27 julio 2014

mártires de la desobediencia



En 2007 Deane Blackler publicó un ensayo sobre W.G. Sebald que, ilustrado en portada por una imagen no completamente reconocible de Robert Walser, debiera haber convertido su título –Reading Sebald. Adventure and disobedience- en el más involucrado –Reading Sebald. Adventure of disobedience. Confinado en un sanatorio para enfermos mentales en la Suiza oriental durante los últimos 23 años de su vida, Walser pasó y paseó casi esos mismos años acompañado eventualmente de Carl Seelig, un filántropo amante de su literatura, y probablemente su único amigo en esos años, que condensó en su maravilloso Paseos con Robert Walser la encarnación del autor suizo como personaje de sí mismo, esencialmente de una desobediencia que en él era incapacidad, poco sospechosa por otro lado, para hallar acomodo social en un tiempo –las notas de Seelig datan de 1936 a 1956- que vio el ascenso y la caída del nazismo.
Alabado por Sebald y por Coetzee entre otros, Walser comparte con el primero una mirada sobre lo que apenas se mueve mientras te rodea, mientras pasas a su lado sin reparar en ello solo porque está ahí cada segundo. La visión de Sebald sentado en el banco de una estación, simplemente esforzándose por sentir el paso engañosamente idéntico del tiempo, es puro Walser. La mezcla de precariedad y desobediencia militante, orgullosa, que emana éste está también en el retrato que Joseph Mitchell hizo de un vagabundo en sus dos relatos publicados en New Yorker, finalmente como libro con el título El secreto de Joe Gould (“tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y apenas me resistí a ello” –diría Walser). También  en el Artista del hambre que a Kafka le diera tiempo a escribir tras haber conocido y admirado a Walser. Y, algo más lejos en el tiempo, en el escribiente torturado y renuente que Melville pusiera a vivir esa obra maestra que, como las anteriores, es Bartebly el escribiente.
La desobediencia de la que fue testigo Mitchell en la forma de una gran, y genial, impostura, incubó en él la renuncia a escribir, de la que ya apenas saldría. Eso le hermana con Walser, y encarna fuera de los libros lo que Kafka (el director de la oficina de seguros en la que trabajó Kafka compararía a éste con los personajes soñadores de Walser) y Melville pusieran en ellos: la desobediencia como una renuncia no conflictiva, reivindicativa o combatiente, sino apaciguada, rendida al mundo. Los artistas del hambre y la escritura que en la ficción prefirieran no hacerlo, sirven de espejo a los que, en la vida real, prefirieron no escribirlo. Kafka, Walser, Mitchell vivieron para ver el horror que las guerras mundiales del siglo XX excavaron como una tumba en las conciencias. No ha de ser casual que el hallazgo de esa renuncia triste y callada tenga también, en ellos o sus personajes, la forma de una rendición por aniquilamiento moral.
Hasta ese instante, la historia de la desobediencia en la literatura es cualquier cosa menos la de un encogerse en la parálisis: de Adán a Prometeo, de Antígona a Alonso Quijano, de Romeo Montesco al ibseniano dr. Stockmann, de la Adela hija de Bernarda Alba al bombero Montag, negarse a obedecer es empezar una guerra en la que se pone todo en juego. La desobediencia como acto de rendición y no de lucha que Melville inicia con su Bartebly en 1853 iba a tardar en anclarse en Kafka setenta años. Y es difícil resistirse a ver en la figura de Seelig, trece años después, la del abogado de posición acomodada que, en un momento del cuento de Melville, pasa de ser el jefe pasmado ante la actitud de Bartebly a ser su protector. O dejar de ver en la descripción primera de éste -pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria- la de Walser. En una turbadora mezcla de ambos, la foto que Seelig tomara de Walser en 1954, bajo la nieve, sugiere no a Bartebly sino a su benefactor.
En su conformidad con el encogimiento de su persona pública, que no ha de confundirse con docilidad, Walser encierra también ese otro rasgo literario inmensamente más frecuente, la obediencia, y su rango no escaso de desdichas: la de Jesucristo, la de Hamlet, la de Sancho, la del Cándido de Voltaire, la de Fausto. Cuando Seelig le sugiere la posibilidad de instalarse fuera del sanatorio, Walser responde tener obligaciones para con el resto de pacientes, para con sus propios deberes dentro del hospital. Cuando se le pregunta si volvería a escribir fuera del sanatorio –lo que entre sus muros considera absurdo y cruel, en tanto que privado de libertad- responde Barteblianamente “con esa pregunta solo se puede hacer una cosa: no responderla”. Incluso su actitud durante una indisposición postrera –pasar la mayor parte de su convalecencia mirando a la pared- recuerda tristemente a Bartebly.
El día que se cumplen 70 años exactos desde uno de los paseos de Seelig y Walser, y enmarcado en el festival Fringe, en Madrid, un montaje hispano-argentino permite recorrer parte del suroeste de Madrid –Marcelo Usera y alrededores- acompañando a un actor que recrea ser Walser paseando y hallando personajes y paisajes que identificar con su minuciosa poética, a ratos envarada de amor, a ratos abiertamente crítica con la fealdad circundante. Seguirle en su itinerario es asomarse a dos paseos simultáneos, el que Walser publicara como novela breve, y el que Seelig publicara a su muerte: este Walser se para ante casi todo, observa y con un gesto anima a observar una puerta, la fuga que se abre al desembocar en una calle, un cable, un muro, una ventana, un papel en el suelo. Las escenas interpretadas por un cómplice se mezclan con las que improvisa la gente que lleva días viéndole pasear –traje, sombrero, paraguas. Lo que Seelig describe -“había dos ancianas sentadas arrugadas y una joven. Cuando nos íbamos vinieron a nuestra mesa a estrecharnos la mano”- es casi literalmente lo que ocurre.
Así, una mujer que canta en una terraza mientras se peina extrae de Walser una glosa de amor que pronto deriva en paternalismo de empresario de variedades; un practicante de Badajoz que nos abre las puertas de su diminuto consultorio le toma la tensión; una antigua actriz sentada en un bar que escucha su admirada declaración de afecto y azar se mezcla con la del que sale del bar, corriendo, para avisar a quien pueda abastecer a doce clientes súbitos. Si quienes atienden un supermercado chino no tardan en preguntar qué deseamos con tan obvia actitud no compradora, rezamos para que el dueño de una horterísima peluquería no salga de la misma para escuchar la diatriba feroz de Walser contra la pedantería y el horror estético. Las cámaras de un cajero automático captan su discurso de gratitud envenenada; el bibliotecario que nos acompaña hasta la azotea –vetada al público- le muestra después los libros más solicitados, ahí Walser es inusualmente compasivo.
Terminamos en Kúbik Fábric, sentados a una mesa en la que el infeliz lleva cinco jornadas seguidas tomando una tortilla diaria. Solo al final, con un parque de fondo, el paseo parece a la altura visual del que narrara Seelig –entre montañas, bosques, praderas. Una de las paseantes, una de los Seelig que hemos llegado hasta allí, se tumba hasta simular la posición en la que se le encontrara muerto mientras paseaba. Para quienes no hayan leído el libro de aquel, para aquellos que no tengan la suerte de amar a Walser, es difícil explicar lo que se siente al despedirse éste de uno en uno. Pasear junto a Raskolnikov, junto a Leopold Bloom, junto a Madame Bovary en sus escenarios respectivos ha de ser tan sobrecogedor como lo sea su peripecia fijada, inalterable. E incluso, en tanto que imposible de realizar íntegro en un tiempo teatral, su peripecia sería por fuerza simbólica, resumida, ficticia. Pero Walser era un hombre antes que un personaje. Cuando hace lo que hace, podría no hacerlo. Podría no mirar allí, podría no decir eso. Por eso todo lo que, encarnado en un actor, hace, mira o dice es real. Porque no tiene porqué ser así, porque mañana, incluso a merced de las mismas frases aprendidas, será distinto. E igualmente real. Es decir, porque sabe de sí mismo lo mismo que cada uno de nosotros.

26 julio 2014

los nadadores nocturnos



La soledad acompañada, no para el alivio, sino para vivir una soledad mejor, una que espere de sus miembros, no la integración sino el eslabón último de la soledad –el suicidio- es el agua más obvia en que nadan los personajes de la obra de Jose Manuel Mora, estos días en Matadero, pero no la única. Como una corriente que alternativamente calentara y helara el mundo a la altura del pecho, no hay personaje de este club de seres dañados que no se exponga al amor, lo logre, lo pierda. Desde el más catastróficamente hundido para el mundo –el chico-paloma- a ese eufemismo de la timidez que es la chica invisible, el ansía de amor, de comprensión profunda, funciona como un tren que tan pronto se detiene ante vidas improbablemente destinadas a encontrarse, como pasa de largo ante seres normales y razonables, que confían en sus costumbres mayoritarias como un antídoto ante el abismo íntimo de que no te importe nadie en realidad. Hijos sin padre claro; parejas que se desaman con una naturalidad que llevaran años ensayando; un maestro de vida cuyo logro final, y redundante, es un best seller sobre la coprofagia y otras artes de la defecación. Seres que ven en el ahogarse la ocasión de que el boca a boca simule la vida. Íntimos y simultáneamente impúdicos, el desamparo y el anuncio que pide amar son, en el magnífico montaje de Carlota Ferrer, un naufragio reído, cantado, amado, y al mismo tiempo un canto al salvavidas al que te aferras para hundirte abrazado a algo. Como todos, no son nadadores sino buzos. Toman aire donde se puede, en la superficie o en el fondo. 

25 julio 2014

Euridice en Germania



Comienza justo en este instante el festival de Bayreuth y lo hace con Tannhauser. Que es decir, con una variable sutil de lo que Monteverdi escogió para crear Orfeo en 1607. Wagner compuso una obra sobre la vida que Orfeo pudiera haber gozado en tierra de Euridice, de ser éste el acuerdo previsto con ella y no al revés. Al hacerlo, conservó también ese otro elemento bíblico que en Orfeo es la condena ligada al mirar atrás, y en Tannhauser, la razón de su regreso a la tierra de la que saliera. Como en otras formas artísticas, la añoranza, más aceradamente la impaciencia, es un tema trasladable con todo su impacto desde la mitología griega a la germánica, y de existir la norteamericana, podría hallarse en lo que pierde a Jay Gatsby en la novela homónima de Scott Fitzgerald. Philip Glass, que viene de contar la imposibilidad en la aceptación de la derrota de otro gran símbolo americano del siglo XX, sería una gran opción. Incluso si contada desde esa tradición: el infierno al que se precipita Gatsby al mirar atrás. 

24 julio 2014

siga a esa escena

he visto arder pólizas más allá de Orión



Escribe Ignacio Vidal Folch en el El País 20.7 cómo en mayo de 1964, tras una de las reuniones preparatorias de lo que luego sería 2001, una odisea del espacio, Stanley Kubrick y Arthur Clarke dieron en avistar lo que les pareció una nave extraterrestre (en realidad, el primer satélite de comunicaciones). Y cómo ambos se encontraron temiendo, respectivamente, que el proyecto quedase desfasado en caso de que se estableciese contacto con otras inteligencias alienígenas, y cuán la presencia extraterrestre “no podía ser una coincidencia. Ellos estaban actuando” para impedirles hacer la película. Más asombrosamente, cómo, al intentar contratar Kubrick un seguro que garantizara la viabilidad de la película en caso de que la carrera espacial hallase vida extraterrestre, la compañía de seguros fijó un precio astronómico que hacía imposible su contratación. La hipótesis Kubrickiana era viable para el departamento de análisis de riesgos.
Lo que podría ocurrir es, inverosímilmente, menos fantástico que lo que se decidió que no ocurriera: si para cualquiera que no conociera Espartaco (tres horas largas en su versión final), renunciar al prólogo en blanco y negro que Kubrick ideó para abrir 2001, y en el que científicos, teólogos, astrónomos y filósofos debatían la singularidad humana en el universo, suena lógico, la renuncia a una voz en off que explicara cómo el monolito enterrado en la luna era una señal de alarma dejado por una inteligencia alienígena para avisar de que la raza humana exploraba el espacio, revela una fe pasmosa en la habilidad decodificadora del espectador en una película que regala la información, y esa desde luego, con cuentagotas. Uno ha visto a un físico especializado en astronomía renunciar a verla por incapacidad de hallar la puerta de entrada. Que a Kubrick eso le pareciera aceptable es, de cuanta exploración aventura la película, la que más lejos viaja a sabiendas. 

23 julio 2014

lo que no se gasta


A pocas páginas de la pestilencia que exhalan las páginas de economía o nacional, hinchadas del robo permanente e impune de dinero público, en El País del último domingo se imprime, como una vacuna ignorada por la infección, memoria de cómo el ministerio de exteriores de la República española y el gobierno de México hubieron de comprar en 1940 el hotel de Montauban en que agonizaba Manuel Azaña, a fin de que muriese en el suroeste de Francia, pero en territorio mexicano. 

22 julio 2014

planeta de los si, míos



Como un reverso sintetizado de la saga X-Men, la construida a partir de la novela de Pierre Boulle continúa su explicación de la mutación como diferencial que tanto te separa como te une a aquellos a los que te enfrentas. Si en la novela solo al final se revelaba a cuál de las dos especies pertenecía el futuro, cada una de las secuelas de la película de Franklin Schaffner ha afrontado el problema de partir de a quien tan obviamente pertenece el pasado, que es decir, la extinción. En un cruce con La máquina del tiempo, de Wells, el encuentro de dos especies que en su día fueron la misma podría devenir en la historia de la dominación de una por la otra y de la rebelión eventual del lado débil, liderada por un mesías venido de un tiempo inesperado. Sin Wells funciona igual: la exhumación de la saga por Rupert Wyatt en 2011 y por Matt Reeves en 2014 halla a ese mesías en el lado fugazmente débil. La novedad es que los rasgos que le elevan a esa categoría son también los que más le acercan al lado al que se combate: César es el más humano de los simios, y como se encargan de sugerir los descerebrados que generan el conflicto en ambas historias recientes, no el más simio de los humanos. La imposibilidad de una simpatía total hacia quienes nos aniquilan generó un virus en El origen… (2011) que nos diezma sin que los simios tengan en ello arte o parte, y la cuadratura del círculo solo afila sus esquinas al proponer en esta El amanecer… (2014) dos bandos que son básicamente lo mismo, pelean con idénticas armas y les preocupa la niñez respectiva. Pero Boulle y luego Schaffner plantaron el final al principio, y éste es el que es. Que quienes nos suceden en el gobierno del planeta sean más o menos nosotros es más llevadero que verles sojuzgar, con similares prejuicios y dogmas pueriles, a la especie que evolucionó a partir de ellos, y que les aniquiló en el proceso. En último sentido, Boulle escribió una farsa. Y Schaffner, como Burton décadas después, lo entendió bien. Lo que vienen haciendo Wyatt y ahora Reeves es adaptar a Wells. Si se quiere jugar a la igualdad moral como única victoria posible de una saga condenada a la derrota humana, es buena opción. La moral sangra de forma más reconfortante. 

21 julio 2014

amanecer en la selva de bachmann



Leer a Paul Krugman es advertir uno de los logros dolorosamente permanentes que concurren en el análisis de la política norteamericana: la paradoja de que, en un país donde incluso sus más obtusos voceros reclaman como solución más libertad (aunque con ello solo se refieran a menos intervención gubernamental), los adjetivos que tan explícitamente acaban mereciendo bachmann, perry, palin, cruz, ryan o rubio esquiven la libertad de decir de ellos lo que son, y se refugien, quizá por cansancio, en otros más periféricos, más insólitamente educados dado el contrincante. Escribe Krugman que “la adicción a la inflación nos dice algo sobre el estado intelectual de quienes están a uno de los dos lados de la gran línea divisoria nacional. La preocupación obsesiva de la derecha por un problema que no tenemos, la negativa a replantearse sus premisas a pesar del abrumador fracaso en la práctica, nos dice que en realidad no existe ningún debate racional” y se lee como si la deflación hubiera llegado a la semántica. 

20 julio 2014

El escasamente extraordinario viaje hacia Wes Anderson



El cine de Jean-Pierre Jeunet, que hizo del gran angular uno de los rasgos del grotesco en que nadaban sus personajes, fue fijando la peripecia de éstos hasta convertirlos en sucesivos y reconocibles encarnaciones de un guiñol, cuya cachiporra y mueca sensible son, veinte años después, un gag paralizado, al que, para dotar de movimiento en este viaje de T.S. Spivet, hay que subirlo a un tren del que ya solo baja para ser algo distinto a cualquier otra película de Jeunet, y no a mejor. Construida para ser una copia mala del molde en que Wes Anderson agota su filón sin que, asombrosamente, aburra, lo mejor que puede decirse de ella es que éste la habría hecho mucho mejor. O mejor aún, no la habría hecho.

19 julio 2014

the ladies who die



Mientras viven aquellos que sirven de modelo a quienes, en escritura, lienzo o partitura, les convertirán en inmortales, sus vidas son dobles, y quizá en ello, la longevidad de la persona real parece nutrirse, no pocas veces, de la inmortalidad que espera al personaje escrito para ellos o, como ocurriera con Richard Burbage, para quien Shakespeare escribió no pocos de sus personajes más magníficos, su vida se agota al hacerlo quien le tomara de modelo. Quizá exhausto de vivir tantas vidas, Burbage vivió los mismos años que Shakespeare. La noticia de la muerte de Elaine Stricht, ayer a los 89 años, solo puede entenderse como un despiste irreparable de quien viviera para que Stephen Sondheim, entre otros, le hiciera cantar en Company. 

17 julio 2014

QFWFQ


Dieciséis años después, uno vuelve a la misma sala a ver la misma obra en el mismo montaje. Y dos símbolos afloran que imposiblemente podía apreciar en aquella primera reencarnación: uno, cuán la primera obra que quizá recuerdo –ésta- ha acabado contando lo mismo –cómo el punto previo al Big Bang, que concentrara toda la vida posterior, ya la contenía ahí, agitada y ansiosa- que el teatro ha acabado siendo para mí, cómo la física cosmológica en que se basa la adaptación de Julio Salvatierra a partir del relato de Italo Calvino, Las Cosmicómicas, es, sin necesidad de metáforas, el aleph primigenio del teatro en mi vida. Y dos, cómo la conclusión de ese relato, en la figura de un hombre que, por amor, abandona la tierra para dirigirse a la luna, sin retorno posible, es también el eje de mi primer libro publicado. Para quienes asisten a la representación, estos días en La cuarta pared, sin reconocer esa doble, e insospechada, ansia de premonición, el momento es igualmente gozoso.


A P.
Y a C.

15 julio 2014

The words without Maazel



En el breve texto de Anthony Short que acompaña la edición en dvd de la síntesis wagneriana que Lorin Maazel grabó en 2000 con la Filarmónica de Berlín, aquel enlaza la primera aparición de Maazel en Bayreuth, en 1960, con los lazos nazis que el nieto de Richard Wagner, y gestor del festival en aquellos años, Wieland, había acompañado del intento, no escasamente poco polémico, de despojar la obra de su abuelo de la teatralidad forjada en el XIX y acercarla así a un formato en que la música salida de la orquesta recobrara un protagonismo, una visibilidad, que la parafernalia mitológica, y no tanto la voz que la expresa, arrastraban hacia una suntuosidad escénica que acumulaba dorados en escena, quitándoselos a la partitura. The ring without words (EuroArts 2012) recoge en algo menos de hora y media motivos de la tetralogía wagneriana, que salen de la ópera tal y como la conocemos para contar su historia sin sus narradores. Es esa voz simultáneamente asimilada y hurtada a Wotan, a Brunilda, a Sigfrido, pero también a Wieland Wagner y al nazismo con el que conviviera mientras éste forjaba una mitología en tierra que precisaba justo de los disfraces que Wieland acabaría desterrando, la que desde ayer incluye a Maazel. Sobre la inconfundible voz que eres incluso cuando lo olvidas o lo ocultas, escribe Norman Lebrecht en El País 14.7: “No había otro capaz de espolear a una orquesta para que tocara como la Filarmónica de Viena; sobre todo, si era la Filarmónica de Viena”.

14 julio 2014

Escila en casa de Carabdis




Se anuncia la selección de la que saldrá el equipo estadounidense que jugara el mundial de baloncesto en nuestro país en septiembre, y el más sospechoso de los rendimientos previsibles que haya afrontado la generación dorada española se junta, así, con la mejor oportunidad que tendrá de ganar a un equipo conjuntado en Estados Unidos. Jugando la edad en contra, derrotarles traería además la única medalla que aún no puede colgarse esta generación: la de haber derrotado a Estados Unidos en una competición internacional en diez años, pues de ello se encargó Grecia en semifinales del mundial que luego perdería contra España en Japón en 2006. Siendo muy probablemente la última oportunidad de ver juntos a Pau Gasol, Navarro, Calderón y Reyes, ganar a Estados Unidos cerraría un círculo que empezó el día que la generación española venció a Estados Unidos en el Mundial junior de Lisboa de 1999. Ni uno solo de quienes empezaron el partido representando a Estados Unidos ese día hicieron grandes carreras en la NBA, y dudoso como sea el porvenir de Kyle Korver, Gordon Hayward, Kenneth Faried o Andre Drummond en los años venideros, uno desearía escuchar de nuevo a Pedro Barthe dentro de un par de meses, solo por soñar con criterio. 

20 junio 2014

el rey ha mudo, viva el rey


Quién tendría miedo a la retahila de tópicos si el espacio que ocupa el cargo que desempeñas permite moverte un centímetro en cada dirección antes de que salten todas las alarmas. Tan pobre es la expresión política habitual que basta decir algo que no sea una sandez, una obviedad, una mentira, o la no menos frecuente suma de las tres para parecer un iluminado o un extremista, según el accionarado del periódico que lo imprime. La irrelevancia del discurso del rey tiene, así, como la de quienes sustentan su cargo desde la política votada, no tanto que ver con la importancia del momento como con la del lenguaje en que nadas, como si fuera abrir la boca todo lo que espera el agua para hundirte. La naturalidad del discurso que, en su mejor acepción, tiene que ver con la claridad con que los problemas del país son, para el rey y para un hombre en paro, los mismos, se diluye en esa parálisis que su enunciado mil veces leído, grandilocuente y fofo, tan obvio como previsible, recuerda que los discursos los escriben profesionales del escapismo gramatical, a los que pagan por escribir nada que pese más que el viento que ha de llevárselo nada más leído en alto. Ningún mal deseo a un hombre educado para ocupar un puesto innecesario, fraudulento e históricamente aberrante. Pero qué mejor servicio a la república que debería haber sido proclamada hoy que hablar sin decir nada, como si fueras el primero en no creer, a estas alturas, la farsa que te dan a leer.


Lo cuenta Antonio Caño, hoy en El País:

19 junio 2014

tronera



No bastará, pero con lo publicado estos días en El País para glosar la importancia del rey, sale un breviario de la necesidad de una República:

“La abdicación puede ser un mea culpa simbólico o solo un último y peligroso mecanismo de autodefensa”. –Jordi Gracia, 3.6
“Los 38 años de reinado se confunden con la democracia” –editorial, 3.6
“La corona ha sido una institución más en una democracia generalmente opaca, anquilosada y de baja calidad” –José Ignacio Torreblanca, 3.6
“El rey no confío su secreto ni a los jeques y sultanes del golfo, con los que tiene una relación tan estrecha que se llaman “hermanos” –Natalia Junquera, 4.6
“La inesperada abdicación del rey ha tenido la característica de envejecer, de repente, a lo de alrededor” –Joaquín Estefanía, 4.6
“Fuentes de la dirección socialista recuerdan que todos los diputados saben perfectamente que el psoe forma parte del pacto institucional que incluye el respeto a la monarquía parlamentaria” –Anabel Díez, 5.6
“Convocados para honrar al rey, 340 empresarios se reunieron para premiar a uno de los suyos” –Mábel Galaz, 5.6
“El mayor servicio que los empresarios realizan a favor del conjunto de la sociedad se concreta en la generación de puestos de trabajo” –el rey, 5.6
“Muchas instituciones, incluso las más sagradas, están podridas. Los mismos partidos que se llenan la boca hablando del respeto a las instituciones las ultrajan cada día nombrando a personas corruptas y sin competencia para las magistraturas más elevadas, desviando recursos de formación o de desarrollo a su bolsillo, protegiendo a criminales reconocidos” –Luis Garicano, 5.6
“acompañado de ana botella, ignacio gonzález y el ministro de cultura, el rey, buen conocedor de la fiesta de los toros, recibe la ovación general de la afición en la corrida de la beneficencia en las ventas” -5.6
“Tenemos la suerte de que esta monarquía no cuenta con el apoyo de los monárquicos” –recuerda Juan Luis Cebrían a Juan de Borbón, 8.6.
“La consulta de monarquía o república es ilegal” –Rosa Díez, 11.6
“El gobierno planea dar al rey una protección jurídica máxima y única en España ante cualquier denuncia, querella o demanda” -13.6

18 junio 2014

X presidents



Al menos en cine, cuanto mayor la amenaza a la especie humana, más reconocible el enemigo a neutralizar. Más raro es que éste resulte ser recurrentemente Kennedy. Cinco años después de que Watchmen (Snyder, 2009) propusiera la reelección permanente de nixon en la década de los ochenta, X men, días del futuro pasado (Singer, 2014) propone a los mutantes como parte pasiva y activa de la presidencia nixon. Obligado a dimitir en 1974 por las escuchas ilegales realizadas en la sede del partido demócrata, nixon se sentiría más cerca del profesor mutante Xavier que del Ozimandias que, en Watchmen, mentía y asesinaba en aras de un bien mayor. Para compensar tanta atención por parte del cine, el término “secuela” tiene, en política, una acepción más real, aunque no menos previsible ni, por supuesto, menos rentable. 

16 junio 2014

about nothing



Recuerda Michael Schulman en The New Yorker la idea de Harold Bloom de que las mujeres shakespearianas siempre se casan con hombres inferiores a ellas, y al respecto, cómo Shakespeare in the park acoge, desde el día 3, Mucho ruido y pocas nueces, y en ella, a Lily Rabe, habitual de ediciones recientes. La última frase del artículo es una que merecen Malvolio, Falstaff y Nick Botton entre otros, pero para mí la querría –“let´s hope she keeps finding herself in Central Park, falling in love with some dopey guy by moonlight”

14 junio 2014

hijos de Mitchell



No se han cumplido aún diez días desde que la conmemoración del desembarco de Normandía trajera la de quienes aún viven para contar aquel día de 1944, cuando un nuevo libro de Gay Talese –Los hijos- sirve para volver a imprimir en papel de periódico el nombre de Joseph Mitchell. Y qué más nítido que observar la estampa clásica de Talese –chaleco bajo la americana, corbata y sombrero- y leer después sus magníficos relatos publicados en The New Yorker para apreciar lo que ésta, casi centenaria ya, hace por el periodismo cada siete días. Que es, honrando lo que Mitchell elevara a obra maestra del género en su El secreto de Joe Gould, lo que la ficción que afrontamos diariamente como verdad puede decir de su opuesto: las veces no menos incontables en que la verdad escoge el aspecto de ficción para darse mejor, más hondamente.
Para quienes hayan leído lo que Mitchell escribiera sobre Gould, el turbador resumen que Wikipedia ofrece sobre un matiz de su relación: In a remembrance of Mitchell printed in the June 10, 1996, issue of The New Yorker, his colleague Roger Angell wrote: "Each morning, he stepped out of the elevator with a preoccupied air, nodded wordlessly if you were just coming down the hall, and closed himself in his office. He emerged at lunchtime, always wearing his natty brown fedora (in summer, a straw one) and a tan raincoat; an hour and a half later, he reversed the process, again closing the door. Not much typing was heard from within, and people who called on Joe reported that his desktop was empty of everything but paper and pencils. When the end of the day came, he went home. Sometimes, in the evening elevator, I heard him emit a small sigh, but he never complained, never explained." Perhaps an explanation does emerge, however, in a remark that Mitchell made to Washington Post writer David Streitfeld (quoted here from Newsday, August 27, 1992): "You pick someone so close that, in fact, you are writing about yourself. Joe Gould had to leave home because he didn't fit in, the same way I had to leave home because I didn't fit in. Talking to Joe Gould all those years he became me in a way, if you see what I mean."

13 junio 2014

príncipes de la desolación


En Traición, de Pinter, bajo el triángulo amoroso hay una pirámide, y bajo ella, algo vivo. Al menos mientras la relación doblemente adúltera (Emma está casada y Robert es el mejor amigo de su marido) dura siete años en que ambos tienen hijos con sus parejas respectivas sin que dejen de ser amantes. Y es porque quizá no sean eso. En la estupenda versión de tg STAN, estos días en la Cuarta Pared, cuando Emma, aprovechando un viaje de Robert, se queda embarazada de su marido, Jerry, al decírselo a su vuelta, aquel se distancia, la felicita como lo haría alguien a quien vienen de clavar un cuchillo. Contada la acción de adelante a atrás, la traición va de menos a más, terminando con la turbadora escena de la seducción primera, en casa de su amigo, culminada con un beso robado primero, buscado después, todo ello un instante antes de que su marido irrumpa en la cocina. ¿Me has sido infiel? –se preguntan Emma y Robert en un momento de su relación. No –es su respuesta mutua. Y esa certeza, ese tesoro, es la piedra que sostiene toda la pirámide, incluso cuando sean ellos los que, años después, ya saqueado aquello por la luz del día, acaso bajen a buscarlo de nuevo. 

12 junio 2014

Macbranagh


La suerte que uno añoraría, encerrado hace nada en mitad de una fila del Valle Inclán, a merced del destrozo cometido con Cómo gustéis, sin poder huir discretamente hasta que llega el descanso, se reencarna en Nueva York estos días en una versión del New York Classical Theatre, que tiene lugar, al aire libre, en Central Park, para eventual suerte de quienes vayan a disfrutarla o a sufrirla. Por azares del destino, la otra obra de Shakespeare que se representa allí estos días es también la misma que, hasta hace un suspiro, se ha podido ver en el María Guerrero. Kenneth Branagh es el Macbeth que aquí Javier Gutiérrez. Y nadie más doblemente feliz que éste. Primero, porque sin haber visto ninguna de aquellas, es coherente pensar de antemano que mejor resistirá en la comparación el Cómo gustéis; segundo, porque siendo ambas obras a la misma hora los mismos días, improbablemente habrá podido el gran Gutiérrez ver aquella. Quién fuera él. O mejor aún, quien estuviera en NY hoy.

09 junio 2014

todo lo soñamos



No hace tanto que la historia del deporte español era la de un intento meritorio por sobreponerse a la superioridad con que según qué países dominaban repetidamente las competiciones internacionales. Alemania, Holanda e Italia se turnaban el fútbol, Estados Unidos hacía suyo el golf; Yugoslavia, Grecia e Italia acaparaban el baloncesto; Suecia y Estados Unidos el tenis, y así. Coronada la cima en todos ellos, ninguna parece hoy más predestinada que otra, dadas las veces que llamamos a las puertas en las décadas precedentes. La supremacía es tan irreal que dentro de pocos años, en algunos de los países que ahora caen, día sí, día también, ante selecciones de futbolistas, golfistas, baloncestistas o tenistas españoles, escribirán acerca de su ansiado triunfo cómo la tradición vencedora española fue, finalmente, derrotada. Pero será falso. Hablarán de una tradición que nunca existió. Solo un prodigio, que como sucede a veces en literatura, pintura o música, escoge concentrar sus más improbables frutos a la vez. En vísperas de los mundiales de fútbol y baloncesto, Nadal gana hace unas horas su noveno título en Roland Garros y es irreal hasta escribirlo. 

08 junio 2014

Paris era un vaso


Ampliamente consensuada la parte etílica entre Fitzgerald y Hemingway, asumido mutuamente el valor de la respectiva imaginación literaria, la obra póstuma del segundo se lee como una lucha por el polo opuesto de ambos acuerdos: el realismo. Si a mediados los años veinte del siglo XX, Hemingway había renunciado parcialmente al periodismo para intentar vivir, sin gran éxito, de sus cuentos, Fitzgerald llevaba años viviendo más que holgadamente de los que publicaba en The Saturday Evening Post. Cuando éste afirme escribir cada cuento en su “forma honrada” para después alterarlo y estropearlo a fin de encajar en el perfil deseado por su mecenas editorial, a Hemingway le parecerá obsceno el realismo de su compatriota. Más tarde dirá de él que no sabe beber, que su alcoholismo es inmaduro para tanto intento –“nunca imaginé que compartir conmigo unas pocas botellas de vino blanco iban a convertirle en un majadero”. Cuando Fitzgerald caiga enfermo durante un viaje y corresponda a Hemingway cuidarle, tendrá que padecer la mezcla afiebrada de inseguridad, narcisismo y victimismo que, quizá, alguien acostumbrado a convivir con justo esas virtudes en Zelda, ya no podía no reproducir, cuando era él quien necesitaba ser atendido. 

06 junio 2014

70 años del día C


La política nazi que reivindicaba Lebensraum, el espacio vital necesario moralmente al imperio, cumplía cinco años cuando, aún a pocos días del 6 de junio de 1944, hitler seguía pensando que el desembarco aliado tendría lugar en Calais y no en Normandía, donde, hace hoy setenta años, el nazismo empezó a perder el frente del oeste en un día que más merecía la C de Caronte que la D con la que ha pasado a la historia, y que dejó 230.000 muertos y 300.000 heridos, sumados los dos bandos. Estos días puede verse en La Abadía Lebensraum, teatro gestual llegado de Suecia y los países bajos, que, pensado para hacer sonreír, incluye un instante turbador, cuando lo que hasta entonces has considerado una muñeca empieza a moverse apenas perceptiblemente como un ser humano, porque lo es. Como si eso honrara también lo que, dejando más de medio millón de muertos y heridos, necesitó de tan dantesca fuerza inanimada para devolver la libertad y la vida a países enteros.

05 junio 2014

Operación Shakespeare



Acaso como todos los que intervienen en la versión de Marco Carniti de Como gustéis, estos días en el Valle Inclán, Edu Soto ha de sentirse, flauta en mano, el Pamino de La flauta mágica, obligado a pasar, por calles y bosques, prueba tras prueba, sin saber hasta el final si se avanza o no, y que quizá desearía la suerte de Papageno y su boca sellada. Nadie ha de sentirlo más que el Duque Fernando, aquí encarnado en un gurú de un bosque más espiritual que pastoril, como un Sarastro que vendiera esoterismo de televisión nocturna. Solo que más similitudes con Mozart, más sufre la visión de este Shakespeare cantado, que en los mejores momentos –cuando Verónica Ronda es la que canta o Soto el que habla- recuerda a un musical de la Gran Vía, y en los menos felices –que son lastimera mayoría- a una versión relajada de Operación triunfo. Shakespeare es el tema final de la temporada anual del CDN, y con suerte uno sale de esto para ver el Macbez de Lima en el María Guerrero, y no al revés.

04 junio 2014

viajes cercanos


Uno llega a la puerta del Auditorio Nacional y descubre que ha extraviado la entrada que estaba en su bolsillo. Dejada en el taxi o caída en el breve paseo una vez salido de él. Entre adquirir otra en ese instante y volver a casa frustrado, escojo lo segundo para poder aprender la lección, y en el camino de vuelta hallo la entrada, doblada como estaba, y con una huella de zapato impresa, que acaso sirve para que el aire no la desplazara hasta un asiento inencontrable. Obvio que el concierto se vuelve desde ese instante más apetecible, una vez dentro espera la misma secuencia: si el Concierto para violonchelo y orquesta en re mayor, de Haydn, emplea apenas a dos docenas de instrumentistas, dejando vacías la mitad amplia de las sillas que hay en el escenario, la segunda sinfonía de Mendelssohn ocupa no solo esas sillas, sino también parte de las del coro y la del organista, como si lo que encuentras añadiera matices a lo que perdiste. Compuesto de tres movimientos y una cantata, y honrando en su día el cuarto centenario de la invención de la imprenta por Gutenberg, ilustra doblemente lo anterior, al disponer al final de la sinfonía justo aquello –la oralidad- que precediera la invención de la fijación industrial de la letra. Horas después, en los Teatros del Canal, una versión de cámara –un piano haciendo de orquesta- de Katia Kabanova, de Janacek, forjada en el Théatre des Bouffes du Nord, aporta una dimensión distinta de la compensación musical, ésta volcada del lado de la dramaturgia. El resultado es que a ratos parecemos estar asistiendo a Lady Macbeth de Mtsensk, de Shostakovich. Cómo viajar más sin salir de la misma ciudad.

03 junio 2014

lectura dramatizada




Con una puntería que Tiresías envidiaría, el mismo día que el rey abdica, la Compañía Nacional de Teatro Clásico escenifica en el Pavón, dirigida por Juan Pastor, la lectura dramatizada de El reconciliador, de Manuel Silvela. El programa de mano define la institución en su más hondo sentido histórico –“En 1821 los reyes absolutistas se habían aferrado con más fuerza que nunca a sus tronos… en España el pronunciamiento de Riego obligaba a Fernando VII a restaurar la Constitución de Cádiz, comenzando el trienio liberal… boicoteados pronto por la actitud obstruccionista y conspiradora del propio rey y la presión de los absolutistas, apoyados por la nobleza y el clero. La santa alianza europea envío un ejército francés en defensa del rey, dando paso a una década de represión feroz”-, pero es su último párrafo el que parece escrito esta misma mañana –“con un comportamiento en el que abundan emociones lacrimógenas y se exageran aspectos sentimentales y patéticos, así como una intención moralizante.” Para más simbolismo, quien acudiera al teatro, malamente llegaba a la manifestación convocada en Sol para pedir la república. 

02 junio 2014

la real gana


Hace años el padre de una exnovia –militar con experiencia en la casa real- contaba que la mayor virtud del rey, la razón que mejor le acreditaba, era que siempre instaba a las partes en conflicto a hablar, a buscar puntos de acuerdo, tantas veces como fuera necesario. Animar a hablar implica, como primer precio, acostumbrarse a escuchar, y este rey, que heredó todas las razones del mundo para vivir escuchando las razones legítimas de los principios republicanos, acabó generando razones propias, ganadas a pulso, que empezaban y acababan en su comportamiento dudosamente ejemplar al frente de un cargo, entre cuyos anacronismos incluye el ideal moral. Si el primer deber de un rey debiera ser, en el mundo actual, dimitir nada más nombrado, el deber de una sociedad madura es pedirlo, o como en este caso, esperarlo. Entre las señales de la precariedad democrática está necesitar una figura medieval para liderar un proyecto del siglo XXI, y por comprensible que sea honrar su papel en la transición, cuarenta años después lo deseable sería agradecer a la persona y anular el cargo. Como su propio discurso de despedida acredita, preparar a un hombre durante cuarenta y cinco años para ser el mejor sucesor posible del puesto menos necesario posible tiene que ver con la misma idea que vertebra esos otros absolutismos modernos –los grandes partidos políticos-, no por nada cómplices perfectos en esa labor que, a efectos prácticos, es la misma que Shakespeare puso a cumplir al duque de Buckingham para Ricardo III. Cada ocasión desaprovechada de anular los privilegios de sangre, y su cualidad hereditaria, es una oportunidad perdida de decirnos la verdad a tiempo.