado.
El club
no ahorra una sola ambigüedad al respecto, ni la de la víctima de abusos en la
infancia que añora al sacerdote que se los infringiera como un amante añora a
otro. Tampoco la del pederasta que no entiende cómo ni su amor por los perros
es aceptable dentro de la iglesia católica. En el reparto de culpas e
inocencias, Larráin incluye a los inocentes que cargan con pecados que no
cometieron –la hermana que cuida de la residencia de curas apartados de su
profesión- y que acaban tramando un acto criminal que castigue enésimamente a
quien, con sus denuncias, atrae la atención no deseada sobre la residencia. O
la del sacerdote culpable de infringir la ley civil a base de cumplir la de
compasión más elemental: buscar un hogar para los hijos que no son deseados al
nacer.
No hay
peor crimen que forzar al delito a un hombre y luego no responsabilizarse de tu
parte en ello, y eso es la base misma de una religión que pregona el amor
mientras lo prohíbe en su expresión más honda a quienes se acogen a su sombra. La
tolerancia hacia la homosexualidad en el clero sería una hipocresía más,
amparada mientras se mira hacia otro lado, si ésta no incluyera niños de forma
tan frecuente. Así, lo que se juzga inconveniente en la vulneración de la regla
no es la sexualidad o la homosexualidad, sino el delito civil.
Es la infracción
que viene de fuera, de la ley no regida a solas y a conveniencia, la que, como
en la película, impulsa a la iglesia recientemente a purgar a aquellos que han
cometido crímenes de pederastia. Por eso la solución final, y ambiguamente
piadosa, que halla el sacerdote enviado a cerrar la casa que aloja a los
proscritos, es no castigarles acorde a la ley sino obligarles a ganarse el
perdón de dios, acogiendo bajo su mismo techo a quien tan nítidamente es la
prueba de su crimen, el antiguo y el nuevo: el general y el individual.
“He sido esclavo laboral y sexual de un grupo de depravados, encubierto por jerarcas de la Iglesia” -escribía al papa un hombre hace poco para denunciar el horror vivido durante décadas por aquellos que caían en las garras de francisco andreo, fundador de la Comunidad misionera de San Pablo Apostol y de María Madre de la Iglesia. El vaticano llama “comisarios pontificios” o “visitadores apostólicos” a los obispos encargados de investigar “comportamientos morales inapropiados” en sus organizaciones. En la mayoría de casos, las denuncias se archivan con el argumento de que “no estaban fundamentadas” o “son de mala voluntad” –se lee en El País 3.11. Justo ese fue el dictamen de quienes investigaron la corte impune de andreo. Mientras la película estaba aún en cines, el fundador de la congregación El Sodalicio –luis Fernando figari- era sancionado a una de esas casas de retiro, tras saberse su condición de abusador sexual, amparada durante años por el cardenal de Lima, el más alto prelado del opus dei en activo por ese tiempo.
“He sido esclavo laboral y sexual de un grupo de depravados, encubierto por jerarcas de la Iglesia” -escribía al papa un hombre hace poco para denunciar el horror vivido durante décadas por aquellos que caían en las garras de francisco andreo, fundador de la Comunidad misionera de San Pablo Apostol y de María Madre de la Iglesia. El vaticano llama “comisarios pontificios” o “visitadores apostólicos” a los obispos encargados de investigar “comportamientos morales inapropiados” en sus organizaciones. En la mayoría de casos, las denuncias se archivan con el argumento de que “no estaban fundamentadas” o “son de mala voluntad” –se lee en El País 3.11. Justo ese fue el dictamen de quienes investigaron la corte impune de andreo. Mientras la película estaba aún en cines, el fundador de la congregación El Sodalicio –luis Fernando figari- era sancionado a una de esas casas de retiro, tras saberse su condición de abusador sexual, amparada durante años por el cardenal de Lima, el más alto prelado del opus dei en activo por ese tiempo.
Un
artículo de Juan G. Bedoya en El País 1.11? ilustra el infierno con dos
ejemplos más: el del fundador de los legionarios de cristo, marcial maciel, que
abusara durante décadas de decenas de muchachos, pese a la investigación
abierta contra él décadas antes, silenciada por el propio pio XII. Y la de
cherubini, de la orden de clérigos regulares pobres, pedófilo que llegó a ser
superior de la orden. Si alguien quiere una metáfora clara de qué es el mundo
para una organización como la que produce y ampara semejante monstruosidad, que
la busque en lo que los perros son en la película.
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