09 diciembre 2015
08 diciembre 2015
mirando a un lado, el de siempre
La profecía que no era complicado leer, o adivinar, en vísperas de las elecciones presidenciales que Al Gore perdería contra george bush jr –que el primero era demasiado inteligente para ser presidente de un país como ese- se encarna en Obama con la crueldad acumulada de quien, en la excepción que le confiere su inteligencia y su sentido común, contiene también a quienes, desde el partido de enfrente, saben que jamás llegarán a nada sin fingirse, o llegar a ser realmente, retrasados mentales.
Ya sea a la hora decisiva de afrontar un
sacrificio global necesario para aminorar los efectos del cambio climático –que
viene de ser denunciado en la cámara de representantes (el sacrificio, no el
cambio climático. Seguramente porque la mayoría republicana tiene por motto no
creer en él)- o en el intento inútil de restringir el uso de armas que mata en
su país a 92 personas diarias y ve una masacre al día desde hace casi tres años,
Obama solo puede dar la razón a marco rubio, clásico mesías del fanatismo y la
ignorancia supina que encumbra en el partido republicano, cuando éste dice que
Obama “lo que no tiene es coraje para admitir
que está en contra de la Segunda Enmienda de la Constitución”, que
garantiza la posesión de armas de fuego.
Y sí, claro, el coraje necesario es la
primera bala a la que renuncia cualquier político estadounidense que aspire a
hacer carrera, pues de proponer abolir el uso de armas, lo más suave que sería
llamado es neocomunista. La única ventaja es que eso al menos permitiría ver
con nitidez el macartismo encubierto -¿encubierto?- que vomita el partido
republicano en áreas como derechos de los homosexuales, aborto, o una mínima
percepción del apocalipsis climático.
El aislamiento, la conversación definida como
caótica, la incapacidad emocional para asimilar sus actos, la imposibilidad de
empatía, la escasa formación –no hay un solo rasgo de los que, al día siguiente
de una masacre, identifican al criminal que no pueda ser aplicado a quienes,
desde la Asociación Nacional del Rifle (ente que casi hace pasar por
inteligente a rick perry o michelle bachmann) y desde el partido republicano
(ente que casi hace pasar por inteligentes a los miembros del NRA) pugnan el
derecho constitucional de portar armas como si la atrocidad a la que sirve
fuera un efecto colateral, un grano sin más en la orgullosa piel de la
identidad nacional.
Un retrasado mental que viene de asaltar un
centro de planificación familiar en Colorado Springs, matando a tres personas, ha
de ser celebrado en los despachos del fundamentalismo cristiano que tanto
influye en el partido republicano. Y para quienes la lectura literal de la
biblia se invierte a la hora de juzgar los muertos que antes han estado vivos,
que comían y paseaban y corrían y compraban, y que en consecuencia tenían la
mitad de probabilidades de votar al partido demócrata.
Contabiliza The New York Times las muertes
por arma de fuego en 1,45 millones desde 1970. Esto es, más que todos los muertos
en combate que Estados Unidos ha ofertado al suelo en su historia. Una persona
fallecida –asesinada- cada 16 minutos. Muren más menores de seis años que
policías. Representando el 4,4% de la población mundial, sus ciudadanos poseen
el 42% de las armas en manos civiles de todo el mundo. 321 millones de
habitantes, 270 millones de armas.
Cita Obama la ley que impide volar a según
qué sospechosos, pero no entrar en una armería y comprarla entera. Esa forma de
impotencia legal que es solo el dni pararreligioso de una nación enferma, para
la que la prueba de que el antídoto ha de ser el mismo veneno es que matan
igual. Hasta un animal entendería cuál es el problema. Y quizá es justo eso.
El arma que se necesitaría para frenarlo
funciona en cambio de bala, sea cual sea el objetivo: el año pasado –escribe
Paul Krugman en El País 6.12- “PolitiFact
solo fue capaz de encontrar ocho republicanos en el Congreso, de los 278 que
componen la asamblea, que hubiesen hecho comentarios en público aceptando la
realidad del calentamiento global provocado por el hombre.”
Escribe Adam Gopnik en The New Yorker 4.12 cómo
las instrucciones conservadoras para calibrar el crimen de la Clínica de
planificación familiar pasan por verlo como obra de un loco solitario,
completamente libre de influencia ideológica, mientras que la matanza en San
Bernardino (o la que toque hoy) es obviamente obra del fanatismo yihadista. Uno
tiene que pestañear varias veces para creer que un tabloide como New York Daily
News haya escrito estos días que todo es el mismo terrorismo, y que el presidente
de la NRA –wayne lapierre- debería ser considerado uno de ellos.
Puede asustar la claridad y frecuencia con
que the New Yorker resume en los textos de un solo día el destino terrible que
la mitad política de ese país persigue con un énfasis igual de esforzado en lo iletrado:
solo en los que contiene el newsletter del 4.12, Gopnik suaviza la acusación
contra lapierre, pero solo en el sentido etéreo en que un Imán que predica la
guerra es inocente de las víctimas causadas. Que más claramente suena a cómo quien,
una y mil veces, se niega a aceptar las consecuencias de los actos pregonados
aunque no ejecutados de propia mano ha de ser juzgado de acuerdo a ellos.
Ese mismo día, Elizabeth Kolbert escribe
acerca de cómo mientras Obama declaraba en París la urgencia irrevocable de
tomar medidas para paliar el cambio climático, La cámara de representantes –con
mayoría republicana- aprobaba dos resoluciones destinadas a bloquear cualquier
regulación que aspire a influir en las emisiones producidas en Estados Unidos. Y,
según algunos senadores, explícitamente diseñadas para anular el peso de las
negociaciones en París. También cómo el partido republicano pretende impedir la
financiación del Green Climate Fund, por el que Estados Unidos invertirá tres
billones de dólares en ayudar a países pobres para financiara sistemas
energéticos limpios.
The Associated Press recientemente pidió a
ocho científicos puntuar los tweets que sobre el cambio climático vienen lanzando
los candidatos republicanos. Sin saber a quien pertenecía qué comentario, los
nueve candidatos suspendieron. “ted cruz
–dice uno de los científicos, de Penn State University- comprende menos en materia científica y de cambio climático que un niño
cualquiera de jardín de infancia… Este
tipo de ignorancia sería peligrosa en un portero, no digamos en un presidente”.
Finalmente, Evan Osnos condensa la peripecia
de don blankenship, todopoderoso empresario de la industria del carbón durante
décadas, hoy condenado a prisión por ignorar repetidamente cualquier regla sobre
salud y seguridad en sus minas y mentir a inspectores e inversores. Su
explicación a la explosión que mató a 29 mineros en 2010: “un acto de dios.” En una de las conversaciones empleadas en el
juicio es más explícito sobre la responsabilidades de sus apóstoles entre el
empresariado –“La enfermedad del pulmón
negro (mortal en muchos casos) no es
un tema en esta industria que merezca los esfuerzos por prevenirlo.” Los
mineros eran informalmente entrenados para ignorar las reglas. La llegada no
anunciada de un inspector activaba un sistema de alerta interna que hacía
falsear las pruebas posteriores. “Era más
barato pagar las multas que el coste de prevenir violaciones normativas”.
El corolario de Osnos se extiende a cualquier política empresarial, desde el carbón a la energía nuclear, desde la industria armamentística a la de la televisión basura, amparadas hasta la extenuación (ajena) por –justo- el partido republicano: “For those who wanted a reckoning for Blankenship and his practices, it is a brutal measure of our legal priorities that he faced far heavier penalties for lying to investors and regulators than he did for conspiring to break safety rules. Bruce Stanley, a lawyer who battled Blankenship in a separate case, observed, in an interview with Mother Jones, that the prospect of a thirty-year penalty had rested on a single charge: “That’s the one that says he lied to Wall Street. When it comes to human lives, he gets maybe a year.”
El corolario de Osnos se extiende a cualquier política empresarial, desde el carbón a la energía nuclear, desde la industria armamentística a la de la televisión basura, amparadas hasta la extenuación (ajena) por –justo- el partido republicano: “For those who wanted a reckoning for Blankenship and his practices, it is a brutal measure of our legal priorities that he faced far heavier penalties for lying to investors and regulators than he did for conspiring to break safety rules. Bruce Stanley, a lawyer who battled Blankenship in a separate case, observed, in an interview with Mother Jones, that the prospect of a thirty-year penalty had rested on a single charge: “That’s the one that says he lied to Wall Street. When it comes to human lives, he gets maybe a year.”
07 diciembre 2015
la danza de la realidad
Salido de la nada, vuelto a ella por accidente,
Jay Gatsby recorre la novela homónima de Scott Fitzgerald entre fiestas
interminables a las que llega gente que no conoce, y ese presagio que es la
casa muerta al amanecer. Escrita en 1925, El gran Gatsby cuenta una gran
depresión, la suya, antes de que en 1929 llegara la que hablaría de todos.
Escrita por Horace McCoy en 1935, ¿Acaso no matan a los caballos? estaba más
cerca de contar la historia de Fitzgerald que la de Gatsby –la de un hombre
que, viniendo de Hollywood, sueña con ser alguien allí- y acabó por contar
ambas: la del escritor en el sueño, la del personaje en el despertar. La novela
de McCoy, llevada al cine por Sydney Pollack en 1969, puso a ambos a dormir el
mismo sueño fugaz, y así el sueño y la vigilia acabaron por ser la misma cosa.
McCoy fue figurante antes de pasarse a la grada
como guionista para cine. La mezcla amarga de desencanto y ensoñación que volcó
en Robert Syverten y en Gloria Beatty sabía del empeño del concursante
permanente. Si el primero sueña con ser director como Von Sternberg o Mamoulian,
la segunda se ve a punto de ser Katherine Hepburn o Margaret Sullyvan. Casi
asombra que Robert sepa dónde está o qué ve: se imagina en un Rolls, aclamado a
su paso por las calles, incluso en un parque público fabula a menudo estar “rodeado de mis centinelas privados, que
montan guardia velando por mi seguridad en mi isla privada”. Y ese es el sueño
inofensivo: el de Gloria es, ya desde
el principio, matarse.
Las oleadas infinitas de desesperación son en la
novela también las del océano pacífico que golpea los pilares del pabellón en
que transcurre la acción, como si bajo los pies de quienes intentan mantenerse
a flote, su época hiciera su trabajo sin importarle qué esfuerzos traten de
evitarlo. Gloria llega a decir a Robert que estaría mucho mejor, con toda
seguridad, de no haber nacido. Cómo de tener un hijo, éste estaría exactamente
igual que ellos. No hay cinismo aún en ello, solo observación nítida. “Cuando se acabe todo esto, volveremos a
estar en el punto de partida” –dirá más tarde. Sin la contaminación que
sobre su carácter arrojan sus tendencias suicidas, sus diagnósticos serían aún
más devastadores.
No pocos de los que, en la década estadounidense
de los 30, acudían a los maratones de baile en los que aspirar a ganar el
dinero del premio, habrían leído u oído hablar de las desventuras del joven
Gatsby, su sueño sonámbulo que desemboca en el sueño eterno. La novela de McCoy
–un interminable baile agonizante por morir más tarde que los demás, por
aguantar de pie, por resistir en una pista de baile lo que fuera de ella no se
resistía de modo alguno- era justo el reverso exacto de la peripecia de Gatsby:
si allí era la insistencia en no saber que estás ganando, en ésta era la de no
querer ver que estás perdiendo.
Fiel a la máxima última de la idea original del
maratón –quien la descubre muere incluso al ganar- los participantes en esos
maratones se arrastraban por parejas por la pista durante días bajo la única
regla de no poder dormirse o parar de moverse. McCoy exageró la duración del
concurso en un tiempo en que la longevidad del sufrimiento y la privación
extremas admitían todo tipo de exageración sin perder verosimilitud. Si los
maratones podían durar una semana, McCoy imaginó 52 días. Y Pollack fue aún más
lejos.
Antes de enriquecerse en un golpe de suerte,
Gatsby bien pudo haber participado en alguno de esos maratones, que ya existían
en los años 20. La llegada de la Gran Depresión los convirtió en circos en los
que se competía por premios en metálico,. O en los que se participaba porque en
ellos se garantizaba comida y techo mientras uno aguantara de pie. El premio
fabulado por McCoy, y amplificado por Pollack, era una quimera que más permitía
subsistir unas semanas que recomenzar una vida.
Al aumentar la ganancia posible, se incrementaba
la distancia con la miseria real, y el drama de perseguirlo crecía
exponencialmente. Esa es la definición de espectáculo popular desde los tiempos
romanos, y McCoy solo volcó, aumentado, lo que los empresarios de su tiempo
supieron ver: que el sufrimiento vendía. Que podía ser rentable. Los segundos
que lo entendieron fueron la competencia directa: la iglesia y los propietarios
de cines protestaron por lo que, respectivamente, consideraban inmoral y
usurpador de audiencias. Como si fuesen cosas distintas.
Volcado por Pollack a partir del guión de James
Poe y Robert E. Thompson, era el público y no los que agonizaban en pista
quienes construían un género nuevo de entretenimiento. Magníficamente encarnado
por Gig Young, el maestro de ceremonias del maratón de baile una y otra vez
recuerda a los participantes que la realidad importa poco comparado con lo que
el público ha venido a ver, y así, los diez minutos de pausa cada 120 minutos
en pista podrían ser explicados en función de las bebidas que conviene vender a
quienes llevan ya dos horas sentados en las gradas. En una percepción que hoy
es obvia, el público era un participante más. Una feria de ganado no habría
modificado el tipo de atención que merecían quienes concursaban en ella.
Dirigida por Alberto Velasco a partir de una
adaptación de Félix Estaire, Danzad malditos fue estrenada en el Fringe 2015 y
posteriormente programada en Matadero en noviembre de ese mismo año. La
evolución de la historia de desamparo y desesperación no había perdido un ápice
de vigencia. “Nosotros somos más de
Darwin que de Dios” –dice el maestro de ceremonias antes de dar paso a lo
que, ya en la América profundamente creyente de 1930, era acudir a los
maratones de baile para admirar a Darwin.
En 1930 o en 2016, la metáfora de que el
espectáculo debe continuar se retira de la pista antes de que lo haga su
versión más joven –la de que el espectáculo va a continuar, pese a quien pese.
Y el título que hace ochenta años hablaba de participantes en un concurso de
baile define hoy a quienes, delante de un televisor, una radio o según qué
periódico, asisten al baile de irrealidad que entretiene tanto que ni el olor
que emana se percibe. Gatsbsy, que asiste a sus fiestas sin participar en
ellas, como un entomólogo, también participaba, a ojos del narrador de la
novela, de la mutación que iba a llevar a quienes miran a convertirse en lo
mirado.
Si McCoy participó en alguno de esos maratones,
quizá se cruzó en ellos con Tom Kronen, y quizá ambos abandonaron la pista para
escribir y publicar la misma novela el mismo año, solo que con distintos
títulos. La del segundo se llamó Nada que esperar. Dentro, el mismo deambular
errante, la misma indefensión, la misma brutalidad latente, la misma impotencia
dentro y fuera de una pista de baile. En ambas, la precariedad llega al extremo
de hacerse detener por la policía para pasar la noche bajo techo y comer algo.
Michael Conrad, uno de los protagonistas de la
adaptación de Pollack, acabaría debiendo su mayor fama a su papel de sargento
de policía en la serie de tv Hill Street Blues. La frase por la que cualquiera
que tenga 40 años le recuerda –tengan
cuidado ahí fuera- es un reverso cruel, por inservible, de la coreografía
moral que instaló la crisis mundial de 1930 y aún sigue entre nosotros: cómo no
es el esfuerzo lo que te salva, sino la desesperación más allá de todo umbral
imaginable. Cómo la socavación de derechos y libertades que sucede mientras
sigues de pie es todo lo que necesitan quienes miran desde la grada.
Lo que la película hurta con acierto –que no
importa quien gana, sino quienes no paran de perder- es, en la versión de
Velasco, una lección igual de actualizable: que igual de injusto es quien se
lleva todo por hacer exactamente lo mismo que quienes se llevan nada. Que en
todos los casos el verbo más afinado sea “resistir” cuenta también algo, como
que sea el público, preguntado, quien decida, por capricho, quien gana esa
noche. Que es decir, como siempre, quien pierde.
06 diciembre 2015
05 diciembre 2015
Solness el soñador
Como si una obra sobre el dibujo específico de un
plan general fuera más fiable si antes has diseñado, entrado y salido de
espacios más pequeños, más parciales, El maestro constructor, la historia de un
hombre que ve llegar el relevo de sus días de gloria profesional al tiempo que
un trazo inesperado de vida sentimental se cuela por una rendija, fue escrita
por Ibsen a los 64 años.
Quizá por eso Jonathan Demme ha esperado hasta los
69 para adaptarla a cine. La ha adaptado de forma extraña y en ello los cines
de Estados Unidos parcialmente y los de nuestro país en su totalidad no la han
estrenado pese a llevar dos años ya en el cajón. Paradójicamente, en eso se
parece más al futuro, no de Solness, sino de su relevo, el joven Ragnar Brovik.
Pero esa es otra historia.
Aunque uno no lo sepa hasta el final, la que ha
rodado Demme también es otra historia, casi idéntica a la de Ibsen, salvo por
un detalle ínfimo: en vez de ser la peripecia de Solness la del auge y caída
(literal) desde las alturas de su propio ego, es aquí la de ese sueño en los
ojos de quien, en el texto de Ibsen, le eleva y le despeña de forma real. Ibsen
escribió sobre un Príncipe de Salina noruego de finales del XIX, y Demme ha
escogido ser él quien se despeñe desde más arriba.
Extrañamente, el gatopardo que diseñara Ibsen
–viril, activo, poderoso, plenamente capaz de seguir siendo su memoria aún- es aquí,
en el guión de Wallace Shawn, un remedo de mister Scrooge –viejo, pequeño, de
expresión aniñada- tan perfecto para ser encarnado por el actor elegido para
ser Solness. Tan perfecto que ese actor es también Wallace Shawn. En un rasgo
de cordura en medio del despropósito, la película empieza y acaba con Solness
agonizando en una cama rodeado de enfermeras, algo que Ibsen hubiera reservado
a Demme y a Shawn.
Si en el texto teatral, Solness es verosímilmente
capaz de enamorar a una joven de 22 años que se presenta para reclamar una
deuda contraída diez años antes, en la película la pretensión es risible desde
la mera posibilidad. Y dado que, en el enfoque de Demme y Shawn, es la joven
-Hilde Wangel- quien lo está soñando todo, a la luz de la elección del actor
protagonista uno se pregunta si no hubiera sido mejor que fuera él quien lo
soñara.
En otro movimiento raro, Demme escoge rodar la
farsa cámara en mano y con la luz que entra en ese momento por la ventana, como
el primer Von Trier, como si fuera teatro, o peor aún, como si fuera vida. Si
la película no es del todo espantosa, es porque la interpretación de Lisa Joyce
como Hilde le confiere un rasgo de ángel negro, cuya energía parece esconder un
propósito oscuro, tenebroso, como si la caída de Solness fuera, no desde más
arriba, sino hacia más abajo. Es difícil saber cuál de las dos locuras, la de
Solness y la de Hilde, bebe más de la otra. Y especialmente triste para quien
conozca el texto de Ibsen, pues Solness, que pasa la obra penando que su mujer
le piense loco, no lo está, al contrario.
La de Demme es una historia sobre la insania que
lo permea todo, y aunque ese material está en Ibsen también en forma de
sospecha, aquí esa duda verosímil recae sobre cualquiera, incluso Ragnar parece
al borde del desvarío. Todo eso se soporta porque mientras más capas insalubres
se acumulan en casa de Solness, y en su cerebro quemado por los celos, más valor
adquiere la escena final, cuando, en contra de sí mismo, de su esposa, del
doctor, el maestro constructor escala hasta lo alto de la torre sabiendo que
será para caer. Es la caída la que le da sentido a todo.
Durante la proyección en el auditorio del museo Thyssen, en Madrid, no pocos abandonaron la sala, incapaces de aguantar la pesadilla. Quizá algunos de los que aguantaron lo hicieron esperando esa forma prodigiosa de redención que Ibsen puso al servicio de Solness al final. Pero no, Hilde lo ha soñado todo desde los pies de la cama del moribundo, cama que en ningún momento ha abandonado. La caída hurtada a Solness, y la vida plena que Ibsen puso en él para merecerla, es súbitamente, ya del todo, la de Demme.
Durante la proyección en el auditorio del museo Thyssen, en Madrid, no pocos abandonaron la sala, incapaces de aguantar la pesadilla. Quizá algunos de los que aguantaron lo hicieron esperando esa forma prodigiosa de redención que Ibsen puso al servicio de Solness al final. Pero no, Hilde lo ha soñado todo desde los pies de la cama del moribundo, cama que en ningún momento ha abandonado. La caída hurtada a Solness, y la vida plena que Ibsen puso en él para merecerla, es súbitamente, ya del todo, la de Demme.
04 diciembre 2015
lo que persigues te persigue
El fondo de las balanzas que forman algunos dramas
de Shakespeare estaba pulido hasta parecer un espejo: la libra de carne que
Shylock pretende en El mercader de Venecia es la misma que Lorenzo viene de
quitarle al fugarse con su hija Jessica. La locura que Hamlet desata en Ofelia
al matar a su padre por error es la misma que sufre él mismo sin remedio al
saber del asesinato de su padre. La profecía que da alas al crimen de Macbeth
tortura sus días esperando el cumplimiento de esa misma profecía. Extrae el
puñal de su pecho estos días el Shylock encarnado por Arturo Querejeta en el
montaje de Eduardo Vasco, en Matadero, y parece que lo saca del hueco que
vinieran de excavarle con un puñal idéntico.
02 diciembre 2015
preferiría no saberlo
A un mundo que incluye entre sus asertos el de no
interrumpir a quien te está halagando, ha de gustarle aún menos dar malas
noticias mientras te están premiando. La cortesía va impresa en ambas caras de
las medallas, y no abunda quien la ponga de canto para echarla a rodar sobre la
corrección que el momento exige. Hay premios que eligen a sus condecorados en
función de la respuesta previa y otros no. Entre los primeros, el Nobel es casi
más famoso por aquellos a los que ha ignorado, y entre los segundos cabría el
Cervantes, que ha premiado a Umbral o a Goytisolo.
Si la Feria del Libro de Guadalajara, en México, aspiraba
a la primera categoría, acaba de ingresar en la segunda, eso si no acaba de
permitir una tercera: si es difícil escuchar un discurso tan brutalmente
honesto como el que Enrique Vila-Matas desgranó hace unos días al recoger el
Premio de Literatura en Lenguas Romances, más hábil es hacerlo en el lugar que
más fácilmente podría ser insensible a él: no una feria de lectores (que también
es), sino una de industria, en la que las críticas de Vila-Matas al tipo de
lector que segrega el mundo vía gobiernos, pero también vía editoriales, le ha
de ser tan novedosas como el sol a quien sale a pescar.
Quizá porque las verdades como pianos resuenan en
esos espacios amplios que son los pabellones pero son mudas en los espacios
íntimos en los que la inmensa, inmensísima mayoría de lectores, elige leer
bobadas, la queja por un oído a la altura de la capacidad de la mano para
componer suena a lamento enésimamente ingrato hacia ese favor que el mundo hace
a escritores como Vila-Matas, al obligarle a escribir para él y para quienes,
como él, saben quién es Walser, Melville, Sebald, Magris o Bolaño. Si éstos,
entre los que Vila-Matas no desmerece, escribieran para el grueso de los
lectores que tan obviamente se reparten el mundo, aquel no tendría nunca la
oportunidad de recoger un premio porque sus libros serían perfectamente
mediocres, huecos o pueriles como el mundo necesita que sean para leerte. Es
gracias a esos lectores contra los que queja, que él publica, uno tras otro,
tan magníficos libros. Qué haría uno sin el lugar al que nunca llegar.
01 diciembre 2015
monólogo muy interior
Una de las personas involucradas en el último
montaje de El público, de Lorca, hasta ayer en La Abadía, me dice que hubiera
puesto a los actores a hablar al público y no entre ellos. Resume bastante bien
la rara virtud, y no menos raro problema, que supone el texto: cómo, siendo
básicamente un largo poema repartido entre distintas voces, las replicas, como
la mera cara de estar escuchando lo que te dice el personaje que tienes
enfrente, suenan a no haber escuchado lo que vienen de decirte, y a contestar
en consonancia. Hay partes del montaje de Rigola magníficas como lo sería una
performance a partir de un poemario, pero la sensación de que se lanzan líneas
que no están pensadas para ser respondidas es constante, y eso ya está en el
texto de Lorca. Volcarlo como teatro es un intento formal hecho de los
materiales del tiempo, y las compañías en que fue creado –el surrealismo y el
resto de vanguardias de 1930. Verlo representado hoy habla más nítidamente de
Lorca que de los temas que éste puso en la obra, velados o no. Incluso si los teatros
bajo la arena o al aire libre se siguen repartiendo hoy, dentro y fuera de los
teatros, el ocio y las decisiones estéticas de cualquiera sin que ver la tele
el lunes, la ópera el martes o el fútbol el miércoles mueva hoy a debate, como
sí en 1930, si la cultura ha de mejorar lo que ya acuna la indolencia intelectual
o el dudoso gusto inherente a la condición humana.
Es justo ese sentido, el que un debate tortuosamente volcado se represente todavía bajo la forma de diálogos entre personajes que contestan a otra cosa de la escuchada, el que mejor valida la propuesta Lorquiana traída al mundo en la actualidad: quienes quieren el sabor de la arena en la boca siguen sin hacerse entender por quienes gustan del sabor del aire. Y viceversa. Un poema que es un ensayo sobre lo español, que se representa en teatros, donde raramente se entiende. Lorca nunca fue tan español que cuando trató de no serlo.
Es justo ese sentido, el que un debate tortuosamente volcado se represente todavía bajo la forma de diálogos entre personajes que contestan a otra cosa de la escuchada, el que mejor valida la propuesta Lorquiana traída al mundo en la actualidad: quienes quieren el sabor de la arena en la boca siguen sin hacerse entender por quienes gustan del sabor del aire. Y viceversa. Un poema que es un ensayo sobre lo español, que se representa en teatros, donde raramente se entiende. Lorca nunca fue tan español que cuando trató de no serlo.
29 noviembre 2015
Aprecio del despreciado
Tras meses de deliberación, el tercer libro previsto
de la editorial acabó siendo el segundo, y paradójicamente, exhumar a Urabayen
antes que a Becquer ha acabado por desenterrar a alguien que, muerto mucho
después que el poeta, yacía a más profundidad, en tierra de olvido premeditada,
concienzudamente labrada.
Desde entonces he leído la novela dos veces, una
cuando mi socio me dejó el texto previo a la edición definitiva, y la segunda
hace poco, ya publicada. Me gustó la primera, y me ha gustado aún más la
segunda lectura. Lo cual no quiere decir que esta novela necesite dos lecturas
para ser apreciada en lo que vale, sino que lo me gustó en la primera lectura
me sigue gustando en la segunda, me sigue interesando y divirtiendo, lo cual es
aún más valioso.
Mi impresión como lector es que se trata de una
novela extrañamente divertida, escrita en un momento escasamente divertido. El
propio Urabayen señala que fue terminada el mismo día que estalla el golpe de
estado contra la república en 1936. En ello es una novela sobre volver. A
Toledo. A Urabayen. A la idea que los toledanos tienen de sí mismos. A la
esencia de cierta idea de lo español. Y a cierto aspecto que me interesa
bastante, que es la relación del hombre con lo que escribe, lee o pinta., con
aquello que le representa. La relación íntima y la relación pública, visible,
explícita.
Hay cuatro ejemplos en esta novela que me hacen
sonreír cada vez que vuelvo a ellos. Y es porque todos me recuerdan a un mundo
que uno no esperaría ver ubicado en Toledo, ni en el Toledo imperial ni en el
rural y no muy próspero en que se ubica la novela: un mundo de una creatividad
cómica y absurda, de una extravagancia ingenua, llena de pureza.
1. Daniel Meneses, que llega a general sin salir
de Toledo. Y que al casarse, recibe como regalo un retrato al óleo, cuyo traje
será modificado con los años a medida que asciende en el escalafón. Un profesor
de la Escuela de Artes y Oficios es convocado cada tanto para que repinte los
símbolos de su ascenso: la manga, un fajín… todo esto sin modificar la cara de jovencito
que el retrato mantiene inalterado. Y que, en su condición de general
perpetuamente más joven de la historia, recuerda a franco quizá con una
sutileza digna del aprecio que millán astray sentía por la finura intelectual.
2. El capellán Inocente Meneses, tío de Leocadia, la
protagonista. Un hombre que, entre sus múltiples talentos e inquietudes, y
ninguna más pugnada que la de escribir, para flagelar a sus enemigos
literarios… se pone a pintar. Pinta frescos en sus paredes, de noche, durante
el tiempo que le permite la luz de una vela hasta que se extingue. Luego sigue
a oscuras. “Decididamente la pintura sin
luz era la única inspirada” –dice Urabayen. Luego enseña ese museo que
enseña a quienes le visitan, que es cualquiera, pues su casa siempre está
abierta, literalmente. Un hombre que escribe panfletos sobre cualquier tema… un
sabio que duerme sobre la tumba de un rey visigodo, que incluso se ofrece a
corregir el libro genealógico que su hermano viene confeccionando. “Perdona la intromisión, pero no me fío de
ti, hermano, tienes madera de académico” –dice.
3. Serafín
Garrido, fundador y editor de una revista –La ciudad única- que es básicamente
un saco de halagos indiscriminado pensado para vender suscripciones. Y cuyos
temas renueva, casa por casa, pueblo por pueblo, a medida que la cháchara se
agota.
4. Y el más maravilloso de todos en este ámbito: Marieta,
el ama de llaves, madre adoptiva de Leocadia, quien guarda cada día la media
docena de periódicos que entran en casa de sus dueños. Los guarda en sacos que
cuelgan de una pared de su alcoba. Separados por años y ordenados por fechas, y
que lee escrupulosamente por orden de aparición, es decir, no leyendo el
primero que aparece al abrir un saco, sino el primero de los que aún no ha
leído, tenga tres o doce años de retraso. Y que va comentando a medida que lee,
con dos o tres años de retraso. Sin que para ella hay perdido un ápice de
novedad o maravilla. En uno de esos sacos podría estar también esta novela.
Para quien la quiera buscar en otros sitios más
ortodoxos, están las librerías. O directamente en elperromalo.es.
26 noviembre 2015
ese apellido, el sótano
No porque escaseen los ejemplos, incluso en tiempos
recientes, desde el Congo a los Balcanes, nada peor que la historia más
terrorífica de un país vista como un asunto hereditario. Articulada en buena
parte en torno al chantaje y la seducción alternas que nutren una familia, El
clan, dirigida por Pablo Trapero, explota en todas direcciones al contar la
historia del crimen como una empresa familiar enraizada en otra, la dictadura
que desangró Argentina de 1976 a 1983. La forma en que se engranan y alimentan
en la sombra de la transición que siguió al final de la dictadura reproduce
hechos reales y los ubica en el presente más actualizado: elegido presidente de
Argentina hace apenas 48 horas, Mauricio Macri pasó doce días secuestrado por
una banda de policías. Y esto ocurrió ocho años después de lo que cuenta la
película.
Contado el país a través de la familia, el relato
de los secuestros y asesinatos posteriores perpetrados, amparados, cosechados
entre las mismas paredes que ven pasar adolescentes a quienes el asesino ayuda
en los deberes se nutre de otros símbolos: el del héroe local, jugador en el
equipo de rugby de los Pumas, cómplice de los crímenes paternos, a quien, ni
una vez demostrada su culpabilidad, dejan de apoyar y considerar inocente sus
compañeros de equipo.
Con los engranajes de las pistolas se hacen
barandillas para las calles en tiempos de paz, pero eso no significa que quienes
usaron las primeras pasen a sustentarse en las segundas: el patriarca es un
exmilitar, fácilmente extorturador, que antes de acabar, ante su incredulidad, en
la cárcel, la visita voluntariamente para hablar con uno de sus antiguos
compañeros de armas, como él, devenido en plácido secuestrador de paisano.
Mínimamente preocupados uno y otro, el preso le dice confiar en que el gobierno
de Alfonsín durará a lo sumo unos meses, un año. Cómo la inmunidad de que gozan
ambos, incluso entre rejas, seguirá ahí cuando todo haya pasado.
El protagonista hace algo más que creerlo: se
enroca en sus privilegios incluso una vez detenido y hallada la última de sus
víctimas en el zulo familiar. Lo que en él es solo costumbre y jerarquía no
perdida del todo es en su mujer e hijas una confianza ciega en que eso no puede
estar pasándoles. Que no hubieran llegado hasta donde lo hicieron si todo el
engranaje político no estuviera detrás, protegiendo su derecho al crimen oculto
como hasta hace nada al visible. Cuando el alto cargo de interior que ampara
sus crímenes avisa al asesino de que su blindaje decae, éste ni pestañea. Lo que
le dicen a punto de perder no es el derecho a matar sino el país que él conoce.
Hecha la película de rostros impasibles, inmunes a todo pudor o sentido de culpa, es el de la mujer liberada por la policía el que mejor está a punto de resumir el país que era Argentina dentro de los ojos de los asesinos que lo gobernaron hasta bien entrada la democracia: al escuchar por primera vez gritos que no son los suyos, y que vienen del salón familiar que no puede ver, el estupor agotado no puede ser sustituido por lo que hubiera sido más revelador: la conciencia de haber estado a merced de una familia como otras, como la suya, en una casa como la de millones de argentinos en ese tiempo. Cómo la monstruosidad se esconde, cotidiana, integrada, en la casa de al lado, y quienes lo saben callan. O traman para que la normalidad democrática y el derecho restablecido vuelvan a su lugar natural, el secuestro de ambas, para hacer de lo militar el salvador de la patria, que como sabe cualquiera en el país vasco, en Colombia o México, es eso que uno se lleva a casa tras trabajar, y allí la termina de construir y salvaguardar.
Hecha la película de rostros impasibles, inmunes a todo pudor o sentido de culpa, es el de la mujer liberada por la policía el que mejor está a punto de resumir el país que era Argentina dentro de los ojos de los asesinos que lo gobernaron hasta bien entrada la democracia: al escuchar por primera vez gritos que no son los suyos, y que vienen del salón familiar que no puede ver, el estupor agotado no puede ser sustituido por lo que hubiera sido más revelador: la conciencia de haber estado a merced de una familia como otras, como la suya, en una casa como la de millones de argentinos en ese tiempo. Cómo la monstruosidad se esconde, cotidiana, integrada, en la casa de al lado, y quienes lo saben callan. O traman para que la normalidad democrática y el derecho restablecido vuelvan a su lugar natural, el secuestro de ambas, para hacer de lo militar el salvador de la patria, que como sabe cualquiera en el país vasco, en Colombia o México, es eso que uno se lleva a casa tras trabajar, y allí la termina de construir y salvaguardar.








