19 octubre 2013
el pasillo intransitable
18 octubre 2013
cartas desde el nivel 8
Escribe mi banco. En una hoja me
describen los perfiles de complejidad y de riesgo de los productos que tengo
contratados. Indica la volatilidad de los productos, es decir “de la facilidad con la que dicha inversión
alcanzará valores extremos de rentabilidad, buenos o malos”. Pero en la
segunda hoja figuran solo dos planes de pensiones, ambos de perfil medio-bajo. El
depósito a plazo fijo que tengo contratado no aparece. La explicación figura
abajo: “no contabilizan los depósitos que
tienen un perfil muy conservador”. Como si la prensa no explicara ya
bastante.
17 octubre 2013
cera para oír mejor
En un país que ha hecho del inicio de
la formación académica de un individuo el del comienzo de su carrera como
deudor, sorprende en el partido republicano estadounidense la pulsión por considerar
la deuda pública como un instrumento del socialismo y no de las libertades o el
sistema de libre mercado. O que uno de los senadores a sueldo ideológico del
tea party clame, minutos después de alcanzado un acuerdo que desbloquea el
acuerdo presupuestario, que “el senado se
niega a escuchar al pueblo americano” cuando el objeto mismo de sus
propuestas derrotadas es, explícitamente, negar la posibilidad a cincuenta
millones de esos ciudadanos de acceder a un seguro privado financiado por el
gobierno, que de otra manera no podrían permitirse. No sorprende la maniobra
del partido republicano de ganar mediante el chantaje lo que en las urnas no se
logró. Tampoco sorprende que john boehner, representante del partido
republicano en la cámara, y su presidente actual, concediera como argumento de
la maniobra el no rendirse, en vez de razones que acaso le obligarían a admitir
que la oposición que lidera es un juego de piezas electorales –esto es, de
bloqueo o sabotaje continuos- y no de gestión que contribuya al desarrollo de
un país, como las ínfulas de patriotismo del tea party buscan sugerir. Una
reforma sanitaria que reduzca las desigualdades e incluya entre sus
beneficiarios a quienes no pueden pagar la inabordable sanidad privada es algo
que enorgullecería a cualquier país que eligiera a políticos sensatos para
lograr objetivos sensatos. Parte del fracaso tan obvio
radica en que el sinsentido, como otras muestras del desvarío en política, rara vez
cree necesitar una sanidad más accesible. Cómo podrían saberlo.
el hilo
16 octubre 2013
Desintégrelos, señor Sulu
Cada día más parecido en aspecto a Spock,
incluso el título de la tesis doctoral con la que ibarretxe obtuviera un
sobresaliente –“principio ético,
principio democrático y desarrollo humano sostenible: fundamentos para un
modelo democrático” tiene que ver con
algo tan vulcaniano como la atenuación de lo que, habiendo fundado su
gobierno en los votos de cómplices y portavoces de asesinos, para el resto es
una cosa bien distinta. Clamando vestir, ya desde arzalluz, el uniforme del
Enterprise mientras las formas son las de los Klingon, el afán de llegar cómo
sea, sobre la sangre o la extorsión, allí donde ningún pueblo vasco ha estado
jamás, creado como propulsor, es solo el escudo.
15 octubre 2013
péguese en lugar visible
“Afortunadamente, la calidad del cine español no tiene nada que ver con
lo que el señor montoro o yo pensemos de él” –dice
José María Lassalle, confirmando lo que la cultura importa en quien administra
los fondos que lo nutren o lo asfixian: que la verdad resplandeciente, de tan
obvia, empieza y acaba en lujos del sistema como la cultura o la educación. Que
lo que se dice y es radicalmente honesto para éstos, no necesita del pudor que
da aplicarlo al resto de áreas que el gobierno perpetra.
14 octubre 2013
13 octubre 2013
la bruma contra el tiempo
El mismo día en que escriben unos
amigos desde Bariloche muere el nazi erich priebke, quien pasara casi cuarenta
años refugiado allí. Incluso de haber vivido uno solo de los 335 presos
italianos asesinados en Roma bajo su mando en 1944, improbablemente habría
sobrevivido a priebke, fallecido a los 100 años en la misma ciudad italiana. Hasta
cincuenta años después de aquellos hechos, cualquier descendiente o familiar de
los ejecutados podía haber viajado a Bariloche y al pasear por sus calles,
cruzarse, sin saberlo, con el criminal. Peor es saber que, tras cuatro décadas
de vida plácidamente inmune a sus actos, priebke acaso pudo haber llegado a
vivir como si aquello fuera solo un mal sueño, dado que nadie venía a
despertarle. Que su nuevo sueño sea peor y goce de la misma fortuna.
12 octubre 2013
de qué careces
En el examen de capacitación anunciado
en Madrid para los músicos que quieran tocar –es decir, que tocan- en la calle,
y cuya norma contempla que roten cada dos horas y estén separados por 75
metros, el imposible espejo político: que no baste con emitir ruido y que
alguien te escuche o eventualmente aplauda.
play it again, cheewie
Ocho de las quince piezas programadas
en el concierto de la Film Symphony orchestra para el jueves y el viernes en el
Auditorio Nacional son de John Williams. El año pasado lo eran todas. Solo
cinco días antes del primer concierto se anuncia el programa y con ello se
pierde una oportunidad de dar a esas músicas la ocasión de valerse por sí mismas,
pues ninguna es mejor por saber antes de oírla a qué película sirviera. Y quizá
sin ese peso previo –el de anteponer la fama a la partitura- la música de cine,
tal y como se entiende hoy día en los rarísimos conciertos que la albergan, podría
mostrarse con una grandeza que, con perdón, no requiere a Hans Zimmer o a James
Horner, y sí a Franz Waxman, Miklos Rosza o Bernard Herrmann. Nadie sonaba
mejor en el concierto inaugural de la temporada de la ONE, el año pasado, que
Max Steiner, el tercero de los hombres abrazados que pasean por la pista de
aterrizaje al final de Casablanca.
10 octubre 2013
herencia
Uno entra a un hospital buscando saber
si se muere pero la muerte está ese día lejos. Con un gusto que no siempre
demuestra, escoge citarse con una mujer hermosa de 91 años, en la costa cálida
de Levante. Dejarse besar, incluso por la muerte, es también una forma de
herencia, que sobrepasa a su hija para prolongarse en quienes conocieran a
ambas. Y así, lo que dejas en muerte es nada comparado con lo que dejaras en
vida. Lo que enseñaras en casa, nada comparado con lo que vinieran a aprender
de fuera. De todo lo que uno es o hace gracias a ambas, tocar a todos aquellos
con los que hablo es lo que más agradezco, la forma de amor que menos elección
requiere, acaso la única fácil de tomar. “Los
seres humanos tienden a no recordar más que dos momentos, el más intenso y el
último” –escribe Claudi Pérez hoy en El País, como si honrando a quienes siembran
el primero de forma que el último no acaba con lo logrado. Triste destino el de
la muerte, tener que besar mañana a alguien después de hacerlo a C.
09 octubre 2013
bajo el sombrero adecuado
Las cajas en las que Gay Talese guarda
la información recopilada para sus escritos aparecían hace poco en El País como
en un búnker, tal si fueran a ser necesarias llegado el día. Un anacronismo más,
como su inseparable sombrero. O quizá no. Pues, como el sombrero en sí,
preserva no solo la cabeza sino lo que hay en ella, sea una idea del periodismo
o una aún más romántica sobre la vestimenta de un caballero. Esta mañana, un
clon bastante aproximado de Talese paseaba junto a la plaza de toros de las
ventas –traje, sombrero, bastón, andar pausado. A su lado, la plaza parecía una
de esas cajas que uno no sabe qué hacen en el búnker.
08 octubre 2013
el peor amigo del cerebro humano
Quién en
la profundidad de las hemerotecas sobre el sinsentido podría recordar unas
declaraciones de la actual alcalde de Madrid hace unos años, cuando, con el
Proyecto Gran simio reclamando derechos para los grandes primates, la entonces
concejala despachara el tema diciendo que lo último que cabía esperar es darles
derechos humanos. Y uno esperaría que los avances que cuenta The New York Times
- http://www.nytimes.com/2013/10/06/opinion/sunday/dogs-are-people-too.html?pagewanted=1&_r=0&smid=fb-nytimes- sobre la investigación en el cerebro canino den de sí lo suficiente como
para que el parecer de un perro o de un primate sobre la reforma de la ley del
aborto que defiende el antiguo alcalde de Madrid incluya ese producto obvio de
la investigación en animales: lo cerca que estamos de ellos. Y cómo mientras éstos
se acercan a nosotros, algunos de nosotros huyen en dirección contraria, ojalá en
dirección a ese mismo laboratorio, donde poder ser analizados o reeducados.
lidl
Mezclados
el deseo de epatar y la ausencia absoluta de pudor con la que Angélica Lidell
sale a escena, sus obras son cada vez el making of de la obra, también una
sucesión de escenas afiebradas cuyo sentido es el de esperar el catatónico
momento que en cada montaje interrumpe la obra para que el público juegue a ser
el psicoanalista al que Lidell se dirige. Cansinamente autoindulgente con su
malestar, y tratado éste como si una
atracción de feria, cada obra suya es cada vez menos obra y más solo suya.
05 octubre 2013
improbables barcos dobles
Una semana de retraso en la presentación de los presupuestos generales
del estado para 2014, que casi duplica la inversión destinada al teatro, y lo
que ocurre estos días en Madrid hubiera semejado una profecía: no uno, sino dos
Festivales de Otoño. El primero y tradicional, radicado en los Teatros del
Canal, abre hoy con Angélica Lidell. El segundo, nombrado Una mirada al mundo,
cumple su ¿séptima? edición en los Teatros del CDN. Escindido y profético también,
el teatro magnífico de Wajdi Mouawad, que se edificara sobre Incendies, su
versión de Edipo, luce Seuls hasta el domingo como lo hicieran, los últimos dos
fines de semana, la producción moscovita del Teatro del Arte de El duelo, de Chéjov,
y lo que Cheek by Jowl ha hecho de Ubu Roi, de Jarry. Uno intenta imaginar dos
veces, es decir cuatro, semejante nivel de excelencia, y no puede.
04 octubre 2013
26 junio 2012
25 junio 2012
Los libros propios que escribe otro
El clima social y el desarme de la izquierda
son muy propicios a ese programa intensivo de panem et circenses (y más bien lo segundo que lo primero) que
políticos de toda laya y los medios escorados a la derecha (que son casi todos)
parecen haberse puesto de acuerdo en bendecir como bálsamo para el desastre. Y
pobre del que no siga la corriente: como explica Marc Perelman en Le sport barbare (Michalon), un libro
valiente y comprometido que no parece haber interesado a los editores
españoles, el deporte constituye el último tabú. A pesar de las explicaciones
de ciertos intelectuales integrados, el deporte no canaliza la violencia, sino
que a menudo la crea y disemina: con demasiada frecuencia vemos a la masa gregaria
entregarse sin freno a las pulsiones chovinistas, xenófobas, racistas y
homófobas despertadas por el nuevo opio del pueblo, mientras continúa
narcotizándose la vieja capacidad de los individuos para rebelarse contra la
injusticia o protestar contra la misma corrupción y opacidad de las estructuras
deportivas globales. El deporte mundializado, convertido en la más respetada
religión universal del siglo XXI, legitima el orden establecido, cualquiera que
sea: por doquier, “la nación”, explica Perelman, “ya no es un pueblo, sino un
equipo; no un territorio, sino un estadio; no una lengua, sino el bramido de la
hinchada”. Pero, sobre todo, funciona como una especie de totalitarismo blando
que invade y permeabiliza toda la actividad (y hasta el pensamiento) de
sociedades en las que se diría que constituye el único proyecto colectivo capaz
de galvanizar a los ciudadanos.
–Manuel Rodriguez Rivero, ayer en El País.
24 junio 2012
contra el mejor, el que más
Hasta que Wilt
Chamberlain y después Michael Jordan convirtieron el coleccionismo en algo
rutinario, optar al título de máximo anotador y simultáneamente al de mejor
jugador de la temporada fue tan inusual que se diría que lo primero era
condición necesaria para no aspirar a lo segundo, y viceversa. Específicamente,
si antes de Jordan ambos logros parecían escindidos en función de los distintos
objetivos que se persiguieran –anotar podía ser solo suplir las carencias del
equipo; ganar más partidos podía depender de defender mejor que nadie- después
de él, la bifurcación añadió a la lista de prioridades el inevitable reparto de
lo que en Jordan se congregaba. Antes de que pestañeáramos, Kobe Bryant había heredado
tres de esas virtudes: el instinto asesino, la capacidad de convertirse en el
equipo a conveniencia; y una excelsa capacidad para ganar los partidos a ambos
lados de la cancha. Steve Nash y Tim Duncan se quedaron con la capacidad de
hacer mejores a los demás. Mientras el primero acumulaba títulos de máximo
anotador, los segundos amasaban MVP´s. El reparto estaba aún reciente cuando Lebron
James se incorporó a la subasta en 2003. Y como no podía añadir virtudes al
catálogo –sencillamente no las hay- añadió centímetros y kilos de músculo
lanzado en carrera como un tren de mercancías.Con Bryant,
Nash, Duncan y Garnett en la recta final de sus carreras, un nuevo reparto asomó
en 2010 y tuvo su apogeo en la final de 2012, entre Miami Heat –que la ganaría
fácilmente- y Oklahoma Thunder. LeBron James entró en ella habiendo ganado tres
de los últimos cuatro títulos de mejor jugador de la temporada. Kevin Durant,
habiendo hecho lo propio con los tres últimos títulos de máximo anotador. Arrollador
James en el molde masivo de Wilt Chamberlain, y en la multitarea que encumbrara
a Oscar Robertson, Earvin Johnson o Larry Bird; ejecutor frío Durant, como lo
fueran Jerry West, George Gervin o Reggie Miller. El tiempo irá aproximando sus
logros. Salvo catástrofe a lo Ralph Sampson, James acabará su carrera entre los
cinco máximos anotadores de la historia. Y Durant posiblemente se retire con
dos o tres MVP´s. De momento, y mientras sus recorridos convergen hacia un
lugar muy parecido en los anuarios de la liga, el ganador de esa carrera es un
rostro familiar: máscara exacta del talento que engendrara a James, a Durant, a
Derrick Rose, los dos carriles desde los que la superioridad física –James- y
la finura letal –Durant- se aproximan a la historia llevan a Jordan. Él rediseñó
ambas carreteras. A la vez.
23 junio 2012
ser un hombre danés
Quizá porque
la traición de Rosencratz y Guildestern más mereciera otra víctima que no
Hamlet, la versión que encarna estos días Alberto San Juan en el Matadero asoma,
en lo desquiciado que no cesa, una forma peculiar de redención, pues escuchando
las líneas del príncipe de Dinamarca, a quien vemos es a… Ricardo III. Incluso
la cojera obvia de San Juan estos días juega a esa visión. Explícita,
incansablemente enloquecido, la lucidez de sus parlamentos parecen venir de un
personaje más calmo, un segundo espectro, tal como los de Ricardo III son
también los de un narrador que explicara minuciosamente a la audiencia su plan
criminal. Es una pena porque enfrente está un Polonio inusualmente divertido en
la encarnación de Javivi Gil y un rey Claudio en manos de Pedro Casablanc que
borda el político charlatán que viene de asesinar a su hermano como quien de
vencer en una Congreso constituyente.
¿Se le pasó por la cabeza en algún momento a Will Keen que con solo invertir los roles de San Juan y Casablanc hubiéramos tenido un montaje mucho más afinado?. Un rey usurpador tiene motivos para estar loco desde que asoma, pero un hijo que al tiempo es encargado de vengar el asesinato de su padre y que decide perder a la mujer que ama merece una gradación de dolor, paciencia y ansía de venganza que sea compatible con, por ejemplo, ponerse a hablar a una calavera con amor de niño, renunciar a matar al culpable por hallarle a salvo del cielo en ese instante, o ese prodigio de afinación que es pedir a Rosencratz que toque la flauta, pues ha de serle más sencillo, dados los sonidos que vino a sacarle a él. Por no hablar de una pregunta más valiosa –cómo amaría a Ofelia si el dolor por la misión encomendada no nublara su ánimo.
¿Se le pasó por la cabeza en algún momento a Will Keen que con solo invertir los roles de San Juan y Casablanc hubiéramos tenido un montaje mucho más afinado?. Un rey usurpador tiene motivos para estar loco desde que asoma, pero un hijo que al tiempo es encargado de vengar el asesinato de su padre y que decide perder a la mujer que ama merece una gradación de dolor, paciencia y ansía de venganza que sea compatible con, por ejemplo, ponerse a hablar a una calavera con amor de niño, renunciar a matar al culpable por hallarle a salvo del cielo en ese instante, o ese prodigio de afinación que es pedir a Rosencratz que toque la flauta, pues ha de serle más sencillo, dados los sonidos que vino a sacarle a él. Por no hablar de una pregunta más valiosa –cómo amaría a Ofelia si el dolor por la misión encomendada no nublara su ánimo.
Casablanc y
San Juan han sido ya antes padre e hijo de un tiempo de crimen y sucesión. Se
llamó Marat-Sade, de Peter Weiss, en la versión magnífica de Andrés Lima en el
María Guerrero en 2007. Entonces era Marat/Casablanc el profeta de la violencia.
Por allí estaba también Javivi Gil, entre los locos del sanatorio en que sucede
la obra. Hay, pues, dos espectros no avisados en este Hamlet, además del de
Ricardo III –el de este príncipe sacado de aquel manicomio, y el que encarna
Mario Gas como la voz del rey asesinado.
18 junio 2012
waiting on a sunny day
Pasan ya un
par de horas apretados delante del escenario cuando uno percibe algo que cabe
donde no lo haría una silla y casi ni aire respirable: entre quienes te rodean
exultantes, llorando, gritando o todo a la vez, adviertes que la persona a tu
derecha debe de tener sesenta años bien cumplidos, y lo mismo los seis que le
acompañan. Lo que es normal contemplar en un concierto de James Taylor –al cabo
solo un año mayor que Bruce Springsteen- es peculiar en uno donde ejercicios de
Pilates deberían ser obligatorios cada seis canciones. Rodeado de no pocos
sexagenarios en Taylor, asume uno con naturalidad que aquello que éstos amaran
con treinta años merece la misma fidelidad tres décadas después. Como en casi
todo, la forma en que quieres algo describe el objeto de hacerlo. Y que asistir
a Springsteen con solo trece personas entre tú y él exija una energía no escasa
pudiera hablar tan obviamente de lo que das a cambio como de lo que recibes,
tengas 20 o 60 años.
Uno cree que
el video mejor que saldría de un concierto como el de anoche también podría ser
uno que simplemente mostrara a la parte del público de mayor edad agitando sus
treinta años de pasión por Springsteen, que no poco tendrá que ver con esa
irrelevancia de la espera que es pasar diez horas guardando un lugar en una fila
o sentado en el suelo al calor de junio. Impone ver llorar a hombres como
árboles que un minuto antes saltaban y coreaban como si la memoria más valiosa
fuera aquí la muscular. Salga por los ojos o por la boca, es una energía que no
puede ser descrita y que quizá por eso solo puede ser cantada o saltada o
sonreída de asombro, de pasmo ante una fuerza tan incansable –casi cuatro horas-
como el dolor de espalda, piernas, y voz de quienes la contemplan.
En poco más
de un mes se ha podido ver en Madrid a Taylor y Springsteen. Es tanto un
prodigio de la capacidad musical como de la longevidad: sumas la edad de ambos
y tienes a Wagner… vivo. Como tampoco la juventud, la vejez no tiene porqué parecerse
a la de un hombre que salta y grita o hace llorar de pura emoción a quienes van
a verle, pero cuánto de lo que agitaba anoche a media docena de sexagenarios no
será también adrenalina intacta, esperando solo el momento adecuado, el lugar
preciso, el ejemplo lo suficientemente vivo. Parte de esa espera se contrae ya,
hasta la siguiente, tan improbable, ráfaga de tiempo sin edad.
el librero periódico
En el
anuncio de la decena espléndida de libros que El País permitirá comprar próximamente
con el periódico, esa intuición: que un periódico que pone a la venta –y acaso
logre vender- cientos de miles de ejemplares de un libro pudiera, de tener
continuidad, ayudar a salvar al periodismo de la extinción publicitaria y, al
mismo tiempo, a quienes escriben con la intención de competir con la literatura
y no con una lata de tomate más del supermercado. A quienes más raramente vendrá
alguien a salvar es a las librerías. Salvar a los lectores ya será un prodigio.
levántate y muere
Se lee en El
País 15.6 que las células madres sobreviven 14 días tras la muerte. Como la iglesía
católica, pero sin semejante alarde.
13 junio 2012
ángulos
Cómo el Gay
Messiah, de Rufus Wainright, suena a sinopsis de Ángeles en América, de Tony
Kushner. Cómo Andrew Bird en menor medida, Micah P. Hinson permanentemente,
sugieren estar asistiendo al mismo tiempo al concierto y al making of. Cómo el
cebo puesto en el patio de butacas por DV8 Physical Theatre es la línea más arriesgada
de todas las que se dicen en su Can we talk about this?, hace unos días en los
teatros del Canal.
12 junio 2012
08 junio 2012
smile
En esa cara
sonriente, casi inédita en Beckett, demostración de cómo una biografía puede
aspirar a la verdad y su portada, a lo contrario.
07 junio 2012
bradburyanos
Muere Ray
Bradbury como demostración de que la muerte no es menos hábil hallando el
escondite de los vivos que el fuego a la hora de localizar libros que quemar. Cuando,
a principios de los noventa, uno tuvo que elegir un nombre al que anclar la dirección
de correo electrónico escogí en su lugar un escondite –Montag. Es decir, el nombre
del bombero inventado por Bradbury que empezaba su novela Fahrenheit 451 como
eficaz miembro de una brigada encargada de localizar y quemar libros, y la terminaba
oculto en un bosque, junto a otros huidos, destinado a preservar, memorizándolo,
un libro de su elección, acaso el que fuera a morir pronto al hacerlo su
portador, en la casa de al lado. Es razonable pensar que elegí ese nombre para
vengarme, en defensa propia, del papel nulo, mal visto incluso, que la literatura,
como toda forma de gran cultura, tenía y supongo que tiene aún en las agencias
de publicidad. La alternativa al fuego no es necesariamente la memorización,
asi que ha de ser mera justicia que el día que Bradbury es incinerado (pidió
reposar en Marte) uno recuerde tan nítidamente a ese Quijote encargado de
salvar los molinos, tragándoselos. También ese otro prodigio: acordarse de él
en una película en la que sale Julie Christie.
04 junio 2012
03 junio 2012
Coma de matrimonio
No recuerdo a quién le leí que para que un Diario sea interesante –el término
era menos vago- quien escribe debía ser un problema para él mismo. Hay mucho de
eso - de cómo los problemas ganan, de cómo, para subsistir, uno se convierte en
lo que escribe- en Coma, el texto autobiográfico de Pierre Guyotat, leído por
Patrice Chéreau anoche en la Abadía. Es a la noche de esos otros yo a lo que
suena algo que se escucha –“Los que
duermen sueñan con los que, en la otra parte del mundo, están despiertos”.
02 junio 2012
up in the ground
Como quizá en la mitología griega, la venganza de un héroe o un semidios
podría ser devolver miméticamente la desconfianza y la extrañeza con que los
seres humanos les observan en las obras de teatro, los tebeos o las películas
que los adaptan. Si Hulk es un héroe y al tiempo un esquema –el hombre que
contiene a la bestia simultáneamente le teme y le comprende-, Mr. Manhattan es
el más cercano a un dios y a la vez el que más hondamente nos comprende. Su
actitud contiene la indiferencia, la compasión y el juicio exacto sobre
nuestros méritos. Con su excepción, ningún héroe de los últimos cien años ha
sido diseñado para juzgarnos al mismo tiempo que nos socorre. Quizá porque solo
mantenerse permanentemente ocupado en lo segundo explica la ausencia de lo
primero.
18 mayo 2012
las seis posiciones
Cuanto más obvio el músculo
necesario para practicar deporte, más fácil es pasar por alto que ganar o
perder se reduce a la toma adecuada de decisiones, y que, no pocas veces, más
fuerza bruta solo sirve para cometer errores más deprisa o con más vigor. No
hay fórmula para evaluar el valor de esa proporción en el éxito o fracaso de un
equipo, pero sí un experimento útil: se llama nombrar director de operaciones –responsable
final de la composición de la plantilla- a un jugador ya retirado.
Desgraciadamente para Isiah Thomas, Kevin McHale o Michael Jordan, las
estadísticas como responsables de los New York Knicks, los Minnesota Timberwolves,
los Washington Wizards o los Charlotte Bobcats cuentan una historia igual de
explícita que cuando jugaban. Afortunadamente para los Phoenix Suns o los Indiana
Pacers, Steve Kerr o Larry Bird no han envejecido aunque no quepan ya en la
ropa que les encumbrara.
Bird viene de ser nombrado
ejecutivo del año en la NBA, lo cual poco significa hasta que se considera que
alguien con su mismo nombre fue en su día primero el mejor jugador durante tres
años consecutivos en los Celtics y, años después, el mejor entrenador en los
Pacers. Es sencillamente un prodigio irrepetible del manejo de decisiones tan
distintas como haber sido logradas con el balón en las manos, con doce
jugadores a tus órdenes, y finalmente con una lista de cientos de jugadores
posibles con los que confeccionar un equipo. La ampliación de responsabilidades
vuelve el logro aún más complicado, dado el número creciente de imponderables
que escapan al control. Y ni siquiera las pistas que dejara Bird en sus tiempos
de corto lo explican –jugando al lado de McHale y Parish, sus rebotes fueron
siempre superiores; jugando al lado de Ainge y Johnson, sus asistencias también
lo fueron.
Pero de alguna forma sus logros
como jugador adquieren así un brillo nuevo, de hecho solo al alcance de Jerry
West. Uno que tiene que ver con construir el equipo adecuado, ya te lo
encuentres en el vestuario el día que entras en él por vez primera a ponerte la
camiseta, ya te toque diseñarlo desde los despachos. Como Johnson, Bird solo
dobló la rodilla cuando su equipo lo hizo. Jordan les sucedió a ambos, pero lo
hizo como un canibal, alguien que en todo momento salía a ganar con sus
compañeros o a pesar de ellos, de quien, dentro o fuera de la cancha, no se
postrara ante él. Pero incluso alguien bendecido con todos los poderes
imaginables no ganó nada hasta que alguien con un talento menos infinito, por
no decir sospechoso –Jerry Krause- hizo el único movimiento que Jordan aún se
ha demostrado incapaz de hacer, una vez retirado: tomó las decisiones adecuadas
al obtener el mismo año a Grant y Pippen. Krause fue Jordan al menos por un
minuto. Jordan lleva siendo Krause desde que se retiró.
Es una forma transparente de
entender el alcance de lo logrado por Bird: lo ha seguido siendo en sus
sucesivas encarnaciones, es decir, cuanto más se alejaba del balón, de aquello
por lo que se le considerara un genio. Dejar atrás un cambio de piel tras otro
sin que la nueva deje ver el cambio es meramente complicado hasta que se
considera la presión que rodea la competición en la NBA, y directamente asombroso
si se le suma el peso que su nombre carga sobre todo lo que Bird haga dentro de
un pabellón de baloncesto. Se entendería mejor si junto a las camisetas que
cuelgan de los techos del Boston Garden, junto a las de Russell, Cousy o Bobby
Jones, colgara también la americana de Red Auerbach; o junto a las de Jabbar,
Mikan, Johnson, lo hicieran las de Jerry West o Pat Riley. Porque entonces uno
podría elevar la vista y contemplar, repartidos en dos pabellones distintos,
tres uniformes diferentes con un mismo apellido en cada una de ellas. Y si uno
imaginara entonces que, dado que los pabellones albergan a veces deportes
distintos, ese apellido reconoce tres trabajos completamente distintos,
entonces, improbablemente, estaría en lo cierto.
17 mayo 2012
fuga de sentido
Convertida la política, vía
declaraciones absurdas y diarias, en palíndromo, donde basta oír una cosa para
saber que la verdad es su opuesto exacto, sabe uno, al leer en este instante
que el gobierno y bankia niegan la fuga masiva de depósitos, que eso es justo
lo que está ocurriendo. Y es lógico. Tanto si es el miedo lo que mueve a
hacerlo, como si lo que se busca es castigar la ineptitud en la gestión. Es
también la bala errática disparada desde lo que la política ha logrado en la
sociedad: conseguido que la gente vote por espasmo, sin entender más que un eslogan,
una corbata bien puesta, un prejuicio adecuadamente servido, la reacción es la
misma. La desinformación se basta. Incluso sus plazos se parecen: como es hábito
en política, en cuatro años bastará el marketing adecuado para rebautizar la
estafa y hacerla, de nuevo, confiable.
la fuente escasa
Uno de los problemas de según
qué muertes es el gobierno que les sobrevive. La contradicción insuperable
entre la inteligencia y lo que es necesario hacer o decir para aspirar al puesto
tiene ejemplos obvios por doquier de cómo lo segundo solo se da si se renuncia a
lo primero. Y sin embargo hay prodigios: Vaclav Havel presidió la república
Checa durante trece años, Winston Churchill obtuvo el Nobel de literatura,
Vargas Llosa fue derrotado en el intento ante Fujimori antes de que a éste le derrotaran
los jueces, la cabeza de Azaña era cuanto podían pedir los sublevados,
incapaces de albergar lo que contenía. Carlos Fuentes era de esa rara estirpe. El
vacío que deja en los anaqueles es poco, poquísimo, comparado con el que
hubiera llenado de presidir el país en que le tocó nacer.
16 mayo 2012
dramaturgos de obra ajena
Qué más normal en un Festival de otoño que tiene lugar en mayo que ver un montaje de Robert Lepage el miércoles, uno de Peter Brook el jueves, uno de Simon McBurney el domingo. Frondoso, tupido, hecho de ramas que aparecen y se desvanecen el primero; despejado, luminoso, grácil el segundo; apabullante, operístico, ambicioso hasta lo temerario el tercero. Es lo mejor del festival –se escucha a una mujer a la salida de la primera de las 24 obras –The suit- que aún no ha podido ver. Y quizá lo que está diciendo, adoración o fidelidad aparte, es que Brook, como Lepage, McBurney o Robert Wilson son formatos tan esencialmente reconocibles de un festival de teatro contemporáneo como un molde que se proyecta hacia atrás: Eurípides hubiera amado a Robert Lepage, Beckett habría escrito para Peter Brook, Wilson habría llamado… a Wilson.
Playing cards 1: spades; The
suit; The Master and Margarita. Cada camino tiene su logro, y confluyen en que
la creación reconocible de un estilo pudiera ser, en su respectiva destilación,
una cualidad dramatúrgica como lo sea el pentámetro yámbico en el teatro
isabelino o el rol del coro en el teatro clásico griego. Aunque la obra de
Brook –sumados ensayos y memorias- casi iguala en extensión a la conservada de Sófocles,
el logro de los tres es ser directores de escena y aún así operar sobre el
texto como lo hace un dramaturgo: no versionando, sino reescribiendo. Y que el
autor sea el personaje no es una idea infrecuente: si la peripecia de Bulgákov
es explícitamente la del Maestro en su novela, si uno pestañea, a quien ve
dentro del personaje principal de The suit es al propio Brook.
En ella se cuenta el
descubrimiento por un hombre de la infidelidad de su mujer. Y lo que aquel
escoge entonces como castigo es, en su creatividad, puro acto de dramaturgo: no
alejar o destruir la prueba del delito, sino obligar a su mujer a sentar al
traje a la mesa cada día, a darle de comer, a bailar con él. El propio traje
como encarnación del hombre que no está es puro Brook: símbolo que se construye
por ausencia, por reducción de elementos que están sin estar, como en su Gran
inquisidor, disertado por Bruce Myers hace cuatro años a un testigo mudo.
Convertir en fábula cuanto toca
–sea una versión de La flauta mágica con cuatro cantantes y un piano, o esta
historia de oscuro rencor marital en un cuento musicado- tiene que ver en Brook
con revelar la esencia, el hueso, tanto como, en Lepage, con viajar de un trozo
del cuerpo a otro donde a veces se arrastran gestos musculares de uno a otro, o
se olvidan durante una hora hasta que asoman de nuevo. Si se podría crear un
montaje con lo que Brook deja fuera, Lepage es minucioso en los encuadres de
una historia, como si la multiplicidad de ángulos –en Playing cards,
literalmente- sirviera para contar lo que una situación, un personaje, una
localización puede ayudar a contar de otra.
Mientras Brook exige una
atención más lúdica, más relajada, Lepage plantea el acceso a nuestra
inteligencia como una operación militar compleja. Si uno reduce el armamento a
la expresión hablada o cantada, el otro aglutina cuanto arsenal técnico y
expresivo pueda caber al servicio de Stravinsky o de una creación coral. Más
obvio en Brook, si merecen la cualidad de dramaturgos, es porque, por encima de
exhuberancia o reducción, ambos sirven al gran silencio a que aspiran Sófocles,
Shakespeare, Calderón, Chejov, Ibsen, Beckett o Bernhardt. Que no es otra cosa
que renunciar a explicar si el destino de Edipo pudiera tener que ver con la osadía
de derrotar a la Esfinge; cuánto del encuentro con el espectro del padre acaso
sea solo delirio de Hamlet; o si es Nora la que realmente se cansara de tener
un juguete por marido.
Solo podemos intuir la calidad
precisa del sufrimiento de Philemon en The suit. ¿Es su orgullo o su amor
afrontado lo que castiga a su mujer?. ¿Qué mueve al ludópata, recién saldadas
sus deudas al final de Playing cards, a donar su fortuna nueva a una oscura
limpiadora del hotel?, ¿qué sueñan en realidad las vidas alucinadas de la
pareja embarazada cuando se abandonan a la aparición de un chamán que viene a
cambiarles para siempre?. Dado lo asombroso del empeño de adaptar la novela de Bulgákov
-El maestro y Margarita- McBurney dudosamente podría añadir una pregunta más
incluso si quisiera. Pero las de aquel resuenan con más fuerza, dada la
minimización de las explicaciones: si en el paralelismo perfecto del
cristianismo y el estalinismo Pilatos tiene a Stalin, Jesús al Maestro y Judas
al amigo que traiciona al escritor para quedarse con su casa, ¿es Margarita
María Magdalena?, ¿tiene su paralelismo también el afecto que Pilatos siente
hacia el crucificado?, ¿quién es el trasunto del verdadero culpable -el sumo sacerdote Caifás- en la rusia
descrita por Bulgákov?, ¿quién es, pues, el Pilatos ruso?
Como McBurney, si Brook habla
del individuo, Lepage lo hace de la sociedad. Pero sus personajes bien podrían
venir de la obra del otro. Para afrontar la cualidad aislada del dolor si
vienen de Lepage; si desde Brook para colapsar una vez insertos en el engranaje
múltiple y simultaneo que abruma los sentidos en los montajes del canadiense.
Es centro contra periferia, espejos contra el eco que parece venir de todas
partes, pero no tan distinto misterio. Aunque en McBurney sea el de la
ferocidad del sistema y los sacrificios del amor, de la compasión, de la
creación literaria; en Brook de la hiel bebida como horchata; y en Lepage, de
una visión nublada del mundo que no impide pasar por él con miedo, rabia y
deseo.
Es imposible –aquí o en Nueva
York- ver tres óperas sobresalientes en tres días; leer tres libros tan distintos,
tan magníficos en los mismos tres días, improbablemente hallar en cines de
estreno tres obras maestras que ver en tres días consecutivos. En Madrid es
posible, y casi sin salir del mismo teatro.
13 mayo 2012
12 mayo 2012
adivina quién no viene esta noche
El logro último de Miguel del
Arco, erigido en su ascenso sobre sendas reformulaciones de Luigi Pirandello y Máxim
Gorki, podría ser, coherentemente, la multitud de realidades adaptadas que
pueden verse en su El inspector, estos días en el Valle Inclán. A saber: 1. del
texto de Nikolai Gógol; 2. de lo que un periódico pueda llevar contando recientemente
del expolio de la hacienda pública, perpetrado con luz y taquígrafos en nuestro
país; 3. finalmente, de lo que Eduardo de Filippo pusiera en su Arte de la
comedia, superlativamente montado en La Abadía hace dos años. Las dos primeras
–la descripción de un alcalde corrupto atemorizado por la visita de un
inspector y lo que cualquiera puede leer hoy día en un periódico- funcionan
como una caricatura y su modelo puestos a convivir. Engranan con triste
naturalidad, aunque la versión pierda distancia irónica y gane en vodevil. Acaso
con más filo contaría sus puñales si el trazo de tanto arribista no fuera tan
obvio que corre el peligro de verse como una parodia de un vicio –el robo de lo
público- en vez de su retrato servido con reducción de hiel.
Sin un solo observador dentro
de la obra que sospeche o advierta la farsa, el montaje se ve como la versión guasona
y afiebrada de El guateque, de Edwards, contada desde la página de política nacional.
O, por su mezcla de fatalismo y denuncia, como un esperpento. Y tanto, que su
vehículo principal, el alcalde, viene de tener la misma cara de Gonzalo de
Castro en Luces de Bohemia. Sin un solo instante apenas en que un personaje se
quede a solas para rumiar su desvarío o su contribución a la mentira general, sus
mejores momentos suceden cuando el alcalde amaga con insistir su honestidad
imposible delante de sus colaboradores. También es justo, en ese asomo de aspirar
a ser quien de ninguna manera puede ser, cuando más nítidamente asoma aquel
gobernador que di Filippo pusiera a sospechar de cuanto ciudadano entra a su
recién ganado despacho, en la duda literal de si no serán acaso actores
tratando de burlarse de él.
La incredulidad como sustituto
de la autoridad no solo es un artefacto teatral más rico y con más matices que la
mera farsa sobre la corrupción generalizada, también lo es por emplear el
núcleo real del problema de la política como expolio: la desaparición del bien
común. Si el gobernador que acaba de llegar a su puesto en un pueblo de la
Italia de los años 30 no distingue lo que le es explicado como problemas
nítidos, con caras y causas concretas y comprobables, el cinismo de este
alcalde ruso en 1836, y español hasta la médula en 2012, da para dar varias
vueltas a la población que regenta, como si el objetivo fuera, no ignorar las
consecuencias del robo, sino entenderlo con criterios de Libro Guiness de los
records. Es una caricatura que superpone trazos en vez de retraerlos. Por eso
su transparencia cansa por repetitiva. Y por eso los números corales en que,
como un grupo de coristas brechtianos, la troupe canta al amor del
neoliberalismo por el interés general, en vez de funcionar como despertadores
de la metáfora, se ven como una repetición de los mejores momentos de lo que
llevan dos horas contándote.
Aunque legítimo, aunque
necesario, la única consecuencia desdichada de insertar la denuncia actualizada
dentro de una obra es que acabes eligiendo entre denuncia y obra. El inspector
trata del combate entre un político adulador que trata de corromper a quien
cree un funcionario enviado a juzgarle, y el teatro que éste acepta componer
para no perder lo que las prebendas del engaño. Si di Filippo diseñó mejor su
balanza es porque puso literalmente a la política, encarnada en el gobernador,
a sospechar del teatro, representado en el empresario Oreste Campese. Cuando
éste, animado por el político, se anima a fabular políticas culturales, aquel
reacciona como quien ve invadido su espacio, sus funciones y privilegios. Originado
en lo que el teatro viene a pedir a la política, ésta reacciona ante lo que el
teatro dice de ella. Extrañamente, si el mecanismo dramático fluye mejor en El
arte de la Comedia, el logro superior de El inspector sucede… en el patio de
butacas. Habla del teatro como agitador social, como despertador moral. También
de ese vector valiosísimo del teatro público: que el gobierno que patrocina
desmantelamientos sociales y protege a su casta como un capo a su clan… patrocine
al mismo tiempo la exhibición explícita de lo que niega en los periódicos.
10 mayo 2012
reunirse con los cubiertos
La cena anual de los corresponsales, que reúne en
Washington a quienes cubren la información sobre la Casa Blanca y a quienes son
cubiertos –periodistas y presidente de Estados Unidos respectivamente- es una
idea audaz dada la chanza que unos y otros vierten sobre su respectiva
profesión, pero no lo es menos que aceptar como broma solo parcial la visión
del partido republicano sobre casi cualquier tema. Sin embargo ambos prodigios
se han sentado a la misma mesa durante años, y asombra recordar la libertad de
george bush jr. para reírse de sus obvias carencias durante un día al año y
gobernar el resto como si, reconocidas por él, bastara al resto de la población
para pasarlas por alto. No se llega a presidente de un país sin entender que el
sapo y la culebra son parte del menú que viene con el cargo. Como tampoco se
gestiona una cadena de televisión, de radio o un periódico sin exhibir, en
tantos casos, tu condición de sapo. Es esa convivencia lo asombroso. Que unos y
otros mastiquen, por unas horas, otra cosa. La bilis que emana la Fox y su
descerebrado apoyo a cuanto de insensato tenga la política ha de ser solo el
esfuerzo del estómago por volver a la dieta habitual.
el punto cero
En el reportaje de Guillermo Abril en el suplemento de El
País 29.4, la extraña metáfora de que el litio como alternativa al petróleo
surja en desiertos de una salinidad extrema, donde la vida no es posible. Como
si el mundo que creara el petróleo exigiera partir del punto exacto en que éste
se agota.
James, Taylor y el resto
También el poder de lo que amas se muestra con solo mirar
a quienes te rodean en el acto de hacerlo. Y aún siendo James Taylor a quien
uno no deja de mirar mientras canta, también la proximidad de los extraños que
se apiñan en torno a ti cuenta esa emoción, aunque improbablemente te hermane
con adolescentes, matrimonios de setenta años, veinteañeras, y todo un abanico
posible de edades conmovidas. Si hay algo asombroso en que quizá algunas
canciones sean todo lo que uno tiene en común con otra persona es que ese nexo
excave tan hondo en cada uno de lo seres distintos. Y que ese vínculo sean tan
poderoso como para sentir que sí, que uno podría acabar siendo este hombre de
sesenta años o aquel de setenta. También porque dignifica la comunión fugaz que hace salir a hordas taradas a recorrer las calles de la ciudad como si
las estuvieran tomando militarmente tras un partido de fútbol. Cuantos de los
infiernos personales a los que Taylor ha sobrevivido no serán, desde ese lado
del concierto, el mismo reverso: el estribillo sabido, imitado, de los que se
apiñan frente a él.
para B., a quien Taylor y el resto hemos venido a ver
para B., a quien Taylor y el resto hemos venido a ver
08 mayo 2012
el jarrón chino
Dos prodigios confluyen en El País de los sábados: 1: la
publicación del suplemento cultural cuyos temas y tratamiento uno imagina se
imprimen para un lector distinto del que los lunes se empapa las quince páginas
de fútbol que puede llegar a servir su diario, o la de toros. Y 2, tan
asombroso o más: el suplemento de moda que acompaña sí o sí el periódico. Hay
que leer a Roger Salas escribir sobre danza o a Marcos Ordoñez sobre teatro,
ambos en el pasquín cultural, y luego tratar de averiguar cómo los dos suplementos
no se destruyen mutuamente, tal materia y antimateria. Así como ha de haber
quien no se llevara las páginas de política nacional si las vendieran aparte, uno
nunca sabe si aceptar o no el suplemento de moda cuando me lo dan. Hojearlo es
ya complicado en esa virtud de las revistas de tendencias que es… la dificultad
de distinguir qué es un anuncio y qué un reportaje. Como dos suplementos más, esas
dos preguntas, finalmente: Qué opinión tiene de mí el periódico que leo. Qué
piensan sus responsables que hace el que termina de leer Babelia y sostiene entonces
el catálogo de muebles y perfumes como si él mismo fuera también uno.
02 mayo 2012
Max premios
Vienen de otorgarse los premios Max de teatro. Ninguno de
ellos premia el cartel más conseguido o más hondo o solo mejor diseñado. Quizá
porque se lo llevaría siempre Isidro Ferrer, como cada uno de las temporadas que
lleva haciendo los carteles del CDN. Y sin embargo, solo un menos mediocre uso
de las tipografías separa el de Elling, creado por Sergio Parra, de aspirar a
ser ese cartel premiado. Esa mano en el hombro de Carmelo Gómez.
01 mayo 2012
dedos llenos de manos
Solo por la rareza que es disentir de David Trueba merece
la pena acotar algo acerca de lo que escribe en El País 30.4 sobre la forma en
que Marc Fumaroli escribiera cómo el estado –francés, cabe pensar-, al tutelar
la cultura, “llenaba las ciudades y
provincias de enormes contenedores y lujosas puestas en escena, comisariados
artísticos y festivales, pero se podían contar con los dedos de una mano los
nuevos dramaturgos, los compositores del día y los artistas contemporáneos. Ese
modelo escaparatista ayudó a sostener una retórica cultural en media Europa,
que llegada la crisis se vacía de contenido sencillamente porque se vacía de
fondos. En la otra media, regida por el desapego y el dejar hacer al mercado, la
situación no es mejor”. Aún con lo escaso que da de sí semejante resumen, España
vendría de lo primero y se dirige, tambaleante, a lo segundo. Pero, con todo lo
que hayamos podido dejarnos en el camino, la retórica escaparatista no está
entre los despojos. Un teatro no es un aeropuerto, y el impago a las compañías
que pasan por una capital de provincia no es igual que una ensoñación de
especulación que llega henchida de dinero y despega para ir a por más. Enorme o
no, la inversión en infraestructura cultural –sean auditorios, revistas
temáticas, festivales de cine, concursos literarios o compañías de teatro
local- es la única forma de deuda adecuada que dejará esta crisis cuando haya
pasado. Deuda hacia tanta posibilidad alentada que, con suerte, correremos a
llenar cuando el estado pueda, de nuevo, combatir el desapego con que el
mercado observa la cultura como un pasillo estrecho entre el espectador y la
taquilla. Mientras la vastedad, tan inabarcable como reductora, de Internet se apropia
de la definición que un día Fumaroli creará para la forma francesa de
subvencionar la cultura nacional, entre nosotros la puesta en escena cultural
en tiempos de crisis hará lo único que está en su mano -reducirá el formato
para mantener las ideas. Justo lo contrario que este gobierno.


























