13 diciembre 2009

El crítico que nunca estuvo allí

Acerca de Amenábar: Ágora e Hipatia –Josep Miró i Ardevol

Amenábar ha hecho una nueva película, Ágora, y como la anterior, Mar adentro, se caracteriza por la deformación de los hechos, es decir, el engaño, para ajustarlo a su discurso militantemente anticristiano.

Cuanto más viajas hacia atrás en el tiempo, más se mimetizan “deformación” y “hechos”. La base neurológica de la memoria se basa en esa invención permanente, y para quien no crea en los microscopios o el carbono 14, siempre queda el tan humano “ajuste al propio discurso” del que no se libra nadie, aunque carezca del currículum de la iglesia en esa disciplina. La noción de “hecho” es, no obstante, uno de imposible semántica, en tanto que para la extravagante rigidez del diccionario es una cosa y para la iglesia que basa su autoridad en hechos como la encarnación de un dios en hombre, otra.

Él mismo se confiesa en la multitud de entrevistas que ha dado en la campaña promocional de su nueva película como ateo, con un añadido, su ostentación de la condición de homosexual, que es algo así como si Clint Eastwood tuviera necesidad de explicar cada vez que lo entrevistan que él es un hetero militante.

Uno pensaría que, como ateo, uno esté –de estarlo- igualmente en contra de todas las religiones por igual, no más resentido con unas que otras. Es una pregunta sin respuesta clara, aunque siempre puede uno tratar esa otra extravagancia -ver la película en cuestión- y comprobar que las tres religiones representadas se reparten las atrocidades. El cristianismo primitivo tiene más planos porque ganó, se impuso a las religiones politeístas presentes en Alejandría en esos días, y como se sabe, no se gana una guerra sin ganar en la lista de muertos ajenos por cada muerto propio.

Dado que no aparece ejemplo alguno en la película con el que pueda identificársele, la homosexualidad que menta Amenábar ha de ser sólo su condición de grupo de riesgo, esto es, amenazado por posturas que ven en ello –seamos suaves- digamos un imperio del vicio y la inmoralidad a derrocar, una de esas bibliotecas del conocimiento equivocado que convendría cerrar por el bien del mundo. “Ostentar” es, no obstante, un verbo que escoge para esto el acusador, al que aplicar el más normal “dar fe” debe escocer, aplicado a un homosexual. E incluso asumiendo que reconocerse lo que no haría falta es un tic de la libertad que aflora cuando no se ha tenido, esperar comprensión es lo mínimo que puede pedir quien, no hace tanto, habría sido encarcelado, reeducado o fusilado por su orientación sexual. Por no decir la comprensión específica de quienes militan hoy en las filas de quienes empuñaban cárcel, duchas frías y armas, o su bendición.

Todas las entrevistas están, lógicamente, pensadas a mayor gloria del director y su película. Entra dentro de las reglas del juego, por algo son pura promoción comercial donde el género periodístico substituye a la publicidad pura y dura. A pesar de ello, y del cuidado de los entrevistadores, siempre atentos al obligado panegírico, el director manifiesta unos caracteres curiosos, por decirlo de alguna manera.


Sólo por entenderlo, ¿las páginas de nacional permeadas, en abc, de esa forma de publicidad que es la ideología en el sitio equivocado, es también género periodístico? Por decirlo de alguna manera.

Porque curioso es su sentido de culpa, que le lleva a declarar “no lo puedo remediar. En los aeropuertos siempre tengo la sospecha de que me van a detener en cualquier momento por lo que sea”. Él lo atribuye a un miedo a la “Autoridad” que constituye en su imaginario un valor abstracto y omnipresente. Bromas que gasta la propia conciencia.

Admirable como pueda ser la capacidad de la madre iglesia de conocer la conciencia del hombre –de cada hombre, incluso de los que no son la versión de “hombre” que ellos tienen archivada- maravilla la capacidad de penetrar la conciencia de un director de cine a través de la sensación de vulnerabilidad que cualquier ser tímido sufre en lugares donde se te chequea o se te escruta. Es más normal de lo que parece. Algunos la tienen –en Irlanda, un suponer- al pasar delante de una iglesia en compañía de sus hijos pequeños. O si se mira hacia atrás, no tan injustamente atrás como para ver la crueldad humana en el siglo IV, sino en el más cercano siglo XVII en España, en ese rumor –la inquisición- y sus hijos no menos inverosímiles –la sospecha, la sensación de poder ser detenido en cualquier momento, por lo que sea.

No se cansa de declarar que en su nueva obra es fiel a los hechos históricos. Como pienso que es una persona razonablemente culta, que ha preparado su película, entonces solo me queda concluir que engaña, miente, o quizás se engaña a sí mismo, porque lo que plantea Ágora no tiene nada que ver con la realidad de lo que sucedió. Esta no es la historia de Hipatia ni muchos menos de las relaciones entre neoplatónicos y cristianos en Alejandría. Su verdadera intención aflora porque tantas entrevistas y tan extensas obligan a hablar. Por ejemplo, cuando afirma que su intención real es denunciar los que utilizan la violencia como argumento, como hacen -dice- los etarras y los terroristas islámicos.

Para cualquiera que sepa leer, la primera declaración –las relaciones entre las tres religiones simultáneas- no excluye en absoluto la denuncia de las formas en que gestionaron las diferencias. Por demás que juntas o por separado, ninguna de las dos ideas es reprobable. ¿O sí?

Claro, y por eso acude a un hecho de hace más de 1600 años, metiendo a los cristianos por en medio. En realidad, su intención es maniquea y no puede ocultarla “imaginé aquella lucha entre los paganos y los cristianos viejos –que ni fue exactamente tal, ni entonces existían viejos cristianos- como si fuera nuestra guerra civil” Está claro ¿no?

¿La distancia respecto a lo enjuiciado hace menos muertos a los muertos, menos quemados a los libros, menos humillados a los exiliados o forzados a convertirse? ¿es la sangre de hace 1.600 años menos sangre? ¿es maniqueo ver en la contienda fratricida –obvia en la película- un símil de lo que ocurrió aquí?. Claro, lo que se dice claro, es reconocer en ambos conflictos al mismo ejército de puñales en vanguardia y crucifijos en retaguardia.

A pesar de estos deslices, reitera lo que la necesidad comercial le ha marcado, especialmente pensando en un mercado que se le resiste como es el norteamericano, muy sensible a los panfletos anticristianos. “He insistido mucho en que la película no va contra los cristianos, sino contra los que utilizan la fuerza para defender sus ideas”.

La película no ahorra el salvajismo de la comunidad judía, ni el paroxismo criminal de la griega. Asi que tan gran razón en contra queda en el prever problemas para la productora en Israel y Grecia. En todo caso, es más simple: aunque parezcan a simple vista descalificaciones dichas con piloto automático, las respuestas, para aspirar a algo que no sea mero plato para el club de socios, deben responder a las preguntas. La indignación, por ejemplo, no es un argumento sino un tono a falta de argumentos que le den su exacto peso. Como ese otro tono, la estupefacción, de quien, esperando razones que nieguen otras, sólo halla el rechazo sin nada detrás que lo describa.

Lástima que teniendo ejemplos tan categóricos y próximos, como Stalin y Lenin, Hitler, Mao, Pol Pot, o quizás para hacer una producción de ambiente histórico, los tiempos de terror de la Revolución Francesa, o el primer genocidio de La Vendée, tenga que acudir a una de las múltiples revueltas que sucedieron en la cosmopolita ciudad de Alejandría en el periodo inicial del cristianismo, y las pugnas políticas que entre los diversos grupos se produjeron. Unos hechos que mal representan la tesis que dice querer contar: unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas.

¿Lástima por poder elegir libremente el instante histórico que quiere representar? ¿Lástima porque coincide con el que no se quiere recordar? ¿Lástima por lo que quiere y no lo que debería? Quizá si mejor nos explicaran cuán sea el deber moral del cine, nos ahorraríamos disgustos. La tesis “unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas” queda entendida, pero ya queda dicho que en la película no hay tales, sino ideologías que son salvajes en la medida que pueden, el cristianismo y las demás. ¿Cuántas películas que se llaman Ágora hay? ¿es eso que ha hecho Amenábar un remake del panfleto que ha visto Miró i Ardevol?

La evidencia de su desconocimiento o voluntad de traicionar la realidad se manifiesta en pretensiones como la de afirmar que el cine no ha contado mucho el cambio del mundo antiguo al medieval, cuando este es uno de los temas que han registrado, con obras mediocres y buenas, una notable producción cinematográfica.

Cierto que todo esto sería más sencillo si hubiera algún ejemplo de vez en cuando. ¿El problema es la libertad con la que escoge el tema o dilapidar recursos en un campo que ya tiene otras muestras? Se agradecería alguna encíclica que, como habitual, parta de la palabra de dios al respecto.

Pero sobre todo lo que debe ser subrayado es que no deja de ser curioso que, cuando lo que caracteriza los cuatro primeros siglos de la historia cristiana es la persecución en ocasiones terrible que éstos reciben, se vaya a fijar en un hecho aislado que además ha sido reiteradamente utilizado, también falsamente, en la historia por el ateísmo agresivo y la masonería.

De acuerdo, es falso, ya lo hemos entendido antes. Pero ¿no quedaría más claro si se incluyera en el mismo texto en que se acusa algún argumento que contenga la verdad que tan clara ha de existir en sus archivos?

Se ha intentado convertir a una matemática y astrónoma, Hipatia, en un símbolo de la razón contra el oscurantismo cristiano. Pero en este caso, a diferencia de otros, la evidencia de los hechos es tan grande que el éxito no ha acompañado al propósito histórico. En este caso la leyenda negra no ha llegado a cuajar.

Se dice que hay pelea sólo cuando dos lo quieren, pero a veces basta con que uno lo busque. Matemáticas y Astronomía son símbolos de la razón. Sólo si se tiene algo en contra de lo razonado puede verse ese lado de lo humano como un bando. El oscurantismo –cristiano o no- sí es un bando, pues se construye desde la imposición de una verdad, de una razón sin hechos objetivos de su lado, y la prohibición y extirpado de quienes no viven a gusto en esa penumbra.

“la evidencia de los hechos es tan grande”. Acaso uno no sabe leer, y acaso es Miró i Ardevol quien no sabe escribir –al cabo, es un don frecuente: responder con indignación y no con argumentos. Pero también es inevitable sospechar que lo que no sabe es pensar. Pensar en la medida en que se observa lo que se pronuncia o escribe como si no viniera de uno mismo, y por lo tanto automáticamente a salvo de ser sagrado, del dogma que evita pensar o adquirir espejos.

En otras palabras, Amenábar utiliza como guión uno de los panfletos editados en el siglo XIX. Para ello, claro está, ha contado con 50 millones de euros, algo insólito para un director español, y es que cuando se trata de pegarle leña a la Iglesia está visto que el dinero nunca escasea.

No será uno quien dude de su autoridad milenaria en usos de la leña y sus posibilidades. En lo que a la precariedad con que la iglesia afronta el mundo y los adversarios que en él halla, ocurre, por vez primera en todo el texto, que ni un ejemplo es necesario.

1 comentario:

elviajero dijo...

Esto de Hipatia peca de falta de imaginación... imaginemos otro guión en el que una organización decide matar en la hoguera (por ejemplo) a todo aquel que asegure que Don Quijote de la Mancha no existió... ahí sí que habría acción de la buena...