13 octubre 2011

como alcalde vuestro que soy


El mismo día que en El País se lee sobre la parálisis ordenada al recién abierto Centro cultural Niemeyer, en Avilés, el alcalde de Y., político no profesional electo casi milimétricamente desde las mismas fechas, cuenta la aleación de halagos y desprecio con que se le trata, cómo siente sus días tal un cronómetro que acumulará para algún día la suma a pagar de tanto malestar. Y si el primer caso suena a Ricardo III y su aspiración simultánea de dominación ciega e inmunidad a sus actos, el segundo trae ecos del conde de Gloucester, al que entre amor jurado llevan a la tumba.

12 octubre 2011

Mirar lo invisible


A la sombra de su comunicación mínima, un Festival de Otoño subsiste en Otoño en Madrid como un privilegio para fieles y una oportunidad para despistados que permite hallar entradas aún el mismo día de la función. Se llama “Una mirada al mundo”, transcurre estos días en el Valle Inclán y de momento ya ha regalado (pues regalo es que la mejor butaca cueste 10 euros) la trilogía de Tom Stoppard La costa de la Utopía en el imperial montaje de Alexei Borodin y el Teatro Académico de la Juventud de Moscú, y la tan delicada como estirada hasta el estupor +-0. Es un festival breve al que quedan la adaptación de El proceso, de Kafka, y Entre nosotros, todo va bien. Y que oculta, si cabe más escondida todavía, un ciclo doble de lecturas de autores polacos y mexicanos contemporáneos con el precedente de las estupendas lecturas de textos de Tom Stoppard, en 2009. Y que permiten vislumbrar esa salida de emergencia que siempre le quedará al teatro incluso si la más sencilla puesta en escena fuera imposible de financiar: la obra venida del libro y vuelta a él de nuevo, leída como si fueran los personajes los que te la cuentan, sentados a tu lado, en la misma silla que tú.

Raro ya de mañana


Lo cuenta ya el tráfico, inexistente a horas en que debería colapsar la calle, y lo reafirma el empleado de la piscina, que advierte que quedan aún dos horas para abrir. Rara vez sé que un día es festivo hasta que piso la calle rumbo a un lugar que no puede estar abierto. Y debo de ser uno de los pocos seres humanos que ha encontrado cerrada una tienda de ikea. Qué más cosas no se me cuentan.

10 octubre 2011

asi que esto es la luna



Algo se construye en esa distancia que va del bailarín del Tanztheater Wuppertal explicando cómo Pina Bausch decía “luna” y pedía que le mostrasen, en movimientos, qué era eso, al testimonio general de los bailarines que trabajaran para ella afirmando el silencio, la parquedad expresiva con que les dirigiera durante décadas. Algo que se parece al sentido no tanto entrando en el intérprete, como saliendo de él.

08 octubre 2011

Ojo con lo ilegal


Sales de Alboraya y como vas hasta las cejas de horchata, te parece que en el escaparate de la clínica anexa quizá no ponga lo que estás leyendo. Pero sí.

Las instrucciones


Paradójicamente, la superación de las formas en que fueron educados nuestros antepasados ha traído, en la reinvención de aquellas instrucciones claras y estrictas, unas tan complejas que, como ocurre con los cachivaches electrónicos, cuanto más extenso el manual necesario, más nos aventuramos a vivir sin aspirar a empezar a leerlo o avanzar en su comprensión integral. Las subposibilidades se reproducen como hojas nuevas de ese manual, abarcando todos los campos posibles: el afectivo, el sentimental, el laboral, el social, el económico, el político, el artístico… los manuales han dejado de servir, no se actualizan a la velocidad necesaria, o lo que no es menos frecuente: no pueden contener la verdad, no lo resistiríamos. No extrañamente, la tecnología y el artefacto vivo que somos comparten la instrucción básica: ambas están pensadas para funcionar sin lo que sabes.

07 octubre 2011

the inside job


Antes de que un hombre fundara Pixar, y antes de que Disney la adquiriera, una década después, la mezcla de futuro y pasado confluyó en la historia de un visionario que se quedaba a vivir dentro del entonces incipiente mundo de la informática doméstica. Quizá es ahí donde habría que buscar a Jobs a partir de ahora.

06 octubre 2011

the foot of life


Aunque solo sea porque improbablemente se fijará alguien en esa escena, inserta en el fluir asombroso, cósmico e inexplicable de The tree of life, la secuencia en que un dinosaurio plácidamente echado en el borde de un río, ve llegarse hasta él a otro, más grande, que pausadamente llega y le pone la pata encima de la cabeza, aprisionándole, sin saber qué hacer con él, sin saber qué hacer con su pata que oprime a su víctima acaso porque no sabe aún qué es su víctima, acaso porque no sabe aún que su tamaño es el de un carnívoro que debería comerse al herbívoro tranquilo. La pata que se retira y vuelve a tocarle, este vez suavemente, como una caricia, como algo a medio camino entre lo que siente y lo que intuye.

05 octubre 2011

Para qué me llaman


Uno siente una pena extraña por Manuel de Blas, actor de voz imponente y rostro griego, al que hace unos años robert wilson pusiera a destrozar La dama del mar, de Ibsen, en el mismo escenario en el que estos días Tomaz Pandur le pide que ayude a derruir La caída de los dioses, adaptación teatral de la película homónima de Visconti. Ambos –wilson, pandur- diseñan sus congeladores teatrales para alguien como Asier Etxeandía. Wilson no puede saberlo, pero sí Pandur, cuyo desastre actual tiene no poco que ver con éste sea desde Barroco, Hamlet y Medea, su primer montaje sin el vasco sustentando con su presencia felina la simulación. Cuando uno huye en el intermedio lo hace con la sensación de no haber visto un solo gesto vivo, creíble, nada que no sean maniquíes que lucieran en una pasarela su mejor hieratismo. El único consuelo sobreviene a la salida del Matadero, al advertir que la otra persona que se ha dado idéntica prisa en huir de aquello es Vargas Llosa.

Realidad/ menú


Entrantes: Para el cocinero del bar, North Carolina está en Marte, y ninguna hermana viviendo allí desde hace décadas compensa dejar las calles de Madrid y su bullicio para llegarse hasta allí y mirar qué sea aquello. Su opinión no desciende apenas a enjuiciar lo que pueda encontrase allí, lo que estima de lo que tiene aquí le basta hasta el fervor. Es un orgullo de propietario, de quien tanto valora lo que tiene que, por cálculo elemental, poco pueden valer otras opciones.
Primeros: La mujer que te extrae sangre cuenta un secreto, que acaso es el mismo a todos los que amenazan desmayarse en el proceso: cuando es a ella a la que sacan sangre para un análisis, se toma un cafecito antes, como matiz del ayuno prescrito.
Segundos: Has renunciado a hacerlo ya, pero aún de vez en cuando no te resignas, al coincidir con la señora del segundo y su hijo pequeño, a pedir amablemente que separe los tipos de basura que produce, que deje de arrojar los cartones al cubo amarillo, y todo lo demás, al primero que halle. Otros días el ruego pide que empiece a cerrar las puertas del edificio cada vez que sale o entra. Otras, a pedir que deje de arrojar decenas de colillas diariamente por la ventana, que alfombran la rampa del garaje. Y cada vez que pides algo te escucha con atención, con auténtica preocupación por atenderte que es solo eso: esforzarse por hacerte saber que estás ahí, delante de ella. Asiente, confirma. Nada de lo que digas quedará en su mente, como si la mejor forma de garantizarse que alguien hable con ella sea mantener vivos temas tan apasionantes.
Postres: Tras dos años sin verse, el Congreso de Oftalmología les reúne de nuevo, renuevan su aventura. Días después, ella le envía una carta en la que dice estar dispuesta a todo por estar con él: divorciarse, cambiar de ciudad. En la carta hay más palabras que minutos han estado juntos en esos cuatro años.

04 octubre 2011

el día que salvas


Hubo un tiempo en que uno no solo dormía bien sino que sabía que iba a dormir bien. Hoy he perdido ese don, y quizá se debe a que, probablemente como cualquiera que haya cumplido los cuarenta, creo saber porqué no puedo dormir cómo querría. Renunciar a lo que sabes de día es un problema a la hora de cerrar los ojos, como también lo es aquello que le leí a un cantante famoso y noctámbulo, hace ya años: cuesta mucho renunciar a la necesidad de que de noche pasen cosas. Asi que casi se entiende como venganza el que, no teniendo control sobre lo que uno, al soñar, quiere o rechaza, operemos sobre la parte que sí controlamos: las horas de sueño. Por eso se lee con pavor el dilema que cuenta El País 2.10, cuando, en los días que pasara en el campo de Drancy en 1940 falsificando cartillas de racionamiento, es decir, borrando las huellas que delataban la condición judía, Adolfo Kaminsky fabricaba en una hora 30 documentos no judíos en el lugar del que partían los camiones rumbo a los campos nazis de exterminio. Si dormía una hora, morían 30 niños.

02 octubre 2011

¿es a mí?


Dos paradojas asoman al exponerse a la trilogía imperial de Tom Stoppard sobre la segunda mitad del siglo XX en Rusia, y en el exilio británico y francés: la primera es que, contando la gestación y vuelo alternamente elevado y alicaído de las ideas revolucionarias que germinarían en el comunismo, se narra en paralelo con los azares sentimentales de todos ellos –Herzen, Bakunin, Turgueniev…- que en plácidos y bienhumorados triángulos amorosos comulgan en carne propia el hermanamiento que tras vestirse de nuevo vierten al pasquín. La segunda tiene que ver con la gravedad extraña con que el magnífico reparto ruso sale a saludar al patio de butacas puesto en pie, como un oficinista que no entendiera el entusiasmo ajeno por su labor. Donde la paradoja está en que un texto sobre la gestación de la revolución del proletariado… obligue a sus intérpretes a trabajar durante las diez horas seguidas que exige representar la trilogía completa el sábado tras haberla contado, en trozos respectivos de tres horas, desde el miércoles. Y en cuyos rostros hieráticos acaso se cuenta también el ambiguo encuentro de arte y estricta funcionalidad que Stoppard ubicó en medio de su tercera parte:

Doctor: ¿Pushkin? ¡no le sirve a a nadie para nada! Olvídelo, un buen fontanero vale por veinte poetas… para libro útil, me quedo con No más hemorroides, de Mackenzie.

Turgueniev: … si alguna vez tiene hemorroides, ahí va un consejo: me di cuenta de que leyendo al doctor Mackenzie, no hacía más que pensar en las mías, mientras que, leyendo a Pushkin, me olvidaba de ellas por completo.

enmedio

En una de las calles del barrio de las letras, estos días, hay un hombre en el escaparate de una sastrería, un hombre que semeja un maniquí que semeja un hombre. No tiene relación aparente con el hombre que, horas después, se agita durante un concierto de Nacho Mastretta como si más fuera la propia música que quien asiste a ella, no el espectador sino el instrumento. Con el sol nuevo llega un partido de rugby en el Liceo Francés, al que sigue el tercer tiempo –el que se juega en el bar, juntos los que hasta hace nada se han estado arrancando la cabeza. Tampoco tiene relación con que uno lo deseche para poder llegar a tiempo a la tercera parte de la trilogía de Tom Stoppard La costa de Utopía, hasta ayer en el Valle Inclán. Asi que ha de ser solo que la realidad a veces te usa de pegamento.

01 octubre 2011

ser yugoeslavos


Hubo un tiempo, veinticinco años atrás, en que los brazos que hoy se elevan se bajaban ante la superioridad evidente, imperial, de Yugoeslavia. Tanto y tan hondo excavó ese filón que, aún escindido el país en cuatro a partir de la década de los noventa, tres de esos países –Croacia, Serbia, más recientemente Eslovenia- aún fueron capaces de repartirse con Estados Unidos, Rusia. Lituania y Argentina el dominio del baloncesto mundial hasta hace nada. En ese tiempo, el baloncesto mundial se ha convertido en su balón: Lituania y Argentina dan vueltas en el aire, sin saber qué lado tocará; Estados Unidos ha visto palidecer su dominio tradicional y en esos giros incluso ha sido nosotros: aspirante durante un lustro a medalla de bronce; Rusia se evaporó en un modelo incapaz de vivir con el peso de su historia; y España se ha transformado… en Yugoeslavia. Imponente, diseñada para arrasar a quien se ponga por delante, imperial por momentos, es un prodigio y un regalo del que nos bajaremos algún día. Pero habrá durado una década. Yugoeslavia y Rusia no recuperarán lo que era suyo, sino nuestro.

18 septiembre 2011

colores del negro

La historia de las retransmisiones de partidos de baloncesto norteamericano en nuestro país también es la de la milagrosa reencarnación de sus comentaristas de color –el que habla cuando el narrador le deja. Vicente Salaner y Antoni Daimiel sostienen entre ambos la mejor y más solvente explicación de ese deporte que nuestra televisión haya dado. Y si el tercero necesario para llenar los últimos 30 años –Esteban Gómez- no está a esa altura no poco ha de tener que ver con que su compañero de retransmisión –ramón trecet- fuera durante interminables años, amén de un comunicador violento y afiebrado, un absoluto maleducado junto al que más ganas debían de dar de callar que de hablar. Aunque no al servicio de la nba, la continuidad de inteligencia y empatía al servicio de la explicación tiene en Juan Manuel López Iturriaga su tercer hito, aunque también, desde la muerte de Andrés Montes, afronte algo que Salaner (con Pedro Barthe) y Daimiel (con el propio Montes) no sufrieron: por un lado, la mutación frecuente de su deporte en la misma mercancía de saldo que forma la programación mayoritaria de la cadena privada que le paga. Por otra, no menos insufrible, la tracción hacia terrenos chuscos de desplante, visceralidad y cripticismo que en la primera fase de competición ha supuesto tener que compartirla con aquel trecet, en mala e incomprensible hora redivivo. Cenaba hace unos meses Salaner en la mesa de al lado y al saludarle, nos invitó a probar un vino por él elaborado y bien rico que supo. Dado que la televisión es lo que quienes la ven sustentan, junto a las gracias, daban ganas de pedirle perdón.

17 septiembre 2011

Más tiempo por metro cuadrado


A la vuelta de un viaje prolongado hay cosas que súbitamente importan menos: los papeles que se han amontonado en el estudio como tiempo pasado que pudiera erguirse de nuevo y caminar han sobrevivido durante diez años a su propia parálisis. Y lo que no lograra una década de pisar en los escasos huecos que dejara esa alfombra lo ha logrado llevar apenas tres días aquí. Ahora hay más suelo y menos deudas. Con suerte, gradualmente, si uno se aleja lo suficiente, lo que te estuviera esperando ya no lo hace de la misma manera, y es todo lo que necesitas para lograr ese prodigio tan escaso: que lo que pensáramos necesitar lo necesitemos menos. Y su sombra, claro: que lo que no tuviste tiempo de necesitar, aparezca.
Si te descuidas, el tiempo es la expectativa que de él tenemos, y su uso, primordial, estrictamente, su aprovechamiento. Te morirás, luego mejor haces hoy cuanto puedas, lees cuanto puedas, guardas lo que pudiera servirte para escribir algo, algún día, cuando el resto de prioridades amontonadas cada día lo permitan. Nuestro tiempo es demasiado breve para no ser tan valioso, para no vivir obsesionados con su rentabilidad. ¿Pero y si todo fuera como nosotros? ¿y si el miedo a no haber vivido todo cuanto pudimos fuera el del mundo?. Es todo tan nuevo. Diez años bastan para hacer irreconocible el mundo en que uno pasó años en que ahora no se reconoce. Ignoramos la vida de la antigüedad mientras, acelerada su combustión, convertimos los años precedentes en vasijas idénticas.
De llegar a los ochenta años, uno habrá vivido una centésima parte de la historia de la civilización humana, una vigésimo quinta parte de la llamada historia moderna que ubica una esquina en el año de nacimiento de Jesucristo. Una gran parte de la historia del devenir humano habrá sucedido ante nuestros ojos, justo delante de nuestros miedos a no haber vivido a la velocidad del mundo. Quitas los periódicos del suelo y los días decisivos se amontonan aunque te pases el día sentado en un sofá mirando la pared. Incluso sin escribir una sola línea, la escritura de lo humano nos atraviesa y su explicación cambia, se renueva a cada instante. El mundo que explican los periódicos que uno guardara ya no existe, y paradójicamente, con ello existes más, ganas así tiempo y visibilidad para apreciarlo. Las vetas de la madera aparecida también son las del presente.

no habla de lo mismo, pero... era la idea:
http://enmientropia.blogspot.com/2011/09/el-peso-del-pensamiento.html

12 septiembre 2011

Encuentre las diez diferencias


La natural asunción publica de que uno es el mismo cada día, o se le parece mucho, es más ambigua, más temerosa a la hora de reconocer que, por la misma razón, lo que uno hace el sábado se ha de parecer bastante a lo que es capaz de hacer el martes. Para hablar de la misma canción no hace falta necesariamente un cantante, y si James Taylor proporciona el ejemplo, más hondamente también es admirable dado que la vida a la que sobrevivió el sábado no pocas veces estaba perdida el martes. Así, la entrevista en El País 29.7.09 en que declara que “en realidad solo debe haber escrito 15 canciones, pero revisitadas una y otra vez con sus correspondientes variaciones. Donde las que no son terapéuticas pueden ser encajadas en alguno de sus otros apartados: canción política, celebración rockera, folk a la manera tradicional, ritmos brasileños y afrocubanos, diferentes formulaciones del amor y su vertiente blues”. E incluso al ser advertido por el periodista de que así ni siquiera salen quince temas, Taylor tiene la cintura de añadir que no hay que olvidar las que ha escrito imitando a sus grandes ídolos –Cooder, Belafonte, Dylan, Beatles, Joni Mitchell, Carole King, Veloso…). Uno, que es aún más pobre, tiene solo un par de razones para llevar escuchándole desde hace una década larga.

11 septiembre 2011

para la falta de luz


Acaso a la misma altura a la que volaran los aviones que se estrellarían contra las torres gemelas minutos después, mi amigo Enrico pudo verlos pasar desde la ventanilla de su avión, en dirección contraria. Y viceversa: quizá alguno de los pasajeros de aquellos aviones advirtió lo injusto de que algo tan frágil e idéntico como dos aviones en vuelo sufrieran, a la vez, rabiosamente tan distintos destinos. Enrico, como el resto de pasajeros, no supo hasta aterrizar en Madrid que el suyo fue uno de los últimos aviones que pudo despegar de Nueva York ese día. En su maleta vino un regalo para mí –una chaqueta cortavientos para correr en invierno- que hasta hoy sigo usando. Es, una década después, una de las pocas cosas que no se ha deteriorado visiblemente desde entonces, por la que no entra más frío que en 2001.

11 julio 2011

siete semanas y media

http://siunofuera.blogspot.com/

10 julio 2011

La bruma es el género


Cumplidos cincuenta años largos desde que Vincente Minelli dirigiera Brigadoon, su historia ha acabado por convertirse en la imagen nítida del género: un mundo que duerme un sueño de décadas del que despierta por unas pocas horas para, desplegada su ingenuidad colorista e infantil, inserta en un mundo en el que ya no cabe, volver a su letargo, hasta dentro de diez, veinte, treinta años. Si en la película un neoyorkino contemporáneo acaba en una aldea escocesa de finales de 1700, preservada por un trato con dios para despertar un día cada 100 años de hibernación, el sueño del musical como formato es hoy el de unos modos que, estrenados hoy, producirían sonrojo. El arrobo de sus protagonistas, la postalización del amor, la amistad, la fe y sus opuestos respectivos son generalmente un dibujo tan lineal y bienentencionado que convierte a Walt Disney en filosofía. Su encanto ha devenido en encantamiento: solo renunciando a verlo con ojos actuales, su cursilería indómita sobrevive a la risa y el estupor estético. Ver Brigadoon hoy, como asomarse a parte del cine de Stanley Donen, Howard Hawks o el propio Minelli, exige el mismo pacto que permite a Gene Kelly asomarse a ese mundo inexplicable: es solo bruma, prodigio de un mundo que ya no existe, al que uno se incorpora como en otro sueño: no el de su preservación milagrosa, sino el no menos asombroso de que alguna vez existiera, de que fuera, apenas hace cincuenta años, fervorosamente soñado por millones de personas a la vez.