19 octubre 2013

el pasillo intransitable


La derrota de lo cultural frente al instinto que nos sube desde dentro es poco comparado con la indefensión que ha de sentir el niño que fuimos al observar las decisiones que tomamos de adultos y que afectan a la misma experiencia educativa. Y así, la reforma que, entre otras cosas, torna evaluable la asignatura de religión, si no para detener el tremebundo abandono escolar (1 de cada 4 estudiantes), habrá servido para hacer más amenos los tiempos entre clase y clase, pues es dudoso que al enseñar la religión se haga con los criterios de objetividad a los que se aspira en el resto de asignaturas, con lo que, obligados a estudiar las apariciones de los ángeles, la multiplicación de panes y peces o la resurrección de los muertos con la misma pátina de realidad que acompaña a las ecuaciones, las reglas de puntuación o la orografía, el ánimo de quienes creen valioso lo primero podría volverse en contra del objetivo mismo de la reforma, pues quién querría conceder importancia al estudio si éste incluye tomarse en serio, en igualdad académica, la curación de los ciegos con solo escupir en la arcilla y aplicar un empaste. “Se priman la detección precoz de los problemas de aprendizaje y las medidas de mejora del rendimiento” –explica el ministro de educación en El País 18.10 tras admitir que a los 15 años, 4 de cada 10 alumnos ha repetido al menos un curso en nuestro país. No cuesta mucho imaginar que a un consejo de ministros, o reunión similar, solo ha de sobrevivirse si aceptado tácitamente el mismo grado de ficción como real, y los suspensos evidentes como meramente opinables. Prisioneros de un chantaje ideológico –religiosamente ligado a su público natural, los ancianos- y de otro financiero -el que nutre sus campañas electorales y sus sobresueldos- la reforma anunciada es así más una contrarreforma, que se debe a sus patrones y no a la sociedad. La iglesia requiere obediencia ciega y el gran dinero, cualificación escasa. La algarabía de un colegio ha de ser poca comparada con la que ha de resonar en los pasillos de ambos poderes. 

18 octubre 2013

cartas desde el nivel 8


Escribe mi banco. En una hoja me describen los perfiles de complejidad y de riesgo de los productos que tengo contratados. Indica la volatilidad de los productos, es decir “de la facilidad con la que dicha inversión alcanzará valores extremos de rentabilidad, buenos o malos”. Pero en la segunda hoja figuran solo dos planes de pensiones, ambos de perfil medio-bajo. El depósito a plazo fijo que tengo contratado no aparece. La explicación figura abajo: “no contabilizan los depósitos que tienen un perfil muy conservador”. Como si la prensa no explicara ya bastante. 

17 octubre 2013

cera para oír mejor



En un país que ha hecho del inicio de la formación académica de un individuo el del comienzo de su carrera como deudor, sorprende en el partido republicano estadounidense la pulsión por considerar la deuda pública como un instrumento del socialismo y no de las libertades o el sistema de libre mercado. O que uno de los senadores a sueldo ideológico del tea party clame, minutos después de alcanzado un acuerdo que desbloquea el acuerdo presupuestario, que “el senado se niega a escuchar al pueblo americano” cuando el objeto mismo de sus propuestas derrotadas es, explícitamente, negar la posibilidad a cincuenta millones de esos ciudadanos de acceder a un seguro privado financiado por el gobierno, que de otra manera no podrían permitirse. No sorprende la maniobra del partido republicano de ganar mediante el chantaje lo que en las urnas no se logró. Tampoco sorprende que john boehner, representante del partido republicano en la cámara, y su presidente actual, concediera como argumento de la maniobra el no rendirse, en vez de razones que acaso le obligarían a admitir que la oposición que lidera es un juego de piezas electorales –esto es, de bloqueo o sabotaje continuos- y no de gestión que contribuya al desarrollo de un país, como las ínfulas de patriotismo del tea party buscan sugerir. Una reforma sanitaria que reduzca las desigualdades e incluya entre sus beneficiarios a quienes no pueden pagar la inabordable sanidad privada es algo que enorgullecería a cualquier país que eligiera a políticos sensatos para lograr objetivos sensatos. Parte del fracaso tan obvio radica en que el sinsentido, como otras muestras del desvarío en política, rara vez cree necesitar una sanidad más accesible. Cómo podrían saberlo. 

el hilo


Creado en el cruce mismo de una catástrofe –lo que la piratería hace a los cines- y una elección íntima –optar por la reducción del tamaño de la experiencia-, Gravity es también un cruce de ambas –del cine de catástrofes y de la perspectiva privada, incompartible. Por eso su mejor momento, de serlo mejor que la charla que mantienen los supervivientes de camino a la Estación Internacional, es el más inverosímil, uno que usa los destrozos materiales y los de la conciencia para crear una salida a ambos. Entre lo soñado y lo merecido, la fabula asoma justo cuanta más realidad se acumula, que es decir cuando menos puede soportarse. Como si a esa distancia de la tierra, la primera pesara tanto como la segunda. 

16 octubre 2013

Desintégrelos, señor Sulu


Cada día más parecido en aspecto a Spock, incluso el título de la tesis doctoral con la que ibarretxe obtuviera un sobresaliente –“principio ético, principio democrático y desarrollo humano sostenible: fundamentos para un modelo democrático” tiene que ver con algo tan vulcaniano como la atenuación de lo que, habiendo fundado su gobierno en los votos de cómplices y portavoces de asesinos, para el resto es una cosa bien distinta. Clamando vestir, ya desde arzalluz, el uniforme del Enterprise mientras las formas son las de los Klingon, el afán de llegar cómo sea, sobre la sangre o la extorsión, allí donde ningún pueblo vasco ha estado jamás, creado como propulsor, es solo el escudo.

15 octubre 2013

péguese en lugar visible


“Afortunadamente, la calidad del cine español no tiene nada que ver con lo que el señor montoro o yo pensemos de él” –dice José María Lassalle, confirmando lo que la cultura importa en quien administra los fondos que lo nutren o lo asfixian: que la verdad resplandeciente, de tan obvia, empieza y acaba en lujos del sistema como la cultura o la educación. Que lo que se dice y es radicalmente honesto para éstos, no necesita del pudor que da aplicarlo al resto de áreas que el gobierno perpetra. 

14 octubre 2013

guerra santa. una aproximación

http://elpais.com/elpais/2013/10/04/opinion/1380878175_491305.html

13 octubre 2013

la bruma contra el tiempo


El mismo día en que escriben unos amigos desde Bariloche muere el nazi erich priebke, quien pasara casi cuarenta años refugiado allí. Incluso de haber vivido uno solo de los 335 presos italianos asesinados en Roma bajo su mando en 1944, improbablemente habría sobrevivido a priebke, fallecido a los 100 años en la misma ciudad italiana. Hasta cincuenta años después de aquellos hechos, cualquier descendiente o familiar de los ejecutados podía haber viajado a Bariloche y al pasear por sus calles, cruzarse, sin saberlo, con el criminal. Peor es saber que, tras cuatro décadas de vida plácidamente inmune a sus actos, priebke acaso pudo haber llegado a vivir como si aquello fuera solo un mal sueño, dado que nadie venía a despertarle. Que su nuevo sueño sea peor y goce de la misma fortuna.

12 octubre 2013

de qué careces


En el examen de capacitación anunciado en Madrid para los músicos que quieran tocar –es decir, que tocan- en la calle, y cuya norma contempla que roten cada dos horas y estén separados por 75 metros, el imposible espejo político: que no baste con emitir ruido y que alguien te escuche o eventualmente aplauda. 

play it again, cheewie


Ocho de las quince piezas programadas en el concierto de la Film Symphony orchestra para el jueves y el viernes en el Auditorio Nacional son de John Williams. El año pasado lo eran todas. Solo cinco días antes del primer concierto se anuncia el programa y con ello se pierde una oportunidad de dar a esas músicas la ocasión de valerse por sí mismas, pues ninguna es mejor por saber antes de oírla a qué película sirviera. Y quizá sin ese peso previo –el de anteponer la fama a la partitura- la música de cine, tal y como se entiende hoy día en los rarísimos conciertos que la albergan, podría mostrarse con una grandeza que, con perdón, no requiere a Hans Zimmer o a James Horner, y sí a Franz Waxman, Miklos Rosza o Bernard Herrmann. Nadie sonaba mejor en el concierto inaugural de la temporada de la ONE, el año pasado, que Max Steiner, el tercero de los hombres abrazados que pasean por la pista de aterrizaje al final de Casablanca. 

10 octubre 2013

herencia


Uno entra a un hospital buscando saber si se muere pero la muerte está ese día lejos. Con un gusto que no siempre demuestra, escoge citarse con una mujer hermosa de 91 años, en la costa cálida de Levante. Dejarse besar, incluso por la muerte, es también una forma de herencia, que sobrepasa a su hija para prolongarse en quienes conocieran a ambas. Y así, lo que dejas en muerte es nada comparado con lo que dejaras en vida. Lo que enseñaras en casa, nada comparado con lo que vinieran a aprender de fuera. De todo lo que uno es o hace gracias a ambas, tocar a todos aquellos con los que hablo es lo que más agradezco, la forma de amor que menos elección requiere, acaso la única fácil de tomar. “Los seres humanos tienden a no recordar más que dos momentos, el más intenso y el último” –escribe Claudi Pérez hoy en El País, como si honrando a quienes siembran el primero de forma que el último no acaba con lo logrado. Triste destino el de la muerte, tener que besar mañana a alguien después de hacerlo a C.

09 octubre 2013

bajo el sombrero adecuado


Las cajas en las que Gay Talese guarda la información recopilada para sus escritos aparecían hace poco en El País como en un búnker, tal si fueran a ser necesarias llegado el día. Un anacronismo más, como su inseparable sombrero. O quizá no. Pues, como el sombrero en sí, preserva no solo la cabeza sino lo que hay en ella, sea una idea del periodismo o una aún más romántica sobre la vestimenta de un caballero. Esta mañana, un clon bastante aproximado de Talese paseaba junto a la plaza de toros de las ventas –traje, sombrero, bastón, andar pausado. A su lado, la plaza parecía una de esas cajas que uno no sabe qué hacen en el búnker.

08 octubre 2013

el peor amigo del cerebro humano


Quién en la profundidad de las hemerotecas sobre el sinsentido podría recordar unas declaraciones de la actual alcalde de Madrid hace unos años, cuando, con el Proyecto Gran simio reclamando derechos para los grandes primates, la entonces concejala despachara el tema diciendo que lo último que cabía esperar es darles derechos humanos. Y uno esperaría que los avances que cuenta The New York Times - http://www.nytimes.com/2013/10/06/opinion/sunday/dogs-are-people-too.html?pagewanted=1&_r=0&smid=fb-nytimes- sobre la investigación en el cerebro canino den de sí lo suficiente como para que el parecer de un perro o de un primate sobre la reforma de la ley del aborto que defiende el antiguo alcalde de Madrid incluya ese producto obvio de la investigación en animales: lo cerca que estamos de ellos. Y cómo mientras éstos se acercan a nosotros, algunos de nosotros huyen en dirección contraria, ojalá en dirección a ese mismo laboratorio, donde poder ser analizados o reeducados. 

lidl


Mezclados el deseo de epatar y la ausencia absoluta de pudor con la que Angélica Lidell sale a escena, sus obras son cada vez el making of de la obra, también una sucesión de escenas afiebradas cuyo sentido es el de esperar el catatónico momento que en cada montaje interrumpe la obra para que el público juegue a ser el psicoanalista al que Lidell se dirige. Cansinamente autoindulgente con su malestar, y  tratado éste como si una atracción de feria, cada obra suya es cada vez menos obra y más solo suya. 

05 octubre 2013

improbables barcos dobles

Una semana de retraso en la presentación de los presupuestos generales del estado para 2014, que casi duplica la inversión destinada al teatro, y lo que ocurre estos días en Madrid hubiera semejado una profecía: no uno, sino dos Festivales de Otoño. El primero y tradicional, radicado en los Teatros del Canal, abre hoy con Angélica Lidell. El segundo, nombrado Una mirada al mundo, cumple su ¿séptima? edición en los Teatros del CDN. Escindido y profético también, el teatro magnífico de Wajdi Mouawad, que se edificara sobre Incendies, su versión de Edipo, luce Seuls hasta el domingo como lo hicieran, los últimos dos fines de semana, la producción moscovita del Teatro del Arte de El duelo, de Chéjov, y lo que Cheek by Jowl ha hecho de Ubu Roi, de Jarry. Uno intenta imaginar dos veces, es decir cuatro, semejante nivel de excelencia, y no puede. 

04 octubre 2013

26 junio 2012

vaya

en el país, hace dos días

25 junio 2012

Los libros propios que escribe otro

El clima social y el desarme de la izquierda son muy propicios a ese programa intensivo de panem et circenses (y más bien lo segundo que lo primero) que políticos de toda laya y los medios escorados a la derecha (que son casi todos) parecen haberse puesto de acuerdo en bendecir como bálsamo para el desastre. Y pobre del que no siga la corriente: como explica Marc Perelman en Le sport barbare (Michalon), un libro valiente y comprometido que no parece haber interesado a los editores españoles, el deporte constituye el último tabú. A pesar de las explicaciones de ciertos intelectuales integrados, el deporte no canaliza la violencia, sino que a menudo la crea y disemina: con demasiada frecuencia vemos a la masa gregaria entregarse sin freno a las pulsiones chovinistas, xenófobas, racistas y homófobas despertadas por el nuevo opio del pueblo, mientras continúa narcotizándose la vieja capacidad de los individuos para rebelarse contra la injusticia o protestar contra la misma corrupción y opacidad de las estructuras deportivas globales. El deporte mundializado, convertido en la más respetada religión universal del siglo XXI, legitima el orden establecido, cualquiera que sea: por doquier, “la nación”, explica Perelman, “ya no es un pueblo, sino un equipo; no un territorio, sino un estadio; no una lengua, sino el bramido de la hinchada”. Pero, sobre todo, funciona como una especie de totalitarismo blando que invade y permeabiliza toda la actividad (y hasta el pensamiento) de sociedades en las que se diría que constituye el único proyecto colectivo capaz de galvanizar a los ciudadanos. 

–Manuel Rodriguez Rivero, ayer en El País.

24 junio 2012

contra el mejor, el que más

Hasta que Wilt Chamberlain y después Michael Jordan convirtieron el coleccionismo en algo rutinario, optar al título de máximo anotador y simultáneamente al de mejor jugador de la temporada fue tan inusual que se diría que lo primero era condición necesaria para no aspirar a lo segundo, y viceversa. Específicamente, si antes de Jordan ambos logros parecían escindidos en función de los distintos objetivos que se persiguieran –anotar podía ser solo suplir las carencias del equipo; ganar más partidos podía depender de defender mejor que nadie- después de él, la bifurcación añadió a la lista de prioridades el inevitable reparto de lo que en Jordan se congregaba. Antes de que pestañeáramos, Kobe Bryant había heredado tres de esas virtudes: el instinto asesino, la capacidad de convertirse en el equipo a conveniencia; y una excelsa capacidad para ganar los partidos a ambos lados de la cancha. Steve Nash y Tim Duncan se quedaron con la capacidad de hacer mejores a los demás. Mientras el primero acumulaba títulos de máximo anotador, los segundos amasaban MVP´s. El reparto estaba aún reciente cuando Lebron James se incorporó a la subasta en 2003. Y como no podía añadir virtudes al catálogo –sencillamente no las hay- añadió centímetros y kilos de músculo lanzado en carrera como un tren de mercancías.Con Bryant, Nash, Duncan y Garnett en la recta final de sus carreras, un nuevo reparto asomó en 2010 y tuvo su apogeo en la final de 2012, entre Miami Heat –que la ganaría fácilmente- y Oklahoma Thunder. LeBron James entró en ella habiendo ganado tres de los últimos cuatro títulos de mejor jugador de la temporada. Kevin Durant, habiendo hecho lo propio con los tres últimos títulos de máximo anotador. Arrollador James en el molde masivo de Wilt Chamberlain, y en la multitarea que encumbrara a Oscar Robertson, Earvin Johnson o Larry Bird; ejecutor frío Durant, como lo fueran Jerry West, George Gervin o Reggie Miller. El tiempo irá aproximando sus logros. Salvo catástrofe a lo Ralph Sampson, James acabará su carrera entre los cinco máximos anotadores de la historia. Y Durant posiblemente se retire con dos o tres MVP´s. De momento, y mientras sus recorridos convergen hacia un lugar muy parecido en los anuarios de la liga, el ganador de esa carrera es un rostro familiar: máscara exacta del talento que engendrara a James, a Durant, a Derrick Rose, los dos carriles desde los que la superioridad física –James- y la finura letal –Durant- se aproximan a la historia llevan a Jordan. Él rediseñó ambas carreteras. A la vez.

23 junio 2012

ser un hombre danés

Quizá porque la traición de Rosencratz y Guildestern más mereciera otra víctima que no Hamlet, la versión que encarna estos días Alberto San Juan en el Matadero asoma, en lo desquiciado que no cesa, una forma peculiar de redención, pues escuchando las líneas del príncipe de Dinamarca, a quien vemos es a… Ricardo III. Incluso la cojera obvia de San Juan estos días juega a esa visión. Explícita, incansablemente enloquecido, la lucidez de sus parlamentos parecen venir de un personaje más calmo, un segundo espectro, tal como los de Ricardo III son también los de un narrador que explicara minuciosamente a la audiencia su plan criminal. Es una pena porque enfrente está un Polonio inusualmente divertido en la encarnación de Javivi Gil y un rey Claudio en manos de Pedro Casablanc que borda el político charlatán que viene de asesinar a su hermano como quien de vencer en una Congreso constituyente.
¿Se le pasó por la cabeza en algún momento a Will Keen que con solo invertir los roles de San Juan y Casablanc hubiéramos tenido un montaje mucho más afinado?. Un rey usurpador tiene motivos para estar loco desde que asoma, pero un hijo que al tiempo es encargado de vengar el asesinato de su padre y que decide perder a la mujer que ama merece una gradación de dolor, paciencia y ansía de venganza que sea compatible con, por ejemplo, ponerse a hablar a una calavera con amor de niño, renunciar a matar al culpable por hallarle a salvo del cielo en ese instante, o ese prodigio de afinación que es pedir a Rosencratz que toque la flauta, pues ha de serle más sencillo, dados los sonidos que vino a sacarle a él. Por no hablar de una pregunta más valiosa –cómo amaría a Ofelia si el dolor por la misión encomendada no nublara su ánimo.
Casablanc y San Juan han sido ya antes padre e hijo de un tiempo de crimen y sucesión. Se llamó Marat-Sade, de Peter Weiss, en la versión magnífica de Andrés Lima en el María Guerrero en 2007. Entonces era Marat/Casablanc el profeta de la violencia. Por allí estaba también Javivi Gil, entre los locos del sanatorio en que sucede la obra. Hay, pues, dos espectros no avisados en este Hamlet, además del de Ricardo III –el de este príncipe sacado de aquel manicomio, y el que encarna Mario Gas como la voz del rey asesinado. 

18 junio 2012

waiting on a sunny day

Pasan ya un par de horas apretados delante del escenario cuando uno percibe algo que cabe donde no lo haría una silla y casi ni aire respirable: entre quienes te rodean exultantes, llorando, gritando o todo a la vez, adviertes que la persona a tu derecha debe de tener sesenta años bien cumplidos, y lo mismo los seis que le acompañan. Lo que es normal contemplar en un concierto de James Taylor –al cabo solo un año mayor que Bruce Springsteen- es peculiar en uno donde ejercicios de Pilates deberían ser obligatorios cada seis canciones. Rodeado de no pocos sexagenarios en Taylor, asume uno con naturalidad que aquello que éstos amaran con treinta años merece la misma fidelidad tres décadas después. Como en casi todo, la forma en que quieres algo describe el objeto de hacerlo. Y que asistir a Springsteen con solo trece personas entre tú y él exija una energía no escasa pudiera hablar tan obviamente de lo que das a cambio como de lo que recibes, tengas 20 o 60 años.
Uno cree que el video mejor que saldría de un concierto como el de anoche también podría ser uno que simplemente mostrara a la parte del público de mayor edad agitando sus treinta años de pasión por Springsteen, que no poco tendrá que ver con esa irrelevancia de la espera que es pasar diez horas guardando un lugar en una fila o sentado en el suelo al calor de junio. Impone ver llorar a hombres como árboles que un minuto antes saltaban y coreaban como si la memoria más valiosa fuera aquí la muscular. Salga por los ojos o por la boca, es una energía que no puede ser descrita y que quizá por eso solo puede ser cantada o saltada o sonreída de asombro, de pasmo ante una fuerza tan incansable –casi cuatro horas- como el dolor de espalda, piernas, y voz de quienes la contemplan.
En poco más de un mes se ha podido ver en Madrid a Taylor y Springsteen. Es tanto un prodigio de la capacidad musical como de la longevidad: sumas la edad de ambos y tienes a Wagner… vivo. Como tampoco la juventud, la vejez no tiene porqué parecerse a la de un hombre que salta y grita o hace llorar de pura emoción a quienes van a verle, pero cuánto de lo que agitaba anoche a media docena de sexagenarios no será también adrenalina intacta, esperando solo el momento adecuado, el lugar preciso, el ejemplo lo suficientemente vivo. Parte de esa espera se contrae ya, hasta la siguiente, tan improbable, ráfaga de tiempo sin edad.

el librero periódico


En el anuncio de la decena espléndida de libros que El País permitirá comprar próximamente con el periódico, esa intuición: que un periódico que pone a la venta –y acaso logre vender- cientos de miles de ejemplares de un libro pudiera, de tener continuidad, ayudar a salvar al periodismo de la extinción publicitaria y, al mismo tiempo, a quienes escriben con la intención de competir con la literatura y no con una lata de tomate más del supermercado. A quienes más raramente vendrá alguien a salvar es a las librerías. Salvar a los lectores ya será un prodigio. 

levántate y muere

Se lee en El País 15.6 que las células madres sobreviven 14 días tras la muerte. Como la iglesía católica, pero sin semejante alarde.

13 junio 2012

ángulos

Cómo el Gay Messiah, de Rufus Wainright, suena a sinopsis de Ángeles en América, de Tony Kushner. Cómo Andrew Bird en menor medida, Micah P. Hinson permanentemente, sugieren estar asistiendo al mismo tiempo al concierto y al making of. Cómo el cebo puesto en el patio de butacas por DV8 Physical Theatre es la línea más arriesgada de todas las que se dicen en su Can we talk about this?, hace unos días en los teatros del Canal.

08 junio 2012

when you wish a star

si todo lo que uno no comprende fuera al menos tan hermoso.

smile

En esa cara sonriente, casi inédita en Beckett, demostración de cómo una biografía puede aspirar a la verdad y su portada, a lo contrario.

07 junio 2012

bradburyanos

Muere Ray Bradbury como demostración de que la muerte no es menos hábil hallando el escondite de los vivos que el fuego a la hora de localizar libros que quemar. Cuando, a principios de los noventa, uno tuvo que elegir un nombre al que anclar la dirección de correo electrónico escogí en su lugar un escondite –Montag. Es decir, el nombre del bombero inventado por Bradbury que empezaba su novela Fahrenheit 451 como eficaz miembro de una brigada encargada de localizar y quemar libros, y la terminaba oculto en un bosque, junto a otros huidos, destinado a preservar, memorizándolo, un libro de su elección, acaso el que fuera a morir pronto al hacerlo su portador, en la casa de al lado. Es razonable pensar que elegí ese nombre para vengarme, en defensa propia, del papel nulo, mal visto incluso, que la literatura, como toda forma de gran cultura, tenía y supongo que tiene aún en las agencias de publicidad. La alternativa al fuego no es necesariamente la memorización, asi que ha de ser mera justicia que el día que Bradbury es incinerado (pidió reposar en Marte) uno recuerde tan nítidamente a ese Quijote encargado de salvar los molinos, tragándoselos. También ese otro prodigio: acordarse de él en una película en la que sale Julie Christie.  

04 junio 2012

altura exacta de la normalidad



1. es un gran actor.
2. o lo somos los demás.

03 junio 2012

Coma de matrimonio


No recuerdo a quién le leí que para que un Diario sea interesante –el término era menos vago- quien escribe debía ser un problema para él mismo. Hay mucho de eso - de cómo los problemas ganan, de cómo, para subsistir, uno se convierte en lo que escribe- en Coma, el texto autobiográfico de Pierre Guyotat, leído por Patrice Chéreau anoche en la Abadía. Es a la noche de esos otros yo a lo que suena algo que se escucha –“Los que duermen sueñan con los que, en la otra parte del mundo, están despiertos”.

02 junio 2012

up in the ground

Como quizá en la mitología griega, la venganza de un héroe o un semidios podría ser devolver miméticamente la desconfianza y la extrañeza con que los seres humanos les observan en las obras de teatro, los tebeos o las películas que los adaptan. Si Hulk es un héroe y al tiempo un esquema –el hombre que contiene a la bestia simultáneamente le teme y le comprende-, Mr. Manhattan es el más cercano a un dios y a la vez el que más hondamente nos comprende. Su actitud contiene la indiferencia, la compasión y el juicio exacto sobre nuestros méritos. Con su excepción, ningún héroe de los últimos cien años ha sido diseñado para juzgarnos al mismo tiempo que nos socorre. Quizá porque solo mantenerse permanentemente ocupado en lo segundo explica la ausencia de lo primero.

18 mayo 2012

las seis posiciones

Cuanto más obvio el músculo necesario para practicar deporte, más fácil es pasar por alto que ganar o perder se reduce a la toma adecuada de decisiones, y que, no pocas veces, más fuerza bruta solo sirve para cometer errores más deprisa o con más vigor. No hay fórmula para evaluar el valor de esa proporción en el éxito o fracaso de un equipo, pero sí un experimento útil: se llama nombrar director de operaciones –responsable final de la composición de la plantilla- a un jugador ya retirado. Desgraciadamente para Isiah Thomas, Kevin McHale o Michael Jordan, las estadísticas como responsables de los New York Knicks, los Minnesota Timberwolves, los Washington Wizards o los Charlotte Bobcats cuentan una historia igual de explícita que cuando jugaban. Afortunadamente para los Phoenix Suns o los Indiana Pacers, Steve Kerr o Larry Bird no han envejecido aunque no quepan ya en la ropa que les encumbrara.
Bird viene de ser nombrado ejecutivo del año en la NBA, lo cual poco significa hasta que se considera que alguien con su mismo nombre fue en su día primero el mejor jugador durante tres años consecutivos en los Celtics y, años después, el mejor entrenador en los Pacers. Es sencillamente un prodigio irrepetible del manejo de decisiones tan distintas como haber sido logradas con el balón en las manos, con doce jugadores a tus órdenes, y finalmente con una lista de cientos de jugadores posibles con los que confeccionar un equipo. La ampliación de responsabilidades vuelve el logro aún más complicado, dado el número creciente de imponderables que escapan al control. Y ni siquiera las pistas que dejara Bird en sus tiempos de corto lo explican –jugando al lado de McHale y Parish, sus rebotes fueron siempre superiores; jugando al lado de Ainge y Johnson, sus asistencias también lo fueron.
Pero de alguna forma sus logros como jugador adquieren así un brillo nuevo, de hecho solo al alcance de Jerry West. Uno que tiene que ver con construir el equipo adecuado, ya te lo encuentres en el vestuario el día que entras en él por vez primera a ponerte la camiseta, ya te toque diseñarlo desde los despachos. Como Johnson, Bird solo dobló la rodilla cuando su equipo lo hizo. Jordan les sucedió a ambos, pero lo hizo como un canibal, alguien que en todo momento salía a ganar con sus compañeros o a pesar de ellos, de quien, dentro o fuera de la cancha, no se postrara ante él. Pero incluso alguien bendecido con todos los poderes imaginables no ganó nada hasta que alguien con un talento menos infinito, por no decir sospechoso –Jerry Krause- hizo el único movimiento que Jordan aún se ha demostrado incapaz de hacer, una vez retirado: tomó las decisiones adecuadas al obtener el mismo año a Grant y Pippen. Krause fue Jordan al menos por un minuto. Jordan lleva siendo Krause desde que se retiró.
Es una forma transparente de entender el alcance de lo logrado por Bird: lo ha seguido siendo en sus sucesivas encarnaciones, es decir, cuanto más se alejaba del balón, de aquello por lo que se le considerara un genio. Dejar atrás un cambio de piel tras otro sin que la nueva deje ver el cambio es meramente complicado hasta que se considera la presión que rodea la competición en la NBA, y directamente asombroso si se le suma el peso que su nombre carga sobre todo lo que Bird haga dentro de un pabellón de baloncesto. Se entendería mejor si junto a las camisetas que cuelgan de los techos del Boston Garden, junto a las de Russell, Cousy o Bobby Jones, colgara también la americana de Red Auerbach; o junto a las de Jabbar, Mikan, Johnson, lo hicieran las de Jerry West o Pat Riley. Porque entonces uno podría elevar la vista y contemplar, repartidos en dos pabellones distintos, tres uniformes diferentes con un mismo apellido en cada una de ellas. Y si uno imaginara entonces que, dado que los pabellones albergan a veces deportes distintos, ese apellido reconoce tres trabajos completamente distintos, entonces, improbablemente, estaría en lo cierto.

17 mayo 2012

fuga de sentido

Convertida la política, vía declaraciones absurdas y diarias, en palíndromo, donde basta oír una cosa para saber que la verdad es su opuesto exacto, sabe uno, al leer en este instante que el gobierno y bankia niegan la fuga masiva de depósitos, que eso es justo lo que está ocurriendo. Y es lógico. Tanto si es el miedo lo que mueve a hacerlo, como si lo que se busca es castigar la ineptitud en la gestión. Es también la bala errática disparada desde lo que la política ha logrado en la sociedad: conseguido que la gente vote por espasmo, sin entender más que un eslogan, una corbata bien puesta, un prejuicio adecuadamente servido, la reacción es la misma. La desinformación se basta. Incluso sus plazos se parecen: como es hábito en política, en cuatro años bastará el marketing adecuado para rebautizar la estafa y hacerla, de nuevo, confiable. 

la fuente escasa

Uno de los problemas de según qué muertes es el gobierno que les sobrevive. La contradicción insuperable entre la inteligencia y lo que es necesario hacer o decir para aspirar al puesto tiene ejemplos obvios por doquier de cómo lo segundo solo se da si se renuncia a lo primero. Y sin embargo hay prodigios: Vaclav Havel presidió la república Checa durante trece años, Winston Churchill obtuvo el Nobel de literatura, Vargas Llosa fue derrotado en el intento ante Fujimori antes de que a éste le derrotaran los jueces, la cabeza de Azaña era cuanto podían pedir los sublevados, incapaces de albergar lo que contenía. Carlos Fuentes era de esa rara estirpe. El vacío que deja en los anaqueles es poco, poquísimo, comparado con el que hubiera llenado de presidir el país en que le tocó nacer. 

16 mayo 2012

dramaturgos de obra ajena




Qué más normal en un Festival de otoño que tiene lugar en mayo que ver un montaje de Robert Lepage el miércoles, uno de Peter Brook el jueves, uno de Simon McBurney el domingo. Frondoso, tupido, hecho de ramas que aparecen y se desvanecen el primero; despejado, luminoso, grácil el segundo; apabullante, operístico, ambicioso hasta lo temerario el tercero. Es lo mejor del festival –se escucha a una mujer a la salida de la primera de las 24 obras –The suit- que aún no ha podido ver. Y quizá lo que está diciendo, adoración o fidelidad aparte, es que Brook, como Lepage, McBurney o Robert Wilson son formatos tan esencialmente reconocibles de un festival de teatro contemporáneo como un molde que se proyecta hacia atrás: Eurípides hubiera amado a Robert Lepage, Beckett habría escrito para Peter Brook, Wilson habría llamado… a Wilson.
Playing cards 1: spades; The suit; The Master and Margarita. Cada camino tiene su logro, y confluyen en que la creación reconocible de un estilo pudiera ser, en su respectiva destilación, una cualidad dramatúrgica como lo sea el pentámetro yámbico en el teatro isabelino o el rol del coro en el teatro clásico griego. Aunque la obra de Brook –sumados ensayos y memorias- casi iguala en extensión a la conservada de Sófocles, el logro de los tres es ser directores de escena y aún así operar sobre el texto como lo hace un dramaturgo: no versionando, sino reescribiendo. Y que el autor sea el personaje no es una idea infrecuente: si la peripecia de Bulgákov es explícitamente la del Maestro en su novela, si uno pestañea, a quien ve dentro del personaje principal de The suit es al propio Brook.
En ella se cuenta el descubrimiento por un hombre de la infidelidad de su mujer. Y lo que aquel escoge entonces como castigo es, en su creatividad, puro acto de dramaturgo: no alejar o destruir la prueba del delito, sino obligar a su mujer a sentar al traje a la mesa cada día, a darle de comer, a bailar con él. El propio traje como encarnación del hombre que no está es puro Brook: símbolo que se construye por ausencia, por reducción de elementos que están sin estar, como en su Gran inquisidor, disertado por Bruce Myers hace cuatro años a un testigo mudo.
Convertir en fábula cuanto toca –sea una versión de La flauta mágica con cuatro cantantes y un piano, o esta historia de oscuro rencor marital en un cuento musicado- tiene que ver en Brook con revelar la esencia, el hueso, tanto como, en Lepage, con viajar de un trozo del cuerpo a otro donde a veces se arrastran gestos musculares de uno a otro, o se olvidan durante una hora hasta que asoman de nuevo. Si se podría crear un montaje con lo que Brook deja fuera, Lepage es minucioso en los encuadres de una historia, como si la multiplicidad de ángulos –en Playing cards, literalmente- sirviera para contar lo que una situación, un personaje, una localización puede ayudar a contar de otra.
Mientras Brook exige una atención más lúdica, más relajada, Lepage plantea el acceso a nuestra inteligencia como una operación militar compleja. Si uno reduce el armamento a la expresión hablada o cantada, el otro aglutina cuanto arsenal técnico y expresivo pueda caber al servicio de Stravinsky o de una creación coral. Más obvio en Brook, si merecen la cualidad de dramaturgos, es porque, por encima de exhuberancia o reducción, ambos sirven al gran silencio a que aspiran Sófocles, Shakespeare, Calderón, Chejov, Ibsen, Beckett o Bernhardt. Que no es otra cosa que renunciar a explicar si el destino de Edipo pudiera tener que ver con la osadía de derrotar a la Esfinge; cuánto del encuentro con el espectro del padre acaso sea solo delirio de Hamlet; o si es Nora la que realmente se cansara de tener un juguete por marido.
Solo podemos intuir la calidad precisa del sufrimiento de Philemon en The suit. ¿Es su orgullo o su amor afrontado lo que castiga a su mujer?. ¿Qué mueve al ludópata, recién saldadas sus deudas al final de Playing cards, a donar su fortuna nueva a una oscura limpiadora del hotel?, ¿qué sueñan en realidad las vidas alucinadas de la pareja embarazada cuando se abandonan a la aparición de un chamán que viene a cambiarles para siempre?. Dado lo asombroso del empeño de adaptar la novela de Bulgákov -El maestro y Margarita- McBurney dudosamente podría añadir una pregunta más incluso si quisiera. Pero las de aquel resuenan con más fuerza, dada la minimización de las explicaciones: si en el paralelismo perfecto del cristianismo y el estalinismo Pilatos tiene a Stalin, Jesús al Maestro y Judas al amigo que traiciona al escritor para quedarse con su casa, ¿es Margarita María Magdalena?, ¿tiene su paralelismo también el afecto que Pilatos siente hacia el crucificado?, ¿quién es el trasunto del verdadero culpable  -el sumo sacerdote Caifás- en la rusia descrita por Bulgákov?, ¿quién es, pues, el Pilatos ruso?
Como McBurney, si Brook habla del individuo, Lepage lo hace de la sociedad. Pero sus personajes bien podrían venir de la obra del otro. Para afrontar la cualidad aislada del dolor si vienen de Lepage; si desde Brook para colapsar una vez insertos en el engranaje múltiple y simultaneo que abruma los sentidos en los montajes del canadiense. Es centro contra periferia, espejos contra el eco que parece venir de todas partes, pero no tan distinto misterio. Aunque en McBurney sea el de la ferocidad del sistema y los sacrificios del amor, de la compasión, de la creación literaria; en Brook de la hiel bebida como horchata; y en Lepage, de una visión nublada del mundo que no impide pasar por él con miedo, rabia y deseo.
Es imposible –aquí o en Nueva York- ver tres óperas sobresalientes en tres días; leer tres libros tan distintos, tan magníficos en los mismos tres días, improbablemente hallar en cines de estreno tres obras maestras que ver en tres días consecutivos. En Madrid es posible, y casi sin salir del mismo teatro. 

12 mayo 2012

adivina quién no viene esta noche

El logro último de Miguel del Arco, erigido en su ascenso sobre sendas reformulaciones de Luigi Pirandello y Máxim Gorki, podría ser, coherentemente, la multitud de realidades adaptadas que pueden verse en su El inspector, estos días en el Valle Inclán. A saber: 1. del texto de Nikolai Gógol; 2. de lo que un periódico pueda llevar contando recientemente del expolio de la hacienda pública, perpetrado con luz y taquígrafos en nuestro país; 3. finalmente, de lo que Eduardo de Filippo pusiera en su Arte de la comedia, superlativamente montado en La Abadía hace dos años. Las dos primeras –la descripción de un alcalde corrupto atemorizado por la visita de un inspector y lo que cualquiera puede leer hoy día en un periódico- funcionan como una caricatura y su modelo puestos a convivir. Engranan con triste naturalidad, aunque la versión pierda distancia irónica y gane en vodevil. Acaso con más filo contaría sus puñales si el trazo de tanto arribista no fuera tan obvio que corre el peligro de verse como una parodia de un vicio –el robo de lo público- en vez de su retrato servido con reducción de hiel.
Sin un solo observador dentro de la obra que sospeche o advierta la farsa, el montaje se ve como la versión guasona y afiebrada de El guateque, de Edwards, contada desde la página de política nacional. O, por su mezcla de fatalismo y denuncia, como un esperpento. Y tanto, que su vehículo principal, el alcalde, viene de tener la misma cara de Gonzalo de Castro en Luces de Bohemia. Sin un solo instante apenas en que un personaje se quede a solas para rumiar su desvarío o su contribución a la mentira general, sus mejores momentos suceden cuando el alcalde amaga con insistir su honestidad imposible delante de sus colaboradores. También es justo, en ese asomo de aspirar a ser quien de ninguna manera puede ser, cuando más nítidamente asoma aquel gobernador que di Filippo pusiera a sospechar de cuanto ciudadano entra a su recién ganado despacho, en la duda literal de si no serán acaso actores tratando de burlarse de él.
La incredulidad como sustituto de la autoridad no solo es un artefacto teatral más rico y con más matices que la mera farsa sobre la corrupción generalizada, también lo es por emplear el núcleo real del problema de la política como expolio: la desaparición del bien común. Si el gobernador que acaba de llegar a su puesto en un pueblo de la Italia de los años 30 no distingue lo que le es explicado como problemas nítidos, con caras y causas concretas y comprobables, el cinismo de este alcalde ruso en 1836, y español hasta la médula en 2012, da para dar varias vueltas a la población que regenta, como si el objetivo fuera, no ignorar las consecuencias del robo, sino entenderlo con criterios de Libro Guiness de los records. Es una caricatura que superpone trazos en vez de retraerlos. Por eso su transparencia cansa por repetitiva. Y por eso los números corales en que, como un grupo de coristas brechtianos, la troupe canta al amor del neoliberalismo por el interés general, en vez de funcionar como despertadores de la metáfora, se ven como una repetición de los mejores momentos de lo que llevan dos horas contándote.
Aunque legítimo, aunque necesario, la única consecuencia desdichada de insertar la denuncia actualizada dentro de una obra es que acabes eligiendo entre denuncia y obra. El inspector trata del combate entre un político adulador que trata de corromper a quien cree un funcionario enviado a juzgarle, y el teatro que éste acepta componer para no perder lo que las prebendas del engaño. Si di Filippo diseñó mejor su balanza es porque puso literalmente a la política, encarnada en el gobernador, a sospechar del teatro, representado en el empresario Oreste Campese. Cuando éste, animado por el político, se anima a fabular políticas culturales, aquel reacciona como quien ve invadido su espacio, sus funciones y privilegios. Originado en lo que el teatro viene a pedir a la política, ésta reacciona ante lo que el teatro dice de ella. Extrañamente, si el mecanismo dramático fluye mejor en El arte de la Comedia, el logro superior de El inspector sucede… en el patio de butacas. Habla del teatro como agitador social, como despertador moral. También de ese vector valiosísimo del teatro público: que el gobierno que patrocina desmantelamientos sociales y protege a su casta como un capo a su clan… patrocine al mismo tiempo la exhibición explícita de lo que niega en los periódicos. 

10 mayo 2012

reunirse con los cubiertos

La cena anual de los corresponsales, que reúne en Washington a quienes cubren la información sobre la Casa Blanca y a quienes son cubiertos –periodistas y presidente de Estados Unidos respectivamente- es una idea audaz dada la chanza que unos y otros vierten sobre su respectiva profesión, pero no lo es menos que aceptar como broma solo parcial la visión del partido republicano sobre casi cualquier tema. Sin embargo ambos prodigios se han sentado a la misma mesa durante años, y asombra recordar la libertad de george bush jr. para reírse de sus obvias carencias durante un día al año y gobernar el resto como si, reconocidas por él, bastara al resto de la población para pasarlas por alto. No se llega a presidente de un país sin entender que el sapo y la culebra son parte del menú que viene con el cargo. Como tampoco se gestiona una cadena de televisión, de radio o un periódico sin exhibir, en tantos casos, tu condición de sapo. Es esa convivencia lo asombroso. Que unos y otros mastiquen, por unas horas, otra cosa. La bilis que emana la Fox y su descerebrado apoyo a cuanto de insensato tenga la política ha de ser solo el esfuerzo del estómago por volver a la dieta habitual.  

el punto cero

En el reportaje de Guillermo Abril en el suplemento de El País 29.4, la extraña metáfora de que el litio como alternativa al petróleo surja en desiertos de una salinidad extrema, donde la vida no es posible. Como si el mundo que creara el petróleo exigiera partir del punto exacto en que éste se agota. 

James, Taylor y el resto

También el poder de lo que amas se muestra con solo mirar a quienes te rodean en el acto de hacerlo. Y aún siendo James Taylor a quien uno no deja de mirar mientras canta, también la proximidad de los extraños que se apiñan en torno a ti cuenta esa emoción, aunque improbablemente te hermane con adolescentes, matrimonios de setenta años, veinteañeras, y todo un abanico posible de edades conmovidas. Si hay algo asombroso en que quizá algunas canciones sean todo lo que uno tiene en común con otra persona es que ese nexo excave tan hondo en cada uno de lo seres distintos. Y que ese vínculo sean tan poderoso como para sentir que sí, que uno podría acabar siendo este hombre de sesenta años o aquel de setenta. También porque dignifica la comunión fugaz que hace salir a hordas taradas a recorrer las calles de la ciudad como si las estuvieran tomando militarmente tras un partido de fútbol. Cuantos de los infiernos personales a los que Taylor ha sobrevivido no serán, desde ese lado del concierto, el mismo reverso: el estribillo sabido, imitado, de los que se apiñan frente a él. 


para B., a quien Taylor y el resto hemos venido a ver

08 mayo 2012

el jarrón chino

Dos prodigios confluyen en El País de los sábados: 1: la publicación del suplemento cultural cuyos temas y tratamiento uno imagina se imprimen para un lector distinto del que los lunes se empapa las quince páginas de fútbol que puede llegar a servir su diario, o la de toros. Y 2, tan asombroso o más: el suplemento de moda que acompaña sí o sí el periódico. Hay que leer a Roger Salas escribir sobre danza o a Marcos Ordoñez sobre teatro, ambos en el pasquín cultural, y luego tratar de averiguar cómo los dos suplementos no se destruyen mutuamente, tal materia y antimateria. Así como ha de haber quien no se llevara las páginas de política nacional si las vendieran aparte, uno nunca sabe si aceptar o no el suplemento de moda cuando me lo dan. Hojearlo es ya complicado en esa virtud de las revistas de tendencias que es… la dificultad de distinguir qué es un anuncio y qué un reportaje. Como dos suplementos más, esas dos preguntas, finalmente: Qué opinión tiene de mí el periódico que leo. Qué piensan sus responsables que hace el que termina de leer Babelia y sostiene entonces el catálogo de muebles y perfumes como si él mismo fuera también uno.

02 mayo 2012

Max premios

Vienen de otorgarse los premios Max de teatro. Ninguno de ellos premia el cartel más conseguido o más hondo o solo mejor diseñado. Quizá porque se lo llevaría siempre Isidro Ferrer, como cada uno de las temporadas que lleva haciendo los carteles del CDN. Y sin embargo, solo un menos mediocre uso de las tipografías separa el de Elling, creado por Sergio Parra, de aspirar a ser ese cartel premiado. Esa mano en el hombro de Carmelo Gómez. 

01 mayo 2012

está pasando

nacho, siendo devorado por el trastero, en directo

dedos llenos de manos

Solo por la rareza que es disentir de David Trueba merece la pena acotar algo acerca de lo que escribe en El País 30.4 sobre la forma en que Marc Fumaroli escribiera cómo el estado –francés, cabe pensar-, al tutelar la cultura, “llenaba las ciudades y provincias de enormes contenedores y lujosas puestas en escena, comisariados artísticos y festivales, pero se podían contar con los dedos de una mano los nuevos dramaturgos, los compositores del día y los artistas contemporáneos. Ese modelo escaparatista ayudó a sostener una retórica cultural en media Europa, que llegada la crisis se vacía de contenido sencillamente porque se vacía de fondos. En la otra media, regida por el desapego y el dejar hacer al mercado, la situación no es mejor”. Aún con lo escaso que da de sí semejante resumen, España vendría de lo primero y se dirige, tambaleante, a lo segundo. Pero, con todo lo que hayamos podido dejarnos en el camino, la retórica escaparatista no está entre los despojos. Un teatro no es un aeropuerto, y el impago a las compañías que pasan por una capital de provincia no es igual que una ensoñación de especulación que llega henchida de dinero y despega para ir a por más. Enorme o no, la inversión en infraestructura cultural –sean auditorios, revistas temáticas, festivales de cine, concursos literarios o compañías de teatro local- es la única forma de deuda adecuada que dejará esta crisis cuando haya pasado. Deuda hacia tanta posibilidad alentada que, con suerte, correremos a llenar cuando el estado pueda, de nuevo, combatir el desapego con que el mercado observa la cultura como un pasillo estrecho entre el espectador y la taquilla. Mientras la vastedad, tan inabarcable como reductora, de Internet se apropia de la definición que un día Fumaroli creará para la forma francesa de subvencionar la cultura nacional, entre nosotros la puesta en escena cultural en tiempos de crisis hará lo único que está en su mano -reducirá el formato para mantener las ideas. Justo lo contrario que este gobierno.