25 febrero 2010
donde te dicen lo que cuesta
Trae El País noticia de la súbita muerte de Luza Peña, novelista y dramaturga colombiana, a quien uno tratara en el Teatro de la Abadía, hace unos años. Con las entradas que ella expendía adquiría uno una conciencia exigente de lo que iba a ver después, aún sin saber qué fuera lo que habías adquirido. Ningún trabajo obliga a renunciar al propio carácter, pero sí a atemperarlo, a encajarlo entre los moldes concretos que te toca. Como hace años, la taquilla del teatro es estrecha y ella lo llenaba con su vehemencia que tanto podía ser transparente desdén o reproche que no ocultaba su escasa disponibilidad de paciencia ese día. Imponía comprarle una entrada porque no parecía disimular que, a cambio, ella vendía algo que no debía ser menos preciado en su interior que lo que las dos salas de La Abadía acogían a cada momento. La obra empezaba en ella, en esa incomodidad o aspereza vital que no consideraba oportuno esconder como no pocas veces considera el dolor que sus motivos lo merecen. Un día se fue para poder, a fuerza de responderles, crear a esos otros espectadores –los que salían de dentro, hacia sus novelas y sus obras. Estos días acoge La Abadía un texto magnífico de Eduardo de Filippo sobre el poder del teatro de sobreponer su verdad fingida a la sospecha, al rechazo real. De La Abadía emana ese poder en sesiones diarias y en ese aura habita, como en este Filippo fugaz, ese privilegio de los centros de sabiduría –donde lo que no es suave ni amable ni complaciente ni seguro lo es en la sospecha de algo que se nos escapa, de algo que viene de un lugar donde se sabe más de lo que uno puede entender. Es ese aprendizaje, esa memoria la que venía y viene con las entradas que uno compra, ayer a Luza Peña, hoy a la espléndida Teresa Medina.
21 enero 2010
Contraté a un espejo a sueldo
En apenas dos días -12 y 13.1- publica El País el intento enésimo de Berlusconi –acusado ya de soborno a un abogado (ya condenado) para testificar a su favor y de fraude fiscal en la compraventa de derechos de televisión- por obtener del parlamento una ley que recorta la duración de los procesos –que seis años después de ocurrir libraría al acusado de todo cargo, de no haberse llegado a un dictamen- y, anexa, la propuesta de reimplantar la inmunidad parlamentaria, abolida a principios de los noventa.
Justo debajo –sí, se puede- se trata la reciente resolución judicial que desestima los cargos de enriquecimiento ilícito presentados en Argentina contra el matrimonio Kirchner y que alienta así la sospecha –compartida por muchos, escribe Andrés Oppenheimer- de que los cargos de corrupción fueron impulsados por los propios Kirchner para aprovechar su influencia política mientras están en el poder para ser sobreseídos, y lograr que las denuncias pasen a ser cosa juzgada.
No muy lejos, el veredicto de la Comisión Internacional contra la impunidad en Guatemala concluye que el abogado Rodrigo Rosemberg ordenó, emboscado, su propio asesinato, en holocausto para, imputando falsamente por ello al presidente Guatemalteco –Alvaro Colom-, hacer pagar en causa falsa un crimen anterior –el asesinato de allegados suyos que creía obedecía a órdenes, éstas sí, de Colom.
Un continente a la derecha, una Comisión de expertos independientes anuncia que el asesinato en 1994 del presidente ruandés –Juvenal Habyarimana- fue llevada a cabo por sus propios hombres, militares hutus como él, descontentos con el proceso de paz que aquel llevaba a cabo con la guerrilla tutsi, que hubiera supuesto la constitución de un Gobierno de unidad nacional y la incorporación del Tutsi Frente Patriótico de Ruanda (RPF) al ejército. En apenas 100 días morirían asesinados unos 800.000 tutsis y hutus moderados.
Justo debajo –sí, se puede- se trata la reciente resolución judicial que desestima los cargos de enriquecimiento ilícito presentados en Argentina contra el matrimonio Kirchner y que alienta así la sospecha –compartida por muchos, escribe Andrés Oppenheimer- de que los cargos de corrupción fueron impulsados por los propios Kirchner para aprovechar su influencia política mientras están en el poder para ser sobreseídos, y lograr que las denuncias pasen a ser cosa juzgada.
No muy lejos, el veredicto de la Comisión Internacional contra la impunidad en Guatemala concluye que el abogado Rodrigo Rosemberg ordenó, emboscado, su propio asesinato, en holocausto para, imputando falsamente por ello al presidente Guatemalteco –Alvaro Colom-, hacer pagar en causa falsa un crimen anterior –el asesinato de allegados suyos que creía obedecía a órdenes, éstas sí, de Colom.
Un continente a la derecha, una Comisión de expertos independientes anuncia que el asesinato en 1994 del presidente ruandés –Juvenal Habyarimana- fue llevada a cabo por sus propios hombres, militares hutus como él, descontentos con el proceso de paz que aquel llevaba a cabo con la guerrilla tutsi, que hubiera supuesto la constitución de un Gobierno de unidad nacional y la incorporación del Tutsi Frente Patriótico de Ruanda (RPF) al ejército. En apenas 100 días morirían asesinados unos 800.000 tutsis y hutus moderados.
Si esto es una película
En la estela del Holandés errante, estos días en el Teatro Real, regresa del mar del tiempo detenido Claude Lanzmann. Como aquel, siete? años después de la última vez, en el Instituto Francés. 7 años más lejano todo, más indiferente a la reescritura de lo humano que cuentan sus documentales –todos sobre el holocausto judío a manos del nazismo. Contra la anestesia, autopsia. Contra el sueño inducido de lo irrelevante y lo fugaz, tres, cinco, nueve horas de narración de lo imposible, de lo inimaginable. La historia del cine comienza con la primera proyección pública de los Lumiere el 28 de diciembre de 1895. Lo que albergaba ese útero era la salida de obreros, una fábrica, la demolición de un muro, la llegada de un tren. A la manera en que la alemania nazi reinventó lo humano en el molde exacto en que Caín –el nombre importa poco- le diera forma, la fábrica, los muros, los trenes están en la obra de Lanzmann con las facciones exactas en que los hijos recrean a los padres. El fracaso precede al logro, y si no es para esto que nuestra mente se adueñó del mundo, al menos es para esto que los Lumiere lograron el cine.
CBA. 21.1-2.2
CBA. 21.1-2.2
13 enero 2010
Tiembla
Se lee a estas horas en elpais.com a Iban Campo que “las consecuencias del terremoto han sido tales que han convertido a Haití en "un país que hay que hacer entero". "Hará falta comida, agua, medicamentos, casas de campaña... Lo básico para atender en primera instancia a las personas afectadas. Luego harán falta muchas dosis de paciencia, de espíritu de superación, de ética de empresarios y autoridades y confianza en que la desigualdad social será cosa del pasado y se superará la pobreza en la que llevan sus ciudadanos más de un siglo". Sabemos así que lo que obtendrá Haiti del mundo, una vez que las tiendas de campaña, los alimentos y medicinas enviadas de urgencia hayan de ser sustituidas por la “ética de empresarios y autoridades”, es justo lo que ya tenían, la espera de algo que sólo puede ser peor, trágicamente peor.
11 enero 2010
Horas de sueño
/Mi noche con Maud
En Rohmer está lo que deberías hacer y luego lo que haces, y frecuentemente mientras optas por una u otra opción no dejas de pensar, y hablar, de la segunda. Y aunque no haya forma de saberlo en ese momento, lo cuenta ya ese principio de la película en que Jean-Louis/Jean-Louis Trintignant y Francoise/Marie-Christine Barrault se encuentran en una iglesia, durante la misa, y allí sus miradas se buscan con una gravedad que las presuponiera delictivas.
Concebido como el tercero de sus cuentos morales, pero rodado en cuarto lugar, Mi noche con Maud mantiene las constantes vitales de los tres episodios previos, y termina de confirmar una sospechada ya: que el protagonista cuya voz es, al tiempo, la del narrador, se miente a sí mismo tanto como a los demás.
Hay algo de esa mentira también en la forma en que Jean-Louis –católico circunspecto, grave, algo misántropo- sale de misa y persigue en coche a Francoise por las calles estrechas de la ciudad de Clermont, maravillosamente fotografiada por Néstor Almendros.
Esa obsesión, hija directa de una claridad emocional que nadie tiene aquí, va a ir modificando al personaje hasta hacer de él una conciencia igual de sinuosa que las calles que persigue, acelerado, al principio.
Rohmer escribe a sus personajes como salidos de uno de esos libros que tanto aparecen –en las estanterías de una librería o como trasunto de la conversación- y quizá es para poder desleerles, desescribirles en el momento de mostrarles como seres tan distintos de lo que dicen ser.
Y aunque la película es, enteramente, propiedad de la enigmática Maud/Francoise Fabian, hay un personaje –Vidal/Antoine Vitez- que sirve de nexo al pragmático Jean-Louis en el camino que va de su vida alejada, milimétricamente controlada, de la catársis que será su noche con Maud.
La moral que ordena privarse de cosas, la que responde “relativiza todo”. Vidal es, así, tanto lo que Jean-Louis es como lo que será, pues, como él, ama a Maud pero la comparte, y cuantos más principios filosóficos guarda dentro, más posibilidaes de traicionarlos se le abrirán.
En ese juego en que se apuesta ya antes de sentarse a la mesa –a la cama, literalmente- Rohmer no perdona incluso a la purísima, angelical Francoise, cuya virtud impepinable –amar a una sola persona, o comprometerse con una sola- lleva encima la mancha, en su recién relación con un hombre casado, de haber querido fuera lo que dentro no.
El prodigio aquí es que Jean-Louis –que se dice enamorado de Maud y de Francoise, y nunca, aunque sólo un plano separe besarlas a ambas, parece falso en una de las dos- no va a dejar de ser ese tipo grave, extrañamente moral pese a todo, que pide agua mineral en un bar y dice no hallar razones para hablar con alguien sólo porque trabaja a su lado ocho horas diarias.
Cierto que esa raigambre ética fracasa en la práctica lo mismo que se agota en las conversaciones sobre el cristianismo talibán de Pascal y las disertaciones abstrusas sobre posibilidad matemática.
Discursivo, a veces con la apariencia de un tratado de la renuncia que no termina de serlo de lo bien que está engarzada en un orden interior, en un orden sabido de lo que uno es y no es, el logro de esta noche es esa cama que Maud tiene en el salón, para poder tenerlo todo: el sueño y a quien sueña.
Es esa rara plenitud, justicia acaso, la que permea este camino que va de lo que no tomas porque no debes a lo que tanto no debes que acaso no quieres. Pero es igual de borroso tomar que renunciar, no hay tratado de la fidelidad que tenga las páginas contadas, y nadie tiene aquí sus días seguros.
Ni siquiera Maud, la más libre, la más vitalmente aferrada a perseguir lo que quiere en cada momento, pues Rohmer la condena a vagar sin obtenerlo, y que en la escena final tanto podría parecerse a esa seguridad que reserva, como recompensando, a Jean-Louis y Francoise.
Jean-Louis es el narrador y para él, creer es el eje de todo. La noche que pasa con Maud –maravillosa, elegantesima muestra de lo que se puede conseguir y perder en un segundo- es acaso la escena de amor más breve jamás filmada.
En Rohmer está lo que deberías hacer y luego lo que haces, y frecuentemente mientras optas por una u otra opción no dejas de pensar, y hablar, de la segunda. Y aunque no haya forma de saberlo en ese momento, lo cuenta ya ese principio de la película en que Jean-Louis/Jean-Louis Trintignant y Francoise/Marie-Christine Barrault se encuentran en una iglesia, durante la misa, y allí sus miradas se buscan con una gravedad que las presuponiera delictivas.
Concebido como el tercero de sus cuentos morales, pero rodado en cuarto lugar, Mi noche con Maud mantiene las constantes vitales de los tres episodios previos, y termina de confirmar una sospechada ya: que el protagonista cuya voz es, al tiempo, la del narrador, se miente a sí mismo tanto como a los demás.
Hay algo de esa mentira también en la forma en que Jean-Louis –católico circunspecto, grave, algo misántropo- sale de misa y persigue en coche a Francoise por las calles estrechas de la ciudad de Clermont, maravillosamente fotografiada por Néstor Almendros.
Esa obsesión, hija directa de una claridad emocional que nadie tiene aquí, va a ir modificando al personaje hasta hacer de él una conciencia igual de sinuosa que las calles que persigue, acelerado, al principio.
Rohmer escribe a sus personajes como salidos de uno de esos libros que tanto aparecen –en las estanterías de una librería o como trasunto de la conversación- y quizá es para poder desleerles, desescribirles en el momento de mostrarles como seres tan distintos de lo que dicen ser.
Y aunque la película es, enteramente, propiedad de la enigmática Maud/Francoise Fabian, hay un personaje –Vidal/Antoine Vitez- que sirve de nexo al pragmático Jean-Louis en el camino que va de su vida alejada, milimétricamente controlada, de la catársis que será su noche con Maud.
La moral que ordena privarse de cosas, la que responde “relativiza todo”. Vidal es, así, tanto lo que Jean-Louis es como lo que será, pues, como él, ama a Maud pero la comparte, y cuantos más principios filosóficos guarda dentro, más posibilidaes de traicionarlos se le abrirán.
En ese juego en que se apuesta ya antes de sentarse a la mesa –a la cama, literalmente- Rohmer no perdona incluso a la purísima, angelical Francoise, cuya virtud impepinable –amar a una sola persona, o comprometerse con una sola- lleva encima la mancha, en su recién relación con un hombre casado, de haber querido fuera lo que dentro no.
El prodigio aquí es que Jean-Louis –que se dice enamorado de Maud y de Francoise, y nunca, aunque sólo un plano separe besarlas a ambas, parece falso en una de las dos- no va a dejar de ser ese tipo grave, extrañamente moral pese a todo, que pide agua mineral en un bar y dice no hallar razones para hablar con alguien sólo porque trabaja a su lado ocho horas diarias.
Cierto que esa raigambre ética fracasa en la práctica lo mismo que se agota en las conversaciones sobre el cristianismo talibán de Pascal y las disertaciones abstrusas sobre posibilidad matemática.
Discursivo, a veces con la apariencia de un tratado de la renuncia que no termina de serlo de lo bien que está engarzada en un orden interior, en un orden sabido de lo que uno es y no es, el logro de esta noche es esa cama que Maud tiene en el salón, para poder tenerlo todo: el sueño y a quien sueña.
Es esa rara plenitud, justicia acaso, la que permea este camino que va de lo que no tomas porque no debes a lo que tanto no debes que acaso no quieres. Pero es igual de borroso tomar que renunciar, no hay tratado de la fidelidad que tenga las páginas contadas, y nadie tiene aquí sus días seguros.
Ni siquiera Maud, la más libre, la más vitalmente aferrada a perseguir lo que quiere en cada momento, pues Rohmer la condena a vagar sin obtenerlo, y que en la escena final tanto podría parecerse a esa seguridad que reserva, como recompensando, a Jean-Louis y Francoise.
Jean-Louis es el narrador y para él, creer es el eje de todo. La noche que pasa con Maud –maravillosa, elegantesima muestra de lo que se puede conseguir y perder en un segundo- es acaso la escena de amor más breve jamás filmada.
mira, muñeca
Con la nieve cae un silencio sobre las cosas que, como otro manto no menos blanco, las iguala. Uno se halla en la calle a primera hora y lo que escucha, siendo lunes, es el sonido de un día de agosto –hecho de horas solas, sin usar-, uno de esos días en que nadie parece venir a hacerse cargo de darle al día la conversación que en una ciudad las calles piden. Los pájaros hacen oír la suya con la misma sensación de extrañeza con que sentimos son los oídos y no la imaginación los que nos escuchan andar con pasos lentos, calculados, tratando de poner en cada huella el opuesto exacto a la ligereza con que uno camina no pocas veces esta ciudad como si tratara de salir de ella tras cada esquina. También en el uso más frecuentado de las cosas ahogadas en este color la extrañeza asoma, y como sucede en un lienzo por empezar o en una búsqueda mental sin resultado alguno, el mundo en blanco se antoja, sumado a las aceras aún sin pisar a estas horas, algo bajo lo que cabría esperar otra cosa, como una piel que impusiera este silencio para poder, a solas y sin testigos, crear otra ciudad, una que mereciera el blanco casi sagrado del que, en un par de días, habrá terminado de asomar. Nieva copiosamente a principio de año y lo que parece caer del cielo es, un día más, una segunda oportunidad para los ojos que la miran.
03 enero 2010
un pequeño pasillo para el hombre
Al ritual de las uvas sucede, en el pasillo del edificio, el que reúne el afecto de A., M., G., E., C., JM., R., B. después. A todos les conoce uno desde que éramos pequeños y no hay año que no vuelvan a ese pasillo algunos o todos de esos nombres. Pasa un año a veces y sólo ese día coincide uno con quien ahora contempla como si igual diera pasar un año que veinte. Es el rito sus caras o sólo el pasillo que las permite fugazmente. O que uno es, durante ese breve lapso, no el que trató de construirse de adulto, sino esa versión inocultable que acaso sólo ellos saben porque no pasan el año expuestos a esa versión nueva que uno lleva a todas partes. Cuenta E. cómo a los cuarenta afronta un piso compartido en Legazpi, ríe la madre de M. la conservación del ajuar que todos los años retrasamos, R. fue padre hoy, hace unas horas. La vida no respeta huecos entre años para darse, y hace bien. La lista de divorciados crece de año en año, y así la de quienes pasan este día en casa de sus padres. También de ese regreso vive el pasillo y el reencuentro es de esa forma doble –con el que fuiste y el que vienes de no lograr ser. En un día que tantos aprovechan para hacer propósito de días venideros que nos mejoren o nos aporten paz, no es la peor de las opciones vivirla por un rato en el pasado, en lo que eres en compañía de otros para los que el futuro es sólo algo de lo que puedes volver, si lo deseas, a este pasillo.
31 diciembre 2009
Apartamento 27
Qué ha de ser tener tu casa justo sobre uno de los tramos del Acelerador de partículas (LHC) que transcurre durante 27 kms. por debajo de la frontera entre Suiza y Francia. Qué ha de ser estar en la cocina, untando mermelada en la tostada mientras, por debajo, la materia trata de simular la energía que lo creó todo –el universo, las estrellas, los planetas, la casa, la mermelada. Qué ha de ser vivir sobre toda esa energía, sobre esa imposibilidad que es tu comienzo y su repetición. Qué ha de ser vivir al tiempo sobre esos 27 kms. y a la vez dentro de esa cifra, viajando por ella en busca, no de lo que serás, sino de lo que ya probadamente eres, de lo que no tienes forma de dejar de ser. Feliz tramo nuevo.
30 diciembre 2009
para lo que me queda en el convento
Quizá para evitar las cagadas de las palomas, baja del pedestal Savater en El País 22.12 para dejar la suya propia en un texto que empieza hablando del hipódromo de Epson y pronto recala en ese prestigio de la voluntad que, en lo que a tabaco se refiere, consiste en pasarse por el forro las normas que lo limitan o prohíben, y así, describe el sabio las habitaciones del hotel en que cada cuarto está “lleno de ominosas y por mi parte desatendidas exhortaciones a no fumar”.
Entran los planos y se sientan
Una señora detrás de la butaca que ocupo habla de esta sala verde de los Teatros del Canal en que esperamos a Jardiel Poncela. Dice preferir los teatros con lámparas, alfombras, moquetas. Para decir qué no le gusta de esta dice que parece improvisada, como hecha sin esfuerzo o sin pensarlo mucho. Quizá porque líneas rectas sabemos hacer todos y por lo tanto acaso edificios también si nos ponemos, mientras que tapices o lámparas de araña exigen no artesanía, sino algo más exigente –gusto. Instantes antes de que se apaguen las luces, entra la presidenta de la comunidad de Madrid y se sienta en la misma fila que yo, apenas cuatro asientos a mi derecha. Asi que somos dos ponderando las virtudes de las cosas hechas sin pensar.
27 diciembre 2009
la botella medio barata
La espléndida idea que espesa El diablillo en la botella, de Stevenson y que tan claro puede rastrearse en la película de Jacques Tourneur La noche del demonio –un hombre recibe cuanto ansía de un diablo alojado en una botella, la cual ha de vender por menos de lo que pagó pues morir en posesión de ella acarrea el infierno. Ese hilo que por un lado se estira para atraer con él cuanto quieras y cuyo extremo opuesto no puedes ver, no sabes cuán cerca está.
20 diciembre 2009
El laberinto y sus constructores
Se publica la estadística que refleja mensualmente el sentir de los habitantes del país vasco, condensados en 1.200 entrevistas. El documento menciona las especiales dificultades del trabajo de campo que prevén produzca un sesgo a favor de los nacionalistas. Se cuantifica esa desviación en un 5%. O no. Porque lo que se lee es que ese sesgo es al menos de un 5%. “Al menos” significa un sesgo conservador en la lectura, que prudentemente opta por sugerir que podría ser más. ¿Por qué el rechazo a contestar preguntas debe favorecer a los nacionalistas? ¿Tienen más tiempo los nacionalistas para ese tipo de menesteres? Ponderemos el miedo. Con un claro retroceso de diez puntos en el último año, empeora el sentimiento de libertad para hablar de política con todo el mundo, que comparte algo más de un tercio de la ciudadanía (35%), dos de cada cinco sólo lo hacen con algunos (39%) y una cuarta parte (25%) declara no poder hacerlo con nadie o casi nadie. Siendo los no nacionalistas los que tiene esa percepción (30%). El 49% dice tener mucho o bastante miedo a participar en política, siendo los no nacionalistas los más proclives a sentir esto (54%). A la hora de valorar el actual gobierno vasco, el 23% lo califica de bueno, el 40% de malo –el único dato lógico pues coincide con la suma de votantes nacionalistas- y el 33% de ni bueno ni malo –que o bien ha de significar “normal” o “no sé de qué me habla”. Pero ese 40% crece hasta el 71% cuando se trata de expresar poca o ninguna confianza en el mismo gobierno que un 56% viene de tildar de normal o bueno. El documento aplica tras el término “gobierno” el de “socialista” y no “vasco” como en la anterior estadística. Tampoco añade claridad la estadística que en un 27% de los casos pondera como buen la oposición de pnv, negativa en un 34% y neutra en un 32%. De los nacionalistas, un 46% no manifiesta rechazo a eta, pero sólo un 0,4% afirman el apoyo explícito y total a la organización criminal. Y un 35% avala la exhibición pública de carteles y fotografías de homenaje a presos de eta. No hay muchos datos que tengan sentido confrontados con los de la página anterior o posterior. Uno concluye que el laberinto son ellos, cada uno. Incapaces de ser algo mejor, algo dotado de un mejor, más cuerdo trazado. Que, como en tantos casos, el espejo adecuado lo solucionaría todo.
13 diciembre 2009
El crítico que nunca estuvo allí
Acerca de Amenábar: Ágora e Hipatia –Josep Miró i Ardevol
Amenábar ha hecho una nueva película, Ágora, y como la anterior, Mar adentro, se caracteriza por la deformación de los hechos, es decir, el engaño, para ajustarlo a su discurso militantemente anticristiano.
Cuanto más viajas hacia atrás en el tiempo, más se mimetizan “deformación” y “hechos”. La base neurológica de la memoria se basa en esa invención permanente, y para quien no crea en los microscopios o el carbono 14, siempre queda el tan humano “ajuste al propio discurso” del que no se libra nadie, aunque carezca del currículum de la iglesia en esa disciplina. La noción de “hecho” es, no obstante, uno de imposible semántica, en tanto que para la extravagante rigidez del diccionario es una cosa y para la iglesia que basa su autoridad en hechos como la encarnación de un dios en hombre, otra.
Él mismo se confiesa en la multitud de entrevistas que ha dado en la campaña promocional de su nueva película como ateo, con un añadido, su ostentación de la condición de homosexual, que es algo así como si Clint Eastwood tuviera necesidad de explicar cada vez que lo entrevistan que él es un hetero militante.
Uno pensaría que, como ateo, uno esté –de estarlo- igualmente en contra de todas las religiones por igual, no más resentido con unas que otras. Es una pregunta sin respuesta clara, aunque siempre puede uno tratar esa otra extravagancia -ver la película en cuestión- y comprobar que las tres religiones representadas se reparten las atrocidades. El cristianismo primitivo tiene más planos porque ganó, se impuso a las religiones politeístas presentes en Alejandría en esos días, y como se sabe, no se gana una guerra sin ganar en la lista de muertos ajenos por cada muerto propio.
Dado que no aparece ejemplo alguno en la película con el que pueda identificársele, la homosexualidad que menta Amenábar ha de ser sólo su condición de grupo de riesgo, esto es, amenazado por posturas que ven en ello –seamos suaves- digamos un imperio del vicio y la inmoralidad a derrocar, una de esas bibliotecas del conocimiento equivocado que convendría cerrar por el bien del mundo. “Ostentar” es, no obstante, un verbo que escoge para esto el acusador, al que aplicar el más normal “dar fe” debe escocer, aplicado a un homosexual. E incluso asumiendo que reconocerse lo que no haría falta es un tic de la libertad que aflora cuando no se ha tenido, esperar comprensión es lo mínimo que puede pedir quien, no hace tanto, habría sido encarcelado, reeducado o fusilado por su orientación sexual. Por no decir la comprensión específica de quienes militan hoy en las filas de quienes empuñaban cárcel, duchas frías y armas, o su bendición.
Todas las entrevistas están, lógicamente, pensadas a mayor gloria del director y su película. Entra dentro de las reglas del juego, por algo son pura promoción comercial donde el género periodístico substituye a la publicidad pura y dura. A pesar de ello, y del cuidado de los entrevistadores, siempre atentos al obligado panegírico, el director manifiesta unos caracteres curiosos, por decirlo de alguna manera.
Sólo por entenderlo, ¿las páginas de nacional permeadas, en abc, de esa forma de publicidad que es la ideología en el sitio equivocado, es también género periodístico? Por decirlo de alguna manera.
Porque curioso es su sentido de culpa, que le lleva a declarar “no lo puedo remediar. En los aeropuertos siempre tengo la sospecha de que me van a detener en cualquier momento por lo que sea”. Él lo atribuye a un miedo a la “Autoridad” que constituye en su imaginario un valor abstracto y omnipresente. Bromas que gasta la propia conciencia.
Admirable como pueda ser la capacidad de la madre iglesia de conocer la conciencia del hombre –de cada hombre, incluso de los que no son la versión de “hombre” que ellos tienen archivada- maravilla la capacidad de penetrar la conciencia de un director de cine a través de la sensación de vulnerabilidad que cualquier ser tímido sufre en lugares donde se te chequea o se te escruta. Es más normal de lo que parece. Algunos la tienen –en Irlanda, un suponer- al pasar delante de una iglesia en compañía de sus hijos pequeños. O si se mira hacia atrás, no tan injustamente atrás como para ver la crueldad humana en el siglo IV, sino en el más cercano siglo XVII en España, en ese rumor –la inquisición- y sus hijos no menos inverosímiles –la sospecha, la sensación de poder ser detenido en cualquier momento, por lo que sea.
No se cansa de declarar que en su nueva obra es fiel a los hechos históricos. Como pienso que es una persona razonablemente culta, que ha preparado su película, entonces solo me queda concluir que engaña, miente, o quizás se engaña a sí mismo, porque lo que plantea Ágora no tiene nada que ver con la realidad de lo que sucedió. Esta no es la historia de Hipatia ni muchos menos de las relaciones entre neoplatónicos y cristianos en Alejandría. Su verdadera intención aflora porque tantas entrevistas y tan extensas obligan a hablar. Por ejemplo, cuando afirma que su intención real es denunciar los que utilizan la violencia como argumento, como hacen -dice- los etarras y los terroristas islámicos.
Para cualquiera que sepa leer, la primera declaración –las relaciones entre las tres religiones simultáneas- no excluye en absoluto la denuncia de las formas en que gestionaron las diferencias. Por demás que juntas o por separado, ninguna de las dos ideas es reprobable. ¿O sí?
Claro, y por eso acude a un hecho de hace más de 1600 años, metiendo a los cristianos por en medio. En realidad, su intención es maniquea y no puede ocultarla “imaginé aquella lucha entre los paganos y los cristianos viejos –que ni fue exactamente tal, ni entonces existían viejos cristianos- como si fuera nuestra guerra civil” Está claro ¿no?
¿La distancia respecto a lo enjuiciado hace menos muertos a los muertos, menos quemados a los libros, menos humillados a los exiliados o forzados a convertirse? ¿es la sangre de hace 1.600 años menos sangre? ¿es maniqueo ver en la contienda fratricida –obvia en la película- un símil de lo que ocurrió aquí?. Claro, lo que se dice claro, es reconocer en ambos conflictos al mismo ejército de puñales en vanguardia y crucifijos en retaguardia.
A pesar de estos deslices, reitera lo que la necesidad comercial le ha marcado, especialmente pensando en un mercado que se le resiste como es el norteamericano, muy sensible a los panfletos anticristianos. “He insistido mucho en que la película no va contra los cristianos, sino contra los que utilizan la fuerza para defender sus ideas”.
La película no ahorra el salvajismo de la comunidad judía, ni el paroxismo criminal de la griega. Asi que tan gran razón en contra queda en el prever problemas para la productora en Israel y Grecia. En todo caso, es más simple: aunque parezcan a simple vista descalificaciones dichas con piloto automático, las respuestas, para aspirar a algo que no sea mero plato para el club de socios, deben responder a las preguntas. La indignación, por ejemplo, no es un argumento sino un tono a falta de argumentos que le den su exacto peso. Como ese otro tono, la estupefacción, de quien, esperando razones que nieguen otras, sólo halla el rechazo sin nada detrás que lo describa.
Lástima que teniendo ejemplos tan categóricos y próximos, como Stalin y Lenin, Hitler, Mao, Pol Pot, o quizás para hacer una producción de ambiente histórico, los tiempos de terror de la Revolución Francesa, o el primer genocidio de La Vendée, tenga que acudir a una de las múltiples revueltas que sucedieron en la cosmopolita ciudad de Alejandría en el periodo inicial del cristianismo, y las pugnas políticas que entre los diversos grupos se produjeron. Unos hechos que mal representan la tesis que dice querer contar: unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas.
¿Lástima por poder elegir libremente el instante histórico que quiere representar? ¿Lástima porque coincide con el que no se quiere recordar? ¿Lástima por lo que quiere y no lo que debería? Quizá si mejor nos explicaran cuán sea el deber moral del cine, nos ahorraríamos disgustos. La tesis “unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas” queda entendida, pero ya queda dicho que en la película no hay tales, sino ideologías que son salvajes en la medida que pueden, el cristianismo y las demás. ¿Cuántas películas que se llaman Ágora hay? ¿es eso que ha hecho Amenábar un remake del panfleto que ha visto Miró i Ardevol?
La evidencia de su desconocimiento o voluntad de traicionar la realidad se manifiesta en pretensiones como la de afirmar que el cine no ha contado mucho el cambio del mundo antiguo al medieval, cuando este es uno de los temas que han registrado, con obras mediocres y buenas, una notable producción cinematográfica.
Cierto que todo esto sería más sencillo si hubiera algún ejemplo de vez en cuando. ¿El problema es la libertad con la que escoge el tema o dilapidar recursos en un campo que ya tiene otras muestras? Se agradecería alguna encíclica que, como habitual, parta de la palabra de dios al respecto.
Pero sobre todo lo que debe ser subrayado es que no deja de ser curioso que, cuando lo que caracteriza los cuatro primeros siglos de la historia cristiana es la persecución en ocasiones terrible que éstos reciben, se vaya a fijar en un hecho aislado que además ha sido reiteradamente utilizado, también falsamente, en la historia por el ateísmo agresivo y la masonería.
De acuerdo, es falso, ya lo hemos entendido antes. Pero ¿no quedaría más claro si se incluyera en el mismo texto en que se acusa algún argumento que contenga la verdad que tan clara ha de existir en sus archivos?
Se ha intentado convertir a una matemática y astrónoma, Hipatia, en un símbolo de la razón contra el oscurantismo cristiano. Pero en este caso, a diferencia de otros, la evidencia de los hechos es tan grande que el éxito no ha acompañado al propósito histórico. En este caso la leyenda negra no ha llegado a cuajar.
Se dice que hay pelea sólo cuando dos lo quieren, pero a veces basta con que uno lo busque. Matemáticas y Astronomía son símbolos de la razón. Sólo si se tiene algo en contra de lo razonado puede verse ese lado de lo humano como un bando. El oscurantismo –cristiano o no- sí es un bando, pues se construye desde la imposición de una verdad, de una razón sin hechos objetivos de su lado, y la prohibición y extirpado de quienes no viven a gusto en esa penumbra.
“la evidencia de los hechos es tan grande”. Acaso uno no sabe leer, y acaso es Miró i Ardevol quien no sabe escribir –al cabo, es un don frecuente: responder con indignación y no con argumentos. Pero también es inevitable sospechar que lo que no sabe es pensar. Pensar en la medida en que se observa lo que se pronuncia o escribe como si no viniera de uno mismo, y por lo tanto automáticamente a salvo de ser sagrado, del dogma que evita pensar o adquirir espejos.
En otras palabras, Amenábar utiliza como guión uno de los panfletos editados en el siglo XIX. Para ello, claro está, ha contado con 50 millones de euros, algo insólito para un director español, y es que cuando se trata de pegarle leña a la Iglesia está visto que el dinero nunca escasea.
No será uno quien dude de su autoridad milenaria en usos de la leña y sus posibilidades. En lo que a la precariedad con que la iglesia afronta el mundo y los adversarios que en él halla, ocurre, por vez primera en todo el texto, que ni un ejemplo es necesario.
Amenábar ha hecho una nueva película, Ágora, y como la anterior, Mar adentro, se caracteriza por la deformación de los hechos, es decir, el engaño, para ajustarlo a su discurso militantemente anticristiano.
Cuanto más viajas hacia atrás en el tiempo, más se mimetizan “deformación” y “hechos”. La base neurológica de la memoria se basa en esa invención permanente, y para quien no crea en los microscopios o el carbono 14, siempre queda el tan humano “ajuste al propio discurso” del que no se libra nadie, aunque carezca del currículum de la iglesia en esa disciplina. La noción de “hecho” es, no obstante, uno de imposible semántica, en tanto que para la extravagante rigidez del diccionario es una cosa y para la iglesia que basa su autoridad en hechos como la encarnación de un dios en hombre, otra.
Él mismo se confiesa en la multitud de entrevistas que ha dado en la campaña promocional de su nueva película como ateo, con un añadido, su ostentación de la condición de homosexual, que es algo así como si Clint Eastwood tuviera necesidad de explicar cada vez que lo entrevistan que él es un hetero militante.
Uno pensaría que, como ateo, uno esté –de estarlo- igualmente en contra de todas las religiones por igual, no más resentido con unas que otras. Es una pregunta sin respuesta clara, aunque siempre puede uno tratar esa otra extravagancia -ver la película en cuestión- y comprobar que las tres religiones representadas se reparten las atrocidades. El cristianismo primitivo tiene más planos porque ganó, se impuso a las religiones politeístas presentes en Alejandría en esos días, y como se sabe, no se gana una guerra sin ganar en la lista de muertos ajenos por cada muerto propio.
Dado que no aparece ejemplo alguno en la película con el que pueda identificársele, la homosexualidad que menta Amenábar ha de ser sólo su condición de grupo de riesgo, esto es, amenazado por posturas que ven en ello –seamos suaves- digamos un imperio del vicio y la inmoralidad a derrocar, una de esas bibliotecas del conocimiento equivocado que convendría cerrar por el bien del mundo. “Ostentar” es, no obstante, un verbo que escoge para esto el acusador, al que aplicar el más normal “dar fe” debe escocer, aplicado a un homosexual. E incluso asumiendo que reconocerse lo que no haría falta es un tic de la libertad que aflora cuando no se ha tenido, esperar comprensión es lo mínimo que puede pedir quien, no hace tanto, habría sido encarcelado, reeducado o fusilado por su orientación sexual. Por no decir la comprensión específica de quienes militan hoy en las filas de quienes empuñaban cárcel, duchas frías y armas, o su bendición.
Todas las entrevistas están, lógicamente, pensadas a mayor gloria del director y su película. Entra dentro de las reglas del juego, por algo son pura promoción comercial donde el género periodístico substituye a la publicidad pura y dura. A pesar de ello, y del cuidado de los entrevistadores, siempre atentos al obligado panegírico, el director manifiesta unos caracteres curiosos, por decirlo de alguna manera.
Sólo por entenderlo, ¿las páginas de nacional permeadas, en abc, de esa forma de publicidad que es la ideología en el sitio equivocado, es también género periodístico? Por decirlo de alguna manera.
Porque curioso es su sentido de culpa, que le lleva a declarar “no lo puedo remediar. En los aeropuertos siempre tengo la sospecha de que me van a detener en cualquier momento por lo que sea”. Él lo atribuye a un miedo a la “Autoridad” que constituye en su imaginario un valor abstracto y omnipresente. Bromas que gasta la propia conciencia.
Admirable como pueda ser la capacidad de la madre iglesia de conocer la conciencia del hombre –de cada hombre, incluso de los que no son la versión de “hombre” que ellos tienen archivada- maravilla la capacidad de penetrar la conciencia de un director de cine a través de la sensación de vulnerabilidad que cualquier ser tímido sufre en lugares donde se te chequea o se te escruta. Es más normal de lo que parece. Algunos la tienen –en Irlanda, un suponer- al pasar delante de una iglesia en compañía de sus hijos pequeños. O si se mira hacia atrás, no tan injustamente atrás como para ver la crueldad humana en el siglo IV, sino en el más cercano siglo XVII en España, en ese rumor –la inquisición- y sus hijos no menos inverosímiles –la sospecha, la sensación de poder ser detenido en cualquier momento, por lo que sea.
No se cansa de declarar que en su nueva obra es fiel a los hechos históricos. Como pienso que es una persona razonablemente culta, que ha preparado su película, entonces solo me queda concluir que engaña, miente, o quizás se engaña a sí mismo, porque lo que plantea Ágora no tiene nada que ver con la realidad de lo que sucedió. Esta no es la historia de Hipatia ni muchos menos de las relaciones entre neoplatónicos y cristianos en Alejandría. Su verdadera intención aflora porque tantas entrevistas y tan extensas obligan a hablar. Por ejemplo, cuando afirma que su intención real es denunciar los que utilizan la violencia como argumento, como hacen -dice- los etarras y los terroristas islámicos.
Para cualquiera que sepa leer, la primera declaración –las relaciones entre las tres religiones simultáneas- no excluye en absoluto la denuncia de las formas en que gestionaron las diferencias. Por demás que juntas o por separado, ninguna de las dos ideas es reprobable. ¿O sí?
Claro, y por eso acude a un hecho de hace más de 1600 años, metiendo a los cristianos por en medio. En realidad, su intención es maniquea y no puede ocultarla “imaginé aquella lucha entre los paganos y los cristianos viejos –que ni fue exactamente tal, ni entonces existían viejos cristianos- como si fuera nuestra guerra civil” Está claro ¿no?
¿La distancia respecto a lo enjuiciado hace menos muertos a los muertos, menos quemados a los libros, menos humillados a los exiliados o forzados a convertirse? ¿es la sangre de hace 1.600 años menos sangre? ¿es maniqueo ver en la contienda fratricida –obvia en la película- un símil de lo que ocurrió aquí?. Claro, lo que se dice claro, es reconocer en ambos conflictos al mismo ejército de puñales en vanguardia y crucifijos en retaguardia.
A pesar de estos deslices, reitera lo que la necesidad comercial le ha marcado, especialmente pensando en un mercado que se le resiste como es el norteamericano, muy sensible a los panfletos anticristianos. “He insistido mucho en que la película no va contra los cristianos, sino contra los que utilizan la fuerza para defender sus ideas”.
La película no ahorra el salvajismo de la comunidad judía, ni el paroxismo criminal de la griega. Asi que tan gran razón en contra queda en el prever problemas para la productora en Israel y Grecia. En todo caso, es más simple: aunque parezcan a simple vista descalificaciones dichas con piloto automático, las respuestas, para aspirar a algo que no sea mero plato para el club de socios, deben responder a las preguntas. La indignación, por ejemplo, no es un argumento sino un tono a falta de argumentos que le den su exacto peso. Como ese otro tono, la estupefacción, de quien, esperando razones que nieguen otras, sólo halla el rechazo sin nada detrás que lo describa.
Lástima que teniendo ejemplos tan categóricos y próximos, como Stalin y Lenin, Hitler, Mao, Pol Pot, o quizás para hacer una producción de ambiente histórico, los tiempos de terror de la Revolución Francesa, o el primer genocidio de La Vendée, tenga que acudir a una de las múltiples revueltas que sucedieron en la cosmopolita ciudad de Alejandría en el periodo inicial del cristianismo, y las pugnas políticas que entre los diversos grupos se produjeron. Unos hechos que mal representan la tesis que dice querer contar: unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas.
¿Lástima por poder elegir libremente el instante histórico que quiere representar? ¿Lástima porque coincide con el que no se quiere recordar? ¿Lástima por lo que quiere y no lo que debería? Quizá si mejor nos explicaran cuán sea el deber moral del cine, nos ahorraríamos disgustos. La tesis “unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas” queda entendida, pero ya queda dicho que en la película no hay tales, sino ideologías que son salvajes en la medida que pueden, el cristianismo y las demás. ¿Cuántas películas que se llaman Ágora hay? ¿es eso que ha hecho Amenábar un remake del panfleto que ha visto Miró i Ardevol?
La evidencia de su desconocimiento o voluntad de traicionar la realidad se manifiesta en pretensiones como la de afirmar que el cine no ha contado mucho el cambio del mundo antiguo al medieval, cuando este es uno de los temas que han registrado, con obras mediocres y buenas, una notable producción cinematográfica.
Cierto que todo esto sería más sencillo si hubiera algún ejemplo de vez en cuando. ¿El problema es la libertad con la que escoge el tema o dilapidar recursos en un campo que ya tiene otras muestras? Se agradecería alguna encíclica que, como habitual, parta de la palabra de dios al respecto.
Pero sobre todo lo que debe ser subrayado es que no deja de ser curioso que, cuando lo que caracteriza los cuatro primeros siglos de la historia cristiana es la persecución en ocasiones terrible que éstos reciben, se vaya a fijar en un hecho aislado que además ha sido reiteradamente utilizado, también falsamente, en la historia por el ateísmo agresivo y la masonería.
De acuerdo, es falso, ya lo hemos entendido antes. Pero ¿no quedaría más claro si se incluyera en el mismo texto en que se acusa algún argumento que contenga la verdad que tan clara ha de existir en sus archivos?
Se ha intentado convertir a una matemática y astrónoma, Hipatia, en un símbolo de la razón contra el oscurantismo cristiano. Pero en este caso, a diferencia de otros, la evidencia de los hechos es tan grande que el éxito no ha acompañado al propósito histórico. En este caso la leyenda negra no ha llegado a cuajar.
Se dice que hay pelea sólo cuando dos lo quieren, pero a veces basta con que uno lo busque. Matemáticas y Astronomía son símbolos de la razón. Sólo si se tiene algo en contra de lo razonado puede verse ese lado de lo humano como un bando. El oscurantismo –cristiano o no- sí es un bando, pues se construye desde la imposición de una verdad, de una razón sin hechos objetivos de su lado, y la prohibición y extirpado de quienes no viven a gusto en esa penumbra.
“la evidencia de los hechos es tan grande”. Acaso uno no sabe leer, y acaso es Miró i Ardevol quien no sabe escribir –al cabo, es un don frecuente: responder con indignación y no con argumentos. Pero también es inevitable sospechar que lo que no sabe es pensar. Pensar en la medida en que se observa lo que se pronuncia o escribe como si no viniera de uno mismo, y por lo tanto automáticamente a salvo de ser sagrado, del dogma que evita pensar o adquirir espejos.
En otras palabras, Amenábar utiliza como guión uno de los panfletos editados en el siglo XIX. Para ello, claro está, ha contado con 50 millones de euros, algo insólito para un director español, y es que cuando se trata de pegarle leña a la Iglesia está visto que el dinero nunca escasea.
No será uno quien dude de su autoridad milenaria en usos de la leña y sus posibilidades. En lo que a la precariedad con que la iglesia afronta el mundo y los adversarios que en él halla, ocurre, por vez primera en todo el texto, que ni un ejemplo es necesario.
06 diciembre 2009
más cosas en busca de otra lógica
Fiel a la epidermis de Seis personajes en busca de autor, anoche en el Lara, el hecho de que el montaje irrumpa, tenga lugar en una sala –un pasillo se diría- fuera de la sala en sí, que incluso la hora sea una intrusión en zonas de normalidad, en este empezar a las 24h. Así, a los personajes que más que buscar autor querrían no buscarlo, no tener que verse obligados a repetir siempre lo que son, se suma un lugar y un tiempo a los que nadie esperaba.
01 diciembre 2009
recién llegado
Buenas dias,
Sé que no meconocen en persona, no obstante yo querría que me ayudaban después de lecturade mi correo. Tengo ustedes informado que trabajo en un banco aquí en Costa de Marfilcomo Director del Servicio de las Transferencias, fuego la Sra. Lany Johnsonhabía depositado la suma de $3.500.000.00 a nuestro banco antes de que hayamuerto y desde que se murió nadie no vino para las reclamaciones de estosfondos. Querría después de lectura de mi correo que me contactaban para quepueda darles los detalles completos sobre la forma en que los fondos setransferirán sobre su cuenta bancaria sin ningún problema. Para su informaciónesta transacción es de 100% sin riesgo para su ayuda yo les dará un 30% de losfondos. Gracias y que Dios ustedes bendiga.
Yo ustedesrogados autorizar la expresión de mis sentimientos más distinguidos.
Sr. Armand Butry.
Sé que no meconocen en persona, no obstante yo querría que me ayudaban después de lecturade mi correo. Tengo ustedes informado que trabajo en un banco aquí en Costa de Marfilcomo Director del Servicio de las Transferencias, fuego la Sra. Lany Johnsonhabía depositado la suma de $3.500.000.00 a nuestro banco antes de que hayamuerto y desde que se murió nadie no vino para las reclamaciones de estosfondos. Querría después de lectura de mi correo que me contactaban para quepueda darles los detalles completos sobre la forma en que los fondos setransferirán sobre su cuenta bancaria sin ningún problema. Para su informaciónesta transacción es de 100% sin riesgo para su ayuda yo les dará un 30% de losfondos. Gracias y que Dios ustedes bendiga.
Yo ustedesrogados autorizar la expresión de mis sentimientos más distinguidos.
Sr. Armand Butry.
11 noviembre 2009
Yo muro, tu muras, él mura
El mismo día que se conmemoran los 20 años transcurridos desde la caída del penúltimo gran experimento comunista en el mundo desarrollado, se lee en una entrevista, el domingo en El País, al nuevo secretario general del pce –José luis centella- pedir una banca pública y los sectores estratégicos en manos públicas, fiscalidad claramente progresiva y mecanismos de control democrático. A sueldo la gobernación del mundo a manos del gran dinero, y pues va de utopías, hay dos mudanzas sin las cuales no saldremos adelante: una es la que necesita transferir cuanto antes la genocida rapiña empresarial por la gestión a manos públicas –por su naturaleza, obligada a parecer decente- de los recursos económicos de un país. Obviamente, es algo inviable en manos de la clase política que hemos permitido prosperar. Justo ahí se activa el segundo de los salvavidas: la sustitución de la política como la conocemos –empresas de la ideología con esa doble moneda: la moral y la que compra- por un gobierno de técnicos en los que esté prohibida la adscripción a sigla alguna y cuyo nombramiento y cese dependa de jueces y un consejo de estado formado por inteligencias por encima de sueldos de partido. Como todo movimiento de placas remueve lo que hay por encima, bien vendría también cambiar el nefasto brebaje populista “un hombre, un voto” por uno que establezca consultas no vinculantes en función de la cualificación del ciudadano para entender qué y a quién está dando su voto, no como ahora que se alquila a plena luz del día por una subvención agrícola, o una suscripción moral a un periódico. Prohibir el capitalismo tal y como lo conocemos, abolir la política como negocio al servicio de sí misma, preguntarle a usted si está capacitado para elegir el mundo que necesitamos. Es, por supuesto, una broma, un juego de lo posible en las manos equivocadas. Como aquella otra broma que, con risas y mentiras, celebramos el 28 de diciembre a partir de lo que conmemora la matanza de niños menores de dos años ordenada por Herodes.
05 noviembre 2009
Bufandas para cicatrices
Se lee ayer en El País que un millón de personas se suicidan cada año en el mundo, siendo el número de tentativas de 10 a 20 veces mayor. Ese 10% posible del que nada se sabe, cuyas huellas sobrecoge imaginar invisibles para el resto.
28 octubre 2009
fumarse la viga
Quizá a fuer de ver en el ruido de Madrid una neblina que oscurece las posibilidades de vivir en paz en ella, Javier Marías ve en el humo –que también lo atufa todo- un ruido igual de atroz y que le acosa. La ley permite matarse fumando a quien lo quiera, y para eso se vende tabaco como se venden coches que permiten alcanzar 250 km/h o tenedores que uno puede emplear para sacarse los ojos. Pero penalmente perseguido si es contra otro que lo usas. El sustrato común a todos los textos de Marías contra el escaso sentido cívico que abunda aquí es el efecto que tienen sobre quienes pasaban por allí y escasa culpa tienen, aquí caben sus diatribas contra usos bobos del espacio público, decibelios reunidos o congregación de masas contra algo o alguien. Y su razón tiene en quererse a salvo de todas ellas. Como esperaría uno que contara entre las plagas la que, en un gesto unánime e impune a fuerza de ubicuo, es ejército de fumadores llenando de colillas –genuino residuo de esa libertad tan justa- calles, playas, montes y cualquier sitio al que lleguen.
Raramente acuñaría uno la idea de fundamentalista de la quietud o la sabiduría a quien quiera para su entorno lo que él. Y sin embargo cansinamente llama fundamentalista a quien aspira a un aire que no apeste, que no se pegue a su ropa o a sus pulmones con efectos inmunes al detergente. Esgrime Marías la libertad como el derecho a no privar a quien lo desee de ejercerla donde se le antoje. En ese sentido, la ley antitabaco es tan injusta como la que limita la velocidad en las carreteras, la que prohíbe hacer fuego o portar armas sin permiso. Todas ellas se basan, no en lo que uno pueda hacer contra sí mismo –estrellarse dentro de un coche, inmolarse o pegarse un tiro- sino en el riesgo que entraña para quienes, como Marías por Madrid, pasan por ahí en el momento menos adecuado.
La razón por la que existen los locales topless, billares, discotecas o casinos que Marías aduce como espacios de persecución debida si se hace con quienes fuman, es porque lo que uno pueda hacer en ellos es sólo perder dinero, tiempo o capacidad auditiva. Uno podría entrar mil veces y ser mil veces inocuo para quienes, fuera de esos locales, eligen no entrar. Que el tabaco mate o arruine el aspecto de quien fuma importa menos que salvaguardar a quien no fuma. Es lo que, como tantos otros, de ninguna forma está dispuesto a aceptar Marías: que la libertad que exige para él ha de ser siempre, prioritariamente, la de quien no porta algo con lo que dañar a otros, y sólo después, la de quien ha decidido que lo anterior le importa poco. Que no entren donde estoy –esgrime. Con lo que esto acaba siendo cuestión de dónde acaba el espacio que uno tiene derecho a contaminar del gusto propio, y ese es, fuera de su casa, el de la discreción, el de la invisibilidad de sus efectos. Exacto, como las calles que son de todos y no sólo de quienes las emplean para colapsarlas con manifestaciones –religiosas o no- o ensuciarlas de ruido o ideas idiotas.
Raramente acuñaría uno la idea de fundamentalista de la quietud o la sabiduría a quien quiera para su entorno lo que él. Y sin embargo cansinamente llama fundamentalista a quien aspira a un aire que no apeste, que no se pegue a su ropa o a sus pulmones con efectos inmunes al detergente. Esgrime Marías la libertad como el derecho a no privar a quien lo desee de ejercerla donde se le antoje. En ese sentido, la ley antitabaco es tan injusta como la que limita la velocidad en las carreteras, la que prohíbe hacer fuego o portar armas sin permiso. Todas ellas se basan, no en lo que uno pueda hacer contra sí mismo –estrellarse dentro de un coche, inmolarse o pegarse un tiro- sino en el riesgo que entraña para quienes, como Marías por Madrid, pasan por ahí en el momento menos adecuado.
La razón por la que existen los locales topless, billares, discotecas o casinos que Marías aduce como espacios de persecución debida si se hace con quienes fuman, es porque lo que uno pueda hacer en ellos es sólo perder dinero, tiempo o capacidad auditiva. Uno podría entrar mil veces y ser mil veces inocuo para quienes, fuera de esos locales, eligen no entrar. Que el tabaco mate o arruine el aspecto de quien fuma importa menos que salvaguardar a quien no fuma. Es lo que, como tantos otros, de ninguna forma está dispuesto a aceptar Marías: que la libertad que exige para él ha de ser siempre, prioritariamente, la de quien no porta algo con lo que dañar a otros, y sólo después, la de quien ha decidido que lo anterior le importa poco. Que no entren donde estoy –esgrime. Con lo que esto acaba siendo cuestión de dónde acaba el espacio que uno tiene derecho a contaminar del gusto propio, y ese es, fuera de su casa, el de la discreción, el de la invisibilidad de sus efectos. Exacto, como las calles que son de todos y no sólo de quienes las emplean para colapsarlas con manifestaciones –religiosas o no- o ensuciarlas de ruido o ideas idiotas.
la habitación de las columnas
No fabricaremos mejores refugios, más invulnerables, que las hemerotecas. Hechas de puertas y ventanas, sirven paradójicamente para vivir a salvo de miradas que puedan obligarnos a pensar antes de hablar. Con el dinero que asfalta el alcantarillado político y empresarial, se compran abogados –estos sí, edificios estancos a fuerza de laberínticos- o se decora lujosamente la memoria, hasta que el estercolero que creaste luce presentable. Publica hoy El País noticia de una entrevista a arzalluz en que éste llama a los recientemente detenidos miembros de batasuna “buenos patriotas vascos”, “dignos de admiración”. Y nadie mueve ya una ceja de tanto que, por activa o por pasiva, los archivos llevan décadas contando la voluntad del nacionalismo vasco por amparar a los que matan por ganar fuera de las urnas lo que éstas les niegan. Como las cárceles, tienen las hemerotecas el poder de preservar de la sociedad a quienes, repetida e impunemente, sostienen el terrorismo a base de secar su sangre con la bayeta del derecho a la autodeterminación. Es con esa sensación de libertad condicional vulnerada que uno lleva años fatigosamente leyendo a personajes de calaña diversa que con una mano usan la pólvora y con otra la polvareda.
18 octubre 2009
Ascenso y caída en la memoria de Manuel Gas
Entre los símiles que sugiere ese engranaje prodigioso que es lo teatral, el de la orquesta no asoma el primero porque, cuando no representada por una grabación, no pocas veces está ahí, en el mismo teatro, contando sus propias tramas como segunda voz que se dijera discreta, casi anónimamente de tanto venir siempre del mismo sitio oculto que antaño el apuntador. Estar sin estar es una figura común en los requisitos que responden quienes componen para cine y ese segundo plano es inmune incluso a esa forma lujosa e imposiblemente plena que es el teatro lírico, donde la música tiene tanto peso que los teatros en que se representa se permiten poner a la venta –y vender- asientos desde los que no se puede ver el escenario. No es doblemente mejor el teatro por venir de dos sitios simultáneamente, pero sí doblemente escaso y acaso en ello proporcionalmente valioso, o por lo menos atesorable en la memoria. Anoche, al acabar la espléndida Clementina, de Boccherini, en el Español, Jordi Boixaderas anunció la súbita muerte de Manuel Gas como hasta hace nada subían a ese mismo escenario Joan Crosas y Teresa Vallicrosa para cantar en la maravillosa Sweeney Todd lo que Gas y sus siete músicos permitían desde sus escondites. Parte no escasa de la mejor música que uno ha escuchado en tiempos recientes en teatro viene dirigida por él, y acaso “mejor” refiere “más profunda, diversamente teatral”. En esa lista hay clásicos de Sondheim, redundantemente espléndidos -A little night music y Sweeney Todd-, la extraordinaria versión que de la ópera de Weill y Brecht –Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny- se pudo ver hace tres temporadas, sendas zarzuelas de Sorozabal –Adios a la bohemia y Black el payaso- o el cabareteramente vital montaje a mayor gloria de Vázquez Montalbán como letrista, que tenía este mismo mes al propio Gas, por fin, en escena sólo ligeramente detrás de su teclado. Salvo la primera -en el Albéniz- las restantes han sucedido dentro de los bien pertrechados muros antiguos o recientes del teatro Español, y eso que ganamos todos. Acaso la memoria sólo hace su trabajo –preservar- si se la obliga, la muerte tiene así un rol de instrucción que necesitamos para albergar en nuestro interior ese otro acto teatral –la acústica, el eco de lo que merece quedarse dentro, a mejorarnos.