12 septiembre 2011

Encuentre las diez diferencias


La natural asunción publica de que uno es el mismo cada día, o se le parece mucho, es más ambigua, más temerosa a la hora de reconocer que, por la misma razón, lo que uno hace el sábado se ha de parecer bastante a lo que es capaz de hacer el martes. Para hablar de la misma canción no hace falta necesariamente un cantante, y si James Taylor proporciona el ejemplo, más hondamente también es admirable dado que la vida a la que sobrevivió el sábado no pocas veces estaba perdida el martes. Así, la entrevista en El País 29.7.09 en que declara que “en realidad solo debe haber escrito 15 canciones, pero revisitadas una y otra vez con sus correspondientes variaciones. Donde las que no son terapéuticas pueden ser encajadas en alguno de sus otros apartados: canción política, celebración rockera, folk a la manera tradicional, ritmos brasileños y afrocubanos, diferentes formulaciones del amor y su vertiente blues”. E incluso al ser advertido por el periodista de que así ni siquiera salen quince temas, Taylor tiene la cintura de añadir que no hay que olvidar las que ha escrito imitando a sus grandes ídolos –Cooder, Belafonte, Dylan, Beatles, Joni Mitchell, Carole King, Veloso…). Uno, que es aún más pobre, tiene solo un par de razones para llevar escuchándole desde hace una década larga.

11 septiembre 2011

para la falta de luz


Acaso a la misma altura a la que volaran los aviones que se estrellarían contra las torres gemelas minutos después, mi amigo Enrico pudo verlos pasar desde la ventanilla de su avión, en dirección contraria. Y viceversa: quizá alguno de los pasajeros de aquellos aviones advirtió lo injusto de que algo tan frágil e idéntico como dos aviones en vuelo sufrieran, a la vez, rabiosamente tan distintos destinos. Enrico, como el resto de pasajeros, no supo hasta aterrizar en Madrid que el suyo fue uno de los últimos aviones que pudo despegar de Nueva York ese día. En su maleta vino un regalo para mí –una chaqueta cortavientos para correr en invierno- que hasta hoy sigo usando. Es, una década después, una de las pocas cosas que no se ha deteriorado visiblemente desde entonces, por la que no entra más frío que en 2001.

11 julio 2011

siete semanas y media

http://siunofuera.blogspot.com/

10 julio 2011

La bruma es el género


Cumplidos cincuenta años largos desde que Vincente Minelli dirigiera Brigadoon, su historia ha acabado por convertirse en la imagen nítida del género: un mundo que duerme un sueño de décadas del que despierta por unas pocas horas para, desplegada su ingenuidad colorista e infantil, inserta en un mundo en el que ya no cabe, volver a su letargo, hasta dentro de diez, veinte, treinta años. Si en la película un neoyorkino contemporáneo acaba en una aldea escocesa de finales de 1700, preservada por un trato con dios para despertar un día cada 100 años de hibernación, el sueño del musical como formato es hoy el de unos modos que, estrenados hoy, producirían sonrojo. El arrobo de sus protagonistas, la postalización del amor, la amistad, la fe y sus opuestos respectivos son generalmente un dibujo tan lineal y bienentencionado que convierte a Walt Disney en filosofía. Su encanto ha devenido en encantamiento: solo renunciando a verlo con ojos actuales, su cursilería indómita sobrevive a la risa y el estupor estético. Ver Brigadoon hoy, como asomarse a parte del cine de Stanley Donen, Howard Hawks o el propio Minelli, exige el mismo pacto que permite a Gene Kelly asomarse a ese mundo inexplicable: es solo bruma, prodigio de un mundo que ya no existe, al que uno se incorpora como en otro sueño: no el de su preservación milagrosa, sino el no menos asombroso de que alguna vez existiera, de que fuera, apenas hace cincuenta años, fervorosamente soñado por millones de personas a la vez.

28 junio 2011

Democracia real, como las piedras



La democracia representativa y sus accionistas dobles –los que primero la sustentan al votarla y luego la lamentan en sus resultados- tiene más parlamentos de lo que se aprecia a simple vista. En Buenos Aires termina de descender un equipo de fútbol y sus seguidores, que vienen de pagar durante toda la temporada su asiento respectivo en el estadio y la nómina de sus sudorosos diputados, la emprenden a pedradas antes de que acabe el partido, intentan agredir a sus representantes, queman, rompen, arrancan la parte del estadio que se deja. Siguen haciéndolo en el parking, en las calles, contra partes del mundo –coches, escaparates, farolas, camiones- que forzosamente han de estar contra ellos pues, aunque inertes, no están a favor.
Si el deporte es aquí la ley –sus normas, sus objetivos comunes-, su aplicación tiene el formato de una guerra –el partido es siempre la batalla de tu partido contra otro, las camisetas que visten están hechas a partir de una bandera, y si quienes lo apoyan desde la grada son capaces de insultar, amedrentar o agredir a los votantes contrarios, todo lo que, en el césped, quede por debajo de esa línea es, como mínimo, rendición, deshonor. Los destrozos y los 43 heridos que siguen a la derrota son un acto de guerra, no muy distinto al que, en otras partes de la ciudad o del país, saca otros tantos miles de personas a la calle a celebrar la desgracia ajena. Con esa naturalidad de las batallas que es desear la desgracia del otro como primera bala propia.
Despojar al deporte de su primera propiedad –la aleatoriedad, la forma en que la teoría está supeditada al azar- es solo una de las derrotas aquí. Acostumbrados a que el apoyo incondicional conlleve dar el club a cambio, los dirigentes de los equipos de fútbol permiten o alientan la violencia verbal hacia el contrario, como si lo que uno vino a ver sea la batalla de Agincourt, y la conveniencia de ganarla, una necesidad que poco o nada cuesta ver como obligación, enardecidas las tropas que luchan y las que no. Que lo que sigues, lo que alientas hasta la violencia, sea de tu propiedad, es el triunfo que sucede incluso cuando no hay partido. No es lo que los jugadores pugnan en el campo, si hay un espectáculo que merezca la pena observar en un estadio es la transformación del público en causa y ejército simultáneo. Uno no entiende cómo los jugadores no dejan de jugar y les observan.

26 junio 2011

Banquo. Salida a bolsa.


Abandonados a su suerte los accionistas de su propia hipoteca mientras el padre de todo esto –la banca, y en concreto, la banca autonómica que financió el despeñarse inmobiliario y paisajístico- huye o cambia de nombre para poder presentarse de nuevo, con renovadas fuerzas, o pudor nuevo con que pedir auxilio -que es decir accionistas si el mercado consiente-, el parecido que Macbeth ofrece en estos casos: el de un soldado más, cómplice hermanado del criminal, que comparte y acepta los crímenes de aquel pues eso significa validar los suyos propios. Y que, encargado eliminar, reaparece como un espectro. La maldición que encarna en el reinado que anuncia para sí, es idéntica probablemente a la que contribuye a derrocar. Con ustedes, Banquo. Se le prometió la gloria y aquí viene.

24 junio 2011

Arcade Fire. Live, at your very street

http://www.thewildernessdowntown.com/

22 junio 2011

mientras agonizamos

Cuando algo es nuevo y radiante y difícil, deberá haber también en ello algo un poco mejor que el hecho de ser simplemente seguro, ya que las cosas seguras son esas que la gente lleva haciendo tanto tiempo que casi las han gastado por completo, y no hay nada en el hecho de hacerlas que permita a un hombre decir: esto no se ha hecho nunca y no se podrá volver a hacer. –De Mientras agonizo, de William Faulkner.

21 junio 2011

Pasillos con permiso


Tras quince años de libertad patrocinada, respectivamente, por pakistán y serbia, osama bin laden y ratko mladic caen con un intervalo de meses, aunque no tan a destiempo como para evitar que en pakistan sean detenidos los acusados de colaborar con el ejército estadounidense que lo ejecutó, o para impedir que en serbia miles de personas salgan a la calle por lo que consideran una traición a la patria. Como si la prueba de que se defienden intereses propios del vecindario fuera que se asesina a miles de inocentes, a kilómetros de sus parterres, el criminal de masas es una flor nacional a proteger, cuyo aroma de muerte es, adecuadamente combado el viento, uno que también transporta los mejores valores de la tierra en que naciera.
Hay una escena de Camino a la perdición (Sam Mendes, 2002) en que el justiciero llega finalmente a un hotel, donde antes del ascensor y de la puerta de la habitación a la que se dirige hay sendos guardaespaldas que le abren la puerta mientras aquel va instalando el silenciador a su pistola. La secuencia acaba en una bañera, a la que el pistolero se llega para descerrajar cuatro tiros al asesino que descansa, sabiéndose a salvo, en la bañera. Es el cine y no la justicia la que necesita esos disparos. Pero el logro es anterior, sucede en los pasillos, en la decisión que, inesperadamente, vuelve a favor del juez todos los cerrojos a sueldo permanente de locos y criminales con dinero o prestigio. En esa bañera esperan ya gadaffi, al asad y toda la dinastía saudí.

16 junio 2011

la cara oculta de la estadística


Quizá para compensar lo difícil que puso el dominio de sus bases en relación a las características de sus practicantes –la mano en contacto directo con el balón, la mayor distancia posible entre la mano y el cerebro-, el baloncesto también inventó con ello la visibilidad medible de cada uno de sus actos. Así, al exigir tanto a quien menos debería poder darlo, recompensa con… radiografías nítidas.
Los Mavericks de Dallas vienen de ganar la NBA gracias a un gigante de 2.13 cms. que se va a siete metros del aro para ganar los partidos. Y también, incluso con 38 años ya, gracias a uno de esos jugadores a los que la estadística adora –Jason Kidd- que cumplirá el año que viene su 17 temporada sin haber tenido nunca un tiro bonito o fiable, ni el aura de superclase que exhala Nash, ni siquiera el estatus claro de leyenda del pase de que gozaran Stockton o Magic… a pesar de ocupar el segundo puesto en esa lista histórica, entre uno y otro. Purgado estilísticamente del puesto que más clase atesora en la liga, Kidd ha hallado su gloria… refugiado en la estadística de aleros y pivots. Sus 103 triples dobles (10 puntos, y otros tantos rebotes y asistencias en un mismo partido) doblan casi los de Larry Bird, son cuatro veces más que los de Michael Jordan, Le Bron James habrá de triplicar los conseguidos hasta hoy para alcanzarle. Solo dos nombres le superan en esa lista: Magic Johnson –que sería hoy el primero, de no haberse retirado prematuramente- y Oscar Robertson, que de haberse computado la asistencia como se hace hoy (permitiendo un bote tras recibir el balón), duplicaría con creces cualquier cifra que hubiera dejado Magic.
La década de los sesenta parece anotada por un contable loco: solo en 1962, jugando en Philadelphia, Wilt Chamberlain promedió 50 puntos y casi 26 rebotes por partido. En 80 partidos. Ese mismo año, Bill Russell, 19 puntos y 23 rebotes de promedio en Boston. Pero el prodigio de prodigios estaba en otra parte, lejos del aro… y de los títulos. En Cincinnati Oscar Robertson promedió ese mismo año 30,8 puntos, 12,5 rebotes, 11,4 asistencias por partido. En 79 partidos. Michael Jordan hiló siete triples dobles consecutivos en 1992, probablemente como capricho. Hoy se ve como asombroso si alguien logra diez en una temporada.
Pero algo inconcebible ocurrió en Cincinnati durante los primeros cinco años de la década de los sesenta. Meses después de que la Unión Soviética lograra fotografiar la cara oculta de la luna, Robertson dio comienzo a una estadística que bien podría haber venido de la misma nave: durante su primer lustro en la liga, Robertson promedió 30,28 puntos, 10,38 rebotes y 10,62 asistencias por partido. En la práctica, un triple doble consecutivo durante 384 partidos. Es difícil explicar esto a quien no esté familiarizado con el nivel atlético de este deporte en Estados Unidos. O saber si el símil con un futbolista que marcara tres goles cada domingo durante cinco años es suficiente… o escaso. Las estadísticas no dicen toda la verdad –se oye. Y quizá sea cierto, quizá haya verdades imposibles de entender.

14 junio 2011

cuadernos fieles y mutuos


Que la poesía tiene en la física un cuaderno fiel se ve en la idea de antimateria, en la impensable expulsión de energía de un agujero negro, en la fatiga de los materiales. Que una viga de acero pueda cansarse antes de combarse dice de la arquitectura de las cosas sólidas la misma mezcla de imposibilidad y logro que la poesía de Shakespeare en boca de sus asesinos o secuaces peores: que puedas dar un paso como piedra y el siguiente como verso, sin que las cualidades de ambas impidan volver al estado previo.
Con la antimateria es aún más asombroso: que alguien –o algo- hecho de tus mismas proporciones físicas exactas pueda existir en alguna parte del universo, solo que dotado de carga eléctrica inversa, y que las leyes que prevén su existencia prevean también que, de encontrarte con tu otra combinación, ambos seréis destruidos en ese instante es materia de una tragedia griega, no menos sofisticadamente circular que la que Sófocles imaginó para Edipo en sus tres tragedias conservadas.
Pero es en Bartebly, el escribiente imaginado por Melville en 1856, donde se aúnan ambas –la fatiga de los materiales humanos y, en la compañía de los otros copistas, Turkey y Nippers, la imagen de la copia tan similar y tan opuesta. La historia de un escribiente que renuncia a escribir, que prefiere no hacerlo es pura antimateria emanada de uno mismo, hecha a su vez de esa carga, hecha de ti pero distinta a ti que es, hacia atrás, la memoria, y hacia delante, el deseo. Cómo, dentro y fuera de las ecuaciones y los libros, tu copia perfecta y simultáneamente opuesta está ahí fuera, esperando para alcanzarte.

Para otra versión, no tan inversa: http://enmientropia.blogspot.com/2011/06/ello-yo-superyo-antiyo.html

13 junio 2011

diccionarios francos

pequeña aportación a un prólogo para la edición corregida del Diccionario Biográfico Español:

Junta general de una Real Academia de la historia: Contradiciendo la cédula real que, a su fundación en 1735, animaba a realizar un diccionario que ayudase a aclarar “la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia, conduciendo al conocimiento de muchas cosas que oscureció la antigüedad o tiene sepultado el descuido”, dícese de aquellos que, después de discernir sobre el rumbo anual de la institución a la que pertenecen, se encomiendan a esa figura tan biográfica e historiográfica como sea un dios, o al espíritu santo si la reunión es semanal. Rezo posible para antes de las sesiones de los viernes: “que el espíritu santo ilumine con su gracia nuestra inteligencia y nuestro corazón”. Entre sus miembros, habrá un arzobispo siempre que sea posible.

Composición de una Real Academia de la historia: habrá un censor, que vele por la correcta función de los discursos de ingreso, recepción y contestación, supervisándolos. Si hay que escribir la biografía de un asesino, se encargará al miembro de la Academia que, en lo posible, más próximo a aquel se halle, siendo el de presidente de una fundación que lleve su nombre, aval bastante. Si además es persona que haya desempeñado cargo alguno en un ministerio en los años del criminal, mejor.

Director de una Real Academia de la historia: Se buscará, de entre sus miembros, a aquel al que “no afecte nada” lo que, desde todos lados, se juzgue indignante. Uno que considere normal que las entradas sobre los hijos vivos de los reyes sean escritas por la propia casa real, o que un afín al opus dei firme la de su fundador. Se valorará su renuncia a pronunciar “franco” y “dictador” en la misma frase, incluso el mismo día.

La función que deshacer


Mientras la posibilidad de apropiarse gratis del trabajo de otros por el que antes se pagaba se adueñaba de internet, vampirizándolo, su otra gran virtud –el ojo permanentemente abierto sobre cualquier cosa que ocurre en el mundo- hacía por el teatro un inesperado prodigio: no solo ayudar a convertirla en la única industria cultural que incrementa su audiencia cada año, sino ver venir a los espectadores no desde la calle, sino desde… el propio escenario. La familiaridad con la que, en nuestro país, el conocimiento de la mezquindad política y empresarial va de la mano con la indiferencia demostrada al votar, repetidamente, a los mismos que la protagonizan, no es otra cosa que… costumbre de lo teatral. El hábito de vivir inmersos en una farsa que nos emplea de figurantes no puede ser ajeno a la costumbre de asistir después a mejores, más hondas recreaciones del mundo, que al menos tienen la delicadeza de hablar de nosotros sin… exigirnos además ponerles voz y rostro.
Se lee como virtud de una dramaturgia más próxima lo que es, en buena medida, desde el espectador, sensación de pertenencia, de ser algo no tan distinto de lo que Sanzol, Tolcachir o Del Arco –por mentar los que El País 11.6 identifica como señas de identidad del movimiento- hacen hablar a sus criaturas. Y si, como el primero dice, citado por Marcos Ordoñez, “hay un público que necesita conocerse y hay uno que no quiere conocerse”, tan reconocible es en las salas llenas como en la respuesta de ese público ante el espectador que, interrumpida la representación de un monólogo de Malraux para protestar contra la guerra de Irak, grita que “no ha venido al teatro para oír hablar de política”, o, en medio de Delicadas, hasta hace unos días en el Español, cuando el miliciano inserto en la guerra civil española exclama ¡Me cago en dios!, y ese mismo público asiste atónito al espectador que se levanta para gritar al texto “¡Cállate!”. Incluso sin necesidad de demostrar en público tu sensibilidad, asistir al teatro es contestar a lo que sucede fuera de él, sea a merced de Othello o como invitado al Jardín de los cerezos.
Si estos días muchos de los que visitan a los concentrados en las plazas españolas lo hacen como quien tiene la sensación de asistir a la representación de algo cuyo argumento nadie esperaba, con suerte tiene que ver también con la impresión de que, quien contempla la obra como espectador o actor inerte, bien pudiera hacerlo como autor, dada la fe necesaria. Fingimos ser espectadores que fingen vivir en el año once del siglo veintiuno mientras fingimos sufrir o gozar con hechos que suceden en otro idioma, en otro siglo, en otra sociedad. No es solo para ser entretenido por lo que uno paga su entrada, también para aprender a distinguirse en otros teatros menos necesarios, con suerte a sobrevivir a éstos, a soñar con cambiarlos.

08 junio 2011

al fondo hay sitio


Llamar a una sección “inteligencia” exige o bien ponerla al final del periódico, aspirando a la conclusión, o bien ponerla al principio, aspirando a la hipótesis. El suplemento del New York Times que publica El País opta cada jueves por lo primero, y así, Rachel Nugent escribe el pasado 26.5 sobre la ampliación de 9.000 a 10.000 millones que Naciones Unidas acaba de hacer público, que “la bomba demográfica no le quita el sueño”, pues “son las personas las que determinan si los recursos se usan sabiamente, si los niños nacen sanos o si la propagación de las enfermedades se reduce al mínimo”.
Es una teoría –la de la propagación infinita- basada en principios no menos extendidos: el derecho a la devastación; a la extinción de tantas especies como se nos antoje; que vivir sin enfermedades y sin guerras es cualificación bastante aunque el propio sistema económico en que vives sea justo eso: un virus en guerra contra todo asomo de equilibrio, sensatez y justicia; que el cambio climático y sus constantes evidencias son un producto más, que ha de poder devolverse a la tienda si el resultado no nos convence; que 10.000 millones de consumidores es una gran noticia en un planeta que se desangra para abastecer sin complejos a apenas la décima parte de esa cifra, la que vive en países prósperos.
Son principios que se entienden mejor con solo mirar ese mismo jueves en que son publicados… como la última noticia del suplemento del jueves anterior. Es decir, como conclusión y no hipótesis: allí, en el ejemplar del 19.5, se explica el prodigio de la Tilapia, un pez engordado sin gran control en piscifactorías de Honduras y que se consume en Estados Unidos a ritmo creciente… por esa cualidad concreta: un pez que… casi no sabe a pez. Y justo al lado, noticia de cómo el crecimiento incontrolado del consumo en China produce “cerdo adulterado con el medicamento clenbuterol; cerdo comercializado como ternera después de sumergirlo en bórax, un aditivo para detergentes; salsa de soja aderezada con arsénico; palomitas de maíz y setas tratadas con lejía fluorescente; brotes de soja rociados con antibiótico para animales y vino diluido con agua azucarada y productos químicos y huevos que son mejunjes artificiales de productos químicos, gelatina y parafina”.
Entre tanta receta de la adulteración, el artículo también tiene espacio para definir la naturalidad, el alcance real de la autonomía en el comportamiento de que escribe Rachel Nugent para exculpar a la población de lo que hacen… sus miembros, ese “son las personas las que determinan si los recursos se usan sabiamente, si los niños nacen sanos o si la propagación de las enfermedades se reduce al mínimo” que, en el texto de Sharon LaFraniere es “los productores trabajan en un entorno salvaje en el que los aditivos ilegales están por todas partes y salen rentables. Los fabricantes calculan que las posibilidades de sacar provecho de las prácticas poco seguras superan con creces las de ser descubiertos”. Que, como cualquiera que lea periódicos sabe, es norma en política, banca, industria energética, armamentística, alimenticia y en general, de la actividad humana sometida a ganancia posible.
Entre reducir o aumentar la población, Nugent escoge describirlo mejor como la elección entre “calidad frente a cantidad”, cómo todo lo que hemos de lograr es “hacer de eso la opción fácil”. Es increíble como la humanidad no entiende algo tan sencillo. O más increíble aún, cómo algunos sí.

07 junio 2011

Tormenta que se muerde la cola


Ni la frecuencia con que la naturaleza contiene simultáneamente dos fuerzas opuestas –el sol y la llovizna, la flor y el rayo, la abundancia y la escasez- es bastante para sentirnos cómodos con la idea de que, dentro de nosotros, rara vez albergamos una pulsión en una dirección sin sentir la sombra de la opuesta, las veces –mayoritarias- que hacemos algo sin quererlo hecho, pero también las que, optando por no hacerlo, preferiríamos llevar a cabo. Las leyes nos fuerzan y protegen, respectivamente, de la posibilidad opuesta. No hay moral en las leyes que gobiernan la naturaleza, y es porque la coexistencia de fuerzas se basa en algo que en nuestro caso no tiene aplicación posible: ya pueden las energías en juego anularse, arrasarlo todo con su acción ciega. Da igual: la vida, a largo plazo, acaba ganando. Del choque o la destrucción acaba naciendo al menos tanto como lo que se aniquiló. El diseño de la tierra, entre el magma y las lluvias generadas por esas mismas nubes que acabarían enfriando la corteza, debió ser digno de verse. Si dios hace fotos, ya debe tener esta.

si te llamas diego, también tienes la foto, sí:
http://enmientropia.blogspot.com/2011/06/thunder-road.html

06 junio 2011

sermón de la montaña


Nada como la estación de las alergias para hablar de vacunas. Salir a andar por la montaña es un antídoto contra la ciudad, que empieza por sentirte ínfimo, hecho de esa constatación inusual que es caminar por un paisaje que es mejor que tú a cada paso, al que la acción humana importa nada, nada lo que tienes, lo que lograste, nada lo que ocupa tus días enteros. No es menos viaje en el tiempo que en el espacio, ni menos escarpado, pues en este aprendizaje las lecciones están siempre codificadas –ves las flores, el estado de las piedras, su erosión, el entramado cambiante de los bosques, el agua que brota de fuentes invisibles, pero sus diccionarios se te escapan. Como casi todo lo que nos compone o explica, la geología, la botánica, la biología animal nos son tan familiares como la física cuántica. No por reconocer el porqué de cada piedra, cada flor o cada pájaro el viaje es necesariamente mejor. Pero, si tienes la suerte de caminarlo junto a alguien que lee el paisaje como tú el periódico, su visión, su paciencia, permite reiniciar el paseo a cada rato, lo vuelve más hondo, más delicado y valioso.
Construido sobre miles de historias clínicas que han brotado y evolucionado delante de sus ojos, Oliver Sacks ha escrito una decena de libros sobre neurología y ese estadio complejo que es… describirla como una excursión a lugares que conoces aunque no los entiendas. Y no es el menor de sus logros que el más inusual de sus libros sea uno… sobre helechos. Viniendo del conocimiento del cerebro, el paseo de una especialización por los terrenos de otra habla de esa inteligencia, tan asombrosamente inabarcable como ubicuamente despreciada, que existe en la naturaleza, en la observable y la que no. Tan eficaz en su propósito de equilibrio que, como ocurre a nuestros ojos, ni siquiera requiere ser comprendida para ser admirada. Es ese sendero de la belleza y la legibilidad del mundo el que uno camina, torpemente, desde hace casi veinte años junto a ese privilegio que son mis amigos Bernard y Valeria, cocineros, geógrafos, geólogos, botánicos. Y si el alcance de sus explicaciones es siempre pasajero –por específica, por compleja, por abarcar un asomarse a áreas incógnitas que el devenir diario borra-, queda esa reinvención del aprendizaje que es… observar a quien explica. También esa pasión del observador, que se detiene cada semana a fotografiar flores que ha visto mil veces o revelar procesos que lleva dos décadas narrando, es un paisaje al que es un placer llegar cada sábado.

05 junio 2011

pausas en la edad de oro


Apenas tres décadas después de que la victoria de los Estados Unidos de Abraham Lincoln precipitara la abolición de la esclavitud al término de la guerra de secesión, y solo 41 años después de que la Ley de Kansas-Nebraska permitiera la esclavitud incluso allí donde la mayoría se oponía a ella, el profesor James Naismith llegó a… Kansas, siete años después de haber inventado el baloncesto, en 1891. Y con ello, el de un puesto de trabajo posible para quienes, durante siglos, vieron su gigantismo como una maldición que les condenara al papel de gladiador, atracción de circo o cargador de fardos, al que la raza negra podía sumar una esclavitud más visible.
Como si la conversión de los kilos en quilates fuera un experimento a cuidar, el primero de sus logros fue George Mikan, quien dominó en solitario el puesto durante una década, la de los cincuenta, abriendo la puerta por la que Wilt Chamberlain y Bill Russell ensancharían la idea de un deporte manejado por pequeños pero decidido por gigantes. El relevo, Kareem Abdul Jabbar, llegaría en 1969, su longevidad prodigiosa abarcaría dos décadas, y le emparenta con Bill Walton y Willis Reed en los setenta, y con Patrick Ewing y Hakeem Olajuwon en los ochenta, como estos afrontarían al mejor David Robinson en los noventa. Es a esa edad dorada de los grandes pivots a la que Shaquille O´ Neal se incorporó en 1993, y que termina con él y su retiro, anunciado hace unos días.
El de Michael Jordan en 1999 dejó la liga en manos de los hombres altos durante una década –en la que solo los Pistons… de Ben Wallace se entrometieron en el imperio alterno de Tim Duncan y el propio O´ Neal. Que su ocaso coincida durante el último trienío con el ascenso del escalón inferior –el ala pivot como centro del equipo- tiene en los Celtics de Garnett y los Lakers de Gasol un medio ejemplo perfecto (el otro medio respectivo es, por supuesto, Pierce y Bryant), y aún más claro en la final de este año, en la que Dallas y Miami juegan estos días una serie en la que ambos parecen tener más opciones… cuanto menos acaba el balón en manos de sus pivots respectivos. Que es decir cuánto más pasa por las del cuatro tirador que es Nowitzki y el tres con cuerpo de ala pivot que es Le Bron James.
Desde su fundación en 1946, la NBA ha vivido sobre los hombros de sus gigantes, e incluso cuando Magic Johnson y Larry Bird desplazaron el centro de gravedad hacia el exterior en la década de los ochenta, fue a la sombra respectiva de Robert Parish y Abdul-Jabbar. Pero sería Isiah Thomas el que abriría la puerta al gran modificador de la norma sagrada por la que sin un gran pivot no ganarías nunca –Michael Jordan se adueñó de una década a pesar de compartirla con la más densa generación de magníficos hombres altos que haya dado la liga… y una de la más inertes que, dentro de aquellos Bulls, haya tenido equipo alguno.
Quien busque a O´ Neal los próximos años lo encontrará… en Le Bron James, al menos mientras sus piernas y su peso le den para correr como un escolta. Pero entre imaginar a Karl Malone moviéndose a la velocidad de Kobe Bryant, e invertir en un pivot capaz de correr como Garnett… las probabilidades de obtener lo primero acaso se agoten en James, mientras que lo segundo tiene décadas de solvencia demostrada. Cuando la era de los ala pivot decline, acaso la de los pivots regrese para apropiarse de sus cualidades –altura, velocidad y tiro. Ya ha existido, se llamó Ralph Sampson.

02 junio 2011

1991-2011


Lo que uno hizo esta mañana lo hacía ya en 1991. Llevar 20 años trabajando, haciendo lo mismo, es una rareza que empieza ya en el momento de acabar los estudios universitarios y acceder a un trabajo… que no pocas veces nada tiene que ver con lo que vienes de cursar. Si lo que haces es una actividad privilegiada, creativa y bien pagada, que además coincide con venir siendo aquello que estudiaste, y que ejerces sin nada que garantice esa continuidad, entonces… es un prodigio que, eso sí, no dispara menos preguntas hacia delante que asombro hacia atrás, primero en el hecho de que, una vez cumplidos los cuarenta, no muchos años siguen ejerciendo este trabajo; segundo, en que el día que se acabe –y llegará- uno más probablemente se pondrá a escribir o viajar antes que buscar un trabajo nuevo. Eso significa que acaso este que hago hoy sea el primer y último trabajo que desempeño. Mi padre solo tuvo uno, el de representante de muebles, que desempeñó durante casi cincuenta años. El mismo que yo probé durante unos meses. Suficiente para intuir que hubo un tiempo en que los muebles debían venderse solos… y mirando los anuncios con los que busqué trabajo, también para preguntarme cómo, tras pedirme que tirara uno de ellos por la ventana, no me pidieron que me arrojara detrás. Quizá he olvidado que sí lo hicieron.
Es famoso el cuento de Borges en el que la versión anciana de sí mismo se encuentra con su versión veinteañera, en un banco de ¿Bruselas?. Al dudar éste, aquel describe de forma imposible los libros que posee en su habitación de estudiante, el orden en que están, aventura lo que será, algunos de los precios que pagará por ello. Tras citarse para el siguiente día, el anciano declara no haber acudido, como quizá tampoco, pues, su pasado. Es sencillo pensar que, dada suficiente distancia entre uno y otro, el futuro que seremos tiene más información valiosa que la que pueda recordarnos el otro. Pero, sin la necesidad de confirmar un camino elegido –que en el caso del cuento es la de un joven que ya sueña con vivir de, dentro, de los libros-, acaso no sea menos valioso asumir que, transcurrido el tiempo suficiente desempeñando una misma actividad, digamos unos veinte años, sea el hombre mayor el que reciba con ilusión y oídos incrédulos la noticia del que fue, de cómo los años entregados a una idea pudieron ser otra cosa, acaso su contrario. De cómo la gente con la que uno se cruzó, conservó y perdió, pudo haber sido otra, otros los aprendizajes, las pérdidas; distintas las recompensas y los chantajes. Que nada de esto nos esperaba, que al sueño de alcanzar metas –que es siempre de atrás hacia delante-, sucede, de delante hacia atrás, el de haber hecho justo, casual, sospechosamente, lo que uno siempre quiso, aquello para lo que estaba mejor dotado.
Y sin embargo, aislado el trabajo de su remuneración, uno –que bendice su inmensa suerte cada día- extrañamente siente que lo que debió haber hecho los últimos veinte años es… enseñar baloncesto. Las fotocopias que, en 1991, por la mañana pedía para después pegar en cartones, formando anuncios, se hacían a escasos metros de donde, de tarde, en el mismo colegio, entrenaba a una decena de niños… a los que supongo nunca agradeceré bastante que, perdiendo partido tras partido, tan fácil explicaran la conveniencia de buscarme otra ocupación. Lo que vino después se guarda en otros sobres, no tan a salvo. Uno de ellos, que durante casi quince años ha almacenado mensajes impresos de gente que los enviaba por correo electrónico para anunciar su marcha de la agencia, acabó en la basura hace unos días. Los nombres se habían llevado con ellos el rostro, la voz, la costumbre de verlos por los pasillos o el despacho. Y de todos ellos, acaso la mía era, leída hoy, la voz que menos reconozco, la que menos me gusta o entiendo. Como si de las veinte velas, no todas fueran mías, la costumbre de no reconocerte es un molde más, probablemente uno de los pocos que seguirá ahí dentro de otros veinte.

31 mayo 2011

26 mayo 2011

Almacén de la tienda de la nostalgia


Parte obvia del parecido que una película de Woody Allen tiene respecto a otra suya radica en que uno de los personajes es siempre el mismo, aunque su rostro no lo sea, y aunque el paso del tiempo haya atemperado al monologuista incansable, trocándolo en una presencia que a veces se ve como si fuera un logotipo para fieles. Por eso la visión del mundo de ese personaje funciona en sus tramas, a estas alturas, como un artilugio más de esa tienda de la nostalgia que su penúltima encarnación, el escritor Gil XX/Owen Wilson, pugna por convertir en una novela de su tiempo mientras él pasea por otro.
En Paris, Nueva York, Londrés o Tombuctú, las definiciones del mundo a ojos de Allen atraviesan sus historias como un diccionario transparente en el que tan clásico es encontrarse lo que su personaje tiene que decir de las clases políticas y empresariales, como lo que, de vuelta, también lo que éstas dicen de aquel. El amor y la muerte se encuentran, enroscados, ya desde La última noche de Boris Grushenko. La bifurcación de la personalidad es, con matices menos obsesivos o solo más piadosos para con sus encarnados, la misma que se encuentra en Zelig. La prehistoria familiar; la evocación de la cultura judía de postguerra en la que se crió; el origen y la transformación –no pocas veces hacia el patetismo- del cine y la radio que educaron a generaciones antes de que lo hicieran las televisiones; el papel de la cultura en sociedades públicamente aculturales; la revisión de géneros, roles, identidades, herencias, aprendizajes que son cadenas; la infidelidad como resorte; el deseo de ser amado por encima de todo, incluso por encima de ser comprendido… sus temas raramente monopolizan su metraje, solo Días de radio contiene la mitad de esa lista.
De todos ellos hace ya casi dos, tres, cuatro décadas. Por eso el periplo de este escritor paralizado por lo que sus sueños suponen de traba en este mundo, y por lo que de irrealidad pueda tener buscarlos en otro, paralelo, es también, enésimamente, ese otro rasgo de no pocas de sus películas: el salto de una realidad a otra, que puede ser el de un periodista que abandona la barca de Caronte, el de un protagonista que habla a cámara, el de un actor que sale de la pantalla de un cine por curiosidad, o el de un escritor que halla cómo viajar por el tiempo, pero no por su relación de pareja.
Pura costumbre Alleniana de convivir con sus problemas en un estrato de la realidad, y con la solución en otro, hecho de nostalgia y de su antídoto, la acción; de una fina inteligencia al servicio de una obsesión; del anhelo y la ira contra el sinsentido; del caos y la armonía simultáneas, el vitriolo del incómodo, que encuentra no poca parte de su credibilidad en cómo emplea contra sí las balas que sobran tras disparar enredador, ha acabado, cuarenta años después de echar a andar, por reunir en sí mismo el rumbo del mundo: cuanto más persigues en un plano, más te cuesta moverte por los demás.

otra versión, esta de Diego:
http://enmientropia.blogspot.com/2011/05/universos-paralelos-en-la-medianoche-de.html

25 mayo 2011

eso


De una forma a la que ni su costumbre merece arrebatarnos la extrañeza, las elecciones en nuestro país las gana repetidamente quien no vota: esa tercera parte, cuando no la mitad, de la población, a la que el parecer de quien sí vota semeja bastar, tan hijos del hartazgo como, al renunciar a cambiarlo, también padres redundantes de ese estado de cosas. Que, en una visión posible, no poco se asemeja a renunciar a gobernar a quienes te gobiernan. Y de los que sería interesante saber cómo afrontan después, durante los cuatro años siguientes, aquellas decisiones políticas con las que están en desacuerdo, con qué voz se carga entonces viniendo de la mudez. Y que en la otra interpretación –la más probable- ha de ser solo desaliento, seguridad en la creencia de que, votes a quien votes, lo que es necesario hacer no será hecho. Es más ironía que justificación el que el tamaño de los matices, su visibilidad, que fundan esa certeza no sean muy distintos de los observables una vez que un partido u otro acceden al poder.
Quizá por eso, en la dificultad de distinguir qué diferencia pueda hacer un voto o cuán poco separa lo que gobernar obliga a unos y otros, en lugar de votar a favor de unas ideas, por convicción, no pocos parecerían estar votando por miedo inoculado, para impedir a los de enfrente. También aquí sería esclarecedor saber qué ideas contrarias creen estar previniendo quienes, de un lado y de otro, votan a favor de la decencia y la España adecuada. Si los matices de lo primero son de la desesperanza, los que juegan aquí lo son, muy probablemente, de la pereza. Votar la línea editorial de un periódico o de una televisión es parte del juego de ignorancia y ventriloquia por el que tus decisiones no son del todo tuyas. Es esa proximidad la que iguala por abajo los avales que, para elegir o ser elegido, vuelve la democracia un ejercicio de forofismo donde basta sentir unos colores para denigrar otros. Se entendería mejor si, analizadas las razones que llevan a algunos a votar, se viera que lo hacen desde fuera de la Constitución, de la declaración de los derechos humanos, incluso de los textos religiosos que dicen seguir.
La simulación también es la guía de comportamiento una vez se termina de contar los votos: y si gobernar lleva implícito renunciar a lo que prometiste, y vivir el exilio desde la oposición se interpreta como uno que, en realidad, te ubica en otro país, donde poco importa ayudar a derruir el que dejaras al perder las elecciones, desde uno y otro lado al menos se consensúa ese logro de la farsa en aras del progreso y la paz que es fingir que las discrepancias abismales lo son entre políticos y no entre ciudadanos, que tan fácilmente parecen vivir en el mismo territorio, pero en décadas o siglos diferentes. Incluso en penumbra, son los ciudadanos los que pierden y ganan las elecciones. Y quizá la saña y mezquindad con que desde la oposición se deforma la realidad impunemente es solo el resultado de superponer a esa lente los miles de ojos que votaron queriendo lo contrario. Para lo que, felizmente, al contrario que la clase política, después carecen del tiempo y energías suficientes que implica llevar su desacuerdo a los niveles de agresión ubicua con que la política se gestiona a sí misma.
Sabemos lo que no somos, esa es la decisión que se nos pide votar cada cuatro años. Falta saber lo que sí. Es natural que la respuesta venga del futuro, dado nuestro inepto uso de las lecciones del presente y del pasado. Apretada estos días en las plazas centrales de nuestras ciudades, la respuesta nueva que pugna por desperezarse, mitad embrión, mitad final de siesta, no solo estira sus miembros por la acera y su legibilidad en todas direcciones, además lo hace justo sobre los adoquines que la historia reciente de nuestra política eligiera para inmovilizarnos: el no, el nunca, el contra mí.

volcán con fotógrafo de fondo


Jon Magnusson

23 mayo 2011

en un pequeño rincón de las Galias


... un pequeño partido político, recién creado por los vecinos de Valdeluz, resiste al invasor... que debe sentirse justo eso... invadido.

http://resultados.elpais.com/elecciones/2011/municipales/07/19/326.html

21 mayo 2011

20 mayo 2011

hablar en la oscuridad


No por sabida, asombra menos la pervivencia de definiciones éticas invulnerables en un mundo que ha renunciado a casi todas –la explotación, la desigualdad, el abuso, la mentira pública, la impunidad que más se alardea cuanto mayores las pruebas, la basurización del ejemplo, el olor que despiden periódicos, radios y televisiones, el desdén por la gran cultura… son pura ostentación, casi desafío, porque su respectivo envés –el derecho a la justicia, la equidad, la cordura, la sabiduría y el equilibrio como factores de lo público y lo privado- son entre nosotros apenas materia de chiste, antiguallas, moldes que antes harían pasar por iluso que por digno a quien los reclamara. No el nazismo y sus frutos. Y es algo, por supuesto, que sus horrores permanezcan intocables al chiste o la simpatía. La lista de damnificados se antoja ridícula en un mundo que se maneja en estos automatismos sin pudor –un príncipe inglés, hace años, por vestir una casaca con la cruz gamada; un modisto, hace unos días, por desear a hitler la mejor de las suertes; lars von trier, ayer, al expresar sus simpatías por el criminal. En un mundo donde la mayor parte de la mentira vive a la sombra tranquila de la libertad de expresión, fugazmente brilla ese triunfo ético: el de la expresión como prueba de lo poco que se merecen la libertad algunos.

19 mayo 2011

La flauta del habla


Hay un punto de encuentro entre la versión minuciosamente fiel con que Le Poeme Harmónique viene recorriendo el mundo con El burgués gentilhombre, de Moliere y Lully, convertido en un lujoso tren de cuatro horas de viaje, y esta reducción de la Flauta mágica de Mozart que Peter Brook delicadamente ha dejado en hora y media, en los teatros del Canal estos días, como hace unas semanas la anterior. Y ese punto es anterior a ambas obras, en eso que el pianista de esta última, Franck Krawczyk, describe como “volver a un estadio anterior al de la ópera”. Que sin querer decir a lo que Monteverdi aunó sesenta años antes que Lully y doscientos antes que Mozart, les contiene a ambos al hablar del momento previo a convertir la palabra en canto, cuando en 1670 o 1790 la ópera avanzaba en lo segundo sin dejar de ser lo primero. No son lo mismo las acotaciones teatrales que los minuetos, pero añadir eventualmente los primeros –que es introducir un narrador- no resta teatro al teatro, y reducir los segundos, es decir la música que se superpone a la acción teatral, no mella forzosamente lo que la ópera haya venido a decir. Parte del prodigio del montaje de Le Poeme Harmónique está en haber logrado desplazar por el mundo una orquesta de 36 personas… para dejar a los actores decir en silencio las líneas de Moliere en buena parte de la obra. Y no muy distinto volcado hacia lo teatral sin añadidos es el limado de Brook, donde incluso las arias, cantadas, sin más, con un piano en escena, suenan a diálogo, de puro natural la integración, el tránsito del hablar al cantar. Maximizada una, reducida a su esencia la otra, su trascripción final es la misma de la que hablara hace unos días Gérard Mortier –“a la ópera no se va a soñar, a olvidarse del mundo, sino a descubrirse a uno mismo en la complejidad de todas sus emociones y a descubrir el mundo tal cual es”.

en tierra extraña

En lo que es ejemplo nítido de su apuesta por explicar la complejidad, ningún partido político imprime en banderolas, vallas y carteles varios nada que no sea una frase de no más de ocho palabras, jamás acompañada de nada que no sea sino la imagen del candidato. La publicidad comercial observa su invasión puntual con gesto acostumbrado, a lo que no es ajena la mediocridad vocacional con que la inmensa mayoría de anunciantes se tratan a sí mismos, aunque su producto sea obviamente menos tóxico y más seductor que cualquier oferta política que nos salga al encuentro. Y la parquedad expresiva de la propaganda política solo se agradece porque evita la exposición ubicua a lo que es su formato real de ganarse al público: tratar la ideología como si fuera un equipo de fútbol. Alejado por impreso, en un raro pudor, del forofismo con que se pide el voto en mítines y similares, la publicidad de un partido político renuncia así a usar la publicidad como usa el resto de mecanismos a su alcance. Solo por lo que eso supone en términos de higiene social, por un instante casi se ve como algo útil lo que es solo un disparate de inversión inerte que, al contrario que cualquier otro producto, habrá pagado uno antes incluso de decidir si lo compra.

17 mayo 2011

probabilidad y burbuja


También la publicación de los salarios de los directivos son una violación consumada de cualquier forma de decencia, cuya reincidencia se explica en la inmunidad que ha de garantizarles el financiar anualmente con sueldos similares la política. Abalanzarse sobre una empleada de hotel cuando estás a punto de aspirar al trono de Francia es solo un grado de esa impunidad. Y lo que más asombra es preguntarse cuánto tiene que compensar disparate tal, las veces que semejante maniobra habrá salido bien para que uno apueste contra sí mismo con semejante y suicida ligereza.

16 mayo 2011

por qué necesitamos votar al pp


Entre partidos generalistas predomina esa cualidad de la política que consiste en alejarse del otro entre lamentos para que no se vea cuán iguales son en muchas cosas. De ahí que ningún partido se parezca más al que trata de desalojar… que el que lo consigue. Parte del error que se avecina a castigar la ineptitud de unos premiando la mezquindad de los que esperan, está en interpretar que si derecha e izquierda se acompasan, en no pocos asuntos, a la hora de gobernar, ha de ser lo mismo que ignorar lo que vienes de hacer y defender desde la oposición. Si a eso se le añade que en este país no se vota por afinidad, sino en contra del de enfrente, se entiende que cuanto antes obtenga el pp el control del país entero, antes podrán sus votantes naturales –no los beneficiados por el recorte fiscal a las rentas altas, pero acaso sí parte de los ancianos a los que se soborna con papanatismo, y, visto lo visto, también los ignorantes a quienes la precariedad hurta incluso la visibilidad de qué políticas fomentan la desigualdad cuando no lo hacen las crisis mundiales- pensar mejor en que si el voto se vende tan barato en este país, es porque de ese molde se hacen el resto de los contratos basura a los que el neoliberalismo aspira con el aplauso de quienes más se aprestan a sufrirlo.

15 mayo 2011

diseño del espectador


La obra con la que abre el Festival de Otoño en Primavera –On the concept of the face, regarding the son of god, de Romeo Castellucci- es pura explicación del oxímoron con que ha acabado bautizado el festival: hablando del sacrificio y la impotencia, habla en realidad del público. Ubicado en un espacio donde la pureza del blanco omnipresente está ahí para representar justo la vulnerabilidad a la mancha, la peripecia de un anciano y su hijo, incapaz de que su abnegación palie algo la incontinencia fecal de su padre, tiene un espectador al fondo del escenario –el rostro de jesús de Nazaret- y otros no menos paralizados en las gradas, desde donde la hiperrealidad que representa el hijo –un ejecutivo trajeado tirando hacia un lado del mensaje, y el inmenso amor que siente por su padre empujando el misterio hacia el lado opuesto- son un cuadro opuesto a la hipermitología con que los dioses han acabado entre nosotros.
Críptico como una encíclica que hablara del dueño verdadero de la empresa, el tríptico de Castellucci –tres deposiciones incontroladas, tres vertidos a cual más explícito y masivo- habla de sendas virtudes cristianas como sean la dificultad de controlarte y lo que cuesta perseverar en la bondad, el cariño, la paciencia sobre tus propias fuerzas. Es una metáfora inusual, que acaba en el no menos inesperado refugio en esa imagen de jesús que lo preside todo: la caída y el esfuerzo por paliarla. El hijo asiste al sufrimiento del padre y éste al de aquel. Espectadores ambos, impotentes ambos, sirven también, acaso sin quererlo, para hablar de esa propiedad del espectador de teatro que no es la impotencia, sino la aceptación. Más nítidamente, del derecho de la obra a no darte aquello que viniste a ver, del derecho a no parecer teatro, a no regirse por lo que entiendes como tal. Entenderlo o aceptarlo –lo que cada uno logre- es un acto de madurez y de respeto, capaz de aceptar narraciones sin un fin claro, sin un camino que plantee una acción para llevarla entonces a algún lado.
En un momento de la obra, el anciano deja de fingir sus deposiciones para agarrar un bote lleno del mismo líquido que viene derramando y echárselo encima, como si ni siquiera esa simulación fuera, a esas alturas, necesaria. Como si ni siquiera el teatro estuviera obligado a dar verosimilitud a cambio de tu credulidad. Hay más ficción en el hijo que se acerca a susurrar su impotencia a un dios, y si renunciar a la primera, y más creíble, para aspirar a la segunda no compite con ésta es porque lo que Castellucci ha puesto en escena no es una respuesta ni una pregunta claras, sino un acto más enigmático, que lo acerca al arte, donde presentación hace años que ya no implica representación. No tiene forma definida, no puedes encerrarlo en una idea. Y sin embargo conmueve, percibes el dolor. No es teatro, pero está vivo.

10 mayo 2011

bastones del bosque de Birnam


Como Macbeth o Enrique IV, también los Knicks pudieran tener su profecía, una que les condenara a ganar títulos solo cuando quien ha de ganarlos… salga cojo a la pista. Willis Reed tuvo que arrastrase para poder empezar el séptimo partido de las finales de 1970, anotó las dos primeras canastas de esa noche y se sentó a esperar a que el destino cumpliera lo pactado. Unos metros más allá, en ese mismo banquillo, estaba Phil Jackson, purgando ya su primera aproximación a la profecía: operado ese mismo año de la espalda, habiéndose perdido toda la temporada, esperaba su momento, que llegaría como suplente en 1973, en el segundo y último título obtenido por los Knicks hasta la fecha. Clásicamente Knick, el mejor momento de su carrera llegaría… justo cuando la carrera ya no le fue posible. Ya como entrenador, los Bulls de Jordan ganaron sus seis campeonatos y cinco los Lakers con Jackson con un pie dentro de la cancha y el otro ayudado por un bastón, que con los años, y el rozamiento con Jerry Krause fuera de las canchas y Kobe Bryant dentro de ellas, llegó a ser tan reconocible en las ceremonias de celebración de las últimas dos décadas como parte no casual del triángulo ofensivo de Tex Winter que él adoptara en sus dos equipos: la pata que completara el triángulo de Jordan y Pippen, el de O´Neal y Bryant, el de Bryant y Gasol, finalmente. Se retira apoyado en tantos records como pueden tenerse. También en esa otra profecía que él construyó para superar la otra: si hay una final, Phil Jackson estará en ella.

08 mayo 2011

Llegan, lo remueven todo, se van. O no.


No por nada el verano es, simultáneamente, el tiempo en que uno interrumpe lo que viene de ser durante los anteriores once meses, y a la vez, la olla que, a la inmovilidad que cada cual lleva dentro, suma el calor necesario para la ebullición. Escrita por Gorki en 1904 para contar la distancia, acaso insuperable, entre lo que la rusia prerrevolucionaria iba pronto a exigir y lo que sus clases pudientes bastante tenían con tratar de conservar por separado, la versión de Veraneantes que Miguel del Arco exhibe estos días en la Abadía es, convenientemente actualizada en el nombre de sus pulsiones, paradójicamente la misma y su contrario: si los Veraneantes de 1904 afrontaban con su pereza al cambio lo que la revolución pronto traería, los de 2011 afrontan con intereses similares… justo lo que aquella revolución demostró no poder arreglar. Como un antes y un después que sucedieran en las mismas tumbonas, también es tanto la historia de la capa protectora de quien ha de defender su modo de vida, como, más hondamente, la excavación doliente de lo que uno es al contacto con el otro adecuado: la historia íntima de cómo, no importa lo mucho que te creas a salvo, dentro de tu imagen, basta el hallazgo de la recompensa adecuada para que te expongas a renunciar a lo que llevó años construir. Por la naturaleza de ambas, la primera –la defensa de lo que lograste ser- es la que Gorki puso a identificar lo que se resiste a ser cambiado, sea un sistema social o tu lugar en él. Pero es la segunda –la incapacidad de dejar de amar lo que nos impide seguir siendo lo que somos- la que más tiene que ver con el verano y con lo que cada uno es a solas, en lo más profundo de su ser. Cuando la última de sus líneas se apaga –“Veraneantes. Llegan, lo ensucian todo y se van”-, no habla de las baldosas, sino de ese otro jardín: las tripas.

07 mayo 2011

Sucederte


Es 1991 y Detroit tiene un bicampeón de la nba en vez de una crisis industrial que veinte años después habrá vaciado su periferia y sus fábricas. Los Bulls de Michael Jordan son entonces, al tercer intento, el cataclismo que vacía el trono y les dispara hacia el primero de sus seis títulos en nueve años. Pero también esos Bulls son los de Phil Jackson. Isiah Thomas es el Bryant de aquel equipo. Rodman y Laimbeer se turnan el rol de Artest en los Lakers de 2011. En la final de ese año, los Bulls arrasan con lo que quedara del imperio que Magic Johnson erigió en Los Angeles durante una década. El equipo que dominará los noventa obliga, en apenas nueve partidos, a reconstruir dos equipos. Es un relevo natural: Jordan tiene solo 27 años en 1991. Pippen y Grant, 24. En Yugoslavia, Kukoc aún no ha cumplido los 20. Detroit tardará catorce años en volver a ganar un título. Los Lakers, once. Cuando esto ocurre, aquel Jackson de los Bulls está a punto de amasar cinco títulos más en los siguientes nueve años. En los últimos diez años, cada vez que un equipo campeón cede su puesto, lo hace ante otro que ocupará su puesto durante al menos un trienio. Los Lakers y los Spurs se turnan en el podio durante ocho de los nueve últimos años. Los Celtics ganan un título, pierden otro en el último minuto y caen, previsiblemente, en segunda ronda en el tercer y, eso sí, último año del ciclo actual. Estamos en 2011, Jackson es Jackson. Bryant es Thomas. Veinte años después, ambos están en el mismo equipo. Pero, por primera vez en una década, el campeón va a caer ante un equipo que no irá a ningún lado, ni este ni en los años venideros. Envejecidos, los Lakers se disponen a hincar la rodilla ante un equipo que lo es aún más. Y mientras el que cae lo hace ante sí mismo, en Miami el futuro, la sucesión real, cumple, a punto de llevarse a los Celtics por delante, rumbo a lo que podría ser lo que los Bulls hicieron durante una década. Jackson abdicará en unos días, rumbo ya al Hall of fame. Y Nash acaso llegue en unos meses para ayudar a Bryant a lograr con los Lakers lo impensable: convertirse por un año en… los Celtics de 2008.

Para Richie el celta.

06 mayo 2011

Lo que fuiste, serás (notas a Shakespeare en Di Filippo)


Encarnados por Jesús Barranco y Pedro Casablanc, Enrique IV y Falstaff ya se han encontrado antes recientemente, aquel bajo los ropajes del médico Quinto Bassetti, y éste, puesto a ser el recién gobernador del pueblo italiano de Caro en El arte de la comedia, de Eduardo Filippo, magníficamente asomada a la Abadía la temporada pasada. Y donde Di Filippo –Carles Alfaro mediante- hizo a Casablanc, rey y a Barranco, bufón posible, Shakespeare –Andrés Lima mediante- invierte las tornas, haciendo a Barranco, rey, y a Casablanc, como bufón, sufrirle o temerle.
Ambos son sin embargo, en sus registros respectivos, siempre el mismo lado de ese dúo: el gobernador del pueblo que no sabe si quienes le visitan son actores o vecinos reales, es, en la enorme interpretación de Casablanc, una autoridad suspicaz a la deriva, que ni cuando finge llevar la corriente puede controlar lo que la corriente hace de él. En la sospecha, en la indefensión, su periplo es el de quien cree han venido todos a burlarse. Un año después y tres siglos antes, su grandiosa versión de Falstaff es también la de quien, comportándose como si investido de autoridad entre los suyos, primero la pierde por trozos y finalmente, toda.
Barranco tampoco es, magníficamente, sino el mismo rey en ambos casos: obvio como Ricardo IV, más sutil como el médico que, en el despacho del gobernador, reclama para sí la honra, el lugar social que su papel en el pueblo merece. Gracias a Barranco, en ninguno de los casos habla por un instante como un tirano o un pedigueño, respectivamente. El dolor del rey es, en sus manos, siempre noble, libre del crimen con que alcanzara el trono, tan digno ese “sea mi remordimiento el salario del asesino” que declama nada más lograda la corona tras ordenar ejecutar a Ricardo II, como el sencillísimo permiso que como médico reclama: que se le permita sembrar la fachada de su casa de las cartas de gratitud, adecuadamente enmarcadas, que durante los años fuera recibiendo.
Como el lugar de Falstaff en Enrique IV, hecho todo él de un teatro presuntuoso hasta lo fanfarrón, y de otro que le espera, mientras el escenario cambia delante de sus ojos, el arte de Bassetti es, a ojos del gobernador, un cuento magnífico sobre el poder del teatro, de la puesta en pie de la verdad ante sus más incrédulos espectadores –de lo teatral algunos, de la verdad todos.También como fábula del poder de convicción de la interpretación frente a la voluntad de no concedérselo, el desfile de personajes por el despacho del gobernador en un día de crisis es elegante y contumaz. Tan posible e improbable, al tiempo, como el papel que Falstaff se adjudica llegada la hora del ascenso al trono de su compañero de correrías, el príncipe de Gales. Inmune, incluso, a la respuesta anticipada que el futuro Enrique V da sobre su papel real cuando eso llegue: el destierro, el olvido.
Al igual que Shakespeare en el uso del teatro dentro del teatro para contar verdades que, de otra forma, sus personajes acaso no sabrían, De Filippo toma partido por la mera posibilidad de que sea tanto una cosa como la otra y en ello su majestuosa gracia: ¿asistimos a una representación o no? ¿Somos mayoritariamente el gobernador o quien se presenta ante él? ¿el rey Casablanc o el rey Barranco?

04 mayo 2011

Amor

Con todo el amor a la verdad de que es capaz, y recordando el aserto de Sábato -La demagogia es a la democracia lo que la prostitución es al amor-, el día en que se anuncia la muerte de bin laden, esperanza aguirre recuerda que “aquel nunca reconoció el atentado de Madrid como uno de al qaeda”, cosa que “tampoco dice la sentencia, luego esto estará por ver”.

03 mayo 2011

eminentísima cara b

Extracta Juan G. Bedoya ayer en El País los méritos del difunto cardenal agustín garcía-gasco, entre los cuales está haber augurado “el fin de la democracia si proseguía la cultura del laicismo radical”, un “fraude” que “no respeta la constitución” y “conduce a la desesperanza por el camino del aborto, el divorcio exprés y las ideologías (léase Educación para la ciudadanía) que pretenden manipular la educación de los jóvenes”. E, impreso justo detrás, en sendas esquelas pagadas por el gobierno valenciano, que ocupan la página entera, un segundo resumen de su valía: eminencia, eminentísimo, reverendísimo.

02 mayo 2011

ternera, pollo o donald


Sin que los respectivos símbolos del partido republicano y el demócrata –un elefante y un burro respectivamente- desanimen la costumbre de introducir más animales en la vida política estadounidense, al presidente que agota su último año de la segunda legislatura se le llama “pato cojo” por los escasos pasos que dará ya en lo que le quede de cargo. Y quizá porque allí el tránsito de la empresa a la política se realiza sin mayor pudor, hombres de negocio como donald trump pugnan, como hace no tanto ross perot, por su propio lugar al sol, es decir, por su espacio en la granja, que suele ser lo que su nombre haya ganado haciendo dinero.
Viene Obama de ignorar, en la tan propicia cena anual de los corresponsales, el obvio merecido con que “pato” y “donald” se hermanan estos días tras la campaña de éste último por desacreditar el estadouni-densismo de Obama, como otros animan su carné socialista, o su voluntad obvia de desmembrar el país para poder vendérselo al pacto de Varsovia –cuyos derechos acaso él mismo posea. Y por cada parcela del huerto donde la inteligencia o el mero sentido común se las apañan para florecer –entre periodistas, una vez al año- el invernadero en el que parece pastar la mitad de la población estadounidense –la que intentó poner a sarah palin a hacer de Obama- abona sin descanso las mentiras siguientes, abonadas por estiércol marca murdoch, cada vez más inmunes, cada vez mejor mezclada su ponzoña. Si en esa cena anual se sirviera lo que alimenta los cerebros de tan masiva parte de la población –de lo que trump es ingrediente-, en vez de a corresponsales invitarían a amortajadores.

01 mayo 2011

ay, c


Junto con el cartel, la sugerencia: Paulino de resaca continua, y también Carmela. Y el capitán que viene del fondo, a ser el barman.

30 abril 2011

Duncan en tiempos de Macbeth


Dependiendo del país, incluso de la ciudad, los equipos de las grandes ligas profesionales oscilan entre la fidelidad a los accionistas que gritan –los que pagan su entrada- y la debida a quienes, como dueños, ven los partidos desde la cuenta de resultados. Ambas son legítimas, aunque no siempre las gradas se vacían a la misma velocidad que el valor del equipo, y cuanto más voraz el mercado en que se juega –el Nueva York baloncestístico es un ejemplo perfecto- y más fiascos se coleccionan, más cuesta reconocer en la plantilla tres caras familiares de una temporada a otra.
A miles de kilómetros de una publicación de éxito masivo como Sports Illustrated, que aquí no entendería nadie, ocurre en nuestro país, donde el periodismo deportivo forofo –valga la redundancia- anima similar y no menos frecuente cirugía, y el verbo que va sajando el bisturí es entonces “limpiar”, con suerte, el más pudoroso “renovar”. En Estados Unidos, donde la invención del deporte profesional es posterior a la guerra civil y por eso se disfruta sin necesidad de la segunda, el verbo elegido para asistir a la renovación de un equipo es el más noble “reconstruir”.
Que acaso en Nueva York, en permanente post-operatorio si de los Knicks se trata, por redundante sobre, pero que halla su mejor lugar en plazas como Los Ángeles, donde Phil Jackson se jubilará en junio tras once años como entrenador; San Antonio, donde Gregg Popovich cumple su decimosexta! temporada en el mismo puesto de trabajo; o Salt Lake City, donde Jerry Sloan dejó este año idéntico cargo tras veintitrés! años. Reconstruir implica haber construido, y es sencillo ver en la pervivencia de los dos primeros solo el natural reflejo de sus logros –cinco títulos el primero, cuatro el segundo. Pero Sloan jamás ganó alguno con sus Jazz. E incluso el caso de Popovich sería en nuestro país una rareza, pues tras ganar tres títulos en cinco años, y pasar los tres siguientes sin jugar las finales, aquí habría sido despedido antes de darle la cuarta oportunidad de no lograrlo.
Todo llega, sin embargo, y San Antonio, que acabó la temporada regular con el mejor balance del año, muy probablemente acaba de ser forzado por Memphis a reconstruir el equipo que durante los últimos trece años ha tenido en su interior, como núcleo para el resto, la forma magnífica de Tim Duncan. Imaginar los Spurs sin él es casi tan irreal como… haberles visto con él. Duncan nunca pareció de este tiempo: construido a partir del músculo de la inteligencia y el del talento inmenso al servicio de un bien mayor, su consistencia ha dominado una década a la que no es ajena la forma de construirla junto a David Robinson, como no lo es ilustrar al otro gran dueño de los últimos diez años –Bryant- a la sombra de O´Neal.
Ponderado durante una larga década como el jugador al que cualquiera que empezara a jugar baloncesto debía mirar, Duncan es, paradójicamente en tiempos de la mayor audiencia jamás disfrutada por la NBA, un embajador de otra liga, una que admite a poco más que un jugador por década: Mikan, Russell, Jabbar. La lista de dominadores al servicio de una idea que no llevara, por encima de cualquier otra, su apellido, es corta pero inmortal. Mientras Le Bron James pugna por hacer duradero lo que jamás ha existido antes que él, reconstruir otro Duncan llevará lustros.

24 abril 2011

Falstaff, autor de Enrique V


Como una falsa lápida, el epílogo que al final de la segunda parte de Enrique IV anuncia en vano a Falstaff en Enrique V, mejor pudiera leerse en la memoria del afecto a la que Hamlet habla al sostener el cráneo del bufón de su infancia, el amado Yorick, a su regreso de los años pasados en el exilio. Apenas dos después de que otro príncipe shakesperiano –este de Gales- desdeñara públicamente sus lazos con ese otro bufón, grosero y afiebrado que le alegrara los días: el citado Falstaff, al final del díptico sobre Enrique IV.
El símil es menos claro que el que en ambas –Enrique IV y Hamlet- ve a sus protagonistas juveniles -los príncipes, a punto de serlo ensangrentados- alentar sendas obras de teatro insertas en sus relatos respectivos: la que el príncipe de Gales anima en la taberna del jabalí, que adelanta la audiencia que después tendrá con su padre, en términos bien distintos. La que el príncipe de Dinamarca contrata para contar a su tío, en público, aunque solo para él, el relato transparente de su crimen oculto contra su hermano el rey, padre de Hamlet.
El teatro se sirve del teatro para ensayar o denunciar los crímenes. Pero también, como pugna el infeliz Malvolio en Cómo gustéis, o Falstaff en su periplo por los dos Enriques IV, ayuda a sobreactuar con farsa propia la que ya se les anuncia encima, desde más altas ventanas. Como el rumor que Shakespeare puso a introducir la trama al principio de la segunda parte, lo es también Falstaff: rumor y molde del carácter ligero hasta lo temerario del que luego será rey de Inglaterra tras haberlo sido de ese otro reino: la taberna.
Por ella pasan todos como personajes de Falstaff, que con sus mentiras crea las de sus cómplices, también las del príncipe heredero al que no trata menos de hijo que de personaje hecho a su imagen. Su caída en desgracia, coronado éste, también es la de un autor insultado como personaje justo cuando más cerca cree llegada la gloria. Shakespeare no ahorró ruina al que sería Enrique V, aunque la reservara para la obra que lleva su nombre. Y acaso empleó para ello al más insospechado de los espectros: el más obeso, el más terrenal, el más vividor de cuantos fantasmas puso Shakespeare al servicio de quienes los necesitan para asfaltar su caída.
Al renunciar a reconocerse en lo que fuera al serlo junto a Falstaff, Enrique V se impone fatalmente el destino de su padre, el conspirador Enrique IV. Así, el fraudulento y desparramado narrador de una historia que acabará no siendo la que él contaba, alcanza su triunfo al pie mismo de las escaleras en las que se le denigra: si él ya no es el emperador irrelevante, falsario, embebido de capricho y autodestrucción que creyó ser, entonces quizá el propio rey lo sea.

23 abril 2011

Si no lo cantas tú, quién lo hará


La historia de Gelsomina y Zampanó que cuenta La Strada también es, clásicamente Fellini, la de la realidad al volante de un mundo en cuya parte trasera viajan opciones irreales. El amor de Gelsomina, ora mudo a lo Chaplin, ora enmudecido a lo Harpo, tiene más que ver con hallar que con sentir. Privada de una simple pista de cuál sea su lugar en el mundo, decide que para amar pudiera bastar que alguien lo esté esperando, o más singular aún: que baste esa ecuación perversa –“si no le amas tú, quién lo hará”. Hasta que pasa un rato, se asiste a La Strada con una sensación de extrañeza, que viene de que los diálogos, recreados en estudio, parezcan a veces provenir de quienes los hablan y otras, de lo que piensan. Liberados, como la voz más reconocible de la historia –los acordes de Nino Rota, que recorren la película en dirección contraria: empiezan su intervención como fondo sonoro de la melancolía y van turnándose, volviéndose más clara voz al avanzar el relato, por el violín del funambulista, la trompeta de Gelsomina, la voz de la mujer que tiende la ropa. Cada vez más triste, cada vez más clara. Tanto que al final hasta Zampanó la entiende.

17 abril 2011

Prensa vendida a menos

Ahora que el nuevo periodismo se parece menos a vestir de blanco Tom Wolfe que a conseguir que miles de personas escriban gratis en Internet lo que arduamente lograrían cobrar si se imprimiera y distribuyera en kioscos, la venta de The Huffington Post a AOL que acaba de hacer millonaria a su editora, y súbitamente pobres a quienes hasta ahora solo lo eran voluntariamente, acerca a ese nuevo tipo de prensa –la que compensa hacer aunque no paguen- al mundo preciso que, antes de ser vendida, contribuía a contrarrestar. La pública exposición de tus ideas, el muro que tus palabras ayudan a derruir, sentirse parte de un proyecto que aspira a ganar gratis lo que otros persiguen invirtiendo millones… hay múltiples monedas que pagan cuando el dinero no, y es inmoral defender que quien acepta cobrar en cualquiera de ellas no gane también el derecho simultáneo de ser pagado en dinero cuando el dinero, al comprar su audiencia, esté comprando el trabajo de quienes la nutren. Felizmente, los ideales no comen, no pagan la luz, no necesitan vestirse. Prueba de ello es que al pagar 230 millones de euros, AOL no viene de recompensar el altruismo de las 6.000 personas que escriben gratis para The Huffington Post, sino la más rentable aspiración humana de no pagar un céntimo para poder leerlo.

16 abril 2011

Imperativos del atrezzo

1. Colgado en las paredes que Willy Decker planta estos días en el Real, el retrato de Marié Curié que Lotte muestra a Werther como el de su madre.
2. El libro de oraciones que Martijn Kuiper/Ricardo III eleva hacia el cielo en medio de la farsa que interpreta cuando vienen a buscarle al monasterio de XX para pedirle que acepte la corona. La portada, aún semilegible, de ese libro en el montaje del Español: Sevilla en fiestas.
3. Las gracias amargas que, en el Ay, Carmela, de Sanchis Sinisterra (anoche y hoy en Las Tablas espacio escénico) dedican Paulino y Carmela a quienes estamos al fondo de la sala, primero al teniente fascista italiano, después a sus compañeros caídos. Ambos, anoche, elenco y director de la obra de Gorki, estos días en La Abadía. Veraneantes, como la propia Carmela en este mundo.

03 abril 2011

Verter


Goethe vivió para adaptarse a sí mismo como superviviente de su sabiduría en su Fausto, 56 años después de volcarse en el joven Werther, que escogiera incubar un diablo antes que llamarlo a buscar. Goethe sentía lo que Werther en la primera parte de la obra, la más feliz, ensoñadora, plácidamente alejada de cualquier futuro. Para el relato de la caída en que consiste la segunda, escogió como modelo a otro –Karl Wilhelm Jerusalem- que calcaba el padecimiento amoroso, la incomodidad social y, literalmente, el suicidio con pistolas prestadas por el marido de la mujer que amara Goethe, y no Jerusalem. Pero también se reservó un triunfo discreto al poner en Albert (esposo de la Lotte novelada), no los rasgos de su marido real (Johann Christian Kestner), sino los del propio Goethe, acaso para ganar en Lotte Buff la Lotte que, en la vida real, perdiera.
Jules Massenet nació diez años después de que, a la muerte de Goethe, un Fausto nuevo, ampliado un año antes de fallecer, sustituyera al anterior. Cincuenta años más tarde, y junto a los libretistas Edouard Blau, Paul Millet y Georges Hartmann, su Werther renovó a aquel, que en 1892 llevaba ya muerto un siglo largo. Si aquella era la historia de un amor trágico, la que subió a un escenario contaba con dos: una que muere, otra que lamenta el suicidio del amor. Aunque en la novela su caída es tan prolongada que le da tiempo a ver su destino encarnado en el del joven criado que acaba acarreándose cercana suerte por amor a su señora, al desdichado Werther le mata lo mismo en manos de Goethe o Massenet, y si su amargura es aquí menor (la social, producto de su incomodidad entre los de su clase, ha desaparecido), en lo que atañe a los corazones de Albert y Lotte recorre el sentido contrario, cargados en Massenet de una pólvora que, en un caso –Lotte-, Goethe dejara para el final, como una bala disparada al tiempo contra el arma y contra el blanco, y en otro –Albert-, no pusiera en absoluto.
Así, en oposición a lo que escribiera Goethe, ningún drama es más hondo, más oculto, más callado en Massenet que el de Lotte, que da a Werther la mitad del tiempo de la narración para morir. Y en ello, pasa ese mismo tiempo mintiendo a su marido sobre sus verdaderos sentimientos. El conocimiento del amor de Lotte que Goethe confina, como un hallazgo contra su propia voluntad, a diez páginas del final, lo emplea Massenet para abrir el tercer acto. Aplicado a la extensión de la novela, es como si supiéramos de ese exilio que en ella es el silencio, antes incluso de que Werther haya mentado la posibilidad de huir de su presencia, antes del final del primer libro. Instalado en el ecuador de la ópera, justo después de que, al final del II acto, ella haya rechazado el amor, más prohibido que indeseado, de Werther, Lotte declarará amarle en sus cartas, recibidas sin que se nos informe de si acaso ella escribió alguna de igual intensidad, que alimentara las de él.
Más inmerecido, más alejado de una verdad más compleja, y no menos posible, es lo que Massenet hiciera con Albert, marido de Lotte y rival imposible de Werther, pues lo que le separa de ese amor no es solo lo que siente el uno hacia el otro –Albert hacia Lotte y viceversa- sino el que el propio Werther siente hacia Albert, su reconocimiento, el respeto, la admiración con que advierte a Albert merecedor del amor de Lotte. Así, donde Goethe hizo de Albert escudo, Massenet, al pintarle suspicaz, indiferente, celoso, le convierte en la primera de las pistolas que Werther empleará para matarse, una que, lo que dudosamente hubiera aprobado Goethe, acaso convierte a la razón de la estabilidad del amor de Lotte –Albert el bueno, el noble, el justo- en una segunda mano asesina, suya la que, al leer la carta de Werther en que le pide sus armas, henchido de celos ordena, más que sugiere, sea Lotte la que las descuelgue y entregue al criado de aquel. Como si ordenara a la bala ir a buscar el percutor. Si en la novela es ella la que calla, aquí también él. Paradoja de la versión cantada, a la creación de dos vidas que son, en sus sentimientos, más (Werther) o menos (Lotte) silenciadas, se añade una más. Goethe escribió sobre un suicidio. Massenet añadió ese rasgo del siglo XX que apenas asomaba aún –la importancia de los cómplices de asesinato. Cuando se estrenó en Viena en 1892, dentro de ese mismo país Adolf Hitler estaba a punto de cumplir tres años de vida.