Como colofón a uno de los mejores ciclos
musicales que oferta Madrid, recala en la sala de cámara Hesperión XXI, con
Jordi Savall al frente, semanas después de haberlo hecho en la sala sinfónica. Acompañados
de músicos armenios, el programa de músicas de ese país de los siglos XVIII al
XX extrae sonidos hondos y dolorosos, que tanto podrían ser, como bien preludia
Savall, los del genocidio armenio a manos turcas en los primeros años del XX, como
las músicas imposibles que el campo de exterminio nazi de Theresienstadt, en
Checoslovaquia, alentó en el afán de simular un campo vacacional. Alice Herz-Sommer,
pianista que sobrevivió, aún logró estirar su vida hasta los 110 años, la longitud
de una sinfonía asombrosa a partir de lo que fuera condenado a ser apenas un acorde.
El magisterio de Savall regresará en octubre con el reverso de estos cantos
dolientes: la música del imperio otomano en diálogo con las tradiciones
armenias, griegas y sefardíes. Para quienes no puedan estar ese día en el Auditorio,
queda el documental Refuge in music, de Dorothee
Binding y Benedict Mirow sobre las músicas de Theresienstadt.
22 mayo 2015
19 mayo 2015
15 mayo 2015
lo que sabe a rayos
Escrita por Julio Verne en 1882, El rayo verde simboliza
lo mejor y lo peor de su literatura: el avance, previsible cuando no sabido de
antemano, de la acción y, al mismo tiempo, la atención ganada pese a ello. Planteado
nada más empezar la novela como el objetivo de una joven, contemplar el último
rayo del sol al desaparecer en el horizonte marino conlleva, típicamente
verniano, el hecho físico y su añadido heroico, en este caso poético:
contemplarlo permite una visión clara de los propios sentimientos y de los
demás. Contado simultáneamente como su búsqueda y su irrelevancia –la
protagonista sabe desde decenas de páginas previas a quién ama y a quién no
soporta-, el rayo verde es, en la novela, lo que se busca cuando no se
necesita: los enamorados –ella y su amado- acaban buscando en sus ojos mutuos
lo que el rayo no necesita ya decirles.
Tan fugaz, y arduo de ver, como Verne fabulara, ese rayo
verde iba a quedarse suspendido en ese punto del horizonte 43 años: hasta que
Scott Fitzgerald lo ubicó al otro lado de la bahía en que Jay Gatsby tiene su
casa, desde cuyo muelle mira cada noche el mismo rayo verde que proviene de un
faro situado en la casa de la mujer que ama, casada desde hace años con otro
hombre. Como la propia moraleja de la novela –que la perdición espera en el
momento en que no sabes que estás ganando-, lo que Gatsby parece ver es solo la
parte del recorrido del haz de luz que no llega hasta él: la negrura, la parte
oculta del haz (que vendría a ser la vida de casada de la mujer que ama y le
ama) es la que le atormenta y acaba causando su destrucción.
Eric Rohmer llevaba ya cinco años en el mundo cuando El
gran Gatsby fue publicada en 1925. Cuando en 1986 rodó El rayo verde, concilió
ambas historias, la de Verne y la de Fitzgerald. En la peripecia de una mujer
joven y atractiva cuya soledad, angustiosa e inmune a las posibilidades
imperfectas que salen al paso, la aísla en un pozo de tristeza e impotencia,
puntuada desde fuera por su encuentro con personas con la que nada tiene que
ver, pese a lo normales que son éstos entre sí, y vernianamente, por un grupo
de ancianos felices entre los que algunos dicen haber visto el rayo verde
varias veces. Y cuyo improbable rayo de sol vivificador acaba viniendo del más
inesperable de los lugares: mientras lee a Dostoievski en una triste sala de
espera de una estación de autobuses. Justo antes de intentar ver el último rayo
de sol en el mar, observa una tienda de juguetes playeros –pueriles, malos,
baratos como las relaciones que ignora porque no son lo que siente necesitar-
que lleva justo ese nombre: el rayo verde. Ganado finalmente sin que sus héroes
dejen de parecer algo tan improbable como perfectamente posible.
Y sin embargo Verne, que no escribió una sola historia de
amor ni por aproximación desgarrada o imposible, está más cerca de Fitzgerald
que de Rohmer. Pues la agonía de la protagonista de éste es contemporánea -la
soledad en medio del marasmo del bullicio- mientras que la de Gatsby, cosida de
romanticismo suicida, es hija del siglo que vivió Verne. Rohmer debió haber leído
El gran Gatsby y esa es la novela que la protagonista de su película debía
estar leyendo mientras esperaba un autobús que sabe que raramente pasa.
10 mayo 2015
ensayos tras la función
Como en los documentales de Claude Lanzmann sobre el
holocausto judío a manos de los nazis, la obra doble de Joshua Oppenheimer
sobre el genocidio indonesio en la década de los sesenta –The act of killing
(2012) y The look of silence (2015)- se nutre de testimonios grabados décadas
después. Ese doble rasgo que le une a Lanzmann explica también la distancia que
les separa, y que se mide en tiempo: en el que tardó Lanzmann en editar y exhibir
sus siete documentales. Rodado durante once años, las nueve horas que dura Shoa
contienen también un viaje más sutil por el reloj: finalizada en 1984, cuarenta
años después de que el último de los campos de exterminio nazis hubieran
cerrado, no muchos de quienes aparecen en ella, para denunciar o para ser denunciados,
vivían para entonces. Y ese es el más temprano de sus documentales sobre el tema.
El siguiente tardó diez años más en ser terminado. Siete años después, había
dos más. Pero el siguiente tardó otra década en existir. El último data de
2013.
Los desdichados que aparecen en The look of silence han
de envidiar tanto los plazos compasivos de Lanzmann para con sus víctimas, como
agradecer que los documentales en los que se juegan la vida delante de la cámara
de Oppenheimer se proyecten hoy, en vida de muchos de quienes, genocidas
comprobados y confesos, siguen ocupando puestos de poder en Indonesia. Los títulos
de créditos al final de la película, llenos de anónimos cuya participación pone
en peligro sus vidas y las de sus familiares, amplia la lista de espectros en
manos de asesinos sin pizca de arrepentimiento y sí de orgullo o pueril coraje
de matón, y la proyecta hacia The act of killing, donde los genocidas, al recrear
sus crímenes como si de escenas cinematográficas se tratara, cuentan que los
asesinados por cientos de miles eran, a sus ojos, solo extras con sangre
intercambiable. En The look of silence, uno de los jefes de un comando
sanguinario dice haber mantenido la cordura solo gracias a que bebiera la
sangre de aquellos que mataba. Y ni por un momento uno duda de que esa forma de
cordura gobierna aún el país. Y de que la obra de Oppenheimer tantas posibilidades
tiene de servir de prueba ante un tribunal internacional, como de ser visto,
por los asesinos que salen en ella, como el guión de una secuela probable de lo
que ocurriera hace ahora cincuenta años.
06 mayo 2015
salir del muro y mirar
Se cumple un año del montaje El triángulo azul, que el Centro
Dramático Nacional programó en la
sala Valle Inclán, y la foto en movimiento que supuso ver encarnar a los
prisioneros españoles en Mauthausen va volviendo a la inmovilidad de las fotos
reales que Francisco Boix tomara para el servicio de documentación nazi. Documentado
por Montse Armengou y Ricard Belis en su libro El convoy de los 927, la
peripecia de la liberación de Mauthausen hace ahora 70 años es, en no poca
medida, la de la liberación previa de las fotografías que Boix lograra sacar
del campo cuando las órdenes de destrucción de pruebas llegaron al laboratorio
en que trabajaba. Boix y el resto de mensajeros que lograron transportar los
fajos de negativos se jugaron la vida que ya apenas tenían porque el precio a
pagar merecía la pena, pero nada se hubiera logrado sin alguien que, fuera del
campo, no tomase la misma decisión sin tener, como ellos, tan poco que perder. Anna
Pointner ocultó en un segmento del muro de su jardín los 20.000 negativos que
Boix, entre otros, lograron salvar. Quizá uno de los muros que podían verse
desde el interior del campo, como islas en medio del verde de las praderas y
los bosques, y que los prisioneros que acarreaban piedras en la parte superior
de las edificaciones del campo podían ver sin esfuerzo, al menos físico. En algunos
de los negativos salvados acaso se veía la misma casa en que iban a quedar a
salvo.
Obligados por las tropas norteamericanas, ciudadanos de las
poblaciones cercanas al campo de exterminio fueron forzados a ver los últimos cadáveres,
casi esqueletos, amontonados, a confrontar un silencio con otro, una
inmovilidad biológica con otra moral. Entre ellos quizá estaba Anna Pointner,
muda como el resto, tan incapaz de gritar a sus compatriotas que todos lo sabían,
como de decir a los oficiales norteamericanos que ella sí lo sabía. Como
ocurriera con las directivas nazis que ordenaron documentar el horror que ellos
mismos producían, la colaboración ciudadana con los perseguidos por el régimen llevaba
en sí el mismo demonio: la capacidad de saber una cosa y actuar como si no. Cuando
Pointner aceptó guardar los negativos a riesgo de su vida, nadie sino Boix, que
pasaba horas diarias duplicando esos mismos negativos y haciendo copias en
papel de lo que, por otro lado, se le pedía fuera destruído, debía comprender esa
dualidad que en Alemania no pocos debían ocultar tras un muro para no sentirse
tan indefensos como los que morían en los campos. Boix salió de Mathausen para
morir seis años después. Es cruel escribir que los negativos, esos negativos
llenos de cadáveres, sobreviven a vivos y muertos.
05 mayo 2015
Verne. Apunte
Entre la constante de un profeta –aventurar lo que rara vez verá- y su anhelo más profundo –vivir para ver lo que imagina- no ha de ser infrecuente que las huellas de lo segundo pasen inadvertidas entre la maraña de lo primero. En 1884 nadie podía decirle a Julio Verne, porque nadie podía saberlo aún, que a él se le habían concedido ambas cosas. Acreditado que en uno de sus viajes en barco visitó Inglaterra en 1881, quizá tras arreglar su yate en Vigo tres años después, Verne recaló de nuevo en Inglaterra, y tal vez entonces, de viajar hacia el interior, recaló en Birmingham a tiempo de ver nacer a Cecil Burford Berners Lee, quien llegado el día sería padre de Conway Berners-Lee en 1921, como éste de Tim Berners-Lee en 1955, quien acabaría desarrollando las ideas fundacionales que articulan la web. En tan solo un siglo, el abuelo de éste último vivió para leer a Verne en vida del escritor. De no haber muerto tan joven a los 47 años, una sola vida habría bastado para vivir en el mismo planeta que un fabulador de viajes extraordinarios, y también para ver nacer a la persona que iba a permitirlos todos sin moverse del sillón.
02 mayo 2015
rosa entre legañas
El verso de Samuel Coleridge –y si una mañana la rosa con que soñé amanece en mi mano- sugiere un asombro no tan distinto al que contiene su opuesto –y si la rosa con que no sueñas amanece cada mañana ahí, al alcance de tu mano- e inferior en importancia, pues en el segundo la rosa no te necesita, que es mejor. Uno pasa cada día delante de este rosal para salir a correr, y cada día uno se da la vuelta en la puerta, a la ida y a la vuelta, para ir a oler una de sus rosas. Por si fuera ella la que viniera de soñar conmigo.
30 abril 2015
del ancho de vía
Parte
no escasa del alivio que aporta ir al psicólogo tiene que ver seguramente con el
hecho de que el interés de alguien por escuchar contar tu vida no incluye,
desde el lado del oyente, la devolución constante de una opinión personal
basada en lo que se comparte y lo que no. Y de alguna forma eso permite un
relato autónomo, con más tiempo y espacio para buscar una coherencia que acaso
sí posee y no vemos porque la vida sucede simultánea y contradictoriamente, y
no menos en el pasado que en el futuro. Las notas que nota el oyente tienen
algo de crítica literaria.
Incluso
si en los primeros momentos, sobre todo si uno no ha estado antes en el psicólogo,
acaso son dos lectores los que hay en la habitación: uno leyéndose a sí mismo,
el otro, invitado a la lectura. El interés del éste es, esos primeros días,
absoluto y al tiempo minucioso. No solo busca escuchar los hechos, sino lo que
opinas de ellos, cómo te sientes respecto a ellos, un logro que llega es
sentirse preguntado por lo qué harías si no fueras tú.
La
idea de que no hay mejor novela que una vida adecuadamente explicada tiene, en
la vida real, el inconveniente de darse en forma de relatos breves, entrecortados
para dar voz a otras voces. Lo que aspira a una forma novelada clásica, que
incluye la omnisciencia, se expresa en nuestro contacto diario como teatro,
donde la acción, y el control de la misma, está siempre en manos de varios autores.
La
narración de una vida no excluye esas voces, pero, al ordenarlas, les da un sentido
más concreto, hace confluir los múltiples senderos en uno más ancho, en el que los
acontecimientos simulan un orden, una jerarquía. Solo que eso, incluso lógica,
es una ficción en sí misma, y crea otra ficción al construirse para un
desconocido: la de que estructurar las razones más profundas de lo que haces, o
no haces, basta para seguir haciéndolas o no, para sentirse justificado.
Si
eso se parece a protegerse es porque el surtido de anhelos que nos conforma
nunca se gestiona mejor que observado como una línea de actos consecutivos, en
el que dar un paso hacia delante impide ver el que dejas detrás, o
retrocederlo. Y eso es lo menos literario que hay. Asi que lo que ha de suceder
es que uno va al psicólogo a tratar de ser un personaje, con deberes medidos, fijados por alguien que, incluso teniendo nuestros rasgos, es un autor
al que pedir responsabilidades sin llegar a compartirlas del todo. Y uno, quizá
como cualquiera, prefiere la vida del personaje. Porque es la única que puedo
permitirme no entender mientras la vivo como si me la impusieran. Hamlet acaso
solo experimenta paz cuando puede echarle la culpa al espectro que le dice qué
hacer y a quién.
no suponen lecciones futuras
La misma semana en que Francisco González advierte del regreso a los viejos hábitos del crédito arriesgado, a lomos del programa de impresión masiva de dinero del BCE, el presidente de la patronal bancaria dice que la banca tardará 10 años en duplicar la rentabilidad. Fiados a un objetivo deseable del 10% anual, se pondera como “ni alcanzable ni deseable” el volver a los beneficios de la década 1998-2008, con rentabilidades frecuentes del 20% anual. El objetivo es, pues, la mitad de la productividad de aquella que llevó al desastre. Que suena a la mitad de posibilidades de repetirlo. Obvio que fueron los programas perversos de incentivos los que alentaron a las sucursales bancarias a vender lo que fuera a quien fuera, se muestra el alcance real de la lección: permitirse estafar apenas a uno de cada dos clientes. En esos diez años previstos, la deuda pública difícilmente duplicará el 100% actual, y ni falta que hace, pues con aumentar en un 0% las ayudas públicas a cajas y bancos con delitos probados, seguirá siendo negocio inflar una entidad financiera y dejarla explotar llegado el día.
29 abril 2015
el veneno del consuelo
Recala
el Globe londinense en Madrid como parte de la gira que lleva su montaje magnífico
de Hamlet por todo el mundo –todo es justo eso, los 205 países- durante dos
años, y El País recoge esto de su director, Dominic Dromgoole: “Hamlet es una obra cambiante que obtiene
respuestas muy distintas en distintos lugares. Retadora allí, inspiradora allá,
como consuelo en otro sitio”. “Consuelo” y “Hamlet” son, en una misma frase,
lo que la cabeza y el resto del cuerpo de Rosencratz una vez desembarcados del
barco que les trae de Dinamarca: una idea sin vasos sanguíneos que la unan a la
otra idea.
No
abundan las obras de Shakespeare en las que el consuelo juega un papel –esto es,
obtenido y no solo necesitado-, y más fácilmente es hallarlo, por su propia naturaleza,
en comedias –pienso en El sueño de una noche de verano-, y aun más fácilmente
en aquellas en la que su ausencia es tanta como el deseo de hallarlo -Coriolano,
El mercader de Venecia, Otelo, El rey Lear.
Aún
sin que eso les convierta en inocentes, el dolor de Coriolano, de Shylock, de
Otelo, de Lear no tiene consuelo posible, como tampoco el de las víctimas de
Ricardo III o de Macbeth. Con toda su vastedad, Hamlet es el reino del
desconsuelo: no lo tiene Ofelia, que muere enloquecida; el rey Hamlet, sin paz
una vez muerto; Polonio, que lo hace en el lugar de otro; Laertes, que pierde
incluso cuando gana; el rey Claudio, que ni un segundo goza de su reino robado;
Gertrudis, a la que asedian los fantasmas de los vivos y los muertos; por
supuesto el príncipe Hamlet, que aúna los secretos de todos e incluso el de los
muertos (además de hablar con el espectro de su padre, lo hace con el cráneo de
su antiguo bufón).
Y
sin embargo Dromgoole tiene razón, en la medida en que la tiene este montaje. Ágil,
cuidadoso, hondo, divertido y creativo, sin un minuto concedido a lo que
sabemos de la obra, o lo que creemos saber de su personaje principal, el consuelo
inmediato, que se inhala nada más sentado a la butaca, es el de no ver como
obligatorias las visiones rutinarias, sabidas, que junto a un personaje
centenario entregan la visión prevista, o más fácilmente reconocible, y que purgan
en Shakespeare lo mismo que en Lope, Moliere o Lorca: la obra contada a partir
del hecho probado de que nos sabemos el final. Consuelo de que el barco que
expulsa a Hamlet al final del acto tercero no llega nunca a Inglaterra y sigue
viaje hasta hoy, en la flotilla en la que viajan también el holandés errante, el
capitán Achab, el Nautilus, Ulises o la Hispaniola.
28 abril 2015
Tribulaciones del cómplice
Escrita medio siglo después de Las tribulaciones del joven Werther (1774) y medio siglo antes de Hedda Gabler (1890), El asesinato como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, añade a ambas lo que tanto Goethe como Ibsen iban a escribir del suicidio como uno de los bellos acuerdos: la necesidad de un cómplice.
Si Goethe matizó el suyo a principios de su vida, Ibsen esperó al final, y quizá en ello, bifurcó ese sentimiento en dos obras –Hedda Gabler y Solness el constructor. Escrito a los 24 años (Goethe) o a los 62 (Ibsen), ambos sabían de qué hablaban: si el primero ni siquiera modificó en su novela el nombre de la mujer de la que se enamorara un par de años antes, el segundo volcó en Solness la desazón, que él mismo experimentaba, de un anciano cerca ya del momento en que su fama debiera dejar paso a otros, y el malestar ante la relación de Kaia Fosli y Ragnar Brovik era, en la vida real, la de su hijo, prometido con la hija de su mayor competidor por la preeminencia literaria noruega. Respecto a Hedda Gabler, el mismo Ibsen, que se inspiraba, casi literalmente, en personas y peripecias reales, dejaría dicho “haber caminado junto a Hedda Gabler bajo los soportales de Munich”.
En
su definición del suicidio como el arte de buscar cómplices, Ibsen ubicó en Hedda
Gabler y Solness el constructor el relato desde los dos lados –en la primera,
desde la mente del cómplice; en la segunda desde la de la víctima. Más
sútilmente, en ambos casos creó suicidas que conviven con sus asesinos en
igualdad de condiciones, o al menos, de información: Si Gabler es manipuladora y
un espectro de sí mismo, construído a medida, su víctima –Eilert Lovborg- ansía
tanto la autodestrucción como que sea otro el responsable. Si Solness acepta
que el hallazgo de la alegría conlleve su sacrificio, la joven Hilde Wangel es
el ángel exterminador que aquel ha estado esperando.
Detrás
de la convicción de cada una de las víctimas –un último estertor que ponga fin
a su delirio respectivo- late el mismo anhelo de plenitud como pulsión extrema,
definitiva, en las manos de sus cómplices e instigadoras. Gabler anima a
Lovborg a matarse en nombre de la belleza, de un último gesto de superioridad
moral sobre el mundo que incluye cómo y dónde dispararse. Wangel dice oír arpas
en el aire mientras Solness cae desde lo alto de la torre a la que le ha
impelido a subirse.
El
nexo más hondo entre ambas obras es también el que late en su relación con el
Werther de Goethe: más allá de la fragilidad y el desvarío propio, el asesino
real es el amor hondo y doliente, el que sobrevive a los obstáculos que lo
vuelven imposible, solo para despeñarse desde más arriba, desde un lugar más
bello y más mortal. Goethe hizo que la propia Charlotte llevase a Werther las
pistolas con las que se mata. Ibsen calcó el método en Hedda Gabler, y
prácticamente en Solness: el tejado de la torre a la que éste se sube es
también, acaso sobre todo, el del castillo en el aire que viene de jurarle
construir a su amor imposible, la joven Wangel.
Se
turnan la rueda de la contradicción: el movimiento que dejan de tener las vidas
por fuera –Solness envejecido, Gabler casada con un pusilánime- se queda a
agitar por dentro a sus protagonistas: “Me
he cansado de bailar” –dice Gabler cuando su antiguo amante, Lovborg, le
pregunta cómo ha podido casarse con alguien como Jorge Tesman. Pero acto
seguido miente la posesión del manuscrito perdido por aquel, como si bailar
sobre la verdad que podría salvarle la vida fuera aquello para lo que nació.
La
juventud a la que explícitamente teme Solness, y que le convierte en mezquino, es
el perfume en que viene envuelta su condena, en forma de adolescente, a la que
acepta solo porque a ésta no le preocupa el desvarío del constructor, solo el
suyo. La Charlotte de Goethe, que teme el destino fatal de Werther, solo lo
hace tras besarle y sellar así su destino.
De
no haber escrito Ibsen antes a Gabler que a Solness, acaso la superviviente de
éste –la joven Wangel- habría crecido para convertirse en Hedda Wangel, no hija
del general Gabler, sino segregada a partir del constructor, lista para cargar
esa otra arma que es admitir su amor por Lovborg, y que disparará contra sí
misma al final de la obra, matándose. No ocurrió porque en Ibsen no hay niños
que sobrevivan a su madre, ni en Solness ni en Gabler, embarazada al
suicidarse. Tampoco en la Nora de Casa de muñecas, que abandona a los suyos
como quien saca la basura. O en Espectros, donde el incesto inadvertido carga
contra los padres, separando a los hijos. Ese otro cómplice, la propia
paternidad, es el primero que se rechaza.
19 abril 2015
evangelio según estamos
Se
loa justamente el papel del papa Bergoglio en diversos casos históricamente perdidos,
súbitamente encontrados, y la pregunta acerca de la capacidad de presión de una
multinacional más, aunque ésta lo sea de la moral, es menos relevante que la
que plantea escuchar la voz de quien, representando a un dios, es inesperadamente
coherente con lo que de aquel se dice querer o esperar. Uno no imagina al presidente
de un país negociando con el papa como si hablara con dios, asi que lo que ha
de ocurrir es simplemente el encuentro de un hombre con otro, simbolizando
ambos el apoyo de millones de fieles. Así, que el mediático Wojtyla o el acorralado
Raztinger no hicieran en lustros lo que éste Bergoglio en un año habla de esa
cualidad de la iglesia católica recogida en el nuevo testamento: la capacidad
de usar el agua del bautismo para lavarse las manos, puesto que, de acuerdo los
poderes con el pueblo, quién querría crucificar a Barrabás si se puede someter
a referéndum, aunque se sepa sobornado.
18 abril 2015
entre el miedo y el bostezo
Los
tres niños de entre 7 y 10 años ubicados en la segunda fila del patio de
butacas del Auditorio Nacional el 10 de abril asombrosamente aguantan sin
chistar las músicas de Bernard Herrmann para Hitchcock, la directamente tétrica
de Wojcieck Kilar para el Drácula de Coppola, o el adagio tristísimo de James
Horner para Aliens. Y quizá lo hacen mirando de reojo, sin entender a qué les han traído, el programa de mano en el
que, bajo el epígrafe “Monstruos y villanos” nombra la aproximación de este año
de la Orquesta Nacional a la música de cine. Clásicamente, los susurros que
discretamente acompañan la presencia infantil en un concierto hecho de material
adulto, se transforman en “bravos” cuando los últimos temas resultan ser algunos
de los compuestos por John Williams para La guerra de las galaxias.
La
apuesta del INAEM por convocar a públicos más jóvenes a un espacio habitualmente
ocupado por músicas del XVIII, XIX y XX pasa, desde hace algunos años, por emplear
las músicas compuestas para cine –y este año, los videojuegos- como cebo con
que iniciar en sonidos que, llegado el tiempo, podrían incluir a Mozart, Bach o
Shostakovich. De las apuestas de este año –una proyección de La comunidad del anillo
con música en directo, y el programa de videojuegos- el programa del día 10 es el
peor hilvanado, y no necesariamente por culpa del INAEM. Loable como sea llevar
a tres niños a un concierto de música sinfónica, es peculiar hacerlo a partir
de la lectura del programa que sus padres pudieron consultar en la web. Aunque
solo sea porque el INAEM oferta programas para niños, de menor duración y más
claro enfoque pedagógico.
Como
el propio niño, la música de cine no está obligada a sonar bien, a ser autónoma
en una sala de conciertos, despojada de las imágenes para las que creada. Y lo
que un adulto extrae de su memoria para completar el nexo es un imposible para
un niño de esa edad, que, de los temas de las doce películas escuchadas, apenas
habrá visto La sextalogía galáctica. Uno habría dado una oreja por escuchar lo
que los niños de detrás decían a sus padres mientras sonaba la Cantata de las
nubes de tormenta, que Arthur Benjamin compusiera en 1934 para la primera versión
de El hombre que sabía demasiado.
17 abril 2015
16 abril 2015
afanes del justiciero
Para quienes guardan el dominical y lo leen a lo largo de
la semana, el reportaje principal de El País, que hace cuatro días recogía el
mito esforzado de la abogacía de alto nivel y su inmersión en la macroeconomía,
ve añadir hoy en el mismo periódico un epílogo que es más interesante como
prólogo: Emilio Cuatrecasas, que presta su apellido a uno de los mayores
bufetes de Europa, ha aceptado una condena de dos años de cárcel por fraude a
Hacienda que incluye el pago conjunto (regularización y multa) de 5.5 millones
de euros. La noticia añade que, especializado el bufete en asesoramiento
tributario, el imputado “goza de todo el
apoyo de los socios”. Traído del Libro del éxodo, en el que se cuenta la
actitud del pueblo liberado mientras Moisés recibe las tablas de la ley, ese
don del que representa las garantías y pruebas de la ley: la disposición perfecta
para defraudarlas.
12 abril 2015
cosas que hacer antes de morir, o mientras mueres
Ver a Silvia Pérez Cruz, anoche en la sala de cámara del Auditorio Nacional. O esperar a que el ciclo Fronteras, que este año ha traído a Ute Lemper o Anne Sophie Von Otter, vuelva a invitarla.
Four means zero
Guardado en las tripas de miles de ordenadores de los
servicios secretos de cualquier país, la separación de poderes ocupa simultáneamente
las carpetas más pobladas y la papelera. Convertido en software libre que
cualquier gobierno rediseña para encajar en él la maniobra que necesite, por
ilegal o criminal que sea, el principio de Montesquieu es una de las víctimas
colaterales del terrorismo y el capitalismo contemporáneo. Los intersticios entre
los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, ocupados por la vulneración de
derechos elementales –la apropiación de privacidad o la negación de derechos
laborales son solo formas del mismo explosivo- recortan desde hace años la capacidad
de los individuos de mantenerse tan alejados del estado como éste de tantos de
ellos.
Por eso probablemente entre capturar, vivo o no, a un terrorista o a Edward Snowden, el gobierno estadounidense acaso priorizaría a éste último, porque la onda expansiva de sus revelaciones es infinitamente mayor que cualquier bomba, llega a más sitios, compromete una mayor parte de la actividad política de su país hoy día. La llamada a un patriotismo burdo es el pegamento último que unifica los tres poderes hasta convertirlos en un engrudo impenetrable y opaco, y en ello el documental de Laura Poitras es tan revelador, porque muestra en Snowden al eslabón más avanzado del patriotismo: el ciudadano. Para quien en ese país no se sienta especialmente afectado por la mentira obvia, es decir, por el delito contra las leyes de Estados Unidos que representan las declaraciones de altos cargos del ejército estadounidense faltando a la verdad en el Congreso o delante de un tribunal, queda la individualidad extrema –pregonada hasta el despropósito por el partido republicano- que supone en ese país el más elemental de los derechos: la libertad del ciudadano ante el estado. Las revelaciones de Snowden son una enmienda al poder desatado, y paranoico, de un gobierno que escoge comportarse con la misma falta de escrúpulos que una multinacional, y eso acaba contando la verdad última de los derechos del hombre hoy.
Por eso probablemente entre capturar, vivo o no, a un terrorista o a Edward Snowden, el gobierno estadounidense acaso priorizaría a éste último, porque la onda expansiva de sus revelaciones es infinitamente mayor que cualquier bomba, llega a más sitios, compromete una mayor parte de la actividad política de su país hoy día. La llamada a un patriotismo burdo es el pegamento último que unifica los tres poderes hasta convertirlos en un engrudo impenetrable y opaco, y en ello el documental de Laura Poitras es tan revelador, porque muestra en Snowden al eslabón más avanzado del patriotismo: el ciudadano. Para quien en ese país no se sienta especialmente afectado por la mentira obvia, es decir, por el delito contra las leyes de Estados Unidos que representan las declaraciones de altos cargos del ejército estadounidense faltando a la verdad en el Congreso o delante de un tribunal, queda la individualidad extrema –pregonada hasta el despropósito por el partido republicano- que supone en ese país el más elemental de los derechos: la libertad del ciudadano ante el estado. Las revelaciones de Snowden son una enmienda al poder desatado, y paranoico, de un gobierno que escoge comportarse con la misma falta de escrúpulos que una multinacional, y eso acaba contando la verdad última de los derechos del hombre hoy.
La Agencia de Seguridad Nacional estadounidense, como
muchas otras, invade la privacidad de sus ciudadanos accediendo a datos sobre su
vida privada que exceden del todo cualquier filtro posible relacionado con la
seguridad de un país. Y es porque, como demuestra la colaboración de empresas
de telefonía en ello, un ciudadano se transforma en poco más que un consumidor
nada más votar. No es la exposición patética de la mengua de derechos de un
ciudadano norteamericano lo que tiene a Snowden exiliado en Rusia, sino la
radiografía del consumidor de política visto a través de drones, ordenadores y
directivas presidenciales anticonstitucionales. Las cosas no tienen derechos
por las que poder luchar. Orwell lo escribió en un tiempo en que, como con
Snowden, todo lo que podía hacer el sistema es tacharle de comunista. O por qué
creen que vive en Rusia.
11 abril 2015
pieza suelta busca plano
Cuatro años desde que J.C. Chandor contara en Margin Call
la importancia de las estructuras globales que esperan en la sombra, intactas,
perfectamente enhebradas, su oportunidad de deflagrar, El año más violento narra
la realidad opuesta, aunque su apariencia sea la misma: el paso implacable de
lo que no confabula contra ti, lo que simplemente se da por acumulación de
sedimentos –precariedad, chantaje, discreción, márgenes ajenos de maniobra. Sospechado
el robo sistémico de gasóleo a un empresario como una maniobra de sus
competidores, la película acaba contando que son las pequeñas cosas operando a
su antojo las que simulan un orden o iniciativa que no existe, que no hace
planes contra ti. La desprotección resultante es tan real como la que cuenta
Margin Call, y más aún, pues si algo cuenta la parábola de David el hebreo es la
necesidad de que el adversario tenga el tamaño que tus armas necesitan.
09 abril 2015
National proud
Entras en una sala, te sientas, hay diez personas
escasas. Y entonces cada uno de los cuadros colgados en la pared se transforma
cada tanto en otro, las personas también, y entre las nuevas hay restauradores,
comisarios, responsables de marketing, de finanzas, el propio director del
museo. Una de las mejores razones para entender lo que aún aporta entrar en un
cine es entender lo que imposiblemente puede aportarte entrar en un museo como
la National Gallery. Incluso las tres horas de duración del documental de
Frederick Wiseman, estos días en cines, parece honrar la experiencia real de
caminar un museo de esas dimensiones.
Y también el poder adherido a sus muros: en tres
ocasiones asoma la noción del arte como depositario, o vector transmisor, del poder,
y en cada una de ellas es para acabar hablando de independencia, de cierta
dignidad no ligada al retrato que se espera de ti. La más literal es cuando el
director de la institución recuerda cómo Enrique VIII, recién separado de su
tercera mujer, Jane Seymour, envía a Hans Holbein a Dinamarca a retratar a Cristina
de Dinamarca en 1838 para averiguar si podría sentirse suficientemente atraído por
ella, cómo en ello Holbein escoge la posición frontal, y más descriptiva, para
el retrato, y cómo finalmente ella, tras dejarse retratar, rechaza el
ofrecimiento matrimonial del que, por entonces, era el hombre más poderoso del
mundo.
En la segunda, una de las guías recuerda a un grupo de
adolescentes la necesidad de tener siempre presente el papel del dinero procedente
de la venta de esclavos en la fundación del Museo, el papel lamentable jugado
por el país de todos ellos en la magnificencia que les rodea en ese instante. La
tercera, cuando, en una reunión interna de varios departamentos, el director defiende
en solitario el derecho de la National Gallery de preguntarse, y negar, la fama
llegada de cualquier lado, sea el maratón de Londrés o una fundación con fines
benéficos. Como sucede en un paseo real por cualquier museo, las razones por
las que detenerse ante cualquier obra son tan variadas como las propias obras. En
un mundo en el que la dignidad y la independencia ocupan el lugar de los
bocetos dejados tras el trazo último de los actos, pagar una entrada de cine
es, a veces, además de una invitación al gozo, un sutil acto de protesta.
05 abril 2015
pirámide vacacional
Al volver de un viaje todo me importa menos, especialmente el todo que hay repartido en casa: papeles que guardo para leer cuando pueda o libros que compré cuyo tema espera aún su tiempo por venir, objetos que significaron algo, ropa que no uso, metros de casa en que no entro. También se tienen los días que se pasan fuera, asi que no es lo que tienes contra lo que vives. Y más probablemente ha de ser esa otra ficción: lo que necesitas contra lo que guardas para cuando te haga falta. Pero bastan unos días inmerso entre esos papeles que ahora miro como a invitados extraños para que, a la inversa, sean los días alejados los que se antojen desconocidos. No hay empate porque en la montaña uno no puede permitirse decir “me sobra casi todo lo que llevo”. Si los egipcios de la antigüedad lo hubieran entendido correctamente, las pirámides estarían construidas justo al revés.
25 marzo 2015
cuatro años infinitos
Nada envejece como el futuro previsto, tanto si ese futuro es alcanzado y dejado atrás hasta hacerlo igual de irreconocible que si no hubiera existido, como si directamente el futuro planificado acaba por no suceder siquiera. Pasan los años desde que fuera estrenada Blade Runner, los replicantes siguen atormentados por la brevedad de sus vidas, pero su peripecia atraviesa las décadas sin envejecer un ápice, como si la inmortalidad agradeciera la paradoja. A cuatro años de que el presente alcance el futuro que plantea la película, y sin más pistas, la anunciada secuela honrará al menos al replicante con suerte que es Ridley Scott.
22 marzo 2015
a solas
Dos son las bazas con las que Negociador se sienta a la mesa: el intento de crear empatía a nivel personal por parte del delegado
gubernamental, y lo escaso de una narración que, desde el cine, haya aportado
al proceso de paz, como a la transición, alguna pista de qué se perdió en el
camino y si se puedo ganar mientras se perdía.
También
es el retrato de la soledad humana, del desamparo relativo sea cual sea tu
papel: desde el ministro de interior al negociador, desde los asesinos enviados
a pactar una declaración, a la propia traductora, todos parecen estar perdiendo
algo a solas mientras se sientan a averiguar si ganan algo en común. El
destilado humorístico es de rejilla fina, aunque sea finalmente el trazo grueso
y no la ironía lo que la concentra. Y se agradece, porque va a favor de la
historia posible y no de la probable. Poca ironía imagina uno en esos años de
extorsión y matanza amparada en la complicidad de los propios gobiernos vascos
del pnv. Qué si no humor negro es leer la defensa de la identidad vasca en boca
de arzalluz o Ibarretxe en esos años en que eta se resguardaba en ella para
hacer el trabajo sucio a ese nacionalismo de Pilatos que alfombra la historia
democrática en esa comunidad autónoma.
Y con
todo, las tres situaciones cómicas que se permite el guión siguen pareciendo algo
raras dado el tono general de la historia, en el que estremece recordar, tras
el rostro de Carlos Areces, el del sanguinario Thierry el día de su detención. De
las tres, solo una es ficción desaforada, puro gag –cuando éste último es
confundido con un escolta. Pero son los dos restantes los que concentran la
verosimilitud de toda conducta humana, sea cual sea tu trabajo o nacionalidad: la
prostituta que acaban compartiendo las dos partes de la negociación; y sobre todo,
para escarnio verosímil de la parte etarra, cuando la frase más solemne con que
parece pactarse la declaración conjunta, resulta una línea escuchada la noche
antes en televisión, inserta en una mala película de las que olvidas nada más verla.
Que el cuerpo ideológico de un asesino, y de sus encubridores legales, salga de
la mezcla de una noche de insomnio y materiales de desecho es pura realidad inserta
en corteza de ficción. Humanizar hasta el extremo al negociador gubernamental –desaliñado,
torpe, despistado- es la pátina de verdad que acaba volcando el patetismo general
en un envoltorio de relato documental.
21 marzo 2015
Wells. Apunte.
Encajado entre el siglo de las luces y el del
horror, el siglo XIX británico honró ese tránsito de la razón al crimen, y lo
hizo dos veces: una al principio del siglo, otra al final. En el verano de 1816
Lord Byron, Mary Shelley y John Polidori alumbraron la historia de dos de las
formas mitológicas del romanticismo literario: el monstruo hecho de trozos
muertos y el ser inmortal que vive de beber sangre. En ambas, la creación de
vida o su perpetuación a través de la muerte lleva aparejada la maldición de sus
dos estados –la medio vida, la media muerte. Esa maldición iba a reencarnarse
de 1886 a 1895 en tres novelas en las que la vida se enhebra en la muerte con
hilo podrido.
Si en el encuentro de 1816, Byron, Shelley y
Polidori partieron de la lectura común de una antología alemana de historias de
fantasmas, apenas unos meses de diferencia privaron a Robert Louis Stevenson,
Oscar Wilde y H.G. Wells de imitar incluso ese principio. Pero aunque Stevenson
murió a pocos días de 1895 –año en que Wells publicó, íntegra, La máquina del
tiempo- sí vivió para haber podido leer El retrato de Dorian Grey, publicado en
1890. Wilde pudo leer a Wells hasta 1900, y éste, a todos los demás.
Lo que Frankenstein y Drácula iniciaron,
fundida en una sola existencia lo vivo y lo muerto, fue volcado por Stevenson,
Wilde y Wells siguiendo la pauta contraria: los monstruos de la razón que
amparaba el fin del siglo XIX exhibían el bien por un lado y el mal por otro,
de forma que cada una de las partes del todo impedía la otra (Stevenson), cargaba
el mal sobre ella (Wilde) o tenía como razón de ser matarla y nutrirse con ella
(Wells).
20 marzo 2015
turismo
En El hombre invisible, de H.G. Wells, éste se lamenta de los problemas que le causa su condición y proyecta huir a España, donde, al contrario de los mil peligros que conlleva ello en Inglaterra, “se puede ser invisible y vivir sin riesgos”.
19 marzo 2015
18 marzo 2015
para instrumentos de túnel
Benjamin Britten, que escapó de la Primera guerra mundial naciendo un año antes, y de la Segunda instalándose en Estados Unidos meses antes de que estallara, ubicó su Requiem de guerra en tierra de nadie, entre tensiones no menos reconocibles: sus textos, igual que quienes lucharon en ambas guerras, vienen de dos tiempos muy distintos –un texto centenario en latín, y nueve poemas escritos por Wilfred Owen en la I guerra-; como si honrando las tan distintas formas de morir que una guerra permite, los primeros son acompañados de una gran orquesta, los segundos, de una orquesta de cámara; reproduciendo los testimonios posibles que han dejado los Diarios escritos en ambas guerras, un coro de hombres y otro de niños se alternan los pasajes.
El mismo Requiem, estrenado en la nueva catedral de Coventry en 1958, se escuchó por primera vez en dos catedrales a la vez: la recién terminada, y la antigua, justo al lado, devastada por las bombas alemanas en 1940 y preservada así. Y tres cantantes representando a las partes en conflicto (alemán, ruso, británico) fueron convocados al estreno. Sin que Britten intervenga en ello, la que se ha podido escuchar en el Teatro Real hace unos días es también la segunda lectura del Requiem que se escucha en Madrid en los últimos seis meses, y la más conmovedora ya desde el momento en que, a diferencia de la primera, los textos pueden ser seguidos mientras son cantados.
Escrito por Owen como una premonición –iba a
morir días antes de que finalizara la guerra-, su poema Strange Meeting, que
cierra el Requiem, es tan turbador en su idea como sobrecogedor inserto en un
Requiem: un soldado narra su descenso por un túnel (la Primera guerra se
eternizó en ellos) y su encuentro con muchos hombres que parecen dormidos. Uno
de ellos le habla, dice ser el soldado enemigo que mató el día antes. El
primero está también muerto. La reconciliación imposible sobre la tierra llega
bajo ella, en ese sueño idéntico y multitudinario.
Owen llevaba dos décadas muerto cuando otro
soldado británico, Vernon Bain, alistado para luchar en la Segunda guerra, desertó
de ese túnel para vivir durante los años posteriores el sueño de persecución y
oprobio que Charles Glass cuenta en su libro Desertores. Poeta como Owen, dejó
versos hechos para describir un túnel o para salir de él –“El lugar que vemos/ Es como imaginamos que sería/ Solo que su
mobiliario es un poco menos/ Espectacular, más tedioso, y confesamos/ Nuestro
desencanto, un sentimiento/ Como de pérdida, como de engaño.”
17 marzo 2015
hijos de la Magnolia
Si hay algo que no necesita la distancia
entre minimizar un daño y aprovecharlo para ganar algo en el proceso, es un
mapa. Porque ambos puntos podrían, de tan cercanos, llegar a superponerse. La
energía oscura que vertebra Maps of the stars es la historia clásica de un
agujero negro que se traga a quienes pasa cerca. O lo que es lo mismo, la concentración
en un mismo punto de los elementos más dispares –la vanidad y el amor; la empatía
y el rencor; el ego y la autodestrucción- pero también de las que, siendo idénticas,
necesitan esa atracción fatal para darse –en un terreno más nebuloso, el de los
fantasmas; en uno más terrenal, el de la relación entre hermanos planteada como
la cola y la cabeza de la misma serpiente.
Entre esos dos puntos tan cercanos que son
casi la misma mancha, cabe esa otra marca en un mapa: la Magnolia (1999) de
Paul Thomas Anderson. Pero no en el mismo plano, sino bajo él, como un molde que
tanto sirve para espejar la influencia de la autoayuda en el ego contemporáneo
(el personaje de Tom Cruise allí, el de John Cusack aquí); como para contar en
ambas la decadencia como profecía de un sistema entero; o más cerca la nariz del
plano, la interferencia obligada de las partes más frágiles del puzzle (el
personaje de Seymour Hoffman en aquella, el de Wasikowska en ésta última) en el
destino de los más fuertes.
Casi tres décadas después de esa forma de
incesto que es la mezcla genética de mosca y hombre, Cronenberg honra de nuevo
los traumas de la equivocación genética, y sus pecados, que antes de Anderson
volcara Robert Altman a partir de relatos de Raymond Carver, y más
cercanamente, González Iñárritu en Babel. Que la Julianne Moore de Magnolia se
reencarne aquí en una actriz cuya alma es una flor podrida, recuerda a una rana
más cayendo del cielo, sobre Hollywood o no, en busca del beso que no llega,
del mapa que existe para que jamás llegues.
06 marzo 2015
arte de la ventriloquia
Entre los donantes perfectamente voluntarios
del partido popular durante décadas, estaba, entre una pléyade de
constructores, el dueño de Mercadona (al que se supone acuerdos muy exigentes para con
sus proveedores) y José Luis Moreno –cuenta Luis Bárcenas en boca de Pedro
Casablanc, a partir de las transcripciones de las declaraciones de aquel al juez
Ruz. “Ninguna de las donaciones era a
cambio de algo” –dice también, tras escuchar que el dueño de Mercadona donó
260.000 euros, y el ventriloquo, millones de pesetas. Contado sencilla,
transparentemente, como una hora del interrogatorio que tuviera lugar, es una
experiencia educativa sobre la encarnación de la irrealidad, incluso si publicada
a diario en los periódicos, en normalidad política. La reivindicación del papel
estrictamente contable que Bárcenas se adjudica deviene en libro de estilo de
la financiación de los partidos políticos, donde a esa normalidad que es donar
millones al partido en cuyas manos está decidir sobre adjudicación de contratos
públicos, se suma el pagar complementos salariales en dinero negro al
presidente y demás altos cargos del partido. Prestada la financiación del
dinero inmobiliario al símil con las paredes falsas y los pasillos ocultos a la
vista, Mercadona y Moreno añaden su metáfora respectiva –el de la política como
la marca blanca explícita de intereses corruptos; y el del guiñol político como
un ejercicio de mala ventriloquia, en la que a nadie parece importarle cuán se
nota el truco. Más metáforas: la web de abc no recoge dato alguno sobre una posible reseña de
la obra, la de la razón directamente entra en bucle y se bloquea.
05 marzo 2015
04 marzo 2015
Looking for Birdman
Apenas seis años después de encarnar por tercera vez al
cabeza de familia de una saga mafiosa en El padrino, Al Pacino abordó en su
documental Looking for Richard el combate entre el ingente esfuerzo que supone
para quienes suben a un escenario una obra de Shakespeare hoy día, y el desdén
o la ignorancia general de quienes se espera que asistan a ello. Valiente ya
desde el tema elegido, ágil y ameno, no poco vanidoso por momentos, más
autocomplaciente de lo que sus materiales daban de sí, y nutrido de actores de
primerísimo nivel –él mismo, Kevin Spacey, Penélope Allen entre otros- acaba
contando esa distancia clásica entre ofrecer y sentarte a esperar la demanda, y
no lo que habría dado más enjundia al tema –por qué intérpretes que nadan en
prestigio y dinero se esfuerzan en combatir la indiferencia cultural con un
arma de filo tan inactual al público moderno como sea Ricardo III. No por obvia
la respuesta –del público de cine se espera su dinero, y del que acude al teatro,
su inteligencia- la apuesta personal de un actor de éxito mundial por el teatro
del XVI permite, a ojos del público al que debe su fortuna, una pregunta mejor,
más honda sobre los porqués del arte interpretativo, que es también la del
texto a cuyo servicio estás, la de la crítica que puede hacer pagar aquí lo que
allí no lograra (qué crítica de una película de superhéroes impide a ésta una
recaudación millonaria en todo el mundo), o más íntimamente si se quiere, la
propia lucha de uno mismo contra su autoestima profesional, o incluso la visión
que el círculo personal más cercano proyecta sobre la parte más valiosa de
semejante salto al vacío sin necesidad –la que valora o no el intento, la
perseverancia, el valor, el ponerse a prueba.
Lo que Alejandro González Iñárritu viene de plasmar en
Birdman dos décadas después se parece mucho a la lista de deberes cumplidos que
Al Pacino dejara pasar. Y mucho más: una mirada veraz y doliente sobre el ego,
el sacrificio y la gratitud pura que involucran el esfuerzo de subirse a un
escenario; un poderosísimo retrato de lo despiadada y respectivamente
maravillada que puede ser la presencia del prejuicio y la revelación en manos
de un crítico que siente deudas pendientes hasta el punto de responsabilizar en
un simple acto (abandonar el éxito fácil, arriesgar) la voluntad de muchos, si
no de todos por trasladar en ese tránsito la exigencia de un éxito fácil, banal.
Que además, peor aún, impide la posibilidad de que otra persona aspire a un
éxito mejor, más esforzado, más digno del sagrado nombre del teatro. Y a la que
no es ajena la forma en que, defendiéndose del etiquetado previo y automático,
que el crítico adjudica al actor de éxito, éste reacciona catalogando cada atributo
del discurso teórico del crítico como una etiqueta más, un resumen pueril de
ideas complejas reducidas a su dibujo de engarce sabido.
Y que no poco se parece a la relación del protagonista con
la voz que solo él oye, en ese juego con el delirio íntimo, acaso patológico,
que un actor pacta con su personaje. Entre guiños que parecerían serlo a Looking
for Richard –el mendigo que aquí declama a Macbeth, tan el que allí es la
presencia más poderosa de la película-; el que, casi literalmente, oculta en
ese superhéroe de alas de pájaro la voz del Batman de Christian Bale; la visión
más patéticamente arrogante y descerebrada recae, no en el personaje de Michael
Keaton, sino en el que encarna Edward Norton. La lección que emana cada una de
sus crueldades es cuán dentro de cada proyecto, como dentro de cada uno,
conviven siempre los dos lados –Birdman y el protagonista de un relato de
Raymond Carver; el que se observa a sí mismo en el éxito y en la caída; el que
lleva la vitalidad teatral al cine, y el que trae los recursos de éste a la
inmediatez y la prisa de los escenarios. Cómo, seas actor o crítico, madre o
hija, productor o espectador, la voz que solo escuchas tú podría estar ahí
desde el día en que tú iniciaste la conversación.
03 marzo 2015
entre el hogar y el invernadero
Como en Thomas Bernhard y eventualmente en Beckett,
representar a Pinter equivale a afrontar la calidad del odio latente frente al
que las convenciones sociales permiten. Escoger uno de esos dos lugares –el de
la confrontación exasperada, o el de la impasible destrucción mutua- es tan
frecuente como escoger un punto equidistante entre ambos voltajes. En tres
lugares a la vez puede estar Pinter sin dejar de ser él. Hace apenas unos meses
la compañía belga tg STAN traía a la Cuarta pared una versión magnífica de
Traición, a la que, de puro calma, no le importaba lo más mínimo parecer una mera
lectura del texto el primer día de ensayos. Y de no imprimir los respectivos
programas de mano el nombre de Pinter, pocos dirían que el Invernadero que
dirige Mario Gas estos días en La Abadía, y el Regreso al hogar, que Irina Kouberskaya
en Tribueñe, son textos del mismo autor. Volcánico éste, atrapado en una transustanciación
fatal con Miguel Mihura aquel, ambos podrían ser justo lo contrario: el de Gas,
nervioso más allá del tono iracundo en manos de Gonzalo de Castro; el de Kouberskaya,
apacible como un Tennesse Williams (al que no poco recuerda) filtrado por
agotamiento del alcohol disponible. Pero incluso desbordado de una pulsión malsana
que corroe cada frase, al límite del agotamiento ya desde el principio, la
versión de Regreso al hogar es un Pinter más reconocible que el que, en
Invernadero, solo Tristán Ulloa sugiere lo que podría haber sido un camino más
espectral. Uno cree que Pinter se reconocería más en la jauría adiestrada por Kouberskaya
para devorar viva al personaje que interpreta Rocío Osuna. Tan poderosamente
crispado el entorno de esa casa a la que regresa el hijo pródigo con su mujer,
que incluso ésta, cuyo poder se diría reside apenas en los trozos que deciden dejar
de ella, conserva, en el montaje, ascendencia suficiente para manejar los hilos
desde abajo. Y no es poco dado que el volumen de la voz de Fernando Sotuela y David
García parece dirigirse también a sus antepasados, esté donde esté la tumba. Una
transfusión de energías –menos allí, más aquí- acaso beneficiaría a ambos.
02 marzo 2015
la isla máxima
Todo en La isla mágica honra esa cualidad del género
negro que es también de las democracias recién salidas de dictaduras largas: el
uso de la información o de la realidad convertida en trozos, huellas, pistas. Haber
concentrado la averiguación de un crimen en un tiempo (la España de 1980) en
que se pugnaba por ver otros como inexistentes acaba contando la misma película
dos veces, simultáneamente, como lo es también la investigación en los ojos de
los dos policías encargados de ello –Arévalo y Gutiérrez- tan sinuosamente
entrelazada y tan distinta como el paisaje de las marismas del Guadalquivir
vistas desde el aire.
Por cada herida hallada en los cuerpos de las víctimas
hay una herida abierta en el cuerpo social de ese momento. Por cada mutilación
sin culpable hallado, una pista que no lleva a lado alguno, un camino que se
pierde. La dignidad democrática del regidor de la localidad que con una mano
advierte de los hábitos que ya no se toleran, y con la otra sugiere no entrar
en conflicto con los poderes de la región, velar por la propia seguridad
familiar. La oscura relación entre el poder del patrón sobre los bolsillos de
los peones y el que sobre los cuerpos indefensos de niñas engañadas. La tortura
oculta que viaja de un concepto al otro. El robo de heroína al servicio de un
futuro mejor para tus hijas. La mano no aclarada que golpea a uno de los
detectives mientras espía la casa sospechosa. La sombra negra que esparce un
pasado de torturador y asesino sobre el criminal reencarnado en policía
encargado de aclarar justo esos crímenes. La parte telúrica de lo irracional
sembrado en la vidente. La muerte profetizada. El perdón de sendos delitos
–caza furtiva y tráfico de droga- a cambio de un bien mayor, o solo más
urgente.
Casi se diría que solo el penúltimo de sus planos –cuando
la policía arresta al cómplice de los asesinatos- falsea el retrato fiel de un pueblo
torvo y atemorizado por lo que la libertad de actuar correctamente haya de
afectar al beneficio de actuar como hasta entonces. El linchamiento, la muerte
a palos del hallado culpable, con o sin la connivencia policial, diría más
fiablemente de nuestra democracia de entonces lo que los gestos de temor y
culpa compartida venían de cuarenta años de isla máxima.
01 marzo 2015
larga y próspera castidad
La resurrección del personaje de Spock en manos de Nimoy,
operada al ser relanzada la serie en cine hace unos años, trajo un reproche desde
fuera –cuán el amor que siente el personaje por otra de las tripulantes de la
nave no cuadra con su ser más profundo- muy parecido al que, desde dentro de las
propias películas, soporta su encarnación actual –Zachary Quinto: la duda
constante sobre su capacidad de verse emocionalmente comprometido y actuar en
consonancia. Que un formato que lleva vivo cinco décadas engarzado al lema “donde
ningún hombre ha llegado antes” embarque la capacidad simultánea de obrar bien
y la obligación de refutar la sospecha constante sobre tu capacidad de sentir
es una aportación al amor entendido como ciencia ficción. Muere el 27 de
febrero. 13 días tarde.





























