20 septiembre 2014

medida por recambio




Shakespeare, que vivió en un tiempo en que las compañías reclutaban gente de la población a que llegaran para interpretar pequeños papeles, habría visto como natural que el asistente de dirección ocupe el puesto del protagonista principal, y más aún, que la razón sea que el actor principal –Richard Burbage entonces, Alexander Feklistov en el montaje de Cheek by Jowl estos días, en el María Guerrero- sea devuelto a su país nada más bajar del avión por su actitud durante el vuelo. Es así como, si nadie viene a decírtelo, el asistente de dirección de esta producción del Barbican londinense y el Pushkin moscovita puede pasar por el Duque sin mayor problema, sin que acaso tu memoria lo relacione con el hecho de haber visto, media hora antes del estreno, cómo uno de los miembros del equipo pasea, texto en mano, como si acabaran de darle el papel. Pasa la compañía junto a ti, en el bar, tras la función, y solo entonces el duque parece, de forma tan obvia, el asistente de dirección Kirill Sbitnev. Y sin embargo vienes de una función perfecta, nítida y grácil, que fluye con una claridad gozosa que uno no recuerda haber sentido en anteriores versiones de Medida por medida.
Poco desentona, por demás, en una obra en la que el personaje principal la atraviesa disfrazado de monje para poder, así, observar cómo se desenvuelven sus súbditos en sus ausencia. O en la que el personaje de Ángelo, una suerte de inquisidor clásicamente a merced de sus instintos cuando nadie mira, recuerda a Putin a poco que uno le observe. Doce meses exactos desde la magnífica Ubu Rey y ocho años después de que Donellan y Ormerod trajeran a este mismo teatro una luminosa y festiva Noche de reyes, interpretada también por un elenco ruso, la categoría en que Medida por medida suele ser encajada –una de las tres Problem plays de Shakespeare- es, en manos de Donellan, apenas un problema clásico: la elección adecuada de quién se baja de un avión o de su casa para dirigirla. 

19 septiembre 2014

balcón a ningún lado



Quizá porque ya las dos obras de Vargas Llosa representadas en el Español en los últimos tres años han contado de cierto quijotismo lo que ya podían contar –en La chunga, el secreto propio como excusa de la ensoñación ajena; y en Kathie y el hipopótamo, el refugio en la ficción de un relato para sobrevivir a otro más áspero- este Loco de los balcones es solo la acotación a ambas. Y de paso, escasamente teatro. Asombra que nadie lo haya dicho en voz alta a tiempo de parar el despropósito. O al menos de haberlo parado antes de las casi dos horas que dura el evento. La acción es mínima y previsible, y el resto es acotación a lo que es obvio a los cinco minutos del relato. Fatigosa, interminablemente repetitiva en torno a lo que es, en su lección moral, mucho más claro material de columna de un periódico, como presunto teatro cansa y aburre sin remedio. Desperdicia a Sacristán, ensalza una parte, escasamente gloriosa, de la obra de Llosa que debiera quedar para estudiosos, y pone en un escenario lo que no pertenece a él. Y ni siquiera queda el consuelo, como ocurría con Ana Belén en Kathie, de escuchar cantar a Alberto Frías a pleno pulmón. 

17 septiembre 2014

vuelta a Millás

En tiempos de la reducción traída por internet, la concisión pasa desapercibida, o peor aún, parece una más de las herramientas al servicio de la primera. Por eso, y porque el ejercicio más asombroso de la concisión al servicio de la creatividad es repetir la primera sin agotar la segunda, se lee a Millás como si siempre fuera a estar aquí, concentrando ambas –brevedad e inventiva- en un formato que viniera con el periódico como lo hacen los idénticos suplementos de moda que retractilan todos. Escribe sobre Julio Verne, a la vuelta de vacaciones, en El País 14.9 –“he aquí un tipo que descubrió el siglo XXI dentro del siglo XX, lo que viene a ser como adivinar la edad de los metales en medio de la edad de piedra”- y ni leerlo en Internet resta fulgor a ese brillo familiar de la edad del genio inserto en el molde de la del ingenio. 

16 septiembre 2014

de memorias propias



Se cumplen 100 años del nacimiento de Bioy Casares, que son también 20 desde que uno regalara a un par de amigos uno de sus libros menos suyos, a la manera en que Paul Auster compilara su Pensé que mi padre era dios (2002): uniendo textos ajenos. Aquel libro de Bioy, publicado en España por Tusquets en 1997, se llamó De jardines ajenos y contenía citas, fragmentos, frases escuchadas por el escritor argentino durante sus viajes. No sabía uno al regalarlo que, ligado él mismo a la sombra imposible de Borges, de quien fue amigo íntimo durante décadas, su obra iba a quedar, también, si no sembrada en suelo ajeno, sí leída como si compartiera el agua que regaba el de al lado. 

15 septiembre 2014

decir lo que no quiero oír


Una carta publicada hoy en El País se lee como el eco real de lo que, en la página de enfrente, se clama desde el socialismo madrileño organizado contra la posibilidad de ser superados por Podemos en las próximas municipales: escribe Felipe Cerezo-Yuste desde Valladolid que decidir no votar a un partido a raíz de una “declaración, comentario o decisión desafortunada es exigirle la perfección a un partido cuando es totalmente imposible. Si algún partido se acerca a parecerlo, probablemente ofrece lo que no puede cumplir, y es populista… cómo quizá los partidos hasta hoy mayoritarios lo siguen siendo porque muchos de sus votantes aceptan sus problemas a cambio de sentirse representados en lo que les importa”. Desde la página opuesta, el presidente del socialismo madrileño organizado clama contra cómo “el juego populista iniciado por el pp es antipolítica… cómo el pp ha encontrado unos aliados (Podemos) que no podría imaginar… cómo el partido de Pablo Iglesias es “oportunista, tiene vocación de totalidad y no sabe gobernar una sociedad plural… cómo hay partidos tremendamente eficaces para la destrucción y no para la construcción”. Sin ese nombre –Felipe- y esa población – Valladolid- de por medio, quizá lo que desde el psoe se aceptaría enunciar es que a qué venir a exigir que quien promete algo en política esté, además, obligado a cumplirlo, o al menos a no avergonzar aquel propósito. Como si a estas alturas, además de las ventajas de la fe, hicieran falta los milagros. Por eso el olor que viene del psoe es el de Lázaro, esperando lo que le prometieran. 

11 septiembre 2014

día mundial del mundial

En el día mundial de la prevención del suicidio, España anota 52 puntos en cuartos de final ante Francia. 

04 septiembre 2014

nacionalismo y sustrato


El roble en que ancla sus ramas identitarias el país vasco sufre en su cuarta generación o los achaques del suelo o la dieta de nutrientes pobres que nutre su política.“Ha entrado prematuramente en el otoño”, confirmó ayer la profesora de Biología vegetal de la Universidad del País Vasco Miren Duñabeitia. Las pocas hojas que le quedan son marrones, su tronco se mantiene esquelético, y en el arcilloso suelo a su alrededor han abierto un foso para intentar que sus raíces vuelvan a nutrirse y crecer. Los turistas no pueden ni acercarse.” –se lee en El País, ayer. Pobre roble, a quien no pueden matar ni dejar morir. 

02 septiembre 2014

un nombre mejor


A medida que los efectos de la crisis se enquistan en lo social, un nuevo nombre que darle al apocalipsis surge, uno al que tranquiliza el alza bursátil, el interés al que se financia el estado al emitir deuda, la costumbre de la precariedad hasta poder ser pronunciada como estructural, es decir, fuera del alcance del sistema que podemos tener. Y por cada nueva puerta a la recuperación que se dice ver, nuevos tabiques se añaden dentro. Y dentro de ellos, el mundo es el antiguo, el que creó la burbuja financiera, el que fingió el estado de bienestar, el que sostiene aún, por poco tiempo, a los partidos de izquierda mientras se gesta la nueva alternativa, que lo es al tiempo contra la derecha neoliberal y contra los acuerdos de cesión de soberanía nacional. Y cuando la precariedad se haya enquistado, nadie tras esas puertas de la política y el gran dinero dirá recordar que, incluso al amparo de una prosperidad de ficción, la dignidad laboral obtuvo cotas ganadas con sudor y sangre. Qué más podría satisfacer a los dueños del dinero que la enésima derrota del socialismo vía destrucción de los derechos laborales. Para conmemorar un siglo de la matanza en las trincheras, se desciende a ellas a vivir.  

01 septiembre 2014

cada 12 meses

A falta de horas para que El País aparque la costumbre veraniega de entrevistar a gente inteligente para volver a llenar páginas con el discurso pueril, mezquino o directamente bobo que nutre la política y la economía, una página que poder leer cada día de aquí a julio de 2015.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/14/actualidad/1389716541_468969.html

30 agosto 2014

la misma piel para todo



De cuantas formas artísticas podrían aglutinar su programación anual bajo un epígrafe, solo lo hace la que menos cabría esperar lo haga. La Orquesta nacional de España lleva años agrupando su ciclo anual de conciertos bajo títulos tan sugerentes como forzosamente ambiguos –héroes, viajes, revoluciones este año- y lo que la fórmula pueda dar de sí, que es la capacidad de cada una de sus muestras de ser simultáneamente el epígrafe y su versión específica, única, de él, acaso daría en teatro su mejor medida, dada la naturaleza de su expresividad, tan milenaria como tan obviamente actualizable. Dentro de dos días, el Globe theater de Londrés verá representar entre sus muros El castigo sin venganza, de Lope, la historia de un hijo enamorado de la reciente esposa de su padre, que apenas entroncada con obra alguna de Shakespeare, exceptuando el episodio de ira hamletiana en que éste, al acusar la lujuria infernal de su madre, bien podría estar simulando con su acometida en la cama materna lo mismo que le reprocha, sí puede ligarse con el incesto obvio que Sófocles puso en Edipo Rey, con la versión de Steven Berkoff del mismo texto, con Lástima que sea una puta, del contemporáneo de Shakespeare John Ford, o sin que la literatura de origen lo sea en formato dramático, el diario de Anais Nin, el Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa, el episodio bíblico de Lot y sus hijas, el Viaje a Roma, de Alberto Moravia, textos de Nabokov, Durás, Yourcenar, Faulkner, Eca de Queiroz o Musil. Héroes, viajes, revoluciones. También los epígrafes que agrupan una sinfonía escrita en 1800 y una pieza de cámara compuesta hace 10 días sirven para asomarse a las músicas que vienen de un teatro. 

20 agosto 2014

16 agosto 2014

El gran estanque blanco



El agua que no cae en verano apenas se mueve mientras corres alrededor de ella en los lagos o estanques, grandes o pequeños, que hay en Madrid. Bulliciosos como el del parque del Retiro o, en menor medida, el de la Casa de Campo, apenas frecuentados como el del parque Juan Carlos I, el más solitario –el del pequeño parque anexo al pinar de Conde de Orgaz- es el que más irrealmente se recorre. A la salida de una curva, me cruzo con un hombre que camina y le miro como miraría el capitán Achab a quien le disputara la ballena.

15 agosto 2014

suero de la realidad


http://elpais.com/elpais/2014/05/14/opinion/1400087404_050983.html

05 agosto 2014

y sin embargo es un hombre honrado


El mayor mentiroso que escribiera Shakespeare –Ricardo III- no solo lo es más acabadamente cuando exhibe sus cómplices (el Duque de Buckingham arengando a la multitud para que observe la dedicación del tirano a sus rezos como excusa para no aceptar la corona), también el que, dirigiéndose al público o a la viuda de Eduardo de Lancaster, al que viene de asesinar, el que más arrogantemente miente al declarar primero sus intenciones y acto seguido, cumplirlas con total impunidad. Hay algo de este ser deforme en el tamaño moral, revelado del todo, de jordi pujol y sus hijos, y hay aún más en lo que Shakespeare puso en Julio César, cuando recién muerto éste, Bruto y Antonio se turnan la definición del abuso de poder sin que el público de sus discursos logre saber muy bien cómo actuar la próxima vez.
El resumen a posteriori del crimen, su matización, su relativización, triunfa allí donde la renuncia a entender en tiempo real lo que ocurre. Se cumplen dos años desde que los hermanos Taviani pusieran a representar Julio César en una cárcel, y también casi diez desde que el entonces presidente catalán, Maragall, dijera alto y claro que convergencia y unió se lucraba con extorsiones permanentes, y ahora sabemos que depositadas en un paraíso fiscal, del 3% sobre operaciones pagadas con dinero público. Incluso en un régimen, como el catalán, que nada en un brebaje de clientelismo económico y pócima identitaria hecha de ingredientes falsos, asombra que haya que haber esperado diez años para que aquella acusación logre sus frutos. Publica El País la relación de las comisiones cobradas fraudulentamente por uno de los hijos de pujol y los ocho millones de euros extorsionados por trabajos no realizados abarcan siete años, localizables, no a la luz de una sola operación (lo que habría sido más difícil de rastrear), sino en dos docenas largas de operaciones.
Como ocurre con esa otras extorsiones tan similares –la financiación del terrorismo etarra o el entramado crecido a la sombra del paraguas opaco de la casa real-, solo ahora asoman como víctimas lo que durante diez años fueron cómplices: personas que citan cómo, ocho años atrás, se sorprendieron de que se les pidiera el impuesto revolucionario, dado que no sabían que hubiera habido intermediarios. Trabajos de asesoría, consultoría e intermediación inexistentes resumen también la función última, y prioritaria, de muchos de los gobiernos regionales y nacionales que se turnan el expolio del dinero público: pedir lo que no se necesita, sobrealimentar el espejismo, mentir y regar la mentira con soborno. Incluso en la aparente confesión de la culpa, el criminal miente como quien víctima de un tic ya irrenunciable, y es su propia hermana la que dice no saber que su padre hubiera testado la herencia que se dice justifica el dinero depositado en el paraíso fiscal.
Con todo, nada asombra como la sensación de invulnerabilidad con que semejantes operaciones de extorsión se daban a la luz del día: intermediación inmobiliaria, refinerías petrolíferas, plantas fotovoltaicas, compraventa de participaciones de sociedades mercantiles… qué necesidad de paraíso fiscal lejano cuando uno de sus hijos tenía uno repartido por toda la geografía, cercana o lejana. Qué necesidad de operar en la sombra cuando toda la maquinaria a sueldo –desde concejales al propio presidente actual- solo ha de clamar, aferrado a la bandera regional, que cualquier acusación legal lo es en realidad contra la identidad catalana, que la exhibición de pruebas delictivas contra sus gestores solo embosca el deseo de anular la voluntad legítima de un pueblo.
Incluso Bruto, confeso autor de la muerte de César, sabe, en su derrota, que ésta es solo temporal. Que solo te derrotan del todo cuando te quedas sin cómplices. En la Roma imperial o en la Cataluña del secesionismo privatizado, no se alcanza semejante nivel de corrupción explícita sin comprar tantas voluntades como sea necesario. Son esas voluntades las que en la sombra, células durmientes del tumor, sin paraísos fiscales, sin aparecer en la prensa estos días, solo esperan una nueva oportunidad de ganar en una operación de extorsión y saqueo tanto, al menos, como quien llama a su puerta a proponerla. El simulacro de misión histórica, honorabilidad y heroísmo étnico o linguístico que rezuma la política catalana, vasca, o rusa estos días, es solo el número de clientes, grandes o pequeños, en la base de datos del partido.  

01 agosto 2014

momentos decisivos



“Es la paradoja de ciertos magnicidios: lanzan al héroe a la inmortalidad, dejándolo inmóvil en el momento decisivo: aquel en que uno ha de salvarse o destruirse”. –escribe Juan Claudio de Ramón, ayer en El País, acerca de la muerte de Jean Jaurés, hace 100 años. Asesinado apenas unas semanas antes de que comenzara la I guerra mundial, por oponerse a la ley de los tres años de servicio militar obligatorio, que quizá salvó a Francia de perder aún más vidas, de haber seguido vivo, Jaurés difícilmente habría podido no acabar compartiendo cierta noción explícita que Blasco Ibáñez pusiera en boca del prenazi julius von hartrott, en Los cuatro jinetes del Apocalipsis -“En Alemania tenemos gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerles creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la necesidad de defenderse… La moral estorba a los gobiernos y debe suprimirse como un obstáculo inútil. Para un estado no existe la verdad ni la mentira: solo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas”. En 1914 Francia necesitaba esa ley tanto como necesitaba que alguien revelara la monstruosidad que iba a permitir. Qué más triste prueba que ambos, Jaurés y Francia, fueran asesinados a la vez. 

30 julio 2014

el cuarto hombre



John Paxson, Steve Kerr, Danny Ainge. Haber sido la cuarta o quinta opción en el equipo en que jugaras acaso sea, veinte años después, la mejor virtud de un General manager en la NBA: entender cómo la adecuada cuarta o quinta opción de otros equipos a la hora de seleccionar jugadores podría ser, adecuadamente analizada, la diferencia entre hallar a Kwami Leonard o pagar a Kendrick Perkins diez veces lo que vale. Byron Scott fue durante una gloriosa década en los Lakers de Magic, Jabbar y Worthy la cuarta opción de un equipo al que bastaban sus tres superlativas partes previas para ser uno de los mejores equipos de la liga. Pero, como ocurriera en los Bulls de Jordan, Pippen y Grant, o en los Celtics de Bird, Parish Y Mc Hale, suele ser la cuarta opción la que valida o no tus opciones a ganar el título. De eso dependerá la suerte de los Thunder el próximo bienio, por eso los Spurs son los campeones vigentes. Por eso Paxon o Ainge tienen los trabajos que tienen. Y por eso Scott es el nuevo entrenador de los Lakers, porque, obligados a cargar con el ya inconveniente contrato de Bryant hasta que se jubile, cualesquiera que sean sus opciones en el próximo lustro, pasan por evaluar adecuadamente el talento que otros tres antes que tú dejan pasar. Cuando habla de optimizar a Bryant y Nash, se refiere a darle el balón a ese que aún no está.  

28 julio 2014

no lo hay


Termina el Fringe con quien hace tres años lo empezara, y así, en el coloquio, además de Natalio Grueso, están César Antonio Molina y José Manuel Mora. Con la relación de los intelectuales y el poder de tema de fondo, surge el fondo del tema: el nulo interés que despiertan hoy el conocimiento o la sensibilidad cultural elevada. Llamárase Los intelectuales sin poder y se entendería mejor lo que ha ocurrido en los últimos diez años, generalizado el robo de contenidos culturales (con lo que de rebaja de su valor intrínseco conlleva) y, en paralelo, la sustitución de lo cultural como parte de la formación de la conciencia por la inmediatez de una vida pensada para las redes sociales, a las que importa solo la actualización y la brevedad. La gran cultura, es decir, su capacidad de devenir en poder transformador social, ha acabado por ser apenas el eslabón que sucede solo mientras la sociedad no alcanza determinados niveles de comodidad, de consumo, de anestesia bien pagada. La función de la literatura, del teatro, del cine, de la ópera, del arte, que durante siglos pensamos individualmente necesaria, no solo por sí misma, sino para construir una conciencia social que utilizase sus mejores frutos para alimentarse es hoy, con mejores tiendas en las que entrar a terminarse de construir, uno de esos productos que todos ignoran a favor de las marcas blancas, aunque éstas lo sean por el vacío que contienen. Vargas Llosa tarda un día en escribirlo desde otro sitio: “De otro lado, aunque la dura crítica de Tony Judt a lo que llama la “anestesia moral colectiva” de los intelectuales franceses sea, hechas las sumas y las restas, justa, omite algo que, quienes de alguna manera vivimos aquellos años, difícilmente podríamos olvidar: la vigencia de las ideas, la creencia —acaso exagerada— de que la cultura en general, y la literatura en particular, desempeñarían un papel de primer plano en la construcción de esa futura sociedad en que libertad y justicia se fundirían por fin de manera indisoluble. Las polémicas, las conferencias, las mesas redondas en el escenario atestado de la Mutualité, el público ávido, sobre todo de jóvenes, que seguía todo aquello con fervor y prolongaba los debates en los bistrots del Barrio Latino y de Saint Germain: imposible no recordarlo sin nostalgia. Pero es verdad que fue bastante efímero, menos trascendente de lo que creímos, y que lo que entonces nos parecían los grandes fastos de la inteligencia eran, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura de ideas y palabras, no recluida en los seminarios de la academia, sino volcada sobre los hombres y mujeres de la calle.”. 

27 julio 2014

mártires de la desobediencia



En 2007 Deane Blackler publicó un ensayo sobre W.G. Sebald que, ilustrado en portada por una imagen no completamente reconocible de Robert Walser, debiera haber convertido su título –Reading Sebald. Adventure and disobedience- en el más involucrado –Reading Sebald. Adventure of disobedience. Confinado en un sanatorio para enfermos mentales en la Suiza oriental durante los últimos 23 años de su vida, Walser pasó y paseó casi esos mismos años acompañado eventualmente de Carl Seelig, un filántropo amante de su literatura, y probablemente su único amigo en esos años, que condensó en su maravilloso Paseos con Robert Walser la encarnación del autor suizo como personaje de sí mismo, esencialmente de una desobediencia que en él era incapacidad, poco sospechosa por otro lado, para hallar acomodo social en un tiempo –las notas de Seelig datan de 1936 a 1956- que vio el ascenso y la caída del nazismo.
Alabado por Sebald y por Coetzee entre otros, Walser comparte con el primero una mirada sobre lo que apenas se mueve mientras te rodea, mientras pasas a su lado sin reparar en ello solo porque está ahí cada segundo. La visión de Sebald sentado en el banco de una estación, simplemente esforzándose por sentir el paso engañosamente idéntico del tiempo, es puro Walser. La mezcla de precariedad y desobediencia militante, orgullosa, que emana éste está también en el retrato que Joseph Mitchell hizo de un vagabundo en sus dos relatos publicados en New Yorker, finalmente como libro con el título El secreto de Joe Gould (“tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y apenas me resistí a ello” –diría Walser). También  en el Artista del hambre que a Kafka le diera tiempo a escribir tras haber conocido y admirado a Walser. Y, algo más lejos en el tiempo, en el escribiente torturado y renuente que Melville pusiera a vivir esa obra maestra que, como las anteriores, es Bartebly el escribiente.
La desobediencia de la que fue testigo Mitchell en la forma de una gran, y genial, impostura, incubó en él la renuncia a escribir, de la que ya apenas saldría. Eso le hermana con Walser, y encarna fuera de los libros lo que Kafka (el director de la oficina de seguros en la que trabajó Kafka compararía a éste con los personajes soñadores de Walser) y Melville pusieran en ellos: la desobediencia como una renuncia no conflictiva, reivindicativa o combatiente, sino apaciguada, rendida al mundo. Los artistas del hambre y la escritura que en la ficción prefirieran no hacerlo, sirven de espejo a los que, en la vida real, prefirieron no escribirlo. Kafka, Walser, Mitchell vivieron para ver el horror que las guerras mundiales del siglo XX excavaron como una tumba en las conciencias. No ha de ser casual que el hallazgo de esa renuncia triste y callada tenga también, en ellos o sus personajes, la forma de una rendición por aniquilamiento moral.
Hasta ese instante, la historia de la desobediencia en la literatura es cualquier cosa menos la de un encogerse en la parálisis: de Adán a Prometeo, de Antígona a Alonso Quijano, de Romeo Montesco al ibseniano dr. Stockmann, de la Adela hija de Bernarda Alba al bombero Montag, negarse a obedecer es empezar una guerra en la que se pone todo en juego. La desobediencia como acto de rendición y no de lucha que Melville inicia con su Bartebly en 1853 iba a tardar en anclarse en Kafka setenta años. Y es difícil resistirse a ver en la figura de Seelig, trece años después, la del abogado de posición acomodada que, en un momento del cuento de Melville, pasa de ser el jefe pasmado ante la actitud de Bartebly a ser su protector. O dejar de ver en la descripción primera de éste -pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria- la de Walser. En una turbadora mezcla de ambos, la foto que Seelig tomara de Walser en 1954, bajo la nieve, sugiere no a Bartebly sino a su benefactor.
En su conformidad con el encogimiento de su persona pública, que no ha de confundirse con docilidad, Walser encierra también ese otro rasgo literario inmensamente más frecuente, la obediencia, y su rango no escaso de desdichas: la de Jesucristo, la de Hamlet, la de Sancho, la del Cándido de Voltaire, la de Fausto. Cuando Seelig le sugiere la posibilidad de instalarse fuera del sanatorio, Walser responde tener obligaciones para con el resto de pacientes, para con sus propios deberes dentro del hospital. Cuando se le pregunta si volvería a escribir fuera del sanatorio –lo que entre sus muros considera absurdo y cruel, en tanto que privado de libertad- responde Barteblianamente “con esa pregunta solo se puede hacer una cosa: no responderla”. Incluso su actitud durante una indisposición postrera –pasar la mayor parte de su convalecencia mirando a la pared- recuerda tristemente a Bartebly.
El día que se cumplen 70 años exactos desde uno de los paseos de Seelig y Walser, y enmarcado en el festival Fringe, en Madrid, un montaje hispano-argentino permite recorrer parte del suroeste de Madrid –Marcelo Usera y alrededores- acompañando a un actor que recrea ser Walser paseando y hallando personajes y paisajes que identificar con su minuciosa poética, a ratos envarada de amor, a ratos abiertamente crítica con la fealdad circundante. Seguirle en su itinerario es asomarse a dos paseos simultáneos, el que Walser publicara como novela breve, y el que Seelig publicara a su muerte: este Walser se para ante casi todo, observa y con un gesto anima a observar una puerta, la fuga que se abre al desembocar en una calle, un cable, un muro, una ventana, un papel en el suelo. Las escenas interpretadas por un cómplice se mezclan con las que improvisa la gente que lleva días viéndole pasear –traje, sombrero, paraguas. Lo que Seelig describe -“había dos ancianas sentadas arrugadas y una joven. Cuando nos íbamos vinieron a nuestra mesa a estrecharnos la mano”- es casi literalmente lo que ocurre.
Así, una mujer que canta en una terraza mientras se peina extrae de Walser una glosa de amor que pronto deriva en paternalismo de empresario de variedades; un practicante de Badajoz que nos abre las puertas de su diminuto consultorio le toma la tensión; una antigua actriz sentada en un bar que escucha su admirada declaración de afecto y azar se mezcla con la del que sale del bar, corriendo, para avisar a quien pueda abastecer a doce clientes súbitos. Si quienes atienden un supermercado chino no tardan en preguntar qué deseamos con tan obvia actitud no compradora, rezamos para que el dueño de una horterísima peluquería no salga de la misma para escuchar la diatriba feroz de Walser contra la pedantería y el horror estético. Las cámaras de un cajero automático captan su discurso de gratitud envenenada; el bibliotecario que nos acompaña hasta la azotea –vetada al público- le muestra después los libros más solicitados, ahí Walser es inusualmente compasivo.
Terminamos en Kúbik Fábric, sentados a una mesa en la que el infeliz lleva cinco jornadas seguidas tomando una tortilla diaria. Solo al final, con un parque de fondo, el paseo parece a la altura visual del que narrara Seelig –entre montañas, bosques, praderas. Una de las paseantes, una de los Seelig que hemos llegado hasta allí, se tumba hasta simular la posición en la que se le encontrara muerto mientras paseaba. Para quienes no hayan leído el libro de aquel, para aquellos que no tengan la suerte de amar a Walser, es difícil explicar lo que se siente al despedirse éste de uno en uno. Pasear junto a Raskolnikov, junto a Leopold Bloom, junto a Madame Bovary en sus escenarios respectivos ha de ser tan sobrecogedor como lo sea su peripecia fijada, inalterable. E incluso, en tanto que imposible de realizar íntegro en un tiempo teatral, su peripecia sería por fuerza simbólica, resumida, ficticia. Pero Walser era un hombre antes que un personaje. Cuando hace lo que hace, podría no hacerlo. Podría no mirar allí, podría no decir eso. Por eso todo lo que, encarnado en un actor, hace, mira o dice es real. Porque no tiene porqué ser así, porque mañana, incluso a merced de las mismas frases aprendidas, será distinto. E igualmente real. Es decir, porque sabe de sí mismo lo mismo que cada uno de nosotros.

26 julio 2014

los nadadores nocturnos



La soledad acompañada, no para el alivio, sino para vivir una soledad mejor, una que espere de sus miembros, no la integración sino el eslabón último de la soledad –el suicidio- es el agua más obvia en que nadan los personajes de la obra de Jose Manuel Mora, estos días en Matadero, pero no la única. Como una corriente que alternativamente calentara y helara el mundo a la altura del pecho, no hay personaje de este club de seres dañados que no se exponga al amor, lo logre, lo pierda. Desde el más catastróficamente hundido para el mundo –el chico-paloma- a ese eufemismo de la timidez que es la chica invisible, el ansía de amor, de comprensión profunda, funciona como un tren que tan pronto se detiene ante vidas improbablemente destinadas a encontrarse, como pasa de largo ante seres normales y razonables, que confían en sus costumbres mayoritarias como un antídoto ante el abismo íntimo de que no te importe nadie en realidad. Hijos sin padre claro; parejas que se desaman con una naturalidad que llevaran años ensayando; un maestro de vida cuyo logro final, y redundante, es un best seller sobre la coprofagia y otras artes de la defecación. Seres que ven en el ahogarse la ocasión de que el boca a boca simule la vida. Íntimos y simultáneamente impúdicos, el desamparo y el anuncio que pide amar son, en el magnífico montaje de Carlota Ferrer, un naufragio reído, cantado, amado, y al mismo tiempo un canto al salvavidas al que te aferras para hundirte abrazado a algo. Como todos, no son nadadores sino buzos. Toman aire donde se puede, en la superficie o en el fondo. 

25 julio 2014

Euridice en Germania



Comienza justo en este instante el festival de Bayreuth y lo hace con Tannhauser. Que es decir, con una variable sutil de lo que Monteverdi escogió para crear Orfeo en 1607. Wagner compuso una obra sobre la vida que Orfeo pudiera haber gozado en tierra de Euridice, de ser éste el acuerdo previsto con ella y no al revés. Al hacerlo, conservó también ese otro elemento bíblico que en Orfeo es la condena ligada al mirar atrás, y en Tannhauser, la razón de su regreso a la tierra de la que saliera. Como en otras formas artísticas, la añoranza, más aceradamente la impaciencia, es un tema trasladable con todo su impacto desde la mitología griega a la germánica, y de existir la norteamericana, podría hallarse en lo que pierde a Jay Gatsby en la novela homónima de Scott Fitzgerald. Philip Glass, que viene de contar la imposibilidad en la aceptación de la derrota de otro gran símbolo americano del siglo XX, sería una gran opción. Incluso si contada desde esa tradición: el infierno al que se precipita Gatsby al mirar atrás. 

24 julio 2014

siga a esa escena

he visto arder pólizas más allá de Orión



Escribe Ignacio Vidal Folch en el El País 20.7 cómo en mayo de 1964, tras una de las reuniones preparatorias de lo que luego sería 2001, una odisea del espacio, Stanley Kubrick y Arthur Clarke dieron en avistar lo que les pareció una nave extraterrestre (en realidad, el primer satélite de comunicaciones). Y cómo ambos se encontraron temiendo, respectivamente, que el proyecto quedase desfasado en caso de que se estableciese contacto con otras inteligencias alienígenas, y cuán la presencia extraterrestre “no podía ser una coincidencia. Ellos estaban actuando” para impedirles hacer la película. Más asombrosamente, cómo, al intentar contratar Kubrick un seguro que garantizara la viabilidad de la película en caso de que la carrera espacial hallase vida extraterrestre, la compañía de seguros fijó un precio astronómico que hacía imposible su contratación. La hipótesis Kubrickiana era viable para el departamento de análisis de riesgos.
Lo que podría ocurrir es, inverosímilmente, menos fantástico que lo que se decidió que no ocurriera: si para cualquiera que no conociera Espartaco (tres horas largas en su versión final), renunciar al prólogo en blanco y negro que Kubrick ideó para abrir 2001, y en el que científicos, teólogos, astrónomos y filósofos debatían la singularidad humana en el universo, suena lógico, la renuncia a una voz en off que explicara cómo el monolito enterrado en la luna era una señal de alarma dejado por una inteligencia alienígena para avisar de que la raza humana exploraba el espacio, revela una fe pasmosa en la habilidad decodificadora del espectador en una película que regala la información, y esa desde luego, con cuentagotas. Uno ha visto a un físico especializado en astronomía renunciar a verla por incapacidad de hallar la puerta de entrada. Que a Kubrick eso le pareciera aceptable es, de cuanta exploración aventura la película, la que más lejos viaja a sabiendas. 

23 julio 2014

lo que no se gasta


A pocas páginas de la pestilencia que exhalan las páginas de economía o nacional, hinchadas del robo permanente e impune de dinero público, en El País del último domingo se imprime, como una vacuna ignorada por la infección, memoria de cómo el ministerio de exteriores de la República española y el gobierno de México hubieron de comprar en 1940 el hotel de Montauban en que agonizaba Manuel Azaña, a fin de que muriese en el suroeste de Francia, pero en territorio mexicano. 

22 julio 2014

planeta de los si, míos



Como un reverso sintetizado de la saga X-Men, la construida a partir de la novela de Pierre Boulle continúa su explicación de la mutación como diferencial que tanto te separa como te une a aquellos a los que te enfrentas. Si en la novela solo al final se revelaba a cuál de las dos especies pertenecía el futuro, cada una de las secuelas de la película de Franklin Schaffner ha afrontado el problema de partir de a quien tan obviamente pertenece el pasado, que es decir, la extinción. En un cruce con La máquina del tiempo, de Wells, el encuentro de dos especies que en su día fueron la misma podría devenir en la historia de la dominación de una por la otra y de la rebelión eventual del lado débil, liderada por un mesías venido de un tiempo inesperado. Sin Wells funciona igual: la exhumación de la saga por Rupert Wyatt en 2011 y por Matt Reeves en 2014 halla a ese mesías en el lado fugazmente débil. La novedad es que los rasgos que le elevan a esa categoría son también los que más le acercan al lado al que se combate: César es el más humano de los simios, y como se encargan de sugerir los descerebrados que generan el conflicto en ambas historias recientes, no el más simio de los humanos. La imposibilidad de una simpatía total hacia quienes nos aniquilan generó un virus en El origen… (2011) que nos diezma sin que los simios tengan en ello arte o parte, y la cuadratura del círculo solo afila sus esquinas al proponer en esta El amanecer… (2014) dos bandos que son básicamente lo mismo, pelean con idénticas armas y les preocupa la niñez respectiva. Pero Boulle y luego Schaffner plantaron el final al principio, y éste es el que es. Que quienes nos suceden en el gobierno del planeta sean más o menos nosotros es más llevadero que verles sojuzgar, con similares prejuicios y dogmas pueriles, a la especie que evolucionó a partir de ellos, y que les aniquiló en el proceso. En último sentido, Boulle escribió una farsa. Y Schaffner, como Burton décadas después, lo entendió bien. Lo que vienen haciendo Wyatt y ahora Reeves es adaptar a Wells. Si se quiere jugar a la igualdad moral como única victoria posible de una saga condenada a la derrota humana, es buena opción. La moral sangra de forma más reconfortante. 

21 julio 2014

amanecer en la selva de bachmann



Leer a Paul Krugman es advertir uno de los logros dolorosamente permanentes que concurren en el análisis de la política norteamericana: la paradoja de que, en un país donde incluso sus más obtusos voceros reclaman como solución más libertad (aunque con ello solo se refieran a menos intervención gubernamental), los adjetivos que tan explícitamente acaban mereciendo bachmann, perry, palin, cruz, ryan o rubio esquiven la libertad de decir de ellos lo que son, y se refugien, quizá por cansancio, en otros más periféricos, más insólitamente educados dado el contrincante. Escribe Krugman que “la adicción a la inflación nos dice algo sobre el estado intelectual de quienes están a uno de los dos lados de la gran línea divisoria nacional. La preocupación obsesiva de la derecha por un problema que no tenemos, la negativa a replantearse sus premisas a pesar del abrumador fracaso en la práctica, nos dice que en realidad no existe ningún debate racional” y se lee como si la deflación hubiera llegado a la semántica. 

20 julio 2014

El escasamente extraordinario viaje hacia Wes Anderson



El cine de Jean-Pierre Jeunet, que hizo del gran angular uno de los rasgos del grotesco en que nadaban sus personajes, fue fijando la peripecia de éstos hasta convertirlos en sucesivos y reconocibles encarnaciones de un guiñol, cuya cachiporra y mueca sensible son, veinte años después, un gag paralizado, al que, para dotar de movimiento en este viaje de T.S. Spivet, hay que subirlo a un tren del que ya solo baja para ser algo distinto a cualquier otra película de Jeunet, y no a mejor. Construida para ser una copia mala del molde en que Wes Anderson agota su filón sin que, asombrosamente, aburra, lo mejor que puede decirse de ella es que éste la habría hecho mucho mejor. O mejor aún, no la habría hecho.

19 julio 2014

the ladies who die



Mientras viven aquellos que sirven de modelo a quienes, en escritura, lienzo o partitura, les convertirán en inmortales, sus vidas son dobles, y quizá en ello, la longevidad de la persona real parece nutrirse, no pocas veces, de la inmortalidad que espera al personaje escrito para ellos o, como ocurriera con Richard Burbage, para quien Shakespeare escribió no pocos de sus personajes más magníficos, su vida se agota al hacerlo quien le tomara de modelo. Quizá exhausto de vivir tantas vidas, Burbage vivió los mismos años que Shakespeare. La noticia de la muerte de Elaine Stricht, ayer a los 89 años, solo puede entenderse como un despiste irreparable de quien viviera para que Stephen Sondheim, entre otros, le hiciera cantar en Company. 

17 julio 2014

QFWFQ


Dieciséis años después, uno vuelve a la misma sala a ver la misma obra en el mismo montaje. Y dos símbolos afloran que imposiblemente podía apreciar en aquella primera reencarnación: uno, cuán la primera obra que quizá recuerdo –ésta- ha acabado contando lo mismo –cómo el punto previo al Big Bang, que concentrara toda la vida posterior, ya la contenía ahí, agitada y ansiosa- que el teatro ha acabado siendo para mí, cómo la física cosmológica en que se basa la adaptación de Julio Salvatierra a partir del relato de Italo Calvino, Las Cosmicómicas, es, sin necesidad de metáforas, el aleph primigenio del teatro en mi vida. Y dos, cómo la conclusión de ese relato, en la figura de un hombre que, por amor, abandona la tierra para dirigirse a la luna, sin retorno posible, es también el eje de mi primer libro publicado. Para quienes asisten a la representación, estos días en La cuarta pared, sin reconocer esa doble, e insospechada, ansia de premonición, el momento es igualmente gozoso.


A P.
Y a C.

15 julio 2014

The words without Maazel



En el breve texto de Anthony Short que acompaña la edición en dvd de la síntesis wagneriana que Lorin Maazel grabó en 2000 con la Filarmónica de Berlín, aquel enlaza la primera aparición de Maazel en Bayreuth, en 1960, con los lazos nazis que el nieto de Richard Wagner, y gestor del festival en aquellos años, Wieland, había acompañado del intento, no escasamente poco polémico, de despojar la obra de su abuelo de la teatralidad forjada en el XIX y acercarla así a un formato en que la música salida de la orquesta recobrara un protagonismo, una visibilidad, que la parafernalia mitológica, y no tanto la voz que la expresa, arrastraban hacia una suntuosidad escénica que acumulaba dorados en escena, quitándoselos a la partitura. The ring without words (EuroArts 2012) recoge en algo menos de hora y media motivos de la tetralogía wagneriana, que salen de la ópera tal y como la conocemos para contar su historia sin sus narradores. Es esa voz simultáneamente asimilada y hurtada a Wotan, a Brunilda, a Sigfrido, pero también a Wieland Wagner y al nazismo con el que conviviera mientras éste forjaba una mitología en tierra que precisaba justo de los disfraces que Wieland acabaría desterrando, la que desde ayer incluye a Maazel. Sobre la inconfundible voz que eres incluso cuando lo olvidas o lo ocultas, escribe Norman Lebrecht en El País 14.7: “No había otro capaz de espolear a una orquesta para que tocara como la Filarmónica de Viena; sobre todo, si era la Filarmónica de Viena”.

14 julio 2014

Escila en casa de Carabdis




Se anuncia la selección de la que saldrá el equipo estadounidense que jugara el mundial de baloncesto en nuestro país en septiembre, y el más sospechoso de los rendimientos previsibles que haya afrontado la generación dorada española se junta, así, con la mejor oportunidad que tendrá de ganar a un equipo conjuntado en Estados Unidos. Jugando la edad en contra, derrotarles traería además la única medalla que aún no puede colgarse esta generación: la de haber derrotado a Estados Unidos en una competición internacional en diez años, pues de ello se encargó Grecia en semifinales del mundial que luego perdería contra España en Japón en 2006. Siendo muy probablemente la última oportunidad de ver juntos a Pau Gasol, Navarro, Calderón y Reyes, ganar a Estados Unidos cerraría un círculo que empezó el día que la generación española venció a Estados Unidos en el Mundial junior de Lisboa de 1999. Ni uno solo de quienes empezaron el partido representando a Estados Unidos ese día hicieron grandes carreras en la NBA, y dudoso como sea el porvenir de Kyle Korver, Gordon Hayward, Kenneth Faried o Andre Drummond en los años venideros, uno desearía escuchar de nuevo a Pedro Barthe dentro de un par de meses, solo por soñar con criterio. 

20 junio 2014

el rey ha mudo, viva el rey


Quién tendría miedo a la retahila de tópicos si el espacio que ocupa el cargo que desempeñas permite moverte un centímetro en cada dirección antes de que salten todas las alarmas. Tan pobre es la expresión política habitual que basta decir algo que no sea una sandez, una obviedad, una mentira, o la no menos frecuente suma de las tres para parecer un iluminado o un extremista, según el accionarado del periódico que lo imprime. La irrelevancia del discurso del rey tiene, así, como la de quienes sustentan su cargo desde la política votada, no tanto que ver con la importancia del momento como con la del lenguaje en que nadas, como si fuera abrir la boca todo lo que espera el agua para hundirte. La naturalidad del discurso que, en su mejor acepción, tiene que ver con la claridad con que los problemas del país son, para el rey y para un hombre en paro, los mismos, se diluye en esa parálisis que su enunciado mil veces leído, grandilocuente y fofo, tan obvio como previsible, recuerda que los discursos los escriben profesionales del escapismo gramatical, a los que pagan por escribir nada que pese más que el viento que ha de llevárselo nada más leído en alto. Ningún mal deseo a un hombre educado para ocupar un puesto innecesario, fraudulento e históricamente aberrante. Pero qué mejor servicio a la república que debería haber sido proclamada hoy que hablar sin decir nada, como si fueras el primero en no creer, a estas alturas, la farsa que te dan a leer.


Lo cuenta Antonio Caño, hoy en El País: