30 abril 2007
29 abril 2007
El rey se muere, el público también
Sirva la edición reciente de los diarios de Ionesco para traer aquí aquel espléndido El rey se muere, que se viera en La Abadía hace 3 años, y en el que el gran Francesc Orella terminaba su vida desnudo bajo el sofá que le sirviera de trono, y cuya ropa de menos contrasta con la que viste estos días en el Teatro de la Zarzuela El rey que rabió, en un montaje colorista y zumbón cuyos trajes en parte recuerdan los que se vieran en un asombroso Falstaff con escenografía de Graham Vick hará unos seis años, y que anoche sobraban enteros –ropajes, telón, sofá-trono, incluso la egipcia nariz de la protagonista- a ojos de un grupo de espectadoras que lamentaban –en directo, sin esperar al intermedio- la añoranza de añejas versiones de zarzuela al uso, de cuando la platea estaba, por cierto, semivacía –como una de ellas reconocía. Les da por ser surrealistas, por qué no podrá hacerse normal –remachaban, tras hacer notar que ni la música sonaba como debía –quizá pensando que el escenógrafo ha de tener también acceso a la partitura. Al contrario que en la ópera, donde se muere todo el mundo, en la zarzuela nadie lo hace y quizá en ello piensen que ha de ocurrir lo mismo con quienes llenan, o no, el teatro. La primera de esas renovaciones necesarias concierne a quienes se acercan por vez primera a un género de difícil salida sin esa visión, lúdica y trasladada de formas y tiempos, que ya se ha visto este año en la luminosa Los sobrinos del capitán Grant, aunque en ese tránsito –en que la ópera lleva décadas inmerso en todo el mundo, como prueba La fura dels Baus subida a Wagner estos días, en Valencia- haya de padecer sentado exilio la parte de público para el que ver lo que ya se ha visto y oído antes mil veces se diría más cuestión de fidelidad que de felicidad, cobradores de la pura y dura memoria, aunque ni los materiales de que está hecha ni su aspecto original soporten ya aquella visión ajada. Con ello se acercan, aunque jamás lo sabrán, al más puro Ionesco.
28 abril 2007
maldita la intención
También los designios del señor que aprueba las campañas de publicidad son inextricables, como presuponía Millás ayer en El País, y en poca medida al necesitar una trinidad de difícil convivencia: quien cree el anuncio no necesariamente ha de saber gran cosa de aquello que habla –por raro que esto suene, los motivos a los que apelar son siempre los mismos, y con saber las razones del consumidor basta y sobra-, más arduo se antoja que quien ha de aprobar el anuncio sepa de literatura, y puede pensarse que, al igual que el creativo respecto de su parapeto, aquel no ha de necesitar más conocimiento que el de imaginar lo que el consumidor sabe, a su vez, de libros. Éste es, precisamente, el último miembro de la trinidad mencionada, y si es tan fácil ponerse en su lugar –asomarse sin gran duda a lo que quiere o gusta- es porque tanto el creativo como el que aprueba el anuncio tienden a pensar que el consumidor, de puro parecernos todos, no puede pensar muy distinto de lo que uno. Y nada hace pensar que no sea así puesto que uno pasa mucho más tiempo siendo consumidor que haciendo o aprobando anuncios. Ni dios lee a los poetas, malditos o benditos, y esa es, de todas las certezas probables, la que más clara tienen los tres lados del proceso, asi que a uno se le antoja que lo que choca en todo esto es que la razón que unos y otros creen recomendable –leer poesía- es una que , de pura lejanía- suena más a promesa electoral, y como tal ha de verse, pues promover la lectura ha de pasar –este es el gran secreto- por algo tan simple como renunciar a hacer o tratar de idiotas a quienes ven la televisión o se asoman al mundo a través de los demás medios, y en eso la política de la comunidad de Madrid no es menos transparente en la gestión de su televisión local de lo que lo es en ese tramite obligado que es simular un esfuerzo publicitario por pretender algo –fomentar leer- que se repudia fuera de la marquesina en todas direcciones.
20 abril 2007
cambios, los minimos
Hubo un tiempo –siempre- en que las naciones, los reinos, los condados, los barrios, cualquier emperador de su casa que hubiera de vender una agresión necesaria tenían a mano –siempre- un agravio posible que –esgrimían- nadie más podía sufrir o entender puesto que ninguna geografía es igual, como tampoco idioma o acento alguno, traje regional, tipo de hortalizas y así todo rasgo identitario. Y si las amenazas del cambio climático lo igualan todo en la magnitud de sus efectos, ni siquiera una guadaña tan igual para todos es suficiente a nuestros ojos para vernos como un solo culpable. Gobiernos de países apenas arribados a las orillas primeras de la prosperidad anteponen hoy ese crecimiento con sólo tener a quién apuntar como emisor anterior, como asesino con más experiencia y medios para infringir el daño. El tiempo invertido, la economía creada a partir de esa inversión componen así una más de las eternas razones incompartibles, como la geografía, el idioma o acento, los trajes regionales o el tipo de hortalizas. Creado con la idea de gravar con multas el exceso de emisiones contaminantes, éstas incluso dan nombre a un mercado en el que los países se compran y venden derechos de emisión. Que no por nada suena a ese derecho de raza, credo, sexo, casta, lengua o tierra con que la tierra se convierte en las facturas que lo explican desde siempre hasta nunca.
18 abril 2007
que tu veto derecho no lo vea
Tenemos todas las variedades de libre albedrío que merece la pena tener –dice Daniel Dennett- tenemos el poder de vetar nuestros impulsos y luego vetar nuestros vetos. –Dennis Overbye, en The New York Times, y así en El País, 7.2.
16 abril 2007
Espantapajaros, que no es poco...
Lo pusieron allí los mismos pájaros. Forzaron con su insistencia que palos, tela y cacharrería vieja se reunieran en una forma humana grotesca. Al principio lo respetaron por su figura imponente, y más tarde se acercaron a él hasta tomarle la medida, la materia, el alma de lata. A veces es un refugio para ellos, un espacio cómodo, un rincón donde ubicar sus nidos.
14 abril 2007
semana de la narracion, 1
Se sabe el número de muertos por el de espantapájaros: por cada uno debajo, uno encima. Lo contó mi padre y ahí está para cualquiera que lo busque. Camisa de pana del color de los gorriones, sombrero del mismo heno que todo él, la biblia descosida en una mano. Quienes vinieron a matarlo plantaron el espantapájaros encima, como una lápida de la que se esperara que además de impedir que el muerto salga, sirva para ahuyentar a quienes se acercan a sus restos. O quizá lo pensaron para poder clavarlos a la tierra después de que sus disparos les clavaran a la pistola. Algún día se pensó en llevarlos a un cementerio, votamos que no. Así los que mataron los siguen viendo, bajo las legumbres y hortalizas que se comen, venganza estéril pues éstos se alimentan de patatas cuadrúpedas y aunque los vivos no podemos, los muertos harían mejor en olvidar lo que les arruinó antes de tiempo. Tampoco está muy claro de quién es cada muerto, o más concretamente, qué espantapájaros guarda cada muerto, pues a veces se les fusilaba en racimos. Llamo mi padre al más cercano y está bien, asi presto mi muerto a la comunidad y tomo de ella la cuota de dolor y rabia que vive repartida, sembrada donde miras. Uno de aquellos pistoleros esta enterrado en un río, dentro de un coche. Lo sabemos los peces y yo, que lo vi. Dejé su cuerpo y enterré su muerte en otro sitio, removí la tierra fuera de un sembrado y planté un espantapájaros encima, es el primero en años y se sabe. Era viejo ya, como el resto de quienes mataron, tanto que quienes todavía andan por aquí no tienen forma de saber cuántos de ellos viven aún, y cuántos puedan ser matados por aquello. Les ofende el espantapájaros y alguno se ha de ir pronto, a morir fuera, a salvo de adelantos. El viento y el miedo se turnan así para venir a mover también a los vivos.
03 abril 2007
historia de otra escalera
Es más tentador el placer de pretender que dolorosa la consiguiente humillación. Al pretender se libera en nosotros la fuerza creadora de la imaginación y todos somos capaces, siempre que los pretendientes sepamos habituarnos a la vergüenza acumulada cuando nos pillan. Con independencia del talento que tengamos, aspiramos a un acto creativo emulando el valor que sólo les es dado a los genios, la valentía de descubrir cuánto podemos, a pesar de nuestras limitaciones, acercarnos a la luna. Abrazando la pretensión como herramienta y estratagema, dándonos cuenta de nuestra grandeza en vez de avergonzarnos de ella, quizá podamos sacar provecho literario y político de la distancia entre lo que nos gustaría alcanzar y lo que en efecto hemos conseguido. El éxito y el fracaso son ambos parte de la historia; el éxito celebra nuestra gloria, el fracaso marca con dignidad nuestra tragedia. Pero tanto en la gloria como en la tragedia, los pretendientes somos fabulosos. –escribe Tony Kushner en Sobre la pretensión, al respecto se imprime en el folleto que se entrega a la entrada de su adaptación de la obra de Corneille, La ilusión –estos días en La Abadía. Lo raro es que, en lo que respecta a su relación con la obra, la reflexión apunta a un personaje que la pasea como un gran pretendiente –en su acepción primera, pero también en una segunda que refiera ambición- que fracasa en ambas, pues su personalidad, su ser primero y básico, es una farsa, una “vergüenza acumulada tras otra”, ya desde antes de tratar de hacer de ella pretensión, y al que Corneille/Kurshner redimen, a la manera del Eurípides carpintero, haciendo de él una suerte de poeta utópico que , para poder salir del escenario cuanto antes, declara infierno la tierra y busca llegar a la luna, donde poder, al otro lado de la escalera, ser feliz. O quizá sólo, como también ocurre fuera de los teatros, distinguir los peldaños que van hacia arriba y los que hacia abajo.
31 marzo 2007
aviso
se ha escapado del zoo una especie en extinción. o advenimiento. dice llamarse elefanteblanco.blogspot.es
a descubrir. agradece visitas. caña.
localizadas sus huellas en muros del trabajo y ceniceros exteriores.
y su estela, en pasillos. va por libre
a descubrir. agradece visitas. caña.
localizadas sus huellas en muros del trabajo y ceniceros exteriores.
y su estela, en pasillos. va por libre
Una de cal, otra de cabra
1. Recuerda Eduardo Vasco, director del Centro Dramatico Nacional, cómo Guillén de Castro es el segundo de los vates valencianos embarcados en el bajel que fletara Cervantes en su Viaje al Parnaso –y que arribara al teatro Pavón hace bien poco. Deuda bien pagada en tanto que inspirado en un motivo cervantino, estos días el mismo escenario acoge, de Guillén de Castro, un espléndido El curioso impertinente: pañuelo de amistad y amor que, a fuerza de torcerlo, se hace horca. Y ese pañuelo es el de Otello: un hombre enamorado de ella –y ella de él- cede su amor al saber que su mejor amigo la quiere para él. Así traicionada, ella se enrosca en el amor nuevo que le es impuesto –por obligación casa con él- y tanto llega a creer amarle que le ama, entonces éste –que ignorara el regalo que se le hizo- acude a su amigo para pedirle, consumido en celos sin razón alguna, que ponga a prueba la fidelidad de la mujer que ama. El honor, los malentendidos, la venganza, la ceguera se tornarán entonces puerta, lecho, delación, finalmente espada. Una vez más, el pasado no está detrás, sino dentro. –escribe Yolanda Pallín, autora de la versión.
2. Cuéntamelo de forma que no me lo crea –dice uno de los personajes. Y es justo eso: no hay forma de creerse nada. Tal y como se ha elegido representarla, hay en La cabra, o ¿quién es Sylvia?, del desdichado Edward Albee, dos obras diferentes: una la que trata de narrar Jose María Pou, otra -más como vindicación de Lina Morgán- la que grita Mercé Aránega. Uno querría escribir que los esfuerzos de uno y otra se anulan, pero no, ojalá: el desdichado Pou poco puede –en realidad poco puede querer, pues suya es la adaptación y dirección del montaje. El despropósito se completa haciendo irrelevantes, invisibles, a los otros dos protagonistas –Alex García y Juanma Lara- que saben a la misma credibilidad en escena de la cabra. Dos citas de Albee pueden leerse en la página oficial en internet de la obra: “La obra habla de los límites de la tolerancia: de lo que nos permitimos hacer o pensar nosotros mismos. Es una obra que al principio parece una cosa pero que va abriendo un abismo a medida que profundizamos en ella. Y creo que conmocionará y molestará a cierto tipo de gente... Con suerte habrá gente que se levantará de su butaca, amenazará con los puños y lanzará cosas al escenario durante la representación. Eso espero" Cabe pensar que la obra que declama Pou –para entendernos, el drama- tiene ingredientes para lograr la primera parte de la cita, pero es la segunda –la que enarbola Aránega- la que se apropia de la última parte de ella, o al menos con la que más me identifico yo, si bien por motivos distintos a los que tratara Albee. Con no menos absurdo de por medio, en una sala cercana podían verse por entonces dos obras de Harold Pinter en las que la mezcla de “trío” –en ambas hay un tercero que no habla- y “sinsentido” producen congoja, temor, incredulidad. Y aún puede gozarse la versión de Andrés Lima del texto de Peter Weiss Marat, Sade para apreciar –y depreciar aquella- cómo el escándalo como objetivo escénico es compatible con hacer pensar, sufrir, temer, reír o desear. “Por fin he escrito la función que me va a expulsar del teatro americano."-se lee también de boca de Albee. Sentencia qué haciendo mala, hacen buena. Qué despropósito, qué aberración tan similar a la que estos días, en un teatro de Caracas, transforma la Rosa Tatuada de Tenesse Williams en telenovela pura y dura. Para quienes la advertencia llegue tarde: ojo a la última escena de la obra: la cabra eres tú.
2. Cuéntamelo de forma que no me lo crea –dice uno de los personajes. Y es justo eso: no hay forma de creerse nada. Tal y como se ha elegido representarla, hay en La cabra, o ¿quién es Sylvia?, del desdichado Edward Albee, dos obras diferentes: una la que trata de narrar Jose María Pou, otra -más como vindicación de Lina Morgán- la que grita Mercé Aránega. Uno querría escribir que los esfuerzos de uno y otra se anulan, pero no, ojalá: el desdichado Pou poco puede –en realidad poco puede querer, pues suya es la adaptación y dirección del montaje. El despropósito se completa haciendo irrelevantes, invisibles, a los otros dos protagonistas –Alex García y Juanma Lara- que saben a la misma credibilidad en escena de la cabra. Dos citas de Albee pueden leerse en la página oficial en internet de la obra: “La obra habla de los límites de la tolerancia: de lo que nos permitimos hacer o pensar nosotros mismos. Es una obra que al principio parece una cosa pero que va abriendo un abismo a medida que profundizamos en ella. Y creo que conmocionará y molestará a cierto tipo de gente... Con suerte habrá gente que se levantará de su butaca, amenazará con los puños y lanzará cosas al escenario durante la representación. Eso espero" Cabe pensar que la obra que declama Pou –para entendernos, el drama- tiene ingredientes para lograr la primera parte de la cita, pero es la segunda –la que enarbola Aránega- la que se apropia de la última parte de ella, o al menos con la que más me identifico yo, si bien por motivos distintos a los que tratara Albee. Con no menos absurdo de por medio, en una sala cercana podían verse por entonces dos obras de Harold Pinter en las que la mezcla de “trío” –en ambas hay un tercero que no habla- y “sinsentido” producen congoja, temor, incredulidad. Y aún puede gozarse la versión de Andrés Lima del texto de Peter Weiss Marat, Sade para apreciar –y depreciar aquella- cómo el escándalo como objetivo escénico es compatible con hacer pensar, sufrir, temer, reír o desear. “Por fin he escrito la función que me va a expulsar del teatro americano."-se lee también de boca de Albee. Sentencia qué haciendo mala, hacen buena. Qué despropósito, qué aberración tan similar a la que estos días, en un teatro de Caracas, transforma la Rosa Tatuada de Tenesse Williams en telenovela pura y dura. Para quienes la advertencia llegue tarde: ojo a la última escena de la obra: la cabra eres tú.
30 marzo 2007
12 segundos de claridad
y qué placer ver a jorge drexler una y otra vez entre tanta oscuridad y tanta música varada.
De la noche al día de los teatros
Para no perderse: Tony Kushner como adaptador del texto de Corneille en La Ilusión, y como autor en Homebody Kabul, en La Abadía y teatro Español respectivamente; Marat-Sade, de Peter Weiss, y con Animalario tras la versión y delante de los textos, en el María Guerrero; El curioso impertinente, de Guillén de Castro, en el Pavón; Amor de Perlimplín con Belisa en su jardín, de Lorca, por segunda vez en seis meses en Madrid, aquella en japonés, esta en español. En el Español. Por un pelo, la espléndida Un enemigo del pueblo, de Ibsen, hasta hace unos días en el Valle Inclán, hoy de gira: http://cdn.mcu.es/obrasgira.php?leng=es.
Para perderse –y no llegar nunca al teatro: La cabra o ¿quién es Sylvia?, de Edward Albee.
Para perderse –y no llegar nunca al teatro: La cabra o ¿quién es Sylvia?, de Edward Albee.
29 marzo 2007
paris, venus
Una misma noche alcanza para ver Venus, de Roger Mitchell, y Paris je t´aime, coral como el tema. Hechas de las mismas limitaciones e idénticos deseos, de las mismas comprensiones de uno y los demás, la idea posible de amor –nebulosa y despejada en turnos ni claros ni previsibles- pasea ambas –clásica una, hecha de la atracción a través del desencuentro, y múltiple la otra, como las formas de amar y aquello que puede ser amado. Ambas, cree uno, dicen a estas alturas más del amor que del cine que lo expresa, asi que éste es un texto sobre lo que uno ve mientras se mediomaravilla de ver a Peter O´toole en el primer caso, y se medioaburre considerablemente en la segunda.
1. Meramente amable, cálida como el disco –que suena entero- de Corinne Bailey, y con un aire al pasillo fugaz que emparentara a Bill Murray y Scarlett Johansson no hace mucho, emplea el teatro Venus como metáfora de las distintas fases del amor: él –O´toole- viene de ganarse la vida como actor y cierto telón se le aproxima ya cuando se cruza con ella –jodie whitaker- que camina la vida sin la mínima dosis de diálogos propios o de talento o disposición para obtenerlos, asi que su encuentro -que, como ocurre tantas veces, no es el del amor sino el del encuentro de dos amores bien distintos- es el de un hombre impotente para lo que no sea ya sino un amar medio actuado –el teatro es un hábil artefacto del guión en esto- y una cuasiadolescente que cruza la película como mera espectadora, sin la menor idea de su papel en la vida y en la de él. Te dejo olerme el cuello –le dice. Y de puro perdida, casi le está diciendo te dejo me digas contarme a qué huele mi cuello. Sin mucha más ambición, esta es una película a la gloria de una leyenda octogenaria, y hubiera compuesto Peter O´toole un espléndido profesor Henry Higgins en My Fair Lady cuarenta años atrás. Que lo haga cuarenta años después es un inmenso monumento al talento de los pocos, poquísimos de quienes no necesitan a Cukor para construir su grandeza.
2. El amor puntiagudo que apunta –o se defiende- en todas direcciones ya desde el cartel, pierde casi toda su capacidad de punzar una vez transcurrida esta Paris je t´aime que bombea irregularidad a lo largo de sus dieciocho cortos. Cuatro de los cuales le parecen a uno espléndidos, no por nada los que, en tres de los casos, narran el sentimiento como un don que quita tanto como otorga. Bastille, de Isabel Coixet, narra el amor forzado por un deber moral que, a fuerza de alimentarse de ese débito, crea un amor real, necesario hasta hacer de él uno capaz de devastar una vez desaparecido el objeto del mismo. Place des victoires, de Nobuhiro Suwa, carga en el rostro fugaz del gran William Defoe la narración de más aliento poético de todas, en la que a una mujer que añora a su hijo desaparecido le es revelado, en el momento de ver cumplido su deseo, la fuerza con que siempre se añora un amor igual de fuerte que el que se alcanza. Distrito 14, de Alexander Payne, muestra acaso el amor más complejo, el más insondable, el más necesario posible: el que, ausente ese otro que da su nombre al sustantivo, permite contemplar el mundo como un lugar que te devuelve continuamente parte del prodigio, de la alegría de saberse amado: saberse, sentirse vivo. Si entendido el amor como el resultado de caminar hacia su logro, ningún relato tiene la profunda, honda emoción del recorrido de la turista que vaga paris hasta pararse en el banco de un parque a sentir lo que ningún espectador diríamos, tras verla, puede sentirse en ese momento.
Dejo para el final el que abre la película -Montmarte, dirigido por Bruno Podalydès- pues anticipa algo que no existe después: el relato de un amor pedido y hallado con dos formas de voluntad tan alejadas entre sí –listable, posible, hecha del análisis una, e imposiblemente poética por desinformada la segunda-, que, a diferencia del resto de relatos, ni palabras necesitaría para ser tan incomprensible, tan escasamente creíble en su porqué como transparente en lo que les traspasa. Justo ahí, al principio de un diccionario como la letra previa a las palabras que empiezan por ella, late la explicación más honda del sentimiento al que está dedicada la película: la ausencia de previsión y probabilidad, que es a la vez la de su extraviada explicación, hallazgo, búsqueda.
1. Meramente amable, cálida como el disco –que suena entero- de Corinne Bailey, y con un aire al pasillo fugaz que emparentara a Bill Murray y Scarlett Johansson no hace mucho, emplea el teatro Venus como metáfora de las distintas fases del amor: él –O´toole- viene de ganarse la vida como actor y cierto telón se le aproxima ya cuando se cruza con ella –jodie whitaker- que camina la vida sin la mínima dosis de diálogos propios o de talento o disposición para obtenerlos, asi que su encuentro -que, como ocurre tantas veces, no es el del amor sino el del encuentro de dos amores bien distintos- es el de un hombre impotente para lo que no sea ya sino un amar medio actuado –el teatro es un hábil artefacto del guión en esto- y una cuasiadolescente que cruza la película como mera espectadora, sin la menor idea de su papel en la vida y en la de él. Te dejo olerme el cuello –le dice. Y de puro perdida, casi le está diciendo te dejo me digas contarme a qué huele mi cuello. Sin mucha más ambición, esta es una película a la gloria de una leyenda octogenaria, y hubiera compuesto Peter O´toole un espléndido profesor Henry Higgins en My Fair Lady cuarenta años atrás. Que lo haga cuarenta años después es un inmenso monumento al talento de los pocos, poquísimos de quienes no necesitan a Cukor para construir su grandeza.
2. El amor puntiagudo que apunta –o se defiende- en todas direcciones ya desde el cartel, pierde casi toda su capacidad de punzar una vez transcurrida esta Paris je t´aime que bombea irregularidad a lo largo de sus dieciocho cortos. Cuatro de los cuales le parecen a uno espléndidos, no por nada los que, en tres de los casos, narran el sentimiento como un don que quita tanto como otorga. Bastille, de Isabel Coixet, narra el amor forzado por un deber moral que, a fuerza de alimentarse de ese débito, crea un amor real, necesario hasta hacer de él uno capaz de devastar una vez desaparecido el objeto del mismo. Place des victoires, de Nobuhiro Suwa, carga en el rostro fugaz del gran William Defoe la narración de más aliento poético de todas, en la que a una mujer que añora a su hijo desaparecido le es revelado, en el momento de ver cumplido su deseo, la fuerza con que siempre se añora un amor igual de fuerte que el que se alcanza. Distrito 14, de Alexander Payne, muestra acaso el amor más complejo, el más insondable, el más necesario posible: el que, ausente ese otro que da su nombre al sustantivo, permite contemplar el mundo como un lugar que te devuelve continuamente parte del prodigio, de la alegría de saberse amado: saberse, sentirse vivo. Si entendido el amor como el resultado de caminar hacia su logro, ningún relato tiene la profunda, honda emoción del recorrido de la turista que vaga paris hasta pararse en el banco de un parque a sentir lo que ningún espectador diríamos, tras verla, puede sentirse en ese momento.
Dejo para el final el que abre la película -Montmarte, dirigido por Bruno Podalydès- pues anticipa algo que no existe después: el relato de un amor pedido y hallado con dos formas de voluntad tan alejadas entre sí –listable, posible, hecha del análisis una, e imposiblemente poética por desinformada la segunda-, que, a diferencia del resto de relatos, ni palabras necesitaría para ser tan incomprensible, tan escasamente creíble en su porqué como transparente en lo que les traspasa. Justo ahí, al principio de un diccionario como la letra previa a las palabras que empiezan por ella, late la explicación más honda del sentimiento al que está dedicada la película: la ausencia de previsión y probabilidad, que es a la vez la de su extraviada explicación, hallazgo, búsqueda.
28 marzo 2007
100 grs. de patria
En días en que no pocos ladran por aquí, sin mucho pudor, llamando a sustituir las voces por bozales, memoria de Francisco Ayala, nacido en 1906, a tiempo de ver cómo el siglo entero probaba que las banderas se hicieron para componer mortajas que hicieran a caronte el viaje más vistoso. Escribió en su Muertes de Perro la escena de un can que es entrenado por un infeliz para ladrar el himno nacional del país en que transcurre todo, y de cómo -capricho enfrentado a capricho- éste es ahorcado para desolación del desdichado que tratara con ello de amaestrar no sé qué forma de deuda de orgullo o patriotismo
27 marzo 2007
y si siempre pasase todo
Sería más fácil, más informado, si, trimestral o semestralmente, todo partido en la oposición hiciera público por adelantado, a la manera de un programa electoral en tiempos de paz, su versión de la realidad, esto es, las políticas a seguir en cada uno de los temas, minuciosamente descritas a fin de hacer notar después, cada vez que el gobierno de turno se equivoque en cada minuto de decisión tomada, cuán acertadas fueron sus propuestas a la vista de cómo se desarrolla el mundo en cuanto alguien que no es uno ejerce el poder para función alguna. Fuera así, por escrito y avisadamente, y el país se ahorraría diariamente la impresión de que, como ha de ocurrir –no hay otra explicación- con el esperma acumulado en el cerebro de sus socios de la curia, más que un excedente de preclariedad lo que se extrae en baldes cada mañana de sus sedes es, lisa y llanamente, heces que no les caben dentro y con las que no saben qué hacer y de las que culpan a quienes pasan por la calle, y para los que desean no sólo la mosca en la oreja sino dentro, como ellos, de la boca. Sin ir más lejos –ni un centímetro-, la iglesia católica exhibía en público el pasado viernes sus opiniones sobrantes en barreños rebosantes de deseos de abolición del aborto en todos sus supuestos, de malestar por la posibilidad de divorcio, la promulgación de una legislación acerca de la eutanasia, o la condena de la promiscuidad sexual promovida desde las instituciones. No escasos medios de comunicación ofrecen también medidas concretas y probadas de cuán ventajoso puede ser adelantar sus previsiones acerca de cualquier aspecto de la realidad relacionado con las formas en que el gobierno las acomete, pues ello evita tener que cambiar la portada y no pocos de sus contenidos, y sólo una incierta suerte, o ese extendido gusto por la ventriloquia, les evita el prodigio de que sus lectores u oyentes prescindan de encender el periódico o la radio para escuchar lo que ya saben desde hace semanas o años. Uno no ha tratado de leer sus propias heces, y quizá en ellas esté el oráculo más claro posible –algún cáncer se lee en éstas- y por eso extraña que, en lugar de recurrir a métodos de lectura más higiénica –el café, las manos, una baraja de poker- se escoja desayunar a gusto con las manos o los oídos inmersos en las primeras. Extraño bouquet que, pronunciado, desde las tripas, en ese español no vendido a las hordas, suena hoy a boicot.
Hay una escena en la soberbia Cartas desde Iwo Jima en que a un pobre soldado al que toca vaciar la bacinilla llena de las heces de sus compañeros –suicidas a la postre, por cierto, a la salud de dios sabe qué honor-, ha de asomarse para ello al exterior y en ese trance casi deja la vida al arriesgarse a no volver sin ella, como quien guardara como sagrada la opinión más profunda del grupo al que pertenece. La cordura, lejos, también en balde.
Hay una escena en la soberbia Cartas desde Iwo Jima en que a un pobre soldado al que toca vaciar la bacinilla llena de las heces de sus compañeros –suicidas a la postre, por cierto, a la salud de dios sabe qué honor-, ha de asomarse para ello al exterior y en ese trance casi deja la vida al arriesgarse a no volver sin ella, como quien guardara como sagrada la opinión más profunda del grupo al que pertenece. La cordura, lejos, también en balde.
26 marzo 2007
una, grande y mía
1. Leído en elpais.es, 18.3: “el presidente del bbva dedicó la mayor parte de su tiempo de respuesta a los accionistas a aclarar que su remuneración, que alcanza los casi 20 millones si se suma el salario, el bonus variable trienal y la aportación al plan de pensiones, "puede parecer alta", reconoció, y éticamente "discutible", aunque defendió que está en línea con las de otras grandes empresas, y se calcula "en función de los resultados, el trabajo y la creación de valor que pueden aportar". La petición de una paga extra para los trabajadores, solicitada por comisiones obreras (y concedida en el santander), no tuvo éxito "porque la remuneración de la plantilla no se hace a corto plazo", dijo el presidente. gonzález destacó "el compromiso de integridad exigible a todas las personas del grupo". Alabó el nuevo sistema de gobierno corporativo "que impulsa la integridad de toda la organización". También resaltó otra normativa interna, cumplimiento, que asegura que el bbva sea escrupuloso con la ley. "Nos diferenciamos por los principios éticos", apuntó el presidente.”
2. Leído en El Pais 19.3, la opinión del psiquiatra Christophe Dejours acerca de los tres suicidios ocurridos en un plazo de cuatro meses en un centro de ingeniería renault, donde los objetivos son producir 29 modelos en 2009 con el personal con el que, hasta hace poco, habrían hecho 10: “la revolución informática liga una persona a un ordenador. La evaluación individual pasa a ser posible y antes era colectiva. Eso separa a los asalariados y les lleva a competir entre ellos, destruyendo la noción de trabajar en equipo”.
3. El mismo día, abierto en canal el periódico, esto se lee a la derecha: “las empresas del ibex 35 dan trabajo a 1,15 millones de personas. En ellas, la facturación por empleado mejoró en 2006 un 5,44% respecto al pasado ejercicio. El beneficio por trabajador creció un 16,96%”.
Hecho del afán por hacer de la competitividad al tiempo la pirámide que permite observar el cielo y el cuchillo con que se maneja, la transformación de lo solo en lo vulnerable, lo mejor que los demás en aquello que apenas significa más solo que ellos. Imagínese un gráfico que lo cuente, uno en el que la línea de beneficios record, que año tras año cosechan las multinacionales, sea una más delgada según crece, a medida que el ascenso deja sin oxígeno a quienes la transportan hasta allí.
2. Leído en El Pais 19.3, la opinión del psiquiatra Christophe Dejours acerca de los tres suicidios ocurridos en un plazo de cuatro meses en un centro de ingeniería renault, donde los objetivos son producir 29 modelos en 2009 con el personal con el que, hasta hace poco, habrían hecho 10: “la revolución informática liga una persona a un ordenador. La evaluación individual pasa a ser posible y antes era colectiva. Eso separa a los asalariados y les lleva a competir entre ellos, destruyendo la noción de trabajar en equipo”.
3. El mismo día, abierto en canal el periódico, esto se lee a la derecha: “las empresas del ibex 35 dan trabajo a 1,15 millones de personas. En ellas, la facturación por empleado mejoró en 2006 un 5,44% respecto al pasado ejercicio. El beneficio por trabajador creció un 16,96%”.
Hecho del afán por hacer de la competitividad al tiempo la pirámide que permite observar el cielo y el cuchillo con que se maneja, la transformación de lo solo en lo vulnerable, lo mejor que los demás en aquello que apenas significa más solo que ellos. Imagínese un gráfico que lo cuente, uno en el que la línea de beneficios record, que año tras año cosechan las multinacionales, sea una más delgada según crece, a medida que el ascenso deja sin oxígeno a quienes la transportan hasta allí.
25 marzo 2007
cigarras
Sólo convergencia y unió parecería socio posible del pp si éste llegara a poder gobernar en coalición tras las próximas elecciones generales. Y en ese cesto se hallan probablemente todas sus manzanas, pues agusanar el resto del paisaje que te rodea sólo ha de lograr que nacionalistas vascos e izquierda unida se sientan más seguros –o sólo más cuerdos- próximos al psoe. Esa se diría la gran apuesta: o mayoría absoluta o más destierro. De tanto separar, la tierra a que aferrarse podría quedarles mañana tan lejos de las manos, como de las hemerotecas hoy.
24 marzo 2007
tender is the death
Se acabó Lubitsch, peor aún : se acabaron las películas de Lubitsch –cuentan dijo Hawks en el entierro de aquel. Muerto Altman, la losa cae también sobre una forma de hacer cine -o de deshacerlo si juzgado su gusto por ir a la contra- que, desde su adaptación de los relatos de Raymond Carver en 1993 –short cuts-, deja al menos otros dos engrasados mecanismos de relojes múltiples –Gosford park- y esta esplendorosa Prairie Home Companion. De una generosidad inusual hacia la historia y no, como habitual, hacia quienes la encarnan, las tres conforman una forma de cine horizontal, en el que la acción avanza a la vez en un hilo desglosado en el que ni una sola de sus hebras se quedara atrás o debajo, rara forma de metrónomo. Prairie Home Companion honra su visión de múltiples maneras, donde póstuma refiere vitalista, honda, poética. En ella hay ángeles exterminadores y profetas de lo inmobiliario que se suben al mismo coche al mismo tiempo; también un escenario que vigila un detective extraído de otra era, y al tiempo trozos de otra era –la radio en la Norteamérica de los 50- que ya sólo cabría encontrar en el mundo con la ayuda de un detective. En ese cine que resuelve prescindir de un actor que, a base de primeros planos, se convierte en la historia, suplantándola, asoman cuantos quepan en el plano. Precisamente la lucha, ausente, por ese plano es, como un reverso, la historia de la película: una acerca de la supervivencia de una forma de hacer radio –hablada, cantada, anunciable- que ya sólo en ese medio respiraba; acerca de una generación de hombres de radio e intérpretes de música folk que prestaban su voz, en el mismo minuto, a una canción, un anuncio, y a un discurso patriótico, de ser necesario. Sobre esa generación a punto de perderse gravita la postura de dandy, a lo gran gatsby, que borda el detective Kevin Kline tanto como el guión la sutil presencia del perdido Francis Scott Fitzgerald, que contempla, desde un palco, entre las sombras, tanto el ocaso de lo que fue como el más deseable de lo que viene a sucederle. No poca grandeza de ese amargo desvanecerse está en el inmenso Garrison Keillor –guionista, por lo demás, de lo que en la película no es sino su profesión real fuera de ella: hombre de radio-, por el que fluye el ir y venir de los demás como por su inalterabilidad el bien y el mal, el acto de empezar y la tragedia de terminar, tal si supiera que lo que le permite ser escuchado a miles de kilómetros es apenas una forma fugaz, al tiempo viva y muerta, inasible, inevitable, inmune como el ángel que se pasea por la película para dar y quitar como quien ordena un cancionero. Impertérrito como un rompehielos, Keillor carga sobre sí ese peso como si la estrella más luminosa empleara su brillo en mirar hacia otro lado, en procurar la visibilidad de los demás. No sin justicia poética, el último de los semiprotagonistas semicentrales de Altman honra así su cine como el postrer ejemplo de una narración más interesante, más honda, más arraigada en el mundo cuanto más poblado el escenario en que sucede. Se estrena hoy en Madrid.

